Vienen los alien






Da la impresión de que somos incapaces de tratar con especies invasoras mientras todavía hay tiempo

George Monbiot en The Guardian

Una noche oscura de la semana pasada, un grupo de activistas de los derechos de los animales, en Donegal, hizo su contribución especial al Año Internacional de la Biodiversidad. Entraron en una granja de animales de pieles y liberaron 5.000 visones. Dentro de sus círculos, esto se consideró algo muy inteligente. Un portavoz de la Alliance for Animal Rights dijo: “Elogio a quien arriesga su libertad para hacer esto”(1). La Coalition to Abolish the Fur Trade anunció que “apoyamos totalmente lo que ha sucedido”.(2)
Si estas personas hubieran hecho zozobrar un buque cisterna en la cabecera del río Finn, habrían hecho menos daño. Los efectos habrían sido horribles durante un tiempo, pero después el ecosistema habría empezado a recuperarse. Los visones, en cambio, permanecerán durante años, quizá milenios. Como muchas de las especies introducidas, el visón americano puede abrirse camino en el ecosistema, pues no tiene predadores naturales y las especies que le sirven de presa no han evolucionado para evitarlos. Los amantes de los animales de Donegal, ¿podrían haber hecho algo que dañara a más animales?
Pero hay una segunda pregunta que plantea este acto de prodigiosa imbecilidad: ¿qué hacían allí los visones? En otros aspectos, la República irlandesa parece un país civilizado, pero en este caso parece un país bárbaro. Mientras el Reino Unido prohibía las granjas peleteras en 2000(3), los gobiernos irlandeses se han resistido a la prohibición, protegiendo una industria diminuta pero salvajemente destructiva. Las cinco granjas peleteras que quedan en la República son la causa única de continuas liberaciones de visones, a veces por ataques y a veces por accidentes. Son también el lugar de una crueldad asombrosa, en donde carnívoros inteligentes son confinados a jaulas del tamaño de unas cuantas cajas de zapatos. El Gobierno irlandés está considerando la desaparición de las granjas desde 2012. Hasta entonces, sus ciudadanos seguirán pagando más para erradicar los visones de lo que ganan por criarlos.
Pero Irlanda es un agente pequeño. Dos tercios de las granjas de visones del mundo y el 70% de las de zorros están en otros países de la UE(4). Solo Dinamarca produce el 40% del suministro mundial de pieles de visón(5). Los visones salvajes americanos son más dañinos en el continente europeo de lo que lo son aquí, pues suplantan al visón europeo, en peligro de extinción. Las 6.000 granjas europeas de la UE son una afrenta a los valores que se proclaman.
Este mes, los gobiernos se reúnen en Nagoya, en Japón, para revisar la Convención sobre la Diversidad Biológica. Hasta ahora ha sido un triste fracaso. Quizá la chapuza más descarnada haya sido su incapacidad, o falta de voluntad, para controlar la extensión de las especies invasoras. Las historias que voy a contar parecen la trama de una novela gótica.
Pensemos, por ejemplo, en el bagre andante, que ahora esta colonizando China, Tailandia y Estados Unidos, tras escapar de piscifactorías y lagunas ornamentales(6). Puede trasladarse por tierra firme durante la noche, encontrando aguas que ninguna otra especie de peces había colonizado. Se desliza en piscifactorías y calladamente se abre paso entre los peces originales. Se puede enterrar en el barro cuando los tiempos son difíciles y quedarse allí, sin comida, durante meses, antes de regresar al ecosistema cuando las condiciones mejoran. Come casi tanto como se mueve.
Su equivalente terrestre es el sapo marino o gigante, introducido ampliamente en los trópicos para controlar las plagas de los cultivos. Es omnívoro y casi indestructible: se vio a un ejemplar consumir felizmente una colilla de cigarrillo encendida (7). De lo que intenta comer, nada sobrevive: es tan peligroso para los predadores como para sus presas. A diferencia de otros anfibios, puede criar en agua salada: es como si hubiera salido, balanceándose, de las páginas de la novela “La guerra de las salamandras”, de Karel Capek.
La colonia más importante de aves marinas, la Isla de Gough en el Atlántico Sur, es amenazada ahora por un predador poco probable: el ratón común (8). Tras escapar de los barcos balleneros hace 150 años, evolucionaron rápidamente hasta triplicar su tamaño y pasaron de ser herbívoros a comer carne. Allí las aves marinas no tienen defensa contra la depredación, por lo que los ratones van tranquilamente hasta los nidos y se comen los polluelos vivos. Entre sus presas están los polluelos de albatros, que pesan 300 veces más que ellos. Un biólogo que presenció esta carnicería observó que era “como un gato atigrado atacando a un hipopótamo” (9).
En la Isla de Pascua, la hormiga loca amarilla hace algo similar: se come vivo a cualquier animal que encuentre en su camino. También están exterminando el bosque pluvial, al alimentarse de las cochinillas que se alimentan de la savia de los árboles (10). Historias de horror similares se despliegan casi en todas partes. Las especies que introducimos, a diferencia de la contaminación que producimos, no se detienen donde las dejamos. Un solo acto descuidado (pensemos en el conejo o la planta lantana, introducidos en Australia) puede transformar la ecología de un continente.
De acuerdo con un informe del Gobierno británico, las especies invasoras cuestan a este país varios miles de millones de libras al año (11). El daño global que causan, dice, suma casi un cinco por ciento de la economía del mundo (12). Una sola especie introducida —la hierba llamada Imperata— quita dos millones de kilómetros cuadrados de los trópicos a la producción agrícola (13), el equivalente al área de tierra que se ara en Estados Unidos (14), mientras asegura que el ecosistema nativo no se pueda regenerar.
En casi todos los casos hay un breve período en el que una especie invasora se puede detener. Por tanto, se podría esperar que los gobiernos se movilizaran en cuanto aparece la imagen. Pero en muchas partes del mundo la política parece consistir en quedarse mirando el problema como bobos cuando se puede hacer algo, para aterrorizarse cuando es demasiado tarde. Cuando una hierba de museo (Caulerpa taxifolia) escapó al Mediterráneo desde el Museo Oceanográfico de Mónaco, las autoridades respondieron al problema con una discusión sobre quién había sido el culpable. En 1984, cuando la invasión se documentó por primera vez, la hierba ocupaba un metro cuadrado de lecho marino. Se podría haber erradicado en media hora. Ahora su extensión es de 13.000 hectáreas y parece incontrolable (15).
Australia, el continente que ha sido más golpeado por las introducciones, todavía parece incapaz de regular el mercado de especies peligrosas. Tal como muestra la nueva campaña de The Guardian, Biodiversity100, 90 especies de plantas potencialmente invasoras se están vendiendo en viveros, mientras 210 especies de peces de acuario se pueden importar sin licencia (16). El Reino Unido tiene buenas políticas domésticas. En 2006, por ejemplo, gastó 10.000 £ en una estrategia, de éxito hasta ahora, para excluir la primavera de agua sudamericana, cuyo control cuesta ahora a Francia varios millones de euros al año (17). Pero en sus territorios ultramarinos, de los que la Isla de Gough es uno, reacciona lentamente; si es que lo hace (18).
El visón, el bagre andante, el sapo marino y el ratón común mutante son símbolos potentes del poder extrañamente desequilibrado de la humanidad. Podemos sembrar el caos pulsando una tecla para una inversión bancaria, haciendo una señal a un predador, soltando una semilla de la suela de una bota, vaciando un carguero en un canal. Pero cuando se nos pide que reparemos el mal que hemos hecho, proclamamos nuestra impotencia. Nuestro desafío para este siglo es igualar nuestra capacidad para el daño con un poder igual para el bien. Y hasta ahora, no lo estamos haciendo muy bien.
Traducido por Víctor García para Globalízate
Artículo original:
http://www.monbiot.com/archives/2010/10/04/the-aliens-are-coming/

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