Agua y celulosa: la sed del Norte y la resistencia en el Sur

Aproximadamente 50 años atrás, reemplazando la Mata Atlántica original, se introdujeron las primeras plantaciones químicas de eucalipto de rápido crecimiento de la Aracruz Celulose, hoy denominada Fibria, en el Norte del Estado de Espírito Santo, Brasil (1). Hace 40 años, sobre la principal aldea indígena Tupiniquim (Macacos), se instalaba el complejo industrial de celulosa de la actual Fibria, en Barra do Riacho, distrito de Aracruz. Actualmente, en 2017, la sequía castiga a los pueblos y familias resistentes, y la contaminación actúa como arma política en la expropiación de sus territorios.

Para toda la sociedad en la región, el acceso al agua es un enorme sacrificio y un desafío. El racionamiento es constante. La calidad es siempre cuestionada por los habitantes de la región, sean de los territorios indígenas, de otros pueblos tradicionales, como quilombolas (comunidades formadas a partir de esclavos que lograron escapar al cautiverio), ribereños, campesinos o pescadores; sean estos de la periferia de los distritos periurbanos, con sus instalaciones industriales y portuarias.
Al depender, en su inestabilidad estructural, de los malabarismos de la agroquímica, el monocultivo de eucalipto a gran escala despierta miedo y desconfianza en la población que vive en su entorno. Para su propia seguridad, cuando pueden hacerlo, evitan beber el agua de los pozos y arroyos que sobreviven a la sequía. Son testigos de la ejecución de planes de manejo con uso intenso y cotidiano de herbicidas, insecticidas, fungicidas y fertilizantes, y de la contaminación de trabajadores subcontratados y animales. En los distritos industriales, la producción y la exportación de celulosa acapara el agua de toda la región, utilizada para abastecer a las tres fábricas y a sus industrias asociadas (cloro, peróxido, etc.), que absorben una cantidad equivalente al consumo de toda la región metropolitana de la capital, Vitória (1,9 millones de habitantes/IBGE, 2016).
En los municipios de Conceição da Barra, São Mateus, Linhares y Aracruz, desde fines de los años 60, el monocultivo de eucalipto —que ocupa gran parte de estos municipios— y el complejo industrial portuario de la celulosa someten a ríos y arroyos, nacientes, lagos y mar a los estándares de la sed de consumo del Norte. En Espírito Santo, se evidencian sus trágicos resultados y efectos: la creciente aridez del clima, el agotamiento y la contaminación del agua, la sed de la naturaleza y de las personas. Pese al aumento de las exportaciones hacia los Estados Unidos y China, el mercado de consumo europeo continúa central para el lucro de la Fibria Celulose, y para financiar su guerra por el agua.
En el Norte predomina otro tipo de sed y contaminación, de carácter existencial. Se trata de la manipulación, esclavización y uniformización de los deseos. Sedientos de más papeles sanitarios y envases, esos embalajes de los objetos de consumo donde, por ejemplo, se puede fijar el sello verde del FSC y su greenwashing —lavado verde— (2). En el Norte, desarrollando y disciplinando los territorios mentales a niveles de consumo estratosféricos, la llamada Economía Verde presenta escapes para el largo aburrimiento y nihilismo del viejo mundo. Creen que el agua siempre estará disponible en las botellas pet one-way, es decir, desechables.
Ya en este Sur tropical, ocurre lo contrario. La resistencia no cree en el desarrollo como camino para el buen vivir; y vive llena de deseos: quiere revisar y reinventar el destino histórico, quiere crear y experimentar tecnologías de transición pos eucalipto, quiere denunciar las violaciones a derechos humanos y a la naturaleza, quiere proteger y cuidar el agua y la vida, pues no puede pasar al margen del propio e injusto planeta compartido con el Norte. Una contracultura anticapitalista se agarra a la protección de las aguas y del clima, amenazada por los acuerdos internacionales, corporaciones financieras, económicas, tecnológicas, y por las políticas de desarrollo del modo de ser europeo. Definitivamente, no es para los pueblos del Sur que se construye la Economía Verde.
Ese es el caso, por ejemplo, en los territorios quilombolas de Sapê do Norte de Espírito Santo. Rodeadas por vastas plantaciones de eucalipto y perforaciones para la explotación de petróleo y gas, las 33 comunidades quilombolas experimentan la desaparición y contaminación de sus arroyos y nacientes, de sus bosque y semillas, de la caza y el pescado. En 2015, mientras el Estado decretaba situación de calamidad pública debido a estar meses sin lluvia y a la crisis hídrica generalizada, las constructoras subcontratadas de la Fibria, (como Plantar y Emflora, entre otras) extraían lo poco que quedaba de agua en el Río São Domingos, con decenas de camiones cisterna de agroquímicos, para regar sus sembrados recientes de eucalipto. Mientras tanto, en el quilombo de Linharinho, los que dependían del agua del río no podían regar sus huertos ni sus microsistemas agroforestales, que garantizan alimento, renta y que protegen la vegetación ciliar del río, contra la invasión criminal del eucalipto. Durante la sequía de 2015, en la familia de Sapezeiro y Joice, de la Comisión Quilombola de Sapê do Norte, no había agua siquiera para lavar las ropas de los niños, para bañarse o para los animales, según denunciaron en audiencia del CONSEA (Consejo Estadual de Seguridad Alimentaria), frente al Gobierno del Estado y al Ministerio Público Federal.


En la comunidad quilombola de Angelim do Meio, a orillas del Río Angelim, en Conceição da Barra, desde la llegada de los eucaliptos y de los cultivos de caña que la rodean, el acceso al agua del río se volvió imposible, debido a la inmensa contaminación por agroquímicos y a constantes derrames de deshechos de las industrias de alcohol y azúcar que se instalaron en el extremo Norte de Espírito Santo. Denunciada desde 2014 en informes de violación de derecho humano a la alimentación adecuada, junto al CONSEA, en Brasilia y en Espírito Santo, la situación en Angelim do Meio continúa grave en 2017. Un crimen social y ambiental aún sin una correcta reparación, pues, aunque ya conquistó una caja de almacenamiento de agua, la comunidad todavía depende del abastecimiento de camiones cisterna, sea de la municipalidad, sea de las empresas de eucalipto o de caña de azúcar.En las comunidades ribereñas y de pesca artesanal en Linhares, la convivencia con la sequía y la contaminación se repite. El Río Doce, principal cuenca fluvial de Espírito Santo, en su desembocadura, entre los distritos de Regência y Povoação, ya no lograba desaguar en el Atlántico, poco antes del mayor crimen ambiental de la historia de Brasil, cuando la empresa de minería Samarco (propiedad de la BHP y de la Vale) derramó 40 millones de litros de lodo tóxico sobre su lecho, a fines del 2015. Nuevo estado de calamidad pública. Desde 2016, centenas de ribereños, pescadoras artesanales, campesinos y trabajadores rurales sin tierra son obligados a desplazarse hacia otras regiones de los alrededores, menos contaminadas, donde ocupan áreas en disputa con la Fibria y con la Petrobras. El Estado, las grandes empresas, la prensa local y la unidad de conservación los criminaliza. ¡A ellos, que ni siquiera recibieron las reparaciones necesarias por los sucesivos crímenes ambientales de la Samarco, de la Fibria y de la Petrobras!
Ya en el 2002, cuando la Fibria inaugura su tercera fábrica de celulosa, en el distrito de Barra do Riacho, en Aracruz, la empresa percibe el colapso hídrico de la región. Percibía también que, debido a su demanda expansiva, debería buscar agua aún más lejos de su planta industrial. Construido e inaugurado con prisas, con una licencia ambiental de lo más sospechosa, bajo fuerte crítica de movimientos sociales, organizaciones de la sociedad civil, abogados, técnicos e investigadores académicos, el Canal Caboclo Bernardo comenzaba a traer a la empresa las aguas del Río Doce, interconectando microcuencas a su reserva hídrica industrial. En esa época, la empresa y los gobernantes justificaban el canal con la excusa de abastecer a los pobladores de Barra do Riacho y Vila do Riacho, distritos localizados en las inmediaciones de las fábricas y del puerto de celulosa. ¡Pura farsa! Quince años después, en los mismos distritos, el racionamiento de agua es constante y el agua salinizada y contaminada del Canal no puede ser usada para el abastecimiento de la población. Incluso para las fábricas de celulosa, el agua contaminada del Río Doce no puede ser usada sin antes aplicarle un cóctel químico que la deje adecuada a los estándares de la maquinaria, conforme a informaciones de trabajadores del propio complejo industrial. Ribereños, pescadores, sin tierras y liderazgos de Barra y Vila do Riacho también presenciaron la muerte masiva de peces en el Canal Caboclo Bernardo en el año 2016.
Buscando adaptarse al colapso hídrico del Estado, en detrimento del agua que podría abastecer a la población, la empresa inicia la construcción de mega pozos artesanos, de gran profundidad y diámetro, dentro de su propia planta industrial. Líderes indígenas de la aldea Tupiniquim de Pau Brasil, pobladores y pescadores de Barra do Riacho temen el agravamiento de la sequía en sus ríos y arroyos.
El monopolio del agua por parte del complejo agroindustrial de la celulosa ha provocado serios impactos sociales y ambientales en toda la región Norte de Espírito Santo. Para contener un vasto entorno rebelde, la empresa utiliza empresas subcontratadas de seguridad patrimonial, agravando aún más los conflictos. Su política de responsabilidad social alterna entre la violenta amenaza de desahucio y la manipulación de conflictos intercomunitarios o, inclusive, dentro de una misma comunidad. Actualizando la maldición ecológica de Aracruz Celulose, la actual Fibria confirma la previsión del naturalista Augusto Ruschi, que ya en los años 60/70 acuñó el término “desierto verde” para referirse a los cultivos de eucalipto.
Mientras el Norte prosigue en su consumo desenfrenado de papel, por todo Espírito Santo los pueblos experimentan estrategias de resistencia, de defensa de sus territorios y de protección del agua. Retoman territorios tradicionales, reconvierten surcos de eucalipto a la agroecología de los alimentos, retoman vegetaciones ciliares invadidas por el monocultivo e implantan sistemas agroforestales, controlan y denuncian violaciones de derechos humanos y de la naturaleza, aprenden tecnologías de mejor convivencia con la sequía, enfrentan  la violencia de la policía privada y militar, levantan campamentos. Sobrevivieron a los primeros 50 años. Estarán ahí después que la empresa cierre su primera fábrica, por falta de agua.

Marcelo Calazans, marcelo.fase [at] gmail.com Sociólogo y educador de FASE Espírito Santo, Brasil
(1) Vea más información sobre la resistencia a la Aracruz Celulose / Fibria
(2) Vea más información sobre los modelos de certificación de los monocultivos aquí
Fuente: Boletin del WRM - Mayo 2017 - Imageners: ‪Antimafia Dos Mil‬ - ‪aimdigital.com.ar‬ - ‪LaRed21-

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