¿Ni de derechas ni de izquierdas? El desafío de la ola ecologista

La #HuelgaMundialPorElClima del pasado 27 de septiembre fue testigo de manifestaciones convocadas en 150 países y esto no ha hecho más que empezar: así lo anuncia la plataforma 2020 Rebelión por el clima en cuya web cabe leer que “esta primera ola de movilizaciones en toda Europa, se verán sucedidas por otras olas en 2020”.

Marisa Pérez Colina

Más allá de los siempre relevantes aspectos cuantitativos, la brocha cualitativa traza imágenes que devuelven a la memoria los esperanzadores paisajes de las movilizaciones feministas de los últimos años. Por su internacionalismo, por su intergeneracionalidad, por su autonomía. Porque frente al retorno de los nacionalismos reaccionarios, las protestas ecologistas se organizan y apuntan a una escala global. Porque la composición de las mareas críticas es absolutamente heterogénea desde el punto de vista de la edad, con el papel cada vez más principal de adolescentes, niños, niñas y niñes. Porque el motor de las revueltas se sitúa, como no podía ser de otro modo, en los colectivos y asociaciones de base, entre los cuales algunos recién llegados como Extinction Rebellion o Fridays for future han conseguido rescatar, renovar y ampliar una fuerza que el movimiento ecologista no tenía desde los años 70.
Hay, por lo tanto, fundados motivos para la alegría, en una vuelta al cole por lo demás no tan alentadora, teniendo en cuenta el contexto internacional de auge de la derechización y la coyuntura nacional de cierre del ciclo de ruptura abierto en su día por el 15M.
Ahora bien, del mismo modo que no todo feminismo (o no todo lo denominado o autonombrado como “feminista”) puede o aspira a un devenir emancipador (caso, por ejemplo, del conocido como “feminismo liberal”), del ecologismo a secas, esto es, indefinido respecto al marco de interpretación de la realidad en el que se inscribe y el horizonte de cambio social hacia el que se dirige, no cabe esperar una transformación profunda del statu quo económico y político que padecemos. Ni siquiera cabe descartar el avance de respuestas políticas a la vez socialmente reaccionarias y sensibles con los problemas medioambientales.
Un ejemplo histórico de esa posibilidad siempre actualizable lo brinda la “rama verde” del Partido Nacionasocialista Obrero Alemán, más conocido como NSDAP o partido nazi. Como bien señalan Janet Biehl y Peter Staudenmaier en su obra Ecofascismo. Lecciones sobre la experiencia alemana, las preocupaciones medioambientales, el amor a la naturaleza y las críticas a los excesos del industrialismo o de la urbanización llegaron a concretarse durante el tercer Reich en políticas públicas que hoy serían calificadas como ambientalistas. Con la bendición del propio Rudolf Hess, el gobierno nazi aprobó en 1933 un buen puñado de medidas legislativas de protección medioambiental (reforestaciones, protección de especies vegetales y animales, primeras reservas naturales de Europa) y en 1935, una ley integral de protección de la naturaleza. ¿Significa esto que toda ideología, por muy perversa que sea, posee “su” lado rescatable? La lección de esta realidad histórica a la que nos invitan los autores de la obra citada sería precisamente la contraria: esto es, que cualquier idea, por muy buena que sea, es susceptible de convertirse en perfectamente funcional a una ideología esencialista, racista y criminal. En este sentido, la sensibilidad ecologista del nazismo estaba indisociablemente unida a la ideología del Blut und boden (Sangre y suelo), es decir, a una forma letalmente racista de entender la relación con el territorio. Para los ecofascistas, la raza aria mantenía un vínculo especial con la tierra que la alimentaba. Un vínculo que justificaba su derecho exclusivo a la misma e, incluso, su legitimidad para expandir el espacio vital del pueblo germánico hacia Europa oriental (la denominada Lebensraum).
Tras este breve salto al pasado cabría preguntarse si existen vasos comunicantes entre el ecofascismo de la Alemania nazi y los posicionamientos respecto a los problemas medioambientales de los partidos de la extrema derecha contemporánea.

A este respecto, resulta esclarecedor el informe Convenient truths de Stella Schaller y Alexander Carius. Publicado en 2019, este trabajo desgrana las posiciones políticas respecto al cambio climático de los 21 partidos de extrema derecha más influyentes de la Europa actual. La lectura de este trabajo podría conducirnos a dos interpretaciones precipitadas. La primera, que los partidos de extrema derecha europeos no están demasiado interesados por los problemas medioambientales a los que nos enfrentamos. La segunda, que tales fuerzas políticas suponen un obstáculo insalvable a la adopción de medidas destinadas a frenar la emisión de gases de efecto invernadero. Estas conclusiones son inevitables si se piensa que 7 de estos 21 partidos han sido etiquetados por el estudio como negacionistas, esto es, fuerzas políticas que, como Alternativa por Alemania (AfD) y el UKIP, ni siquiera reconocerían el consenso científico sobre el calentamiento global, y otros 11 han sido clasificados como indiferentes o cautos en la materia, esto es, como partidos para los que las cuestiones relativas a la crisis medioambiental continuarían siendo bastantes marginales, como es el caso de la Agrupación Nacional de Marine le Pen. Ahora bien, si ahondamos más detenidamente en la investigación, algunas realidades que esta descubre sí anticiparían, a nuestro modo de ver, posibles virajes instrumentalizadores de la causa ecológica, más consonantes con la tradición del ecofascismo recordada más arriba.
Entre dichas realidades, cabría destacar dos. En primer lugar, no parece insignificante el que uno de los 3 únicos partidos de extrema derecha que aceptan sin ambages el consenso científico del cambio climático y apoyan sin tapujos los acuerdos de París sea precisamente Fidesz, esto es, la fuerza política de extrema derecha con más peso parlamentario de Europa. Su líder, Viktor Orbán, único jefe de gobierno de la UE que apoyó a Trump en su campaña electoral, declaró haber quedado “impactado” por la decisión del presidente estadounidense de abandonar el acuerdo climático de París. La segunda realidad en la que merece la pena fijarse es que, independientemente de su clasificación como negacionistas/escépticos, indiferentes/cautos o partidarios sin reservas de la causa climática, los partidos de la ultraderecha europea no parecen ajenos a los desafíos medioambientales siempre y cuando estos sean compatibles con sus proyectos nacionalistas excluyentes. Por citar solo un par de ejemplos proporcionados por el informe, Amanecer Dorado no menta el cambio climático pero sí organiza acciones de reforestación y extinción de fuegos, y cuenta con una Green Wind en su estructura. Marine le Pen, por su parte, líder de un partido clasificado como indiferente a las cuestiones ecológicas, no duda sin embargo en defender la inversión en fuentes de energía renovable cuando se trata de “hacer a Francia más independiente de los países del Golfo”. Y a los Demócratas de Suecia (SD), fuerza política incluida en el grupo de los negacionistas, no se les caen tampoco los anillos cuando declaran que “Suecia tiene una rica y valiosa naturaleza que ha de ser protegida y preservada”.

Por recapitular y reconectar con la analogía de la que partimos entre la fuerza de la cuarta ola feminista y la prometedora potencia del movimiento ecologista emergente, nos gustaría proponer, a modo de conclusión provisional, varios hilos de los que tirar:
• uno: tener en cuenta que si las fuerzas políticas de extrema derecha han sido capaces de instrumentalizar la defensa de los derechos de las mujeres para justificar políticas islamófobas, homófobas y sexistas, no resulta inimaginable que se suban, más temprano que tarde, al carro del mainstream de la salvación del planeta a la par que lo dirigen hacia metas nacionalistas y excluyentes.
• dos: pensar que aunque la amenaza de las distopías autoritarias y posfascistas sea más que digna de robarnos el sueño, lo verdaderamente peligroso sería no hacernos capaces de sintonizar los deseos masivos de cambiar lo que hay, ya se trate de las violencias machistas o del colapso medioambiental, con un proyecto social verdaderamente emancipatorio.
• tres: recordar que todo proyecto emancipatorio (todo proyecto político, en realidad), aunque rechace definirse como de izquierdas o de derechas con la sana intención de esquivar apropiaciones ideológicas o partidarias, está obligado a precisar el paradigma de transformación que lo sostiene. Y aquí no caben medias tintas: toca elegir entre capital o vida. Por eso, o feminismo liberal o feminismo. O Green New Deal o ecologismo social.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/palabras-en-movimiento/desafio-actual-ola-ecologista - Imagen de portada: Álvaro Minguito - Foto Jose-Nico-Pagina12
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Somos naturaleza defendiéndose

El pasado 7 de octubre tuvo lugar en Madrid una acción no violenta de desobediencia frente a la crisis climática y ecológica que cortó varias arterias principales de la ciudad. Nos lo cuenta en esta crónica personal, desde un profundo latir de sentires, Nadia Barrasa, integrante del movimiento Extinction Rebellion Spain que, junto a 2020 Rebelión por el clima, convocaron la protesta.

El 7 de octubre el despertador sonó un poco antes de lo acostumbrado. Los meses de preparación de la que ha sido la segunda oleada de la rebelión, una movilización en defensa de la vida, se materializaron en forma de un sonido estridente que también puso en marcha a miles de personas. Cada una de ellas había memorizado su papel y con ese texto en mente, Madrid se fue poniendo en marcha para dar vida a la que ha sido la mayor actividad coordinada hacia un frente común: dar la voz de alarma a la Emergencia Climática y Ecológica. 
Para algunas, es el calor excesivo en las noches en el pueblo, para otras es el llanto del Amazonas, la gota fría, las cosechas muertas o el propio futuro de sus hijos. Todas convergieron el lunes 7 de octubre a las 9.00 horas en el puente de Raimundo Fernández Villaverde, en pleno corazón de Madrid. El bloqueo empezó con el amor y la furia depositados en cada acción, las cadenas, que instantes después anclaban el barco en el centro del puente, resonaban a su paso inyectando una melodía conjunta a las pisadas, los suspiros, los tubos, y los cuerpos entrelazados que quedaban sentados, y unidos.
Una vez establecido el bloqueo, el color y los cánticos inundaron el asfalto. “No somos violentos”. “No hay planeta B”. “Esto lo hacemos por vuestra hijas”. Fueron algunas de las consignas que allí se cantaban, una tras otra, mientras la policía comenzaba a llegar. El ambiente era tan diverso como las personas que allí estaban. Lágrimas de adrenalina, de furia, de alegría, que conjugaban un sabor agridulce, con las sonrisas, los apretones de manos que tranquilizaban, y devolvían a la realidad. Todas formaban piña, y cuando la policía comenzó a desalojar y a soltar manos y cuerpos, siguieron en presencia y en comunidad. 
Se oían voces amables conversando con la policía, se oía el cansancio de la misma, procedente del costoso trabajo de trasladar el bloqueo. Mientras se desalojaba a las personas, las cámaras y los periodistas allí presentes fueron apagados, con orden de bajar del núcleo de la acción. Con el apagón, se sucedieron más retenciones y 3 detenciones. La acusación: resistencia y desobediencia. Desobediencia ante unas reglas que matan 150 especies diarias, que endeudan a cada instante a jóvenes, niños y futuras generaciones, masacran a comunidades enteras y contaminan el agua, el aire y la tierra de la que dependemos y somos parte. Uno de los últimos en caer fue el barco rosa que presidió la acción junto a las personas unidas por tubos de metal a él.
Una acción con dos ases

Pero la acción tenía dos ases. Media hora después del comienzo del bloqueo en el puente, cientos de personas descargaban, distribuían y montaban todo tipo de materiales de un camión parado en frente del Ministerio para la Transición Ecológica. Se formaron cadenas humanas que llevaban tiendas de campaña, muebles, sofás, pinturas, cacerolas… Hasta puntos concretos previamente distribuidos que compartimentaban el espacio delimitado con decenas de banderas, en secciones temáticas. Se estaba creando un festival por la vida, en el que cada detalle estaba pensado y cada espacio tenía un destino común. Llegaba la policía, algunas de las personas que habitan esos uniformes miraban atónitos la escena, cada minuto una pieza más cubría el césped y entre los árboles comenzaron a surgir las pancartas gigantes: “Actuad ahora” o “Somos la naturaleza defendiéndose”.
Las primeras horas se vivieron de manera tensa debido al riesgo de desalojo inminente, pero el campamento comenzó a organizarse, se establecieron vías comunicativas entre todas las personas allí presentes, y de manera orgánica empezó el funcionamiento y los protocolos ante posibles situaciones. Empezaron a llegar todas las personas de apoyo, con toda su fuerza entraron en el campamento. Poco después, el bloqueo del puente confluyó en el tumulto y cuando ambas partes de la misma acción se vieron, los cánticos se escucharon tan alto que todo vibró y se formó un círculo con las manos levantadas, a la par que informaban de que no había desalojo y la policía se llevaba los furgones.
El movimiento empezó a palparse en forma de listas de necesidades, carpas, carteles explicativos, medicación en el botiquín y comida en la cocina. La primera cena fue un cous-cous con salsa de curry que se disfrutaba en cada rincón del jardín. Grupos reducidos y dinámicos se esparcían y llenaban de conversaciones y emociones compartidas el aire. 
El campamento sirve como base neurálgica de actividades, bienvenidas, y lazos. Establecer lazos para seguir luchando contra las reglas y la parálisis que nos exterminan y ahogan. Vínculos que parten de la aceptación de ese objetivo y esas exigencias comunes y básicas para nuestra supervivencia: decir la verdad sobre el estado de emergencia en el que vivimos, acción con políticas vinculantes, drásticas, y duraderas, y puesta en marcha de instrumentos ciudadanos participativos de supervisión y garantía del cumplimiento de las medidas. Vínculos que se mantienen además por los principios de inclusión, respeto y dignidad de toda persona participe. 
Extinction Rebellion es relación, esfuerzo, respeto y acción. Es darse cuenta de que el granito de arena que individualmente podemos aportar debe estar contextualizado en un querer cambiar común. Es saber que hay una alternativa posible, que crece exponencialmente bajo el lema del respeto de los límites de nuestra casa y del querer construir a base de aceptar la diversidad y el cambio, en vez de utilizarlo como polarizador y destructor de la vida. 



Amor y furia, nos vemos en las calles. 

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/saltamontes/somos-naturaleza-defendiendose- Imagen de portada: Activistas bloqueando la Castellana de Madrid el 7-O Álvaro Minguito


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