Ciencia, coronavirus y democracia (Qué importante que es lo poco que necesitamos)

Ya desde la primera mitad del siglo XVII, se ha venido defendiendo que sólo el conocimiento que se adquiere de estudiar los fenómenos naturales y de establecer sus propiedades y relaciones puede ser verdadero. La secuencia hipótesis-experimento-teoría, propia del método científico, es y ha sido una fuente abundante de producción de conocimiento. Asimilada socialmente e inmersa en el paradigma de la modernidad, en donde impera la razón y la coherencia lógica frente a cualquier otro tipo de valores, ha facilitado el desarrollo de múltiples innovaciones tecnológicas permitiendo, en beneficio del bienestar social, el control y dominio de lo que hemos dado en llamar mundo natural[1].

Pepe Campana y Marian R Gómez

Ocurre, sin embargo, que los asuntos de los que trata hoy la ciencia son sumamente complejos, multicausales y frecuentemente afectados por retroalimentaciones de uno u otro signo cuyos efectos se manifiestan a largo plazo y en los que intervienen variables desconocidas sobre las que se formulan supuestos ambiguos e incompletos. A ello se une que la producción del conocimiento se desarrolla en un contexto en el que interviene una pluralidad de valores e intereses contrapuestos que alcanzan el ámbito de lo político involucrando decisiones de muy alto riesgo. 
De este modo, la ciencia, lejos de moverse en ámbitos en los que predominan los principios históricos de objetividad y neutralidad e impedida de la posibilidad de constatar mediante la experiencia las predicciones que resultan de sus teorías, es hoy un totum revolutum en el que confluyen intereses –económicos, ecológicos, sociales, éticos— que si bien antes parecían ser ajenos al proceso científico, están ahora completamente ligados a él.
Es en este tipo de contextos, en los que a un nivel de incertidumbre muy elevado[2] se une la necesidad de adoptar decisiones urgentes que están influidas por diferentes valores en disputa, donde tiene lugar lo que Funtowicz y Ravetz llaman ciencia posnormal[3]. Lejos de rechazar los logros de la ciencia aplicada y los métodos de trabajo empleados habitualmente por la consultoría profesional, la ciencia posnormal plantea estrategias adecuadas para la resolución del tipo de problemas mencionado.
En efecto, debido a la gravedad de los temas que se tratan y a la elevada incertidumbre del conocimiento que se dispone, la ciencia posnormal defiende que para adoptar decisiones en relación a los asuntos políticos, no basta ni con el conocimiento científico ni con las recomendaciones que en base a su pericia aportan los expertos, sino que es necesario, también, extender interna y externamente la comunidad de quienes participan en el proceso y evalúan la calidad del conocimiento disponible.
Se consigue esto dando cabida a todos los stakeholders, los grupos con interés en los asuntos objeto de discusión. Todos ellos, sabiéndose y reconociéndose iguales están entonces en condiciones de aportar en una discusión abierta su valoración de lo que está en juego, de sopesar los diferentes riesgos y sus implicaciones, y de acordar sus propias decisiones. En otras palabras, se requiere implicar en el proceso científico a una comunidad extendida de pares[4]. Mediante este procedimiento se asegura que tanto los hechos —el conocimiento factual—  como los valores —la componente axiológica— adquieran igual importancia y se tengan en cuenta a la hora de decidir sobre asuntos de trascendencia social. En este proceso el principio de precaución debería ser la guía. 
Declaración de la emergencia mundial
Cuando el pasado 30 de enero la OMS declaraba la emergencia mundial a raíz de la propagación global de la COVID-19, llamaba nuestra atención cómo el Centro de Prevención y Control de Enfermedades de Europa insistía en sus actualizaciones periódicas del estado de la pandemia en el hecho de que “la fuente de infección [de SARS-CoV-2] es desconocida y aún podría estar activa”. También el brote epidémico del Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS) de 2003, causado por un pariente del que heredó el nombre, se cerró en 2004 sin evidencia de la fuente de infección[5]. 
El escenario para la investigación y control de una alerta de salud pública por una enfermedad infecciosa es mucho más favorable cuando se conoce la fuente de infección. De hecho, el brote de cólera de Londres de 1854, investigación que marca el nacimiento de la epidemiología moderna, se resuelve cuando John Snow (1813-1858) descubre la fuente de infección: unos pozos de agua contaminada. Se frena la epidemia antes de descubrir la bacteria que causa la enfermedad porque se puede intervenir clausurando los pozos.  
El escenario COVID-19 es el contrario, conocemos desde el principio el genoma del coronavirus que causa la enfermedad, pero desconocemos la fuente de infección, lo cual plantea una doble reflexión: la primera sobre las puertas que abren a la enfermedad los vínculos entre la salud humana y la del ecosistema que hemos roto. Sobre esta dimensión de nuevos escenarios de amenaza para la humanidad profundiza John Vidal y también Fernando Valladares. Otras muchas voces nos alertan en este mismo sentido[6]. Volveremos sobre esto más adelante. La segunda reflexión, relacionada con el denominado sobrediagnóstico, nos adentra en el paradigma dominante de la investigación en salud: un gen = una enfermedad = un diagnóstico = un fármaco = una patente = un monopolio[7].
Llama la atención que de ambas cuestiones la dominante es la segunda, convirtiéndose en prioritaria tanto para las esferas económicas como políticas y muy probablemente, también para una parte mayoritaria de la población. Pero además de prioritaria es excluyente. Mientras se opta por desarrollar un remedio con el que combatir la enfermedad, sin duda algo necesario en el corto plazo, se enmascara e incluso niega la urgencia de buscar también una solución a largo plazo con la que resolver la primera de las cuestiones antes planteadas. Y es que abordar esta vertiente del problema obliga a plantear preguntas de respuesta no inmediata y a formalizar planes de acción absolutamente incómodos para quienes sólo ven en el mundo natural una fuente inmediata de riqueza.
Colapso
Se ha dicho a lo largo de los últimos días que el impacto social generado a raíz de la pandemia de COVID-19 y la consecuente declaración de alarma decretada por el gobierno el pasado 14 de marzo nos enseña, no sin razón, parte del camino a recorrer[8]. En algunos círculos se sueña, incluso, con que la pandemia de COVID-19 nos da la oportunidad de “experimentar cómo podría ser una sociedad en decrecimiento, aunque sea momentáneo”[9]. 
Pero no es así como nos imaginamos el decrecimiento. No, si está prohibido el juego en los parques y los besos callejeros. No, si no hay justicia social. No, si el precio de una simple mascarilla está sujeto a los vaivenes de la oferta y la demanda mientras hay personas que a la espera mueren literalmente en brazos de quienes luchan por su cura. No. No pensamos así el decrecimiento. No es decrecimiento. Es, digámoslo claramente, una muestra, débil aún pero muestra al fin y al cabo, de lo que podría ser —de lo que es—, el comienzo de un colapso civilizatorio sin retorno:
El agotamiento de los combustibles fósiles.  
La hipotética transición energética. 
La escasez de recursos materiales. 
Lo que dicen ser desarrollo sostenible. 
La modificación genética de seres vivos. 
Los bonos basura y el mismo sistema económico
capaz de comercializar la maternidad y comprar y vender cuerpos.
La esclavitud.
La destrucción. 
La erosión del suelo, la subida del nivel del
mar, el envenenamiento progresivo del aire
que respiramos. 
La salud. 
La pérdida de biodiversidad. 
Sentirnos dioses. Dioses muertos. 
La Primatemaia disseminata de Lovelock. 
El hambre.  
La Soledad. 
Colapso. 
Democracia participativa
Si tal como aseguran Vidal y Valladares es cierto que salud y ecosistema están fuertemente unidos, entonces para cerrar las puertas a la enfermedad será preciso reponer de la mejor forma posible la salud misma de los ecosistemas. 
 Enfocando el asunto como propio de la ciencia posnormal, se hace entonces necesario extender la comunidad de pares dando la posibilidad a que participen en ella junto a científicos y expertos, instituciones y movimientos sociales y culturales. Ahora bien, reponer la salud de los ecosistemas requiere, quiérase o no, un cambio de paradigma y, consecuentemente, analizar desde una perspectiva lo más amplia posible y en todo caso diferente a la que nos acostumbra la corriente de pensamiento dominante[10], todos los asuntos antes mencionados –agotamiento de los recursos, cambio climático, ingeniería genética, agroindustria, etc.–, y muchos otros más. Por otro lado, las decisiones políticas que puedan resultar conciernen no a un colectivo particular, que como tal tiene el derecho legítimo a ser consultado, sino a la humanidad entera. Más aún, esas decisiones han de adoptarse en un contexto en el que tanto el conocimiento científico disponible como el juicio de los expertos van acompañados, como ya hemos dicho, de un elevado grado de incertidumbre epistemológica y ética que nos obliga a incorporar en el mismo proceso de decisión tanto la voz de la biosfera y de cuantos seres vivientes depende de ella como la voz de las generaciones que aún están por venir. Siendo así, en el caso que nos ocupa ¿cómo extender la comunidad de pares y quienes han de formar parte de ella?
La respuesta no es fácil. Aquí apuntamos a la constitución sistemática de asambleas ciudadanas como parte de la solución. No es novedad recurrir a la constitución de asambleas ciudadanas para resolver problemas políticos de distinto rango. Así se hizo en 2005 cuando la Columbia Británica decidió reformar su ley electoral, la cual fue aprobada por referéndum siguiendo las recomendaciones adoptadas en una asamblea ciudadana formada por 161 personas y creada el año anterior. Otros ejemplos se han dado en Irlanda, Polonia y Gales y recientemente en el Reino Unido y Francia, donde se han constituido sendas asambleas promovidas por sus correspondientes gobiernos para decidir cómo conseguir en los próximos años emisiones netas nulas de gases de efecto invernadero.  
En esta misma dirección el gobierno de España adquirió con la aprobación de la Declaración ante la emergencia climática y ambiental el pasado 21 de enero, el compromiso de constituir “en los primeros 100 días de gobierno” una Asamblea Ciudadana del Cambio Climático. En efecto, la declaración fija como objetivo “[r]eforzar los mecanismos de participación ya existentes y garantizar de forma estructurada la participación ciudadana en el proceso de toma de decisiones en materia de cambio climático a través del establecimiento de una Asamblea Ciudadana del Cambio Climático, cuya composición tendrá en cuenta el principio de representación equilibrada entre mujeres y hombres e incluirá la participación de los jóvenes.” Sin duda es un paso importante.
Y aún a riesgo de abrir aquí otro debate en el que no queremos por ahora entrar, debe valorarse que si la Asamblea Ciudadana del Cambio Climático va a participar en el proceso de toma de decisiones tal como está previsto, deberá hacerlo con un objetivo y en un marco de referencia que le viene impuesto. En efecto, lo que se persigue es lograr la “neutralidad climática a más tardar en el año 2050, sobre la base del mejor conocimiento científico disponible y de manera coherente con los objetivos y medidas a 2030 recogidos en el [Plan Nacional Integrado de Energía y Clima 2021-2030] PNIEC.” Se trata, en nuestra opinión, de un objetivo poco ambicioso y, al mismo tiempo, inalcanzable si simultáneamente se pretende mantener el crecimiento económico defendido en la Agenda 2030 y el Pacto Verde Europeo[11].
Sin afirmar que sea este el caso, es primordial velar por que no se pervierta el uso de las asambleas ciudadanas. Es fácil pedir respuestas a asuntos imposibles o plantear temas intrascendentes, sólo con el objetivo de desviar la atención mientras las decisiones relevantes se siguen tomando en despachos y pasillos de vaya usted a saber dónde.
Y aún así, hay muchas razones que nos animan a apostar en este momento por este modo de participación ciudadana en la toma de decisiones. En primer lugar, por cómo se establece su composición, a través de un sorteo estratificado que reproduzca adecuadamente la estructura social de toda la población en un ámbito que por la naturaleza de los asuntos tratados podrá ser local, pero también nacional, regional o mundial. En segundo lugar, por ser foro que tiene por finalidad el entendimiento de todas las partes en la búsqueda del bien común. Aportar de forma abierta el conocimiento que al saber científico puede proporcionar el resto de actores y que de otro modo se niega o queda oculto. Ampliar el debate atendiendo a los intereses de todos y no sólo al de los de siempre. Saber de los riesgos y entender los valores que se ponen en juego. En tercer lugar, porque las discusiones de la asamblea, siendo abiertas, están abiertas igualmente, a quienes no participan de forma directa en sus reuniones. Cualquiera puede acceder a sus deliberaciones, dirigirse a ella, plantear sus dudas, y presentar sus pareceres. Cualquiera puede solicitar que se consideren perspectivas que hayan quedado olvidadas, puntos de vista diferentes. En cuarto lugar, porque sus deliberaciones son ordenadas, con garantías hasta donde se puede de la neutralidad de sus facilitadores y de los que dirigen los debates, velando en todo momento por que no predomine un interés particular sobre todos los demás. En quinto lugar, porque con sus resoluciones se supera el estancamiento grosero al que nos tienen acostumbrados las democracias representativas al uso. Corresponde a los representantes políticos diseñar los medios y desarrollar las políticas que resulten de las resoluciones adoptadas en el seno de las asambleas ciudadanas, pero la decisión de qué hay que hacer, fundamentada en el conocimiento científico y en los valores en juego, reside en la ciudadanía.
Reconocemos que las asambleas ciudadanas no son una panacea. Su funcionamiento debe ir acompañado, a nuestro modo de entender, de la presión y vigilancia de la propia ciudadanía, articulada o no a través de los movimientos sociales. Pero pensamos que en el proceso científico y en su relación con el ámbito político, cuando están en juego riesgos que nos afectan a todos, debemos participar todos. Siendo así, las asambleas ciudadanas, fundamentadas en sistemas más robustos de democracia participativa, pueden ser un mecanismo válido.
Gestión de la pandemia
La lucha contra los microorganismos que causan las enfermedades infecciosas descansa en dos pilares: las vacunas, con las que el sistema inmunitario se ve reforzado en su lucha contra la enfermedad, y medidas de Salud Pública que escapan de las competencias del sector sanitario.
Es probable que termine por encontrarse la vacuna con la que protegernos del SARS-Cov-2[12]. La COVID-19, tras dejar muerte, pena y miedo, quedará entonces superada. Pero el problema de base, entender que está en el cuidado de la biosfera el mantenimiento de la vida misma, se seguirá sin resolver.
Quizás, si nos diéramos cuenta de lo importante que es lo poco que necesitamos. Si quisiéramos cuidarlo…
A lo mejor es cierto que vivimos un proceso de aprendizaje. En algún momento tendremos que actuar.
Quizás.
Pero se nos acaba el tiempo.

Notas
[1] Forma parte de la fuerza de las palabras el que con ellas se conforman nuestros pensamientos y creencias. Hablar del mundo natural nos sitúa de forma inmediata en un plano ajeno a él. “El día en que seamos capaces concebirnos como parte de la naturaleza tanto como nos sentimos parte de la sociedad y de identificarnos con la biosfera tanto como nos identificamos con la tecnología veremos que debemos actuar tan contundente y rápidamente ante la crisis ecológica como estamos actuando frente al coronavirus”, escribe sabiamente Marga Mediavilla, reflexión que compartimos plenamente. Mas quizás con un carácter pesimista, sea difícil ver, como hace ella, que nos sintamos “parte de la sociedad”. Al menos no en un sentido pleno. La propia cosmovisión de la modernidad que nos empuja a considerarnos fuera del mundo natural nos impele a competir entre nosotros mismos. La ciencia, producto cien por cien humano, se convierte entonces en una herramienta con la que conquistar el poder y fomentar el beneficio económico y así, por unas razones —económicas, de idioma, de género, etc.—, o por otras —patentes, derechos de autor—, el conocimiento que genera o no llega o llega con mucha dificultad a la mayor parte de la población, impidiéndose que el conjunto de la sociedad se vea favorecido finalmente por sus hallazgos.
[2] Ya no se trata de una incertidumbre técnica, fácilmente gestionable mediante la realización de ciertos cálculos estadísticos y la aplicación de procedimientos adecuados. Tampoco de la incertidumbre metodológica, ligada a la calidad de la información y de la calidad de los procedimientos. Se trata de una incertidumbre epistemológica, afectada por la falta de comprensión de una realidad compleja, y una incertidumbre ética, en la medida en que los problemas de los que trata afectan a las generaciones presentes, pero también a las generaciones futuras, al bienestar de otras especies o al bienestar del planeta (Silvio O. Funtowicz y Jerome R. Ravetz, 1993. Véase nota 3).
[3] “Science for the Post-Normal Age”, Futures, 25:735-755, 1993.
[4] Funtowicz y Jerome R. Ravetz, 1993.
[5] K. McIntosh, Severe acute respiratory syndrome (SARS)  2016 – up to date.
[6] Por ejemplo, Jordi Serra-Cobo y Carlos Zambrana-Torrelio.
[7] Parafraseando a J. Ravetz en “The post-normal science of precaution”, Futures 36 (2004) 347-57: “El paradigma dominante se ha convertido en ‘un gen = una enfermedad = un fármaco = una patente = un monopolio’.“
[8] Muy recomendable, por ejemplo, el artículo (anónimo) publicado el 26 de febrero en el blog Chuangcn.org cuya versión en castellano puede encontrarse en Artilleria Inmanente. En una dirección análoga apunta también el artículo de Luis González Reyes del 12 de marzo, publicado originalmente en El Salto Diario y reproducido después en la revista 15/15\15.
[9] Así lo expresa Miguel Brieva en “Una modesta proposición” que es, a su vez, una magnífica viñeta.
[10] Dominante no por sobresalir entre las demás opiniones gracias al buen conocimiento y profundidad de las ideas, sino por venir impuesta por quienes las defienden arrimándose a los que en apariencia ostentan el poder.
[11] Véase, por ejemplo, “Donde tú dices «futuro sostenible» yo digo «brown future»“.
[12] Probable, pero no seguro. Hasta ahora no hay disponible ninguna vacuna frente a los coronavirus de los resfriados, ni frente al SARS de 2003, y la única que se ha desarrollado contra el MERS (2013) solo vale para camellos. Véase, por ejemplo, https://vacunasaep.org/profesionales/noticias/coronavirus-desarrollo-de-vacunas
Fuente: https://www.15-15-15.org/webzine Imagen de portada: Pepe Campana

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