Cicatrices en el paisaje: incendios forestales y la urgencia de una ley de uso de suelo con mirada ecológica

En Chile, el fuego dejó de ser una anomalía para transformarse en una presencia recurrente en el paisaje. No se trata del fuego que forma parte de los ciclos ecológicos, capaz de renovar y reorganizar procesos naturales, sino de incendios que irrumpen con una frecuencia e intensidad que los sistemas vivos no alcanzan a procesar.

Texto por Paula Rosales

Cada verano, el fuego vuelve a arrasar diversos territorios, dejando cerros ennegrecidos, suelos expuestos y comunidades alteradas. ¿Qué condiciones hemos creado para que el fuego se instale como una constante en nuestro calendario? La respuesta inmediata suele apuntar al clima: sequías prolongadas, olas de calor más intensas, vientos extremos. Y es cierto, el cambio climático ha generado condiciones cada vez más favorables para la propagación del fuego. Pero detener el análisis ahí resulta insuficiente —y en cierto sentido, cómodo—, porque desplaza la atención desde las decisiones humanas hacia una causa abstracta y global. El clima no actúa por sí solo. Opera sobre territorios concretos: paisajes naturales o profundamente intervenidos, suelos vivos o degradados, bosques manejados o en abandono. En función de ese contexto, el impacto del fuego se convierte en una variable. El fuego que hoy recorre Chile es la expresión visible de una trama más profunda, donde clima, ecología y decisiones humanas se entrelazan, y donde estas últimas no son un factor secundario.
Cuando el fuego deja de cumplir su función ecológica y el diseño territorial lo alimenta
Desde la ecología, el fuego no es necesariamente destructivo. En muchos ecosistemas forma parte de ciclos naturales de renovación, actuando como un disturbio que recicla nutrientes, abre espacios y reorganiza dinámicas de vida. El problema aparece cuando la frecuencia, intensidad y extensión de los incendios superan los regímenes históricos bajo los cuales evolucionaron los ecosistemas.
Eso es precisamente lo que ocurre hoy en gran parte de Chile. Los bosques y matorrales esclerófilos, así como los bosques templados del sur, no están adaptados a incendios reiterados de alta severidad. Cuando el fuego se repite antes de que el sistema logre recuperarse, se interrumpen procesos ecológicos fundamentales: la regeneración natural, el rebrote, la reconstrucción del suelo, el retorno de la fauna. El resultado ya no es renovación, sino simplificación ecológica, pérdida de biodiversidad y degradación progresiva del territorio.
«Desde la ecología, el fuego no es necesariamente destructivo. En muchos ecosistemas forma parte de ciclos naturales de renovación […] Los bosques y matorrales chilenos, así como los bosques templados del sur, no están adaptados a incendios reiterados de alta severidad.
Históricamente, estos ecosistemas no funcionaban en aislamiento. El fuego, la vegetación y la fauna formaban parte de un mismo entramado de regulación. Grandes herbívoros recorrían el territorio, consumiendo biomasa, abriendo claros y evitando la continuidad vegetal que hoy alimenta incendios de alta severidad. Animales como el guanaco, ampliamente distribuido desde el norte chico hasta la Patagonia, mantenían paisajes abiertos mediante su pastoreo constante, fragmentando el combustible y favoreciendo mosaicos de vegetación más diversos y resilientes. En los bosques templados y cordilleranos del sur, el huemul cumplía un rol similar, modulando la regeneración vegetal y reduciendo la acumulación de material inflamable.
En escalas más antiguas, hoy casi olvidadas, esta función fue aún más profunda. Especies extintas como el Mylodon, los antiguos caballos americanos (Hippidion) o los gonfoterios, parientes lejanos de los elefantes, moldearon durante miles de años paisajes abiertos y heterogéneos. La desaparición progresiva de estos grandes consumidores de biomasa —por extinciones, persecución y fragmentación del hábitat— dejó a los paisajes sin mecanismos naturales de regulación, favoreciendo la acumulación continua de vegetación y aumentando la disponibilidad de combustible.
Hoy no es posible restaurar exactamente ese pasado, pero sí reconocer las funciones que se perdieron. Prácticas como el pastoreo planificado, los sistemas silvopastorales o el manejo activo del sotobosque, pueden cumplir, si se diseñan correctamente, un rol ecológico análogo. No se trata de romantizar la fauna extinta ni de introducir soluciones simplistas, sino de gestionar el paisaje desde una lógica ecológica.

Paisajes homogéneos, fuego continuo
A este escenario se suma un factor clave: la estructura del paisaje. Durante décadas, las políticas forestales han incentivado la expansión de plantaciones en monocultivo, principalmente de pino y eucalipto. El resultado es la construcción de extensos territorios homogéneos, altamente conectados y con una enorme carga de combustible vegetal.
Desde la ecología del paisaje, esto tiene consecuencias directas: los paisajes homogéneos no frenan el fuego, lo facilitan. La continuidad de copas, la acumulación de hojarasca inflamable y la ausencia de mosaicos vegetales permiten que los incendios se propaguen rápidamente y alcancen altas intensidades. Diversos estudios en el centro-sur de Chile muestran que los incendios son más frecuentes y severos en paisajes dominados por plantaciones forestales que en aquellos donde persisten combinaciones de bosque nativo, matorral, praderas y zonas húmedas. No es solo qué especie se planta, sino también el cómo se organiza el territorio.
A esto se suma un factor social, la expansión desregulada de la interfaz urbano-rural, donde viviendas, caminos y actividades productivas se insertan en paisajes altamente inflamables, muchas veces sin planificación, sin manejo del entorno inmediato y sin criterios ecológicos de prevención. En estos espacios, el fuego deja de ser solo un fenómeno ecológico y se transforma en una amenaza directa para comunidades humanas, profundizando desigualdades territoriales y sociales.
La ley de uso de suelo: donde la ecología se cruza con la política
El fuego no solo revela fragilidades ecológicas; también expone los límites de nuestras decisiones políticas. En Chile, tras los grandes incendios de la última década, ingresó al Congreso un Proyecto de Ley que busca enfrentar una de las tensiones más incómodas del modelo territorial: impedir que los terrenos afectados por incendios cambien de uso durante un periodo prolongado, evitando que el fuego funcione como un atajo para habilitar nuevos desarrollos productivos, inmobiliarios o forestales.
No es un detalle menor que entre el 80 y el 90 % de los incendios forestales tengan origen humano, ya sea por negligencia, uso productivo del fuego o intencionalidad. El clima define cómo arde el territorio; por lo general, las personas deciden cuándo y dónde comienza el fuego.
La iniciativa, conocida por su propuesta de prohibir el cambio de uso de suelo por hasta 30 años en zonas siniestradas, sigue formalmente en tramitación, sin haber sido aprobada como ley. Su objetivo central no era sancionar, sino desactivar incentivos estructurales y reconocer que el suelo post-incendio requiere tiempo, protección y condiciones adecuadas para regenerarse.
Desde una mirada ecológica, esta propuesta es clave. El suelo es, quizás, el componente más invisibilizado en la discusión sobre incendios. Sin embargo, es el primero en pagar el costo y el último en recuperarse. Los incendios de alta severidad provocan pérdida de materia orgánica, alteración de la microbiología, erosión y la formación de capas hidrofóbicas que impiden la infiltración del agua. Un suelo degradado no solo se recupera peor, sino que favorece la instalación de vegetación oportunista, generalmente más inflamable, perpetuando el ciclo del fuego.


Suelos más fértiles y estructuralmente sanos se asocian a menor recurrencia de incendios, precisamente porque sostienen comunidades vegetales más diversas y estables. Proteger el suelo no es una acción posterior al incendio: es una estrategia preventiva.
Durante 2024 avanzó en el Congreso una Ley de Incendios más amplia, orientada a fortalecer instrumentos de prevención y gestión, especialmente en zonas de interfaz urbano-rural. En ese proceso, el artículo que incorporaba la prohibición prolongada del cambio de uso de suelo fue rechazado. El argumento dominante giró en torno a la propiedad privada, la reconstrucción y la planificación urbana, dejando fuera una dimensión clave: la recuperación ecológica del territorio.
El resultado es una situación ambigua. Chile reconoce que los incendios forestales son un problema estructural, agravado por el cambio climático y por el diseño del paisaje, pero no ha logrado traducir ese diagnóstico en una norma que proteja explícitamente los suelos y ecosistemas después del fuego. El mensaje implícito es preocupante: sabemos que el fuego daña, pero seguimos dudando a la hora de proteger el territorio cuando esa protección entra en tensión con intereses económicos de corto plazo.

Pensar el bosque como un sistema vivo
Quizás el mayor error cometido es pensar el incendio como un problema de emergencia y no como un problema de diseño ecológico. Se diseñan paisajes para producir rápido, para crecer sin fricción, para simplificar. Luego nos sorprende que el fuego haga exactamente lo mismo: avanzar rápido, sin obstáculos, arrasando con todo.
La ecología lleva décadas insistiendo en algo simple y profundo: los territorios necesitan gestión, no abandono. Manejo del bosque, cuidado del suelo, diversidad estructural, presencia de herbívoros, planificación del habitar humano.
En este sentido, la ley de uso de suelo post-incendio no es una traba al desarrollo. Es una señal mínima de que entendemos que un suelo quemado no es un terreno disponible, sino un sistema herido.

Fuente: Revista Endémico - https://endemico.org/cicatrices-en-el-paisaje-incendios-forestales-y-la-urgencia-de-una-ley-de-uso-de-suelo-con-mirada-ecologica/ Todas las Fotos son de: ©Wolfgang Hasselmann

 

Entradas populares de este blog

Antártida: qué países reclaman su soberanía y por qué

La oligarquía del plástico: apenas 7 países y 18 empresas dominan su producción