Ver, oír y nadar: la luz y el ruido también contaminan los océanos
Los efectos de la contaminación acústica y la contaminación lumínica son evidentes en todos los seres vivos marinos, desde las pardelas hasta los corales, pasando también por los microorganismos: Cuando rompen el cascarón, las crías de tortuga boba siguen la luz. Durante cientos de miles de años, las guiaban el débil resplandor de las estrellas y el reflejo de la luna en la superficie del mar. En las últimas décadas, ponen rumbo a los hoteles en primera línea de playa. En su universo, tierra significa oscuridad y océano es igual a luz. Pero eso ha cambiado sin que hayan tenido tiempo todavía de entenderlo.
Juan F. Samaniego
El efecto de la contaminación lumínica sobre la orientación de las tortugas bobas recién nacidas no es algo novedoso. Fue descrito por primera vez en un artículo científico publicado en 1990. En los 35 años que han transcurrido desde entonces se ha hablado mucho de contaminación lumínica y de sus impactos en los ecosistemas y en la salud humana. Pero eso no nos ha impedido seguir llenando el planeta de luz: desde principios del siglo XXI, el brillo artificial en la noche se ha incrementado un 49%, según datos recogidos por el Instituto Astrofísico de Andalucía.
Cuando pensamos en la contaminación que afecta a los océanos la mente se nos va, seguramente, a peces enredados en plásticos o a aves con las plumas cubiertas de petróleo tras un vertido. Pero hay muchas otras contaminaciones. El exceso de luz y de ruido provocado por las actividades humanas también está interfiriendo con la vida de los seres que pueblan el mar. Y las crías de tortuga boba son solo uno de los cientos de ejemplos que recoge la literatura científica.
Una luz que desorienta
La estrella polar y la Cruz del Sur guían a los marineros. Las pardelas cenicientas y los paíños siguen los destellos en la noche para orientarse en sus vuelos en alta mar. Las sardinas y los corales siguen el ritmo de los ciclos lunares, y el zooplancton completa una de las mayores migraciones del planeta cada día, moviéndose de las profundidades donde pasa las horas diurnas hasta las aguas superficiales durante la noche. Todas las especies del planeta han evolucionado bajo los ciclos naturales de luz y oscuridad, los que marcan el sol, la luna y los movimientos de la Tierra, y han aprendido a guiarse con ellos.
En las últimas décadas, sin embargo, la luz artificial lo ha ido invadiendo todo, dejando inservibles los relojes naturales que todos llevamos en nuestro interior. El resultado más evidente es la desorientación. «Los ciclos de luz y oscuridad permiten a los individuos saber en qué momento del año están y desencadenan una serie de respuestas biológicas que ajustan su comportamiento a ese momento concreto, como la reproducción o la migración», explica Airam Rodríguez, investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y experto en el impacto de la contaminación lumínica en las aves.
Su trabajo reciente se centra en los efectos sobre pardelas, petreles y paíños, aves marinas que pasan toda su vida en el agua y solo viajan a tierra para aparearse. «Cuando están listos para abandonar el nido, los pollitos hacen un primer vuelo nocturno sin cuidado parental. Pero muchos se desorientan y acaban atraídos por las luces humanas y chocando contra cualquier cosa», detalla el biólogo.
No se sabe bien por qué pasa esto (los efectos de la contaminación lumínica en la fauna marina están todavía poco estudiados), pero los investigadores manejan tres hipótesis: las aves se desorientan porque no perciben las señales luminosas naturales del cielo, los polluelos confunden las luces artificiales con presas bioluminiscentes o los ojos de las crías todavía no están desarrollados por completo (suelen crecer en lugares oscuros). También puede que la razón sea una combinación de todas las anteriores.
Además de la confusión de los polluelos, se han registrado otros efectos en estas aves. Cuando hay luces cerca, los adultos pasan menos tiempo en el nido. Los individuos jóvenes suelen aprovechar las luces de los barcos pesqueros para sacar ventaja y capturar sus presas (lo que se convierte en una desventaja para el animal capturado). Y está empezando a estudiarse el efecto de atracción que generan las luces de las infraestructuras en alta mar, como las plataformas de extracción de petróleo o los parques eólicos marinos.
«Cuando hablamos de contaminación lumínica en el mar no solo hablamos de zonas costeras, que obviamente se ven afectadas porque están más cerca de las fuentes de luz artificial. Hablamos también de contaminación indirecta, como el brillo del cielo nocturno, que afecta a áreas relativamente alejadas de las poblaciones humanas, y de las fuentes de luz no terrestres, tanto inmóviles, como las plataformas petrolíferas, como móviles, como los barcos», explica Elena Maggi, investigadora de la Universidad de Pisa, en Italia, y, junto a Airam Rodríguez, miembro del equipo de AquaPlan, un gran proyecto científico europeo para estudiar el impacto de la luz y el ruido en los ambientes marinos.
«Todos tenemos una serie de relojes internos que regulan nuestra actividad en base a los ciclos de luz y oscuridad. Pero si hay luz cuando debería estar oscuro, se desajustan», subraya la bióloga italiana. La contaminación lumínica afecta así al movimiento de las especies, a la reproducción y al metabolismo. También influye en los hábitos de aquellos seres que se camuflan en la noche para escapar de los predadores, que ahora pueden verlos. «Y cada vez estamos viendo más impactos en invertebrados y en microorganismos», añade Maggi.
«Por la noche, cuando son menos visibles, algunas especies de zooplancton migran verticalmente hacia la superficie para alimentarse. Es la mayor migración del planeta en términos de biomasa. Pero con la luz artificial, esto deja de ocurrir. Cualquier cambio en el comportamiento del plancton afecta a toda la cadena trófica del océano», explica la investigadora. «Sabemos mucho menos de los impactos en las plantas y en las algas, pero, por ejemplo, se ha constatado que la luz artificial nocturna puede afectar a la activación de algunos genes de la posidonia. Y cada vez hay más evidencia también de los efectos en las larvas de muchas especies, que en muchos casos se guían por la presencia o ausencia de luz».
El ruido que ensordece el mar
El 7 de marzo de 1949, un equipo de investigadores de la Institución Oceanográfica Woods Hole de Estados Unidos navegaba frente a las islas Bermudas cuando decidió introducir un rudimentario equipo de grabación submarina en el mar. Cuando lo sacaron del agua, comprobaron que todo había quedado bien registrado y acabaron guardando el disco en los archivos de la institución en Massachusetts. Allí se quedó, olvidado, hasta que a principios de este año una investigadora del mismo centro lo descubrió.
Resulta que aquel disco contiene la que se cree que es la grabación más antigua del canto de una ballena jorobada (que ha sido digitalizada y puede escucharse aquí). Pero lo que más ha sorprendido a la comunidad científica es el fondo sonoro sobre el que se escucha hablar al cetáceo. Porque es silencioso. Una misma grabación en la actualidad, casi con total seguridad, tendría por detrás ruidos de motores de barcos, de sónares o de prospecciones sísmicas para encontrar yacimientos de combustibles fósiles.
Los cetáceos son uno de los grupos de especies en los que más se ha estudiado el impacto de la contaminación acústica. El ruido interfiere en sus sistemas de comunicación y de navegación, afecta a sus técnicas para conseguir alimento, les provoca estrés crónico o reduce su éxito reproductivo, entre otros efectos recogidos por multitud de investigaciones publicadas en las últimas décadas. Pero el ruido afecta también a especies mucho menos llamativas que ballenas y delfines.
«Los cetáceos son especies visibles, carismáticas y con sistemas auditivos comparables a los de los humanos, lo que ha facilitado tanto el estudio de los efectos de la contaminación acústica como la comunicación de los resultados al público», explica Marta Solé, investigadora del laboratorio de bioacústica aplicada de la Universitat Politècnica de Catalunya. «Sin embargo, es una visión incompleta. Por ejemplo, hoy sabemos que los invertebrados marinos también son sensibles al ruido y que pueden experimentar efectos significativos. Durante mucho tiempo asumimos que no les afectaba porque no tienen oído en el sentido clásico».
El trabajo de Solé se ha centrado, sobre todo, en los efectos de la contaminación acústica en cefalópodos, moluscos, gasterópodos, cnidarios y crustáceos. «La clave está en entender que el sonido no es solo algo que se oye, sino una forma de energía mecánica. Los invertebrados detectan principalmente el movimiento de partículas generado por las ondas acústicas, más que la presión sonora. Desde esta perspectiva, el ruido se convierte en un estímulo físico capaz de interferir en procesos biológicos esenciales», añade.
Los estudios más recientes muestran que los efectos del ruido en invertebrados van desde lesiones a nivel celular y ultraestructural hasta cambios en el comportamiento. Entre otras cosas, se han detectado respuestas de estrés, daños en órganos sensoriales, alteraciones metabólicas y cambios en el comportamiento, problemas de desarrollo y malformaciones, y aumentos de la mortalidad en fases tempranas.
«Los invertebrados desempeñan funciones clave en los ecosistemas marinos, como la filtración del agua, el reciclaje de nutrientes o el mantenimiento de las redes tróficas. Si el ruido altera su comportamiento, su fisiología o su reproducción, estas funciones pueden verse comprometidas», explica la investigadora catalana. «Esto puede generar efectos en cascada que afectan a otras especies y al equilibrio general del ecosistema, lo que convierte el ruido en un factor de cambio ambiental de primer orden».
Los datos recopilados por el proyecto AquaPlan muestran que la contaminación acústica está presente en buena parte de los océanos y es especialmente evidente en mares cerrados y muy transitados, como el Mediterráneo. «La contaminación acústica es una presión humana cada vez más relevante debido al creciente uso del medio marino, tanto en alta mar, con los buques de transporte de mercancías, los grandes cruceros o los proyectos de energía eólica marina, como a nivel costero, con usos como la náutica recreativa y la pesca», señala Josep Lloret, investigador del Institut de Ciències del Mar (ICM-CSIC).
Lloret es, también, investigador principal del proyecto BIOPAÍS, que busca evaluar los potenciales impactos ecológicos y sociales de los grandes parques eólicos marinos flotantes en el Mediterráneo. De acuerdo con los estudios llevados a cabo, todas las fases de los proyectos de eólica marina producen ruido y vibraciones, aunque la contaminación acústica es especialmente evidente durante la construcción del parque.
Más allá de las granjas de eólicos, los efectos en los ecosistemas de actividades humanas como la pesca y la acuicultura, la náutica recreativa, los cruceros, el transporte de mercancías, los gasoductos o la desalación están claros. «Nuestros datos muestran que la expansión y la concentración de actividades industriales dentro o junto a zonas de alto valor ecológico es incompatible con los objetivos de conservación si no se aplican una planificación mucho más cuidadosa y el principio de precaución», añade el investigador.
¿Apagamos las luces?
La pregunta se repite una y otra vez con cada problema ambiental que se descubre. ¿Ahora qué hacemos? En el caso de la contaminación acústica y lumínica, la respuesta fácil es apagar las luces y dejar de hacer ruido. «No estamos aquí para decir que hay que apagar la luz, porque es imposible», explica Elena Maggi. «Pero hay pautas que pueden aplicarse a entornos terrestres y acuáticos para mitigar los efectos de la contaminación lumínica: usar la luz solo cuando y donde sea necesario, usar lámparas adecuadas para iluminar solo las zonas en que haga falta, no dirigir la luz hacia la superficie del mar o reducir la intensidad».
«Muchas veces tenemos más luces de las necesarias, algo que se ha hecho más evidente con el desarrollo de los LED, que parece que no gastan», añade Airam Rodríguez. «Lo mejor es intentar utilizar la luz más roja o más cálida que se pueda, intentando eliminar toda la radiación de la parte más azul del espectro luminoso, que es la que más afecta y la que más penetra en la columna de agua. Y también sería necesario reducir los derrames de luz hacia zonas que no se quieren o no es necesario iluminar».
Por otro lado, en entornos muy humanizados como el Mediterráneo, todos los investigadores coinciden en que hay que seguir estudiando los efectos acumulativos de las diferentes contaminaciones. «El ruido no actúa nunca de forma aislada, sino en combinación con otros factores de estrés como el cambio climático o la contaminación química», subraya Marta Solé. «Esta interacción puede amplificar los impactos, dando lugar a efectos acumulativos más complejos y difíciles de prever».
«Hay muchas posibilidades de mitigar los impactos de la contaminación acústica, como, por ejemplo, no construir infraestructuras marinas durante la etapa de migración de los cetáceos», concluye Josep Lloret. «Pero lo que es vital es tener una buena planificación marina para evitar actividades industriales en zonas sensibles, como las áreas marinas protegidas o las de la red Natura 2000, que son clave para la conservación de especies sensibles».
Este reportaje forma parte del proyecto ‘Especial Océanos‘, coproducido por Climática junto a Ecologistas en Acción como parte del proyecto MED30.
Fuente: https://climatica.coop/contaminacion-luminica-contaminacion-acustica-oceanos/ - Imagen de portada: Contaminación lumínica de la costa este de Gran Canaria al amanecer mientras el cometa C/2023 A3 (Tsuchinshan–ATLAS) cruza el cielo. Foto: Eduardo Robaina.




