México / El defensor de la tierra Pablo López Alavez es liberado tras 15 años preso: “No me voy a rendir, seguiré en mi lucha”
La justicia oaxaqueña da por cumplida la pena impuesta al activista indígena, pero no reconoce su inocencia. Él busca la absolución y la protección del Gobierno para volver a casa. “¿Van a seguir haciendo oídos sordos?“
Por: Elena San José
Hay cierta ironía en la situación que atraviesa Pablo López Alavez, defensor de la tierra recién condenado y liberado, todo a la vez. La justicia oaxaqueña acaba de ratificar, en segunda instancia, su culpabilidad por un homicidio que nadie ha podido demostrar que cometió. A cambio, ha modificado la categoría del delito y ha reducido a la mitad su condena inicial, de 30 años de prisión, dándola por cumplida: el líder indígena ya llevaba 15 años, 7 meses y 12 días recluido en una cárcel desde que fue detenido arbitrariamente por una quincena de hombres en 2010, en su comunidad, San Isidro Aloápam. Las organizaciones que lo han acompañado este tiempo han celebrado la medida este martes con un comunicado donde detallan que la excarcelación se produjo en marzo, pero la recién estrenada libertad sabe agridulce para este hombre de 57 años, que apenas ha pasado por casa antes de volar al extranjero para mantenerse, ante todo, a salvo. “No me voy a rendir, seguiré en mi lucha hasta obtener protección del Gobierno, si es que me respalda”, anticipa López Alavez, que conversa con EL PAÍS por videollamada. Su cuerpo es apenas una silueta recortada contra la luz, que ilumina el patio trasero de la vivienda que le ha facilitado a él y a su esposa la ONG Front Line Defenders.
Su liberación, tantos años después, es una victoria que no borra el dolor acumulado durante más de una década. Hay ciertas fechas y descripciones que siguen grabadas a fuego en la mente de este hombre y brotan a la superficie a la menor oportunidad, como un torrente que busca abrirse paso por donde puede: el 15 de agosto de 2010 lo detuvieron —”o secuestraron”— sin ninguna orden ni documento que garantizara el debido proceso. Eran “personas encapuchadas, vestidas de negro, con armas largas”. Lo golpearon y lo metieron en “una camioneta particular, una camioneta roja”. Más tarde se toparía con los agentes de la policía estatal que lo llevarían directo a la cárcel de Etla, a las afueras de la capital oaxaqueña. Esa fecha se cuela en su discurso tanto como otra anterior, igual de clave, el 18 de junio de 2007, el día que supuestamente cometió el homicidio que le imputaron después. “Yo estuve en otro lugar, pero el Estado nunca tomó en cuenta mis pruebas, siempre las dejó bajo su escritorio”, señala.
Pablo López se aferra a los hechos y los repite como si intentara hacer entrar en razón al Gobierno estatal, al federal, al Poder Judicial: a cualquier autoridad que pueda contribuir a borrar la palabra culpable de su expediente. La ONU se involucró dos veces en su caso. Primero en 2017, a través del Grupo de Trabajo sobre Detenciones Arbitrarias, en la que concluyó que su detención había sido arbitraria y motivada por su labor de defensa ambiental, y solicitó su inmediata puesta en libertad y la adopción de medidas de reparación. Después en 2020, a través de un grupo de relatores especiales, en la que solicitaron información al Estado sobre la compatibilidad de su encarcelamiento con el Derecho Internacional. En 2015, también la Defensoría del Pueblo de Oaxaca había concluido que se habían producido violaciones significativas al debido proceso.
Tras el primer amparo interpuesto por Consorcio Oaxaca, la principal organización local que ha acompañado a López Alavez en su proceso, un tribunal federal concluyó hace seis años que había habido numerosas negligencias en el juicio, resuelto en apenas media hora. En lugar de ordenar la puesta en libertad del defensor indígena, sin embargo, el tribunal solicitó la reposición del pleito, que concluyó, en primera instancia, exactamente igual que la vez anterior. La organización ha recurrido de nuevo al amparo para impugnar la última sentencia, que incluye una pena de 15 años de prisión por homicidio simple —en vez de calificado—, pero todavía está pendiente de resolución. Esa es su última carta dentro de la justicia nacional. El siguiente paso sería recurrir a instancias internacionales.
“Cuando me notificaron [que quedaría libre], siempre me llegó a la mente que yo no podía quedarme callado, que eso no se podía quedar así nomás. Me dieron atole con el dedo. Estoy en libertad, pero nunca reconocen que soy inocente”, dice Pablo López, que muda de su zapoteco nativo a un español que pronuncia con esfuerzo pero con eficacia. Sabe cuál es su historia y traslada su mensaje con claridad: “Me acuerdo de todo lo que he vivido y ahora quiero saber qué nombre se le puede poner a eso que me hicieron”. “Sigo tocando puertas por la injusticia, la criminalización, la tortura, la violación a mis derechos humanos que viví y sigo viviendo”, enumera, y señala las incoherencias de un sistema que promueve la protección de la naturaleza pero persigue a quien se interpone ante su destrucción.
El camino no solo ha sido duro para él: sus seis hijos y su esposa, la defensora Yolanda Pérez Cruz, tuvieron que abandonar su hogar como consecuencia de las amenazas. Ahora viven en una casa prestada en la capital. Lo perdieron todo. “Cuando me llevaron a la cárcel, mis hijos, mis hijas, estaban estudiando. Ya no tuvieron cómo para seguir haciéndolo. Acabaron su telesecundaria no más. Se dedicaron a trabajar para sobrevivir con su madre y hasta la fecha siguen trabajando para solventar los gastos”, reconstruye López Alavez, que en su pueblo cultivaba terrenos. El más chico de sus hijos tiene ahora 21 años.
“Pablo es otra persona, es muy diferente, antes todavía estaba más fuerte, y yo también, y también soy otra persona desde 2010”, añade Yolanda Pérez, que se rompe cuando piensa en el tiempo que les robaron. “Es un dolor, es un coraje, es una rabia”, sintetiza: “Queremos que hagan justicia y que investiguen su secuestro”. A su lado, su marido la elogia: “Desde el momento que fui privado de mi libertad, mi esposa empezó a tocar puertas pidiendo justicia. Aunque haya recibido un sinnúmero de amenazas”. Esta madre coraje se encontró, por el camino, con otras madres coraje — buscadoras, defensoras—, llamando a los mismos sitios, tocando las mismas puertas.
Nada, sin embargo, ha sido tan difícil como cambiar las montañas por el cemento. “Yo no sabía hablar español, cómo cruzar las calles”, dice ella, que agradece a las organizaciones que han acompañado su caso, “tanto física como psicológicamente”. “En la ciudad todo se compra, hasta el agua. Todo lo que se puede consumir, se compra, y allí en mi pueblo se trabaja”, completa su marido: “Trabajando tenemos toda el agua, cuidando la naturaleza. Ahí vienen los manantiales que bajan al pueblo, con eso nos abastecemos tanto los seres humanos como los animales que habitan en la comunidad. Eso es lo que se me hace más difícil de estar en la ciudad”.
En la urbe europea a la que ha llegado, tras pasar brevemente por la casa de su familia y por otra de protección, ha podido caminar, conocer. “Los paisajes se ven lindos, por el cuidado y la protección de la naturaleza. Se ven lugares padrísimos”, comenta Pablo López el único momento en el que consigue abstraerse de la historia que carga a cuestas. “Agradezco a la gente que vive aquí o a la ley que tienen en este país por cuidar la naturaleza. Está muy conservado. Esto es lo que quisiera yo que se entendiera en México”, le sale de vuelta el defensor de los bosques, que lamenta que la tala ilegal ha continuado durante todos estos años: “Extraño mucho ver las aguas, los animales”.
Su llamado es el que ha sido siempre: al Poder Judicial federal, que revise su caso y las potenciales violaciones de derechos humanos; al Gobierno federal y al estatal, que le den audiencia y le garanticen protección para poder volver a su hogar, ahora a tantos kilómetros de distancia. “¿O van a seguir haciendo oídos sordos?”, les reprocha. Finalmente, a sus compañeros, defensores de la tierra en un país y en un continente que se han convertido en una trampa mortal, les da “palabras, fuerza, ánimo”: “Que le echemos ganas, que demos pasos hacia delante. Por más amenazas no nos vamos a ablandar. No nos sintamos caídos, porque no hacemos cosas malas. Trabajamos para el futuro de las generaciones”.
Fuente: https://elpais.com/mexico/2026-08-18/el-defensor-de-la-tierra-pablo-lopez-alavez-es-liberado-tras-15-anos-preso-no-me-voy-a-rendir-seguire-en-mi-lucha.html - Imagen de portada: Pablo López Alavez en su celda en el Centro de Reinserción Social de Villa de Etla, Oaxaca, el 25 de julio de 2023. RODRIGO OROPEZA

