De Japón a Grecia y Tandil: la revolución de la agricultura natural
La
producción de trigo agroecológico es una referencia de Monte Callado,
el campo bonaerense impulsado por Damián Colucci, un joven porteño que
decidió viajar a Japón para aprender con el referente de la agricultura
natural y luego hacer su propio camino en Tandil, con prueba, error y
más aprendizajes. Una muestra más de producción de alimentos sanos,
lejos de los venenos y de las corporaciones.
Por Ivonne Guevara
Desde Tandil, Buenos Aires
Viajó
a Japón con algo del idioma en su haber y la certeza inquebrantable de
encontrar a Masanobu Fukuoka, el referente en agricultura natural. Pasó
por Grecia, se hermanó con Panos Manikis (otro gran impulsor de la
producción de alimentos sanos), esquivó el mandato del rendimiento
económico y transformó su campo en un modelo vivo de agricultura.
Retrato de Damián Colucci, el hombre que ve en la tierra un camino de
introspección y no una máquina de facturar.
Hace 24 años Damián
Colucci llegó a Tandil sin saber que se quedaría para siempre en ese
campo que compró su padre, en el paraje El Gallo, y cuyo nombre es
"Monte Callado". Los hilos de la historia comenzaron a tejerse mucho
antes de enhebrar la aguja, con el deseo y la convicción que aún se
mantienen intactos en este agricultor, que desde muy joven supo que
quería vivir en la naturaleza.
Cada paso fue decisivo, con
determinación y en pos de ese objetivo. Pero no se trataba de ir a un
campo y hacer cualquier cosa, había conciencia y un despertar muy
profundo que lo llevó a encontrarse con alternativas que se
diferenciaban muy bien de los modelos convencionales de producción
agrícola.
Era apenas un adolescente cuando sintió hablar por primera
vez de Masanobu Fukuoka, el japonés reconocido en el mundo como “padre
de la agricultura natural”. También se sentía atraído por toda la
cultura oriental en general, así es el caso del taoísmo.
Con lo que
implicaban las comunicaciones en aquellos años, logró encontrar a
Fukuoka y llegar hasta su granja en el sur de Japón y experimentar en
cuerpo y alma aquello sobre lo que tanto había leído. Eso, a su vez, lo
llevó hasta Grecia a unirse con Panos Manikis, uno de los discípulos de
Masanobu Fukuoka, con quien forjó un vínculo que se sostiene aún. Hoy,
Colucci es un referente en sí mismo de la agricultura no tradicional, su
campo es un modelo de vida, donde la naturaleza simplemente es.
“Tenía una certeza”
“Ni
siquiera sabía si estaba vivo, estábamos en 1996 y yo sólo tenía un
libro que había sido publicado en 1978. Tranquilamente podría estar
muerto”, analiza.
No existían los correos electrónicos y mucho menos
los celulares, entonces Colucci mandó una carta a una dirección que
consiguió. Nadie le respondió. Volvió a mandar otra, y otra, y otra, sin
obtener respuestas. Con esa determinación de saber lo que quería, dio
con una editorial española que había traducido uno de los libros y le
facilitaron un número de teléfono.
Para llamar le pidió a una persona
japonesa que lo acompañe a un locutorio. Del otro lado atendió la nuera
de Fukuoka que le dio el “sí” que necesitaba para empezar a poner en
marcha todo aquello que había planificado.“Son amables, pero también muy
cortantes. Dijeron que podía ir en marzo y esto había sido como medio
año antes. A partir de ahí me empecé a preparar aún más. Tenía una
certeza”, relata.
En marzo del 2000 viajó.
“Yo
estaba muy firme en lo que quería, no era una aventura. Iba a
encontrarme con Fukuoka. Estaba muy decidido, pero también cauteloso,
estudié mucho y eso me sirvió porque pude entender la cultura japonesa”,
dice.
El único extranjero
Al
fin llegó a Japón, aunque le quedaban por delante muchas escalas más
para arribar al pueblito del sur donde residía el padre de la
agricultura natural. “Era un sitio bastante recóndito”, figura. Primero
descendió en Osaka, de allí tomó el tren bala hacia Matsuyama y luego se
encaminó a la pequeña ciudad cabecera, hasta la última estación del
recorrido. Viajó prácticamente solo y al descender notó que “era todo
campo”. Todavía no sabía cómo llegar a la granja, así que usó el
teléfono de la estación para anunciarse. Lo buscaron y llevaron directo a
la casa donde vivían los voluntarios, una vivienda donde había
funcionado varios años antes un laboratorio de Fukuoka. El argentino era
el único extranjero.
Colucci hizo memoria de los paisajes, los
campos y la forma de producción. Todo estaba muy dividido, las parcelas
sectorizadas por especies y las casas en otra área. Enseguida se puso a
trabajar, a reconocer el suelo, las herramientas y los tiempos.
A
Fukuoka recién lo vio a los 20 días de haber llegado. “En esos últimos
años de su vida el viajaba mucho, tenía 85 años y ya no trabajaba. Por
un lado, ahí estaba todo lo que había leído, pero ya no se notaba tanto
su impronta. Yo trabajaba con su hijo y con su nieto, que tenía unos
cinco años más que yo”, cuenta.
Las tareas eran diversas y variadas.
De allí Colucci aprendió mucho, sin embargo, advirtió que eso no fue lo
que lo formó en un 100 por ciento, sino que fue parte del todo. “Sí
significó una buena parte. Los agricultores japoneses manejaban
herramientas manuales que ya no se usan más y me sirvieron mucho para lo
que hoy hago en Monte Callado”, reconoce.
Entre Fukuoka y Panos
El
primer encuentro cara a cara con aquel maestro que leía en los libros
fue importante, aunque no mágico. Si bien Colucci había tomado aquellas
clases de japonés y venía de 20 días de convivencia con trabajadores del
lugar, le costó entender a Fukuoka. Como toda provincia, ahí también
tenían sus modismos y dialecto. Las charlas siguientes fueron mejores,
el oído se había agudizado y todo fluía mejor.
“El estaba preocupado
por el devenir del mundo natural, por las deforestaciones y lo que se
podía hacer con la agricultura natural”, cuenta, repasando aquellas
conversaciones.
En uno de esos intercambios el maestro le habló de su
discípulo Panos Manikis, un griego que había estado viviendo ahí pero
que luego volvió a su país y logró llevar a Fukuoka a Europa,
consiguiendo poner esta filosofía de vida y producción sobre la agenda.
A
Damián le generó intriga, siguió preguntando sobre él e indagando sobre
su vida. Así, en el último encuentro que tuvo con Fukuoka le pidió que
hiciera de intermediario para poder conocer a Manikis. Después de nueve
meses allí, Colucci dejó Japón y se fue a Grecia. Y encontró con algo
totalmente opuesto. Árido. Otra cultura y un idioma totalmente
desconocido.
Recuerda que en un principio Panos Manikis parecía
alguien muy duro y frío, sin embargo lo terminó adoptando como un hijo
prácticamente. Resultó imprescindible que el griego hablara muy bien el
español. “Fue una experiencia espectacular, íbamos a todos lados
juntos”, celebró. De hecho, admitió que aprendió mucho más de Fukuoka en
esos dos meses que estuvo ahí. Llegaba el invierno y estaban al lado de
Bulgaria, al norte, en la zona más fría, y ya no había mucho más que
hacer con los cultivos. Además, Colucci tenía muy resuelto que quería
empezar a hacer lo suyo: “Tenía ganas y decidí volverme”.
Monte Callado no era lo que esperaba
Mientras
aún estaba en Japón, el papá de Damián compró un campo en El Gallo, un
paraje de Tandil. No era lo que él tenía en su imaginación, sus planes
eran otros, ni siquiera se acordaba de cómo era la ciudad en la que
había estado una vez cuando tenía 7 años.
Llegó de vuelta a Buenos
Aires en febrero, no pasaron dos días de su arribo que viajó hacia esas
sierras con su progenitor para conocer el predio: “Y acá estoy”, sonríe.
“No
me gustaba, yo tenía otra cosa en mente, acá estaba todo destruido y no
había casi árboles. No era muy atractivo para lo que yo quería hacer,
encima los pocos vecinos que había eran chacareros que apostaban más a
lo tecnológico”, describe.
Su inclinación era totalmente distinta,
más natural. Nunca decidió nada, simplemente se fue quedando en Monte
Callado, aunque tuvo oportunidad de irse a otros lugares. “Sentía que me
tenía que quedar y enseguida empecé a ver los frutos. Este lugar
solitario era ideal para mí”, dice como si imprimiera un refuerzo
actualizado a esa afirmación.
Tal como detalla, nunca le costó nada.
No tenía las expectativas que suelen tener los productores
convencionales, de hecho, asegura que nunca fue atrás de los resultados.
Incluso, manifiesta que le fue mal mucho tiempo y ni eso le quitó lo
contento.
A diferencia de aquellos que se ponen objetivos y metas,
Colucci empezó al revés, sin expectativas, sin pensar en rindes ni en
dinero. “Para mí era el camino en sí mismo lo que valía y todo por
añadidura se fue dando”, señala, resaltando ese camino natural que
siempre fue su guía y faro.
Foto: Gentileza Damián Colucci/ Monte Callado
Panos en Tandil
Después
de nueve años Panos Manikis y Damián Colucci se reencontraron en
Tandil. El griego se vino hasta el campo de su discípulo y resultó
sumamente movilizador para ambos. Estuvieron más de un mes de gira por
el país dando charlas.
“Un poco me da nostalgia que se haya apagado
el fervor de difundir la agricultura natural. Al igual que Fukuoka,
Panos es un gran maestro”, enfatiza, reconociendo el bajo perfil de
ambos y por lo cual no se han hecho tan conocidos. “Eso es muy de la
cultura oriental”, argumenta.
Desde su perspectiva, a pesar del
inmenso acceso a la información actual, en aquel 2009 había más
conocimiento de la agricultura natural que ahora.
Él mismo, junto a
un grupo de amigos, se ocupó de esa divulgación traduciendo e
imprimiendo más de 10.000 ejemplares de los libros de Fukuoka. La
fortuna fue haber tenido un amigo con una imprenta en El Bolsón.
“Nos
dábamos el lujo de regalar un montón de libros”, cuenta. Entonces
cuando llegó Manikis a la Argentina todos estaban a la expectativa
porque ya conocían de él. En esa oportunidad se dieron cursos en Monte
Callado, charlas en la Universidad de Balcarce y así recorrieron el país
de norte a sur difundiendo este modo de vida en armonía con la Tierra.
Foto: Gentileza Damián Colucci / Monte Callado
“El mundo cambió para peor”
“La
gente venía a Monte Callado para que yo le hablara de Fukuoka, ahora ya
no viene por eso”, se lamenta. Según recuerda, cuando Panos Manikis
estuvo en nuestro país había un auge de la agricultura natural, pero
después “el mundo cambió para peor”.
“Allá por el 2000 parecía que se
venía el fin del mundo. Había un quiebre y todo fue para otro lado. Se
desestimó el camino de la vuelta al campo”, analiza, pero nada de eso
hizo flaquear su convicción de apostar a esta forma de vida.
En los
últimos años, tal cual relató, fue como si hubiera vivido varias vidas
en Monte Callado. “Llegué a un punto que no me había imaginado, estoy
contento, recapitulando”, suspira y revela que luego de unos problemas
de salud hubo un quiebre.
Eso lo llevó a volver a hacer todo lo que
hacía antes, pero con más experiencia, y con la tranquilidad de haber
armado algo que se sostiene económicamente. “Nunca me importó el dinero,
se dio por decantación y viene bien”, admite, memorando que su papá
siempre le decía que la plata era simplemente una herramienta más.
A
Damián no le gusta el calificativo de “productor”, no se considera, sino
que para él producir alimentos es una parte de más de su vida, del
todo. “Para mí producir alimentos es una excusa para vivir en el campo”,
asienta.
Como reflexión final, señaló que vivir en el campo es un
“gran camino”. Es su lugar, donde está todo y en cada actividad se
encuentran el crecimiento y el conocimiento. “Estamos en lugares
hermosos, donde las rutinas monótonas te sirven para pensar cosas y
nutrirte internamente”, comparte.
Monte Callado hoy es lo opuesto a
lo que se encontró Colucci cuando llegó allá por febrero del 2000, hoy
lo rodean plantas y animales. Es pura vida y el sigue ahí, mimetizado y
al ritmo de la naturaleza.
Monte Callado vuelve a su centro
Monte
Callado nació como una forma de vivir en el campo y terminó
convirtiéndose, casi sin que Damián Colucci lo buscara, en una unidad
productiva cada vez más amplia. Al principio hizo prácticamente todo con
sus manos. Sembró trigo, cosechó con una hoz y molió los primeros
granos en un pequeño molino rústico. Buscaba producir sus propios
alimentos y sostener una vida cercana a la naturaleza.
Con los años
aquella experiencia comenzó a crecer. “Yo me había venido con una idea
de vida en el campo más que de productor agropecuario. Después, por un
montón de circunstancias, me fui convirtiendo en productor”, relata.
Entonces incorporó otros cereales, construyó silos, sumó tres molinos de
piedra y su harina integral agroecológica llegó a elaboradores de
Tandil y de otras ciudades. También alquiló otros campos y la escala de
trabajo empezó a requerir cosechadoras, camiones y una estructura mayor.
Durante
un tiempo comprobó que aquella forma diferente de producir también
podía sostener económicamente a una familia, permitirle invertir y
desarrollarse sin abandonar sus convicciones.
“De alguna manera
logramos demostrar que esto podía ser una salida económica”, revela
Colucci. Así, puso en evidencia que una actividad rural alternativa no
tenía por qué estar ligada a la precariedad, ni a las grandes
corporaciones. Pudo mejorar la infraestructura, comprar maquinaria,
plantar miles de árboles y consolidar una producción viable.
En los
últimos dos años Damián volvió a cambiar. Dejó de alquilar tierras y
decidió trabajar solamente sobre el campo propio. La harina continúa,
aunque en una modalidad más tranquila y con una producción menor. El
molino, que durante años demandó buena parte de sus jornadas, ya no
organiza todo el trabajo.
No se trata de abandonar lo construido ni
de desandar el camino. Después de haber comprobado que su forma de
producir podía sostenerse económicamente, eligió achicarse para
recuperar tiempo y libertad. Volvió a experimentar con quesos, leche y
fermentos naturales, algo que le apasiona. También retomó otras
elaboraciones y prácticas que no siempre son rentables, pero que
alimentan su curiosidad y le permiten relacionarse con el campo de una
manera más amplia.
“Ahora estoy retomando todas esas ideas que son un
poco más revolucionarias. Produzco menos harina y vuelvo a dedicarme a
cosas que siempre quise hacer, aunque no sean muy rentables”, afirma.
Damián
cambia de ideas, prueba y vuelve a empezar. En esa aparente
inconstancia hay una forma profundamente coherente de habitar Monte
Callado. Nunca buscó repetir una fórmula, sino observar qué pide cada
momento y acompañar ese movimiento.
Actualmente, según cuenta,
también retomó los cursos y la transmisión de lo aprendido. Después de
tantos años de ensayos conoce qué cultivos se adaptan al clima
tandilense, cuáles requieren demasiado esfuerzo y qué prácticas pueden
acompañar mejor los tiempos de la tierra. Guarda, además, un inmenso
registro de aquello que no funcionó. Para quien llega con ganas de
probar una especie o una técnica, su experiencia puede ahorrar años de
intentos.
La historia de Monte Callado parece dibujar un círculo.
Damián comenzó buscando una vida en la naturaleza, se convirtió en un
productor de mayor escala y demostró que su modelo podía ser
económicamente viable. Ahora vuelve hacia aquel impulso inicial, aunque
lo hace con más experiencia, una estructura consolidada y menos
necesidad de demostrar algo. Se achicó en superficie y en volumen, pero
amplió nuevamente el espacio para explorar. “Probé mucho acá en Monte
Callado. Hay un sinfín de cosas que me fueron mal, y eso está
buenísimo”, celebra.
Fuente:
https://agenciatierraviva.com.ar/de-japon-a-grecia-y-tandil-la-revolucion-de-la-agricultura-natural/
- Imagen de portada: Foto: Nicolás Borojovich








