EDITORIAL DEL GRUPO DE REFLEXIÓN RURAL





Distintas razones, que van desde circunstancias coyunturales de la política menor, propias de un año electoral, a comprensibles evoluciones en la conciencia pública, así como legítimas acciones de sus víctimas, han terminado por poner sobre el tapete el gran tema de la sojización y de sus consecuencias e impactos.  No es un tema menor. Los debates abiertos significan la esperanza de poder pensar otro país, expresan además, la voluntad de resistir las actuales circunstancias y de hallar otro modelo. No será fácil, pero tampoco son pocos los pasos dados. ¿Qué no llegamos a estas circunstancias por el camino encomiable de la pura lucha por la justicia?   No, claro que no. Llegamos como se pudo, como la historia quiso y como la realidad que suele ser mezquina, lo ha permitido, con dosis de oportunismo y de contumacia, y más como resultado de una confrontación irracional,  fruto de miradas esquizofrénicas, que de una comprensión política de los escenarios nacionales.
 
Todavía, cuando hablamos de sojización, nos vemos obligados a enfrascarnos en debatir acerca de la 125... Siguen sin comprender ni querer ver los enormes negociados que se llevaron a cabo mientras se construía el gigantesco circo de la confrontación. Por otra parte, es verdad que, tanto unos como otros prefieren la discusión miserable sobre cómo repartir las ganancias del modelo, a enfrentar el pavor de las consecuencias de ese modelo: miles de niños nacidos con deformaciones irreparables y el cáncer convertido en epidemia. La conciencia argentina no lo soporta. No soportamos la verdad de esa milanesa de soja que engullimos, que engullimos igual que cuando nos decíamos: “por algo será” y dábamos vuelta el rostro para dejar de ver lo que no podíamos afrontar. No soportamos ver el otro lado de esa cuatro por cuatro que tanto nos impresiona, ni tampoco el otro lado de ese plan trabajar del que vivimos malamente. Nos hemos negado por años a comprender, nos hemos negado a ver y a relacionar lo que tenemos delante de los ojos. Decía alguien, que, como si fuésemos productos de un mestizaje con el avestruz, acostumbramos a meter la cabeza en un hoyo cada vez que se habla de ciertos temas.
 
La película de Nicolás Sarquís denominada: Soja, ¿panacea alimentaria o arma silenciosa? Que fuera respaldada por la Secretaría de Cultura de la Nación, se exhibió por el canal oficial innumerables veces a lo largo del año 2003. A raíz de que la mencionara en una editorial anterior y de que muchos se propusieron encontrarla,  hemos comprobado que pocos la recuerdan, parece que se nos borró de la memoria o acaso no existió y estamos fantaseando… Por qué no, podríamos estar enloqueciendo tal vez y desvariamos sobre algo en lo que creemos haber participado, pero el común niega que haya existido… podría ser… pero vamos a Internet y resulta que la película existe, que Nicolás Sarquís existió y fue su director, que el gran encuentro de responsables de proyectos del Estado que en número de más de 500 se dieron cita en la Biblioteca nacional para discutir el tema en julio del 2002 existió, aún más todavía, y está en Internet, con fecha febrero del 2003 el Consejo de políticas Sociales de la Presidencia de la Nación, hace público el librillo denominado “Consideraciones sobre la Soja en la Alimentación”. En la página 12 bajo el título Conclusiones, este documento oficial del Gobierno argentina, dice claramente: “La soja no debe usarse nunca como sustituto de la carne, ya que si bien puede cubrir las necesidades proteicas cuando se la complementa adecuadamente con cereales, el hierro que puede aportar es inferior en cantidad y biodisponibilidad al hierro de las carnes”. Dice también: “Existen factores negativos de la soja en la alimentación infantil, por los cuales no se recomienda su utilización antes de los cinco años. Otro punto añade: La bebida de soja no debe usarse nunca como sustituto de la leche.  Se debe considerar que la soja y el bebible de soja están contraindicados para niños menores de dos años. La soja, como alimento central, no es nutricionalmente adecuado para la recuperación en casos de desnutrición”. No lo soñamos. Fue dicho e impreso por el Estado Argentino en el 2003 y en medio de las presiones insoportables de la pobreza extrema y cuando las corporaciones impulsaban la Campaña Soja Solidaria, para que los argentinos pobres se alimentaran con el infame poroto en reemplazo de los alimentos que habían dejado de existir o cuyo precio era inalcanzable. Se apagó con guisos de soja la protesta social de aquellos años. Pero miles de niños, debido a una alimentación inadecuada, no tendrán jamás los desarrollos intelectuales que pudieron haber tenido.
 
Me pregunto, aquellos niños alimentados con soja en el 2002 y en el 2003 tendrán alguna relación con estos pibes esclavizados por el paco, para los que ahora se pide la pena de muerte, esos pibes chorros que son hoy la mano de obra barata y descartable de algún autopartista, y que son capaces de asesinar en el intento de levantar un auto por el que recibirán no mucho más de 200 pesos?  Por años, instituciones como la Fundación Felices los niños.., Caritas o el Rotary distribuyeron soja en los comedores, en algunos lugares los propios municipios lo promueven, en la Provincia de Buenos Aires se distribuirían todavía alimentos mezclados con generosas bases de harina de soja que se solventarían desde el Ministerio de Bienestar Social de Nación. Es parte de la esquizofrenia, parte del doble discurso, modos de negar hacer Estado desde el Estado mismo. Es lo que tenemos, un Estado horriblemente colonizado por las corporaciones, un Estado cooptado por las empresas, donde los que aportan los subsidios para la educación de nuestros jóvenes y para los trabajos de nuestros científicos fijan las líneas estratégicas del discurso científico y de la investigación en la Argentina. Ya ni sorprende, tal como ha ocurrido recientemente en la ciudad de Rosario, la obscenidad de algunas instituciones universitarias que se jactan abiertamente de formar científicos para la empresa Monsanto. Me viene a la memoria un viejo lema jauretchiano, que tantas veces repetimos en épocas pasadas que pareciera retornaran: Somos una Argentina colonial, queremos ser una Argentina libre. Si, queremos ser una Argentina libre…
 
Volvamos entonces, y hablando de pretender ser una Argentina libre, al gran tema de la sojización y de la desojización. Prohibir el hacer soja transgénica en los predios militares es importante aunque tardío, que algunos institutos del Estado se aboquen a estudiar los aspectos negativos del uso de los tóxicos de la agricultura es importante, aunque no basta. El Estado debió haber considerado estos aspectos al ser aprobado esos tóxicos en vez de dar por buenos los informes con que los acompañaban las empresas, algunas veces sin siquiera pedirles que los presentaran en el idioma que nos es propio. Ahora preparémonos para una catarata de juicios indemnizatorios que, sin duda serán justos pero que todos pagaremos, lamentablemente, a menos que modifiquemos la Ley y le hagamos pagar a los funcionarios responsables y sumisos a esos intereses, así como a las corporaciones que estuvieron por detrás de esas políticas del Estado colonizado. Se ha iniciado ahora, la etapa de poner el modelo de la sojización en la agenda pública. No sabemos todavía, si acaso estamos afrontando el desafío de abandonar el modelo de la soja, aún no quedan claros los propósitos, pero sabemos que el respaldo a las Biotecnologías y la promoción de la industria aceitera continúan siendo escandalosos. Tal vez se está solo amagando por razones electorales, sin comprender que jugar con fuego en medio de la rebelión de las víctimas del modelo y en una Argentina siempre al borde del estallido, puede llevar más lejos de lo que ellos se proponen. El discurso contra la soja se impone por razones políticamente mezquinas, e incluye a muchos que sabemos tienen sus propios sojales ocultos y se los conocemos, pero nos decimos, que si conviene ese discurso, deben haber razones de peso y no podremos nosotros dejar de jugar, aunque sepamos que no se proponen cambiar el modelo ni siquiera se proponen voltearlo, sino que es tan solo probablemente una de las típicas extorsiones pre electorales.
 
Nosotros, desde el GRR y desde la Campaña Paren de Fumigar, no solamente jugaremos el juego, nosotros vamos por todo y por eso nos importan menos los sórdidos propósitos de los que especulan con la situación coyuntural. Lo hemos dicho muchas veces, recogiendo la consigna de nuestro amigo alpargatista: la soja mata, sembrarla es un crimen. Y con la autoridad moral que nos proporciona el reconocimiento público de una lucha muy larga, queremos decir ahora, en medio de la exasperación de los discursos y de la fiesta de los conversos, de los improvisados y de los recienllegados, queremos decir que de la Republiqueta sojera no se sale con discursos ni con anatemas, que se sale tan solo con una estrategia desde el Estado, con una estrategia de políticas agrarias que posibiliten construir alternativas de cultivos y que permitan una transición hacia un nuevo modelo de país. Que esa transición debería ser con productores reconvertidos y recapacitados para descubrir o redescubrir lo que sabían antes de la soja y que olvidaron o se les enseñó a olvidar, desde organismos del Estado como el INTA. Que esa transición no podría de manera alguna ser corta, lamentablemente, porque las corporaciones y sus hombres en el Estado colonizado, a lo largo de los últimos años, han quemado todas las naves y el retorno a un país soberano dependerá tan solo de nuestro esfuerzo colectivo y de nuestra capacidad de innovar sobre la marcha. No vemos actualmente esa voluntad de reconstrucción de la Soberanía, tampoco vemos paradójicamente, ninguna estrategia que no sea la de continuar profundizando el modelo biotecnológico hacia la producción de agrocombustibles y la exportación de biogenética y de tecnologías de escala.  Por eso no creemos que haya propósitos que vayan más allá de lo electoral y de lo partidario. No vemos esos propósitos porque ni siquiera podemos retornar a la matanza local para abaratar la carne, o volver a tener leche fresca en las localidades y en los barrios, como tuvimos siempre… cómo podríamos entonces creer en que se nos propone un cambio? Y decir esto nos apesadumbra, porque nos gustaría creer como tantos otros, que el Estado en su entraña tiene un proyecto nacional. Sabemos que muchos intentan persuadirse y persuadirnos de ello y comprendemos con enorme pena el cansancio de una generación que también es la nuestra. Pero el cansancio y las innumerables derrotas y fracasos, no justifican dejar de reconocer la terrible realidad en que vivimos, y ese fue el corazón de una enseñanza a la que nos debemos siempre. En definitiva, ser leales con nosotros mismos y decir la verdad, al menos la verdad de lo que pensamos y de lo que vemos. Las obediencias debidas son un anacronismo aunque muchos intenten continuarlas… y solo dan vergüenza ajena. Tenemos por delante una enorme oportunidad, que las miserias de este modelo y sus terribles externalidades sobre la población, externalidades que se develan a diario por los medios, sean un acicate para plantearnos un cambio profundo que implique reconstruir el Estado, volver a repoblar el campo con familias rurales, reivindicar los patrimonios culturales que extraviamos y en definitiva, recuperar la Soberanía Nacional. Ojalá sepamos aprovechar esta oportunidad.
 
Jorge Eduardo Rulli
http://horizontesurblog.blogspot.com/
 

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