Imaginando un ciberfuturo más optimista

Perfeccionar la mayoría de las actividades que realizamos nos ha llevado siglos y siglos de práctica. La carpintería, la jardinería y la pintura son algunas de las artes cuya historia se remonta a hace miles de años. Pero la telecomunicación moderna, el acto de comunicarnos casi instantáneamente con alguien a distancia, es algo muy diferente. Su historia es tan reciente que hay relativamente poco que contar: el primer telégrafo eléctrico se inventó hace menos de 200 años, la primera patente de teléfono se concedió en 1876, y la red informática mundial (la World Wide Web) se inventó en 1989, hace apenas 33 años. Dada la juventud de los medios de telecomunicación digitales, es evidente que el internet que conocemos hoy en día está atravesando todavía su fase original. Tras su implosión inicial, el ciberespacio apenas ha tenido tiempo de enfriarse. La naturaleza, forma y utilidad principal de nuestra galaxia de (inter)redes aún está en su periodo de formación.

La próxima vez que el péndulo oscile (porque lo hará), ¿cuál será el evento catalizador que lo provoque? ¿Qué forma adoptarán esta vez las redes que conectan nuestro mundo moderno? ¿Y hacia qué fines podríamos dirigir este nuevo viraje de la potencia computacional?
Plantearnos todas estas preguntas es un ejercicio fundamental para despertar nuestra imaginación colectiva. Nos ayudan a refinar el lenguaje que usaremos para describir el futuro que queremos crear. A diferencia de las trayectorias que siguen las estrellas en el cielo, la manera en la que las computadoras desempeñan tareas y se conectan las unas a las otras no responde a unos designios divinos. Somos las personas las que decidimos. Y ya que el impacto que las computadoras van a tener en nuestras vidas depende en última instancia de lo que nosotres mismes determinemos, imaginar un ciberfuturo más optimista es el primer paso para mejorar nuestra relación con la tecnología digital.
Las redes sociales y su papel en la sociedad
¿Qué es acaso la civilización sino conocimiento que se ha materializado en el mundo físico que nos rodea? Si hoy podemos disfrutar de agua corriente en nuestros hogares es gracias al antiguo arte de la canalización hidráulica. Solemos llamarlo “fontanería”, pero la fontanería es solamente posible gracias a los miles de años invertidos en refinar la práctica de la canalización de agua de un sitio a otro, un logro imprescindible para desbloquear tantas otras actividades cotidianas que han derivado de esta. Nuestra civilización ha ido creando herramientas e infraestructuras específicas para el tratamiento de aguas residuales a fin de facilitar esta tarea cada vez más: acueductos, embalses y bombas de agua. Las técnicas de ingeniería hidráulica de hoy en día podrían parecer mágicas a los ojos de los primeros fontaneros, pero cada paso en el proceso de innovación era en realidad bastante lógico en su momento. La mayoría de estos conocimientos tan “obvios” ya no existen como tal en la memoria de ninguna persona viviente que se dedique a la fontanería porque de alguna manera ya están implícitos en las propias herramientas; un sifón hidráulico “crea” automáticamente un sistema de contención de los gases bajo un lavabo independientemente del hecho de que les usuaries del lavabo sean conscientes de su función.
Del mismo modo, ¿qué es la sociedad si no el resultado de la comunicación entre personas? La vida social existe y se define a partir de las habilidades que tenemos para comunicarnos con les demás. Cartas de amor entre enamorades, conversaciones de sobremesa con amistades, escuchar las noticias todas las noches, o esperar en tu vehículo mientras el vehículo está en rojo, todos estos son ejemplos a tiempo real de lo que significa vivir en sociedad: una persona o grupo se comunica con otres para reforzar o reconfigurar su posición en la sociedad. Algunas normas sociales se erosionan con el tiempo, otras cobran fuerza y otras nuevas van surgiendo conforme la gente interactúa. Por lo tanto, la sociedad depende de la habilidad que las personas tengan para contactar entre ellas, es decir, que precisa de un medio por el cual las personas puedan entablar comunicación y expresar sus comportamientos sociales. En este contexto, si empleásemos el término “redes sociales” como un bien social colectivo, entenderíamos la profundidad que encierran.
A diferencia de las Redes Sociales™ de hoy en día, que enardecen constantemente la necesidad de conexión humana a la vez que están diseñadas para no satisfacerla nunca, las redes sociales de nuestro ciberfuturo optimista satisfarán las necesidades de conexión humana pero no estarán diseñadas para suscitar necesidad de más. Se acabaron los recordatorios para felicitarle el cumpleaños a gente a la que agregaste por compromiso hace décadas. Se acabaron los tablones de noticias plagados de selfies que nos provocan FOMO.
En su lugar, las redes sociales permitirán interacciones prosociales y rehuirán las interacciones vacías. Su finalidad será estimular unas conexiones humanas que favorezcan las necesidades emocionales y mentales, espirituales e intelectuales, físicas y materiales de la gente que está conectada. O sea, que, en lugar de estar diseñadas para generar adicción a sus funciones online, el tiempo empleado en las plataformas online estará fundamentalmente destinado a generar resultados offline.
Las distracciones cacofónicas de las notificaciones de Facebook y Twitter desaparecerán, y no porque ya no se tomen o compartan selfies, sino porque la página principal de estas redes sociales estará al servicio de las necesidades reales de la vida. Imagina que, al ingresar en la plataforma en cuestión, en vez de empezar a absorber noticias negativas, recibes un truco para hacer pan casero de parte de les propietaries de la panadería de tu barrio. Quizá ya les conociste en aquella fiesta virtual por videollamada que celebraron por su 50 aniversario hace unos meses, un evento que fue simultáneamente presencial y online, como ya es costumbre. Además, tú no “sigues” a la cuenta de esa panadería para recibir actualizaciones del mismo modo que no acosas a la gente de tu pueblo mientras trata de vivir su vida. Simplemente habéis coincidido en el ciberespacio en el mismo momento y les has “oído” por casualidad mientras mantenían una conversación pública sobre hacer pan. De la misma manera que tu oído se acostumbra naturalmente a una conversación entre gente que conoces cuando te acercas a elles en una calle transitada. Navegar por las redes sociales se parecerá más a dar un paseo por el centro de tu ciudad, y no tanto a espiar silenciosamente a un objetivo remoto.
Un medio social que sirve a las necesidades sociales de las personas en vez de subvertirlas es también por definición más capaz de proporcionarle un tejido conectivo y social más sano del que pueden brotar fácilmente conexiones positivas. Si entendemos que las redes sociales son un recurso compartido clave que merece ser protegido de la misma forma que protegemos los ríos y los arroyos, nuestras redes sociales podrían volver a ser lugares de interacción comunitaria en los que se traten asuntos y eventos que afectan a nuestra vida diaria y no a los de una persona famosa y lejana. Tendrían una función parecida a la de los barrios, las plazas y los mercadillos. Esto no quiere decir que no exista la comunicación a larga distancia, sino que las tecnologías digitales que usamos de manera cotidiana reflejarían y restaurarían las prioridades naturales de nuestra condición humana.
Las relaciones con nuestras amistades, personas vecinas y comunidades girarán en torno a espacios físicos y realidades materiales en vez de a cualquier más allá futuro, existencia incorpórea o espectáculo sensacionalista.

Privacidad, propiedad y abundancia para todo el mundo en todas partes
Las leyes de la propiedad se han utilizado durante mucho tiempo para controlar a la clase trabajadora. Durante la Revolución Industrial, la militancia laboral consiguió a veces interrumpir la supremacía de la propiedad. La organización sindical podía resistir contra los aspectos más explotadores del capitalismo industrial debido a que los jefes dependían de la fuerza de trabajo de la clase obrera, que encontraba así un medio para ralentizar la creciente brecha de poder y control sobre los recursos materiales.
Hoy en día, las grandes empresas tecnológicas utilizan una estrategia similar, aunque su lógica es mucho más absurda. La clase trabajadora paga por acceder a unos servicios online plagados de rastreadores provenientes de una especie de “centros comerciales electrónicos” donde compran cosas que no necesitan, vendidas por “influencers” a través de unas redes sociales diseñadas para inundarnos de odio, miedo y desinformación. A continuación, todos estos datos nuestros se venden a corporaciones para alimentar a inteligencias artificiales (IA) capaces de hacerse pasar por personas e incluso superarlas en empleos de manufacturación y servicios. Los datos son considerados ahora una forma de propiedad “intelectual”, aunque la lógica de las ideas es incompatible con la lógica de lo material. En esta nueva “economía de la atención”, somos nosotres mismes quienes estamos construyendo las máquinas que compran nuestros pensamientos.
En su “Manifiesto Hacker”, Mckenzie Wark identificó la característica distintiva de este tipo de economías: la manera en la que se mercantiliza la información. La propiedad intelectual, afirma Mckenzie, es una abstracción del capital, que es a su vez una abstracción de la posesión de tierras. En la era industrial, el valor económico estaba directamente relacionado con la cantidad limitada de tierra que podía poseerse. Cuando se abstrajo el valor de la tierra, la clase terrateniente fue la primera en generar riqueza intangible como acciones y bonos comerciales.
Pero las abstracciones son un arma de doble filo: si llevamos las abstracciones demasiado lejos, las formas concretas pierden su potencia inmediata. Por ejemplo, un grupo de trabajadores alienades de sus tierras tienen muy pocos recursos financieros con los que armar una rebelión, pero un grupo de trabajadores de *telecomunicaciones* no necesita un espacio físico para generar valor, y por lo tanto pueden acceder a recursos nuevos y diferentes con más facilidad. La habilidad de telecomunicarse, tal y como observó Andrew Feenberg, “altera las fronteras de lo personal y lo político”, llevando “la política a la vida cotidiana”. Algunos ejemplos de esto son la Primavera Árabe, el movimiento Black Lives Matter y las asociaciones de Defensor del Paciente tales como los COVID-19 Long Haulers.
Aunque las personas capaces de desarrollar una red de telecomunicaciones son las que se benefician mayoritariamente de sus utilidades físicas, es la topología de la red la que determina quién se acabará beneficiando más de la doble abstracción que supone el uso de los datos como moneda de cambio, generada por la actividad de la red. En un sistema centralizado como Facebook, Facebook es el principal beneficiario porque toda la actividad está directamente mediada por Facebook. Por definición, el mero hecho de que haya actividad en la red de Facebook enriquece inevitablemente a dicha compañía. Esto es análogo a la manera en la que la clase rentista extrae dinero de las personas arrendatarias, impidiéndoles acumular riqueza a través de la propiedad de la vivienda. Con la aparición de los servicios de suscripción digital como Netflix y Spotify, la clase trabajadora ha de lidiar a la vez con el régimen legal de la propiedad (intelectual), la centralización técnica y la economía del rentismo.
Sin embargo, las mismas actividades de los sistemas centralizados existentes pueden replicarse en infraestructuras descentralizadas precisamente gracias a la abstracción de los datos. Las redes descentralizadas proporcionan otro tipo de beneficio: permiten la coordinación sin necesidad de un centro único de control, lo que supone en sí mismo un obstáculo para la adquisición de propiedad de datos. La topología de red en malla no enriquece intrínsecamente a un monopolio existente, sino a sus participantes. Puede que un grupo de trabajadores de telecomunicaciones que se organizan en un sistema centralizado puedan utilizar herramientas otrora inaccesibles para los sindicatos de principios del siglo XX, pero su organización seguirá sin generar riqueza propia. En cambio, en un sistema descentralizado, el acto de organizarse en sí mismo se convierte en un acto de autoenriquecimiento sin ningún límite teórico en la economía de los datos.
Imagina cómo semejante red de comunicaciones podría hacer que el discurso político beneficiase directamente a las personas que participan en él. Una vez rescatado de convertirse en un producto de datos extraídos de nuestras mentes, el discurso volverá a nuestras comunidades como un elemento de cohesión social, creando un círculo virtuoso y enriqueciendo nuestra conciencia colectiva. El discurso resaltará unos argumentos razonables, ayudándose de notas colaborativas y herramientas que permitan corroborar los hechos ágilmente para evitar que la gente regurgite desinformación y abriendo oportunidades para interacciones más productivas.
Un discurso orientado a la comunidad favorece, por naturaleza, a los comercios locales, manteniendo la riqueza local dentro de la comunidad. A medida que los lazos sociales se fortalezcan dentro de los márgenes de la proximidad física, la línea que separa lo público y lo privado se irá difuminando inevitablemente. Los sistemas de bienestar del vecindario también crecerán más allá de estos lazos, conectando y potenciando las interacciones en las que cuidamos de les demás en pos de la seguridad mutua. En vez de encomendar nuestra seguridad individual a la subcontratación de un circuito de cámaras que transmiten vídeos de nuestros hogares a los departamentos de policía, la telecomunicación vecinal se usará para sobrealimentar alternativas en la realidad física, tales como que la gente solicite a sus vecines que cuiden a sus hijes o mascotas. “La red del vecindario” ya no estará controlada por Amazon Sidewalk, sino que se convertirá en un modo de romper el hielo entre vecines, fomentando las interacciones comunitarias.

“Ennui”, una ilustración de id-iom..

Mientras tanto, conforme crece el valor de los datos, más evoluciona la noción de “propiedad”, desde los objetos que poseemos hasta el conocimiento que compartimos. De todos modos, las cosas más valiosas de la vida siempre han sido esas cosas que valen lo mismo “usadas” que “nuevas”, una distinción que ya no existe en el ciberespacio. Por eso la gente abrazará la replicabilidad ilimitada de las cosas digitales, antaño perseguida y considerada “piratería”, como una manera de generar riqueza en vez de como algo que debe suprimirse en nombre de la mentalidad rentista.

El auge y caída del tecnofeudalismo
A medida que internet se afinca en más y más elementos de nuestras vidas cotidianas, más gente empieza a darse cuenta de que la distancia entre el Estado y las corporaciones se está estrechando. La economía global ha ido creando una relación de codependencia, con unas multinacionales que están acumulando poderes semiestatales y desarrollando estructuras de gobierno burocráticas. Las funciones gubernamentales más importantes ya dependen de agentes corporativos que definen las mismas políticas de gobierno que les afectan. Los gobiernos solo conservan su soberanía a la hora de fusionarse con la industria, ya que dependen de ésta para funcionar. Mientras tanto, la industria se introduce agresivamente en el gobierno, ya que necesita que las funciones del Estado regulen su fuerza de trabajo y legalice prácticas de explotación de sus empleades. Con el paso del tiempo, Silicon Valley les sustituirá a todes por robots y la clase política recurrirá a medidas cada vez más draconianas para reprimir rebeliones contra la tecnocracia de la que dependen sus gobiernos.
A medida que los glaciares se derriten, los incendios consumen los cambios y los servicios gubernamentales fracasan; más y más gente reconoce la necesidad de descentralizar el poder para luchar contra esta quimera distópica. Estableceremos muchas nuevas estructuras heterogéneas de redes, almacenaje y distribución de la información, ya que es esencial para recuperar nuestra autonomía. De hecho, este proceso ya ha empezado.
Los proyectos de poder dual y las redes comunitarias de telecomunicaciones están estudiando cómo sobrevivir a la vez que minimizan su cooperación con el capital existente. Las condiciones materiales y los componentes físicos que necesitan para prosperar son cada vez más accesibles. Por ejemplo, la infraestructura física de telecomunicaciones (radios, cableado, y dispositivos de interred, los routers) son ahora tan omnipresentes en las ciudades como la hierba salvaje en las antiguas planicies.
Ya que el internet es, en esencia, un conjunto de computadoras interconectadas, mucha gente en muchos países ya tiene todos los materiales que necesitan para satisfacer muchas de sus necesidades diarias (como sincronizar números de teléfono en diferentes dispositivos, usar un calendario digital o redactar documentos) sin tener que recurrir a grandes empresas o sumas de dinero. Sólo necesitamos ir un poco más allá de estos modestos usos básicos para imaginar otros usos mucho más trascendentales para estas mismas herramientas; usos donde se entremezclan la seguridad, la autonomía y el activismo. Este descubrimiento está provocando que cada vez más gente abandone los servicios corporativos monopolísticos para autoabastecerse de los servicios que necesitan a través de “servidores caseros” que funcionan con software libre, cual generación de pioneres terratenientes digitales. Aún mejor, en el ciberespacio, las personas recién llegadas no desplazarán a las comunidades indígenas para reclamar el ciberterritorio, ya que la metafórica “tierra” es virtualmente infinita.
Internet, tal y como lo conocemos hoy en día, destruye la experiencia de la distancia, haciendo que toda ubicación en el ciberespacio se perciba igualmente cercana. Pero en nuestro futuro ciberoptimista habremos resistido la tentación de abandonar el reino de lo físico, y por lo tanto la mismísima Tierra, al concentrar nuestros esfuerzos en interconectar nuestros propios servidores y redes locales con las de nuestres vecines. Este será un paso clave para construir redes comunitarias resistentes a la vigilancia que darán lugar a poderosos territorios autónomos, que a su vez nos permitirán coordinar la infraestructura a nivel local, prescindiendo de Facebook.
Al igual que las primeras estrellas en los cielos por entonces despejados, estos remansos de libertad brotarán de redes de apoyo mutuo y camaradería vecinal. Y por consiguiente, una economía organizada en torno a la libertad y a los cuidados en lugar de en torno a la producción y el consumo satisfará ciertas necesidades (como la distribución de alimentos y la pedagogía educativa, entre otras) de una manera muy diferente a como lo hace la burocracia imperante. Estos remansos autónomos se interconectarán rápidamente, expandiéndose más y más conforme sus prácticas y redes se vayan desarrollando.
Mientras tanto, el Estado tecnofeudalista continuará destruyendo intencionadamente las vidas de les ciudadanes con exceso de trabajo y campos de concentración fascistas, debilitando su habilidad de extraer valor del trabajo e imponiendo una ideología dogmática. Su ciudadanía se enfrentará a la cada vez más cruda decisión de escoger entre la armonía ecológica y la autonomía o la inevitable extinción y esclavitud. Rodeada de una tecnología que lo ha convertido todo en una herramienta y a todo el mundo en un arma, acabarán traicionando al Estado, escogiendo la libertad por encima del patriotismo.
Escapar del “antiguo régimen” nos permite acceder a nuevos espacios de aprendizaje y a más “tiempo libre” para satisfacer nuestra propia curiosidad y deseos. La mezcla de recursos físicos como espacios de préstamo de herramientas con recursos intelectuales, como las bibliotecas tradicionales, propiciarán las conexiones presenciales y los intercambios transversales que hacen que un vecindario florezca. En algunos casos, sería más fácil acceder a ciertos almacenes de datos presencialmente, mediante uno de estos nódulos comunitarios de próxima generación, reminiscentes de los mejores aspectos de los encuentros multitudinarios religiosos o los clubes nocturnos.
El teletrabajo será posible en cada vez más empleos, desvaneciendo las fronteras que separan las áreas rurales de las urbanas. Los jardines comunitarios del casco urbano instalarán estaciones meteorológicas. Estos jardines estarán custodiados con el mismo mimo y por las mismas personas que velan por que el sistema de irrigación meteorológico-sensible acoplado a la red interna regional riegue las cosechas. Esta consciencia geográfica también nos ayudará a imaginar futuros más sostenibles ecológicamente, en los que unos modos de producción energética antirracistas reequilibren el colapso climático a lo largo del Norte y el Sur Globales, quizás invitando a la acción individual e institucional para bajar los costes de producción de la energía solar.
Tras haber rechazado la absurdez de la propiedad intelectual, las regiones autónomas dispondrán de una red de malla enorme que funcionará como un sistema circulatorio electrónico. Los archivos públicos importantes como Wikipedia se copiarán automáticamente y en su totalidad a multitud de localizaciones en cada vecindario. El concepto de pagar por el acceso a Internet se volverá, por lo tanto, obsoleto, ya que las personas residentes no querrán pagar por un servidor remoto cuando ya tienen todo lo que necesitan en varias localizaciones cercanas de manera libre y a través de miles de rutas. Pasar a un almacenaje horizontal de los datos también reducirá dramáticamente la necesidad de tener vínculos a larga distancia, permitiendo que las regiones autónomas establezcan relaciones de interconexión gratuitas. Este entramado de comunicación también fomentará practicas anticolonialistas de activismo intercomunal, intergeneracional e incluso internacional que seguirán impulsando el colapso de la antigua sociedad tecnofeudal.
La automatización seguirá devastando económicamente al Estado tecnofeudalista gracias a su empeño en condenar la ociosidad, haciendo que las colas para el pan crezcan hasta alcanzar límites espantosos. Sin embargo, las regiones autónomas usarán la automatización para cosechar una mayor productividad de nuestras cada vez más cortas jornadas laborales. Al final, a medida que la actividad económica se automatiza, se organizará también de manera asíncrona, o la gente simplemente se abrirá a nuevos métodos laborales (sin ser obligada a ello por una traumática pandemia global); todo el mundo será libre al fin para decidir cómo disponer de su tiempo.
Nunca más se separará la función social de la función material de algo como una huerta. La telecomunicación puede ayudar a reconciliar estos dos aspectos. Quizás siempre debió ser así.

    •    Producido por Guerrilla Translation bajo una Licencia de Producción de Pares
    •    Texto traducido por Sari Escribano, editado por Silvia López
    •    Artículo original escrito por Tech Learning Collective y Violeta, publicado en C4SS (Center for a Stateless Society).
    •    Foto de portada tomada por Sari Escribano en las calles de Belgrado. (Obra de graffiti encontrada en las calles de Belgrado.)
    •    Ilustración de id-iom obtenida a través de Flickr.
    •    Fuente: https://www.elsaltodiario.com/guerrilla-translation/imaginando-un-ciberfuturo-mas-optimista


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