La guerra no afecta al medioambiente, es una catástrofe medioambiental

 

El escritor estadounidense Henry Miller dijo que cada guerra es una destrucción del espíritu humano. Dejando de lado la extraña aritmética de la frase, me limitaré a responder: ojalá fuera solo eso. Porque la guerra es un torbellino de destrucción que, como los huracanes o las lenguas de lava, no distingue lo que es bosque de lo que es catedral. Durante siglos, hemos conceptualizado la guerra como algo que solo involucra a los seres humanos. Poco a poco, vamos aprendiendo a no olvidar que toda guerra humana es una guerra civil en la biosfera.

Alberto Coronel Tarancón

Porque no es lo mismo ubicar la guerra dentro del medio ambiente que ubicarla fuera. Desde fuera, la guerra es una acrobacia de contables y periodistas: recuentos de bajas, gestos grandilocuentes y fotografías actualizadas de la destrucción de infraestructuras. Llegan noticias de poblaciones asediadas. Hospitales y colegios convertidos en escombros. Imaginamos el hambre, la sed, la vulnerabilidad en carne viva. Llegan imágenes de helicópteros derribados por lanzacohetes y ciclistas abatidos por tanques. La prensa nos informa una vez más del uso de la violación como arma de guerra. Vemos, en cada caso, las fotografías y los vídeos de los paisajes destruidos, pero rara vez pensamos en todas esas imágenes como parte de lo que podríamos considerar la destrucción del medio ambiente.
Se trata de un sesgo cultural heredado: hemos aprendido a pensar en el medio ambiente como algo exterior a la sociedad, y esto nos ha enseñado a diferenciar la destrucción social, por un lado, y la destrucción medioambiental, por otro. La pregunta es, ¿qué vemos y qué no vemos cuando pensamos la relación entre la guerra y el medio ambiente de este modo?
Se le suele pedir a los ecologistas análisis acerca del impacto de la guerra en el agua, en el suelo y en la atmósfera; descripciones detalladas del modo en que la guerra impacta en los ecosistemas. Sin embargo, esta pregunta eclipsa lo más importante del mensaje ecológico, el cual no solo aspira a cambiar nuestra forma de mirar hacia afuera, sino también de mirarnos hacia adentro. Por ello, el llamado al cuidado de la vida que encarna el ecofeminismo contemporáneo es lo que Michel Foucault denominaría una forma de cuidado de sí, dentro de la cual el modo en que nos tratamos a nosotros mismos define en gran medida el modo en que cuidamos o descuidamos el medio intersubjetivo dentro del cual nos hallamos inmersos.
Digámoslo de una vez, y vayamos tirando del hilo hasta encontrar al gusano detrás de la seda: no solo estamos en el medioambiente, lo somos. La guerra no solo impacta en el medioambiente, es una catástrofe medioambiental. Sin embargo, hablar de los impactos medioambientales de la guerra difiere sustancialmente de hablar de la guerra como catástrofe medioambiental. Contrapongamos una y otra, y veamos qué sucede.
1. La mirada exterior
El Observatorio de Conflictos y Medioambiente [Conflict and Environment Observatory (CEOBS)] clasifica los impactos de la guerra en tres categorías: anteriores, simultáneos y posteriores al conflicto armado. Obviamente, todos ellos se entrelazan, acumulan y retroalimentan. Antes, durante y después, la guerra ya ha dejado una huella indeleble en la Tierra. Las más de 2.000 bombas nucleares detonadas sobre la Tierra, por ejemplo, han dejado una impronta radiactiva irreversible en la composición de la atmósfera. Con todo, una clasificación semejante tiene la ventaja incuestionable de no reducir los impactos ambientales de la guerra a aquellos que se producen por el efecto inmediato de un conflicto. Como los conciertos de las grandes orquestas, las guerras se preparan y se ensayan mucho antes de ser ejecutadas.
Impactos anteriores. El impacto de la construcción, el mantenimiento y el transporte de fuerzas y recursos militares produce enormes cantidades de emisiones y vertidos. También consume ingentes cantidades de recursos. El uso permanente del suelo para ensayos militares no es menos extenso. En Bombing for biodiversity, Rick Zenteiz y David Lindenmayer señalan algo impactante: el 1% de la superficie terrestre es utilizado como áreas de entrenamiento militar. En muchos casos, el uso militar ignora o impide el reconocimiento de un territorio, río, valle o montaña como área ecológica protegida. El entrenamiento militar genera emisiones, perturba los paisajes, los hábitats terrestres y marinos. Los vehículos y los explosivos generan contaminación química y acústica por el uso de armas. Los mares son transformados en vertederos de munición, y los vertidos arrastran consigo grandes cantidades de compuestos químicos altamente contaminantes. Las enormes cantidades de combustibles fósiles consumidas por los ejércitos sólo para su desplazamiento explica que el Pentágono sea el mayor consumidor institucional del mundo. Por eso se suele señalar, entre otras cosas, que la militarización de la crisis climática es como apagar un incendio con gasolina. En este caso, el planetario. Para pensar el volumen de los efectos ligados a los ensayos militares, las cifras pueden ayudar: el ejército de Estados Unidos tiene 2.363.675 soldados, 13.762 aviones y 5.884 tanques de combate.
Impactos de los conflictos. Destrucción, daños, vertidos, emisiones, residuos. El impacto medioambiental de un conflicto varía en función de quién lucha, dónde lo hace y cómo lo hace, es decir, qué ataca y qué no ataca (en este caso, es recomendable disparar antes al pianista que al reactor). Como señala el Observatorio, “los incidentes de contaminación grave pueden producirse cuando las instalaciones industriales, petroleras o energéticas son atacadas deliberadamente, dañadas inadvertidamente o interrumpidas”. Los conflictos de alta intensidad utilizan enormes volúmenes de combustible, lo que provoca las emisiones de CO2 y los impactos mencionados. Los desplazamientos de vehículos a gran escala provocan grandes impactos en el paisaje y el territorio, lo cual se multiplica por el uso de explosivos.
Los conflictos con bombardeos sistemáticos en poblaciones civiles generan enormes cantidades de escombros y cascotes, así como la necesidad de restaurar ingentes cantidades de material. Entre las ruinas, el acceso fácil a las armas fomenta la violencia y disminuye la probabilidad de la cooperación pacífica. Aumenta la inseguridad en poblaciones vulnerables. Fomenta la caza furtiva como mecanismo de adaptación a la destrucción de los tejidos económicos. La deforestación —tal y como se ha visto en la guerra de Yemen— aumenta como resultado de la dependencia de las comunidades de la madera y el carbón como forma de calefacción. Y esto revierte, una vez más, en el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero. Un mal absolutamente menor comparado a morir de frío, pero acumulativo.
Impactos posteriores. La permanencia de minas antipersonas en los territorios es el ejemplo más macabro: por culpa de estas prácticas, jugar al fútbol en ciertos países es un deporte de riesgo. Las sustancias químicas se filtran en el suelo y contaminan el agua. Además de la pérdida de vidas y cultivos, esto agrava las hambrunas que suceden a las guerras. La crisis demográfica, las aguas contaminadas o los efectos de la radiación pueden tener efectos medioambientales décadas después del conflicto, empezando por las gigantescas y abruptas migraciones que generan los conflictos. Los campamentos de refugiados son, por definición, asentamientos imprevistos, lo cual repercute en la superación de la capacidad de carga de los ecosistemas.
2. La mirada interior
Después de un conflicto, el tránsito de la guerra a la paz pasa por estabilizar un régimen de autoridades emergentes de ecosistemas sociales dañados. La corrupción, el débil control estatal, la presencia de armas diseminadas, los odios y los rencores cristalizados de los conflictos, la pobreza, la sed y el hambre: todo ello propicia la existencia de comunidades quebradas, y obstruye –como la sal en la tierra– el crecimiento de las subjetividades y conductas capaces de reconstruir las comunidades. Como señala el CEOBS: “La atención a las cuestiones medioambientales frente a las numerosas prioridades sociales y económicas que compiten entre sí suele ser limitada”; lo cual cronifica la competencia social por los recursos disponibles y sienta las bases de problemas ambientales posteriores. Es decir: existe un límite en lo que podemos hacer con números.
Frente a la dimensión subjetiva de la relación entre la guerra y el medio ambiente, los números se vuelven inútiles. La guerra entristece, pero no sabemos sumar tristezas. La misma regla de tres nos dice que la pérdida de población no es solo una pérdida numérica. Imaginemos que en una ciudad mueren solo cuatro personas por efecto de una única bomba. Alguien diría: “casi nada”. Luego nos enteramos de que eran cuatro de una familia de cinco. No incurriría en ninguna falta aritmética la persona superviviente que dijera: “lo he perdido todo”. Entre esa “nada” de los estadistas y ese “todo” de los familiares, amantes o amigos, existe una grieta que los números no pueden colmar. Y esa grieta es precisamente la diferencia que no puede ser obviada para entender la dimensión subjetiva del medio ambiente. No por casualidad, hablamos de atmósferas alegres y festivas, tristes y hostiles; esas atmósferas que los perros parecen saber oler y acompañar mejor que los humanos. El impacto medioambiental de la guerra también es transformar medios y atmósferas alegres en escombros emocionales.
Porque a diferencia de los números, los organismos lloran, recuerdan el dolor, retienen la rabia, la racionalizan, la organizan y descargan décadas después de los conflictos armados. Las formas beligerantes de la subjetividad masculina proliferan, mientras que las pacíficas y comprensivas se repliegan. La violencia patriarcal se refuerza y el odio se perpetúa. Sobre estos lodos, las mafias y los grupos paramilitares sacan provecho y moldean las nuevas formas de cooperación social. Los soldados derrotados serán humillados y encontrarán en otros la razón de su derrota. ¿Qué ultranacionalismo no nace de una nación ultrajada?
Aprendamos de las guerras civiles y mundiales del siglo XX. En Alemania, muchos de los militares ultranacionalistas de la Primera Guerra Mundial formaron grupos paramilitares en reserva (burlando así los límites impuestos a la remilitarización de Alemania en el Tratado de Versalles). Estas mismas reservas fueron absorbidas, organizadas y movilizadas más tarde por el partido Nacionalsocialista. En España, la humillación de la pérdida de las colonias es la antesala sentimental de un ejército revanchista que no cejó en sus intentos de restaurar glorias perdidas: la secuencia de golpes de estado exitosos y fallidos que desembocaron en la Guerra Civil. En la actual guerra entre Rusia y Ucrania, Putin no combate la ultraderecha: la cultiva. Y si logra ganar esa batalla, si logra expandir el ultranacionalismo ucraniano en el interior de la Ucrania ultrajada, habrá ganado la guerra porque Ucrania ya no tendrá cabida entre las democracias de la Unión Europea.
La humillación militar es la semillas “subjetiva” de conflictos futuros. “Latencia” es aquí palabra clave. Cuando miramos la historia de las sociedades, observamos guerras patentes y latentes; guerras que emergen porque ya estaban allí, a la espera de una oportunidad de descarga. Esa promesa de muerte y catástrofe medioambiental no la puede captar la ciencia natural, sino la historia, la filosofía y las ciencias políticas. Moraleja: detener a un militar sediento de gloria puede suponer un notable descenso en las emisiones de CO2.
3. El gran reto: trenzar la mirada interior y exterior
La pregunta es: si no otorgamos valor a la destrucción del medio ambiente en tiempos de paz, ¿cómo vamos a justificar su protección en tiempos de guerra? En tiempos de paz, la ciencia describe un árbol, pero nada en la pacífica descripción de ese árbol sugiere que no deba ser hecho pedazos. Como dice Robin Wall Kimmerer en Una trenza de hierba sagrada (2021), hasta nuestra gramática es cómplice de esta degradación del medio ambiente vaciado de valor y dignidad: “Cuando un arce es eso, nada nos impide sacar la motosierra. Cuando es él, nos lo pensamos dos veces”.
Si el medioambiente no fuese esa “cosa exterior que nos rodea”, el impacto ambiental que las sociedades ricas hemos normalizado como relación normal con la naturaleza (en tiempos de paz capitalista) nos parecerían de pronto algo monstruoso.
La pesca de arrastre que destroza el fondo marítimo, la ganadería intensiva que acorrala la biosfera, los monocultivos que destruyen su biodiversidad, los pesticidas que lo intoxican, el fracking que la perfora, o la minería a cielo abierto que la revienta: la paz capitalista, al igual que las guerras del capitalismo, no solo impacta en el medioambiente, es una catástrofe medioambiental. Porque la exterioridad de la mirada científica (que objetiva y cosifica la naturaleza) no solo es una herramienta al servicio del dominio técnico de lo real, también es un escudo psicológico que inhibe, borra o neutraliza la carga moral del modo en que maltratamos los ecosistemas terrestres. Contra este maltrato, la impotencia de las especies en peligro de extinción es proporcional a la impotencia de un orangután enfrentado a una excavadora.
Por supuesto, una civilización no cambia su gramática de un día para otro. Y ya hemos empezado a desmantelar los cimientos culturales de la gramática productivista y desarrollista que heredamos del siglo XX. Porque la ética ambiental sin información científica solo puede ser ingenua, y la ciencia sin compromisos éticos y subjetivos con sus objetos de estudio no es otra cosa que documentación. El biólogo y científico ambiental Fernando Valladares lo dijo claramente en la Rebelión Científica del pasado 6 de abril: “Con un informe de tres mil páginas sólo podemos documentar lo que ocurre”. Para no limitarse a documentar lo que ocurre, científicos y científicas de todo el mundo están dando el paso hacia la desobediencia civil. Al fin y al cabo, ningún calabozo da tanto miedo como la subida del nivel del mar. Y como dice Naomi Klein: el miedo solo paraliza a quien no sabe hacia dónde correr.

Alberto Coronel Tarancón es Investigador del Instituto de Filosofía del CSIC. Miembro de Ecologistas en Acción y Rebelión Científica.
Fuente: https://www.elsaltodiario.com/el-rumor-de-las-multitudes/guerra-medioambiente-catastrofe-medioambiental - Imagen: Maniobras militares del Ejército ucraniano.

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