Paul Kingsnorth contra la Máquina del Progreso

Es fácil para mí imaginar que la próxima gran división del mundo lo será entre las personas que desean vivir como criaturas y las personas que desean vivir como máquinas.Wendell Berry

Con Against the Machine. On the Unmaking of Humanity, Paul Kingsnorth (co-fundador de un proyecto, Dark Mountain, que fue por cierto una de las principales inspiraciones para crear 15/15\15) continúa la genealogía intelectual que lleva décadas construyendo: una arqueología espiritual y política de la modernidad vista como un proceso de desarraigo total (de la tierra, de las raíces, de la cultura... y finalmente de nosotros mismos) bajo el paradigma del turbo-capitalismo metastásico de lo que él llama, simplemente, la Máquina.

Jesús Olmo

El libro podría haberse limitado a repetir diagnósticos ya frecuentes en los círculos ecologistas, anticapitalistas o decrecentistas; sin embargo, Kingsnorth logra algo más difícil: entrelaza filosofía, memoria personal, historia cultural y un tono casi visionario sin caer (o cayendo solo de manera muy ocasional) en la grandilocuencia o incluso el lamento que algunos lectores, quizá no sin razón, podrían llegar a percibir como excesivamente tradicionalista, neo-ludita o incluso reaccionario.
Pero más allá de su tono y sus intuiciones, el libro despliega una arquitectura interna tan rigurosa y deliberada como seductora y persuasiva. Kingsnorth organiza su investigación en cuatro movimientos que funcionan casi como los cuatro actos de un relato: primero la genealogía del colapso espiritual de Occidente; después la aparición histórica de la Máquina; más adelante el diagnóstico de sus manifestaciones contemporáneas; y finalmente un esbozo de salida, un mapa (precario, provisional) para la supervivencia moral y simbólica en medio del derrumbe. Esta estructura, que va de la raíz al síntoma y del síntoma al remedio, convierte el libro en una especie de viaje por la larga noche oscura del alma del mundo moderno.
Es evidente que Kingsnorth nunca ha encajado bien ni en la derecha ni en la izquierda, y aquí vuelve a demostrar por qué. El libro parte de una constatación que será incómoda para muchos (aunque autoevidente para muchos otros): Occidente no está “en crisis”; está en ruinas. Y esas ruinas no son solo económicas o políticas; son sobre todo espirituales. El autor traza el colapso del orden sacro que sostuvo a Europa durante siglos no para idealizarlo ni, desde luego, pedir su regreso, sino para mostrar el vacío que un modelo deja tras de sí cuando cae sin ser sustituido por nada remotamente equivalente. Ese vacío, argumenta, es el hueco que ha propiciado y ocupado la Máquina: una red de procesos —tecnológicos, económicos, industriales, culturales, simbólicos— que necesita convertir todo objeto, todo sujeto, toda forma de vida, en dato, moneda, recurso o engranaje.
En uno de los capítulos más sugestivos del libro, Kingsnorth sintetiza esta mutación/caída civilizatoria en un choque entre dos arquitecturas simbólicas irreconciliables: por un lado, lo que él llama “The Four Ps” (Past, People, Place, Prayer), ese cuadrante ancestral que durante siglos sostuvo a las culturas humanas articulando memoria, comunidad, territorio y trascendencia; por otro lado, “The Four Ss” (Science, the Self, Sex, the Screen), que constituyen la gramática íntima de la “anticultura de la Máquina”. Las primeras remiten a una forma de estar en el mundo enraizada en la continuidad, la pertenencia y el misterio; las segundas expresan el nuevo orden técnico, que sustituye los vínculos heredados por narrativas de medición, autonomía, deseo y virtualidad. Kingsnorth no presenta esta oposición como una caricatura nostálgica, sino como el mapa conceptual de una sustitución silenciosa: aquello que antes organizaba la vida humana —la historia compartida, la comunidad viva, el lugar concreto y el horizonte espiritual— ha sido desplazado por un sistema que reconfigura nuestra idea del origen, del yo, del cuerpo y del destino, no ya en función de lo humano, sino de las necesidades post/trans/anti-humanistas expansivas y depredadoras de la propia Máquina.
Uno de los aciertos del libro es que Kingsnorth no reduce la Máquina al capitalismo, aunque por supuesto lo señala como uno de sus vehículos principales. Para él, el problema es mucho, mucho más profundo y mucho, mucho más antiguo: es una deriva civilizatoria que empezó mucho antes del neoliberalismo y que continuará, si nadie la detiene, incluso después de él. Esta perspectiva lo distancia tanto del optimismo progresista como de las nostalgias conservadoras, y le permite analizar fenómenos actuales (la digitalización total, la política identitaria, el auge tecnocrático, la pérdida de vínculos comunitarios) como expresiones distintas de una misma fractura de la triple raíz: naturaleza, cultura, religión.
Kingsnorth siempre ha escrito con una prosa que combina erudición histórica con un lirismo poco común en el ensayo político contemporáneo, y en este su último libro, que considero su magnum opus, lleva ese talento y esa lucidez a su máxima expresión. La Máquina (ese dios tribal que lo devora todo, que en realidad somos nosotros mismos amplificados hasta volvernos incontrolables) no es en este libro solo un concepto; es una presencia casi mitológica que respira en cada página. Sus imágenes (el subidón vertiginoso del progreso, el zumbido incesante del mundo moderno, la prolongada caída del viejo mundo que sigue aún desplomándose, el anhelo de una quietud anterior a la Gran Aceleración) no oscurecen su análisis, al revés; lo iluminan desde un ángulo visceral y al mismo tiempo muy meditado.
Uno siente que detrás de cada metáfora hay una experiencia vital, no un mero artificio académico: el eco de un mundo que desaparece y la intuición de que, para entenderlo (y, en último término, para redimirlo y redimirnos), no basta con los marcos interpretativos ni de la política tradicional ni del activismo contemporáneos, para Kingsnorth demasiado estrechos como para captar una crisis que es al mismo tiempo material, simbólica y espiritual.
Es especialmente interesante su lectura de autores como Simone Weil, Oswald Spengler o Christopher Dawson. No los usa como autoridades que haya que aceptar o rechazar; los sitúa como intérpretes de un malestar profundo que recorre la modernidad, y lo que emerge de ese diálogo es una especie de intrahistoria y contrahistoria de esa misma modernidad construida desde cuatro ángulos complementarios: el comunitarismo moral de MacIntyre, la espiritualidad radical de Weil, la visión civilizatoria de Spengler y la sensibilidad sacramental de Dawson. Kingsnorth los utiliza para trazar un mapa conceptual en el que la modernidad aparece como un proyecto de desmantelamiento y desintegración espiritual que atraviesa siglos y que desemboca, inevitablemente, en la Máquina.
Ahí radica otra virtud del libro: no pretende proclamar que posee la respuesta, pero sí que se propone describir con la máxima claridad el origen y la naturaleza de la enfermedad; ese desgaste/vacío espiritual, cultural y material que acompaña al mundo moderno desde sus inicios. Kingsnorth no se limita a diagnosticar el mal: sugiere también un tipo de tratamiento, un camino de salida que, desde luego, no pasa ni por el tecnoutopismo ni por la ingeniería social tanto de izquierda como de derecha, sino por una transformación más radical e íntima (y mucho, mucho más ardua), a medio camino entre lo ético, lo simbólico y lo espiritual. Es un horizonte exigente y difícil de traducir al lenguaje programático, sí, pero es precisamente esa dificultad, ese carácter no reducible a recetas o políticas públicas, lo que confiere al libro una potencia poco común dentro de los debates sobre el fin de la modernidad, el decrecimiento, el colapso, etc.
No hay ni un átomo de ambigüedad o tibieza en Against the Machine: de principio a fin es una severa diatriba (un yo acuso sin paliativos) al liberalismo moderno entendido no solo como doctrina política concreta, sino como la culminación del proyecto de la Ilustración/Modernidad de separarnos de la triada naturaleza/raíces/tradición, de emancipar al individuo y a la sociedad de toda trascendencia, de todo orden superior o sagrado. Para Kingsnorth, ese liberalismo (que durante dos siglos y pico actuó como principio ordenador del mundo occidental) atraviesa ahora su fase terminal. La Máquina no es, en este sentido, una alternativa al liberalismo; es su consecuencia lógica: el punto en el que la autonomía absoluta del individuo termina produciendo la total indiferenciación, el aislamiento digital y la reducción de toda vida a mera función/transacción. El liberalismo, agotado, deja tras de sí un vacío que la Máquina ha llenado y colonizado con una rapidez devastadora.
En efecto, si hay un aspecto del libro podría incomodar a algunos es esa dimensión espiritual no excluyente pero sí muy explícita, muy teñida de ética cristiana y de otras tradiciones místicas (Kingsnorth, que ahora vive off-grid con su esposa e hijos en un apartado lugar de la Irlanda rural, se convirtió hace unos años al cristianismo ortodoxo). Pero, mucho ojo: Kingsnorth no reclama una vuelta a la Iglesia, pero tampoco oculta su convicción de que solo una reconfiguración espiritual profunda permitirá escapar de la Máquina. Para muchos lectores que se autoperciben como laicos o materialistas, esta orientación puede parecer, en el peor de los casos, una coartada trascendental que desactiva el conflicto real al proyectarlo fuera del mundo como si la potencia de la Máquina pudiera resolverse apelando a un plano donde ya no es posible contrastar causas y efectos; y, en el peor de los casos, un atajo interpretativo o una respuesta que desplaza el problema hacia una dimensión metafísica, digamos, imposible de verificar.

Fotograma de la película 'El evangelio del vacío' de Jesús Olmo.

Pero conviene matizar que el cristianismo de Kingsnorth no es en absoluto el de las iglesias institucionales ni el de la moral conservadora estándar. Su fe ortodoxa tiene un carácter ascético, que bebe de los Padres del Desierto y de la tradición apofática; a lo largo del libro no se cansa de insistir en la importancia de ponerse límites como manera de protegerse de, y luchar contra, esa Máquina para la cual no hay límites (o, como dice su admirado Gary Snyder, "hoy en día lo más revolucionario que uno puede hacer es quedarse en casa"). Kingsnorth no defiende una restauración religiosa ni un retorno al pasado; su propuesta tiene mucho más que ver con una forma de humildad radical frente al misterio de lo real y de resistencia incondicional frente al asedio de lo irreal. Su mirada espiritual funciona más como lucidez profética que como programa doctrinal, y ese matiz desmonta malentendidos habituales sobre su supuesta nostalgia o su reaccionarismo.
El riesgo de sus argumentos es que, a fuerza de buscar raíces profundas y patrones históricos muy largos y amplios, Kingsnorth tiende también a subestimar las luchas concretas, políticas y sociales que hoy mismo, cada una a su manera, intentan denunciar y frenar al Leviatán económico. Aunque no desprecia esas luchas, su énfasis en lo moral/tradicional/espiritual puede hacer que para muchos lectores algunas de esas luchas queden injustamente relegadas a un segundo o tercer plano.
Otro punto delicado del libro es su crítica a ciertas formas contemporáneas de política identitaria, incluidas, por supuesto, las que se articulan en torno al género. Kingsnorth no aborda estas cuestiones desde un rechazo simplista ni desde un posicionamiento partidista; lo hace como parte de un fenómeno más amplio: la (errónea) convicción moderna de que la identidad puede desligarse por completo de cualquier marco natural, cultural o simbólico previo y reconstruirse desde cero como un proyecto puramente voluntarista. Su objeción no se dirige a las personas ni a sus experiencias, sino a lo que él interpreta como “un síntoma más del mismo impulso que sostiene a la Máquina: la idea de que todo —el cuerpo, la comunidad, el mundo— puede ser rediseñado sin límites”.
Kingsnorth insiste, además, en que esta proliferación identitaria no surge de la nada: es, en su lectura, la consecuencia directa de haber desmantelado toda forma de orden simbólico común. Cuando la cultura deja de proponer un horizonte de sentido compartido, las identidades particulares ocupan su lugar como pequeños sistemas teológicos, cada uno con sus dogmas, sus rituales, sus pecados y sus herejías. Lejos de caricaturizar estas luchas, Kingsnorth las interpreta como el doloroso eco de una pérdida mucho más letal y profunda: la de un lenguaje moral capaz de sostener a una comunidad como suma de individuos pero también y sobre todo como cuerpo vivo.
Tal vez Kingsnorth no siempre mida con la misma precisión y cuidado algunas de sus afirmaciones; aun así, su intención, lejos de pretender alimentar hostilidades, es la de señalar un riesgo: que debates legítimos y urgentes puedan quedar atrapados en lógicas de absolutos, incapaces de reconocer las dimensiones más profundas (ontológicas, culturales, simbólicas, relacionales) que él considera esenciales. Coincidir con él o no, es casi secundario; lo importante es que invita a leer estos y otros conflictos generados en —y alimentados por— la Máquina, no desde la trinchera, sino desde la vulnerabilidad de una época que ha perdido casi todos los modos de generar y sostener sentido (y que, para colmo de males, ni siquiera es ya consciente de ello).

Paul Kingsnorth - Foto: Gregg Telussa.

Dicho esto, incluso esos peros que algunos le pondrán al libro funcionan como invitación a un debate más amplio: ¿es posible levantar “una nueva cultura y una nueva civilización postindustrial, poscapitalista, poscrecimiento, ajustada a los límites de la biosfera y orientada a la satisfacción de las necesidades humanas y del resto de Gaia” sin una previa y profunda transformación moral y espiritual? ¿Puede llegar a existir una política verdaderamente emancipadora sin un relato que vaya más allá de la Eco-nomía, entendida ésta en su sentido más amplio? Kingsnorth nos obliga a formularnos estas cuestiones con una inclemencia y una urgencia que a veces roza, si no el sermón, sí cierta retórica en ocasiones moralizante o aleccionadora, pero esto es algo que uno enseguida le perdona porque en definitiva lo que está haciendo es plantearnos desafíos existenciales, civilizatorios y también y sobre todo colectivos y personales que, todos lo sabemos, exigen enormes cantidades de rigor, sacrificio, lucidez, disciplina (askesis) e incluso una cierta dosis de esa clase de acritud que implica no andarse ni por las ramas, ni con medias tintas, ni con paños calientes, por utilizar, si se me permite, tres coloridas expresiones del castellano.
Otra de las reflexiones más contundentes del libro aparece cuando Kingsnorth aborda el transhumanismo. Para él, no se trata de una extravagancia tecnológica, sino de la expresión final y coherente del proyecto moderno/ilustrado que mencionábamos más arriba: la aspiración de superar la condición humana, de transformar el cuerpo en materia maleable y la mente en dato procesable. En este horizonte, la Máquina deja de ser metáfora tecno-teológica para convertirse en destino teleológico: el de una civilización ciega y extraviada que intenta salvarse renunciando precisamente a aquello que nos hace humanos. Kingsnorth señala esta deriva con una claridad, casi profética, que demoniza la tecnología, sí, pero solo para advertir de la tentación de convertirnos en algo sencillamente incapaz, parafraseando a James Hillman, de “albergar alma”, de “hacer alma”. Este es el plano donde se sitúa el corazón retórico y discursivo del libro: en los capítulos titulados «The Fourth Revolution» y «What Progress Wants?», en los que Kingsnorth expone —siguiendo la estela de Augusto Del Noce— una genealogía del proyecto moderno que desemboca en la revolución digital contemporánea, esa Fourth Industrial Revolution que fusiona lo físico, lo biológico y lo digital, borrando (de nuevo la palabra) sus límites. Lo que la Máquina/Progreso quiere, según Kingsnorth, se puede resumir en estos 9 puntos:
    1    “El fin de la historia” (cancelar la continuidad del pasado y declarar cumplido el relato humano),
    2    “El fin de la trascendencia” (reducir toda realidad a lo inmanente y expulsar lo sagrado),
    3    “La muerte de Dios” (reemplazar la fe por un racionalismo total que ocupe su lugar),
    4    “La revolución permanente” (mantener un proceso incesante de derribo y reinvención),
    5    “La colonización” (desarraigar tradiciones y reemplazarlas por un modelo único global),
    6    “El desenraizamiento (uprooting) de todo” (romper vínculos, autoridades y comunidades hasta dejarlas sin suelo),
    7    “La liberación de todo” (disolver límites, normas y órdenes superiores en nombre de la autonomía absoluta),
    8    “Llevarlo todo más allá de la naturaleza” (superar la materia y remodelar la vida mediante la tecnociencia y su vacua retórica promisoria),
    9    “Sustituirnos” (rehacer al ser humano hasta hacerlo prescindible en el nuevo orden técnico).

“La última cuestión que quedaría por responder”, concluye Kingsnorth, “es si se lo permitiremos”.

Por si todavía quedara alguna duda, es evidente que Kingsnorth entiende el Progreso no como una mera dinámica histórica, sino como una metafísica operativa que trabaja incansablemente para aplanarlo todo: cuerpos, culturas, bosques, fronteras y límites simbólicos y literales, vínculos, lenguajes. Esa ideología (silenciosa, ubicua, absolutista en su pretensión de racionalidad) establece que todo es intercambiable, rediseñable, vendible. Bajo su influjo, el mundo deja de ser un tejido de presencias y experiencias valiosas per se (irrepetibles y contradictorias pero vivas en su complejidad), para convertirse en una matriz de meras “equivalencias”: nada tiene valor en sí mismo, solo un precio potencial; no un valor de uso, sino un valor de cambio (dicho esto último con terminología del marxismo, del que, como era de esperar, Kingsnorth abjura tanto como del fascismo, el liberalismo, el ecologismo y casi cualquier otro ismo que se le ponga por delante).
Kingsnorth insiste en que este paradigma, que parecería tan solo técnico, político o socioeconómico, es en realidad una empresa espiritual: una operación de desmantelamiento ontológico que comienza por declarar que que todo puede (¡y debe!) desenraizarse, deshacerse y rehacerse de manera constante y expansiva; que la naturaleza y la tradición no son sino materiales en bruto para alimentar un gigantesco e incesante proyecto de “optimización”.

Portada del álbum del disco de 1992 de la banda Rage Against the Machine, a partir de la foto de Malcolm Browne de la autoinmolación del monje budista vietnamita Thích Quảng Đức en Saigón en 1963.

De ahí que resistir a la Máquina no pueda consistir en otro programa político más, ni en una nostalgia reaccionaria, ni en una utopía alternativa: todas ellas, a su modo, siguen atrapadas en la gramática del propio Progreso. Lo que él reclama es algo más elemental y más difícil: recuperar una posición, un lugar concreto desde el cual decir "No". No un plan, sino un suelo; no una doctrina, sino un límite. Frente a un sistema que pretende que todo es fungible, la resistencia empieza por afirmar que no, que no todo es intercambiable, que no todo es maleable, que la vida no es materia neutra para la ingeniería de turno. Esa postura anti-Máquina que Kingsnorth esboza no es otra política más; es un gesto de fidelidad hacia lo real (hacia aquello que jamás podrá ser convertido en mercancía) y, al mismo tiempo, una invitación a reconstruir una cosmovisión capaz de sostenernos cuando la gran promesa del Progreso ya ha revelado, para aquel que quiera verlo, que bajo sus múltiples máscaras solo hay un vacío necrótico.
Buena parte de la fuerza del libro proviene de que su autor no escribe desde una torre de observación teórica; lo hace desde la experiencia directa de haber transitado varios mundos: el activismo ecologista radical, la vida urbana acelerada, el éxodo hacia el campo irlandés, la paternidad, la conversión espiritual. Esa biografía, en vez de ser un simple adorno, deviene método: Kingsnorth utiliza su propia vida como laboratorio para mostrar cómo opera la Máquina en lo concreto (en el trabajo, en el cuerpo, en la imaginación, en la creatividad, en la intimidad) y cómo todavía es posible, aunque con enormes dificultades, resistirse a ella.
El libro abre un espacio incómodo, sí (un territorio fronterizo entre la crítica cultural, la metafísica y la ecología profunda) pero uno en el que se llama a quien lee a reconsiderar no ya solo cómo vivimos, sino qué entendemos por vivir. Kingsnorth nos recuerda que sin un cambio en la imaginación moral y en la estructura simbólica y espiritual de nuestras sociedades, ningún proyecto de transformación material podrá jamás sostenerse; esa es quizá la propuesta/provocación más fértil de su libro.
Hay, además, un aspecto no menor: la reivindicación del imaginario poético como fuerza de resistencia. Kingsnorth, poeta y novelista antes incluso que activista y ensayista, entiende que la Máquina triunfa cuando consigue reducir el mundo a información y al ser humano a consumidor. Frente a esa lógica, la poesía —el mito, el silencio, la atención, la belleza— actúa y actuará siempre como un recordatorio de que la realidad no se agota en lo cuantificable (el nous frente a la ratio). Su libro es, también, un elocuente alegato a favor de recuperar la sensibilidad simbólica como puro acto político. Against the Machine es el libro de alguien que se autodefine en sus propias páginas como “a ratos cínico, a ratos anarquista, casi siempre ambas cosas”. En última instancia, es un libro profundamente anticapitalista... pero por razones que ningún marxista compartiría; profundamente consciente de la devastación ecológica, cultural y anímica del presente... aunque todavía muy capaz de imaginar y proponer vías de resistencia, redención y transformación tanto individual como colectiva (el alegato final con el que Kingsnorth cierra el libro posee, al menos para este lector, una energía tan potente e inspiradora que uno termina leyéndolo con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos).
Ojalá este libro llegue pronto a los lectores hispanohablantes que piensan, escriben y trabajan en el campo del decrecimiento, del poscapitalismo, del ecologismo radical o de la crítica cultural. En un momento histórico en que en el Mundo se debate en sus propias formas de desarraigo/degradación/mercantilización territorial, cultural, moral, espiritual, social y ecológica, Against the Machine aporta una voz más que necesaria a esa conversación.

Fuente: https://www.15-15-15.org/webzine/2026/03/26/paul-kingsnorth-contra-la-maquina-del-progreso/ - Imagen de portada: Fotograma (fragmento) de la película 'El evangelio del vacío' de Jesús Olmo.

 

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