El capitalismo del colapso

Las elites capitalistas son conscientes de que el colapso del sistema global capitalista actual es inevitable, pero no están dispuestas a perder su condición de minoría privilegiada. La opción estratégica de las élites capitalistas es el capitalismo del colapso, es decir, el poder gestionar, administrar y guiar el proceso del colapso desde sus planteamientos hegemónicos para reorientar el capitalismo terminal, mediante una transición autoritariamente controlada, hacia una suerte de neofeudalismo corporativo.

Por Gil-Manuel Hernández Martí.

“Hablar del colapso, imaginarlo, tratar de comprender sus posibles causas, especular sobre sus eventuales efectos, todo esto tiene una función importante, que pasa más por la capacidad de sugerencia, de apertura de horizontes culturales, por descolonizar la imaginación, que por la exactitud o por la necesariamente dudosa potencia predictiva”. (Ernest García, Ecología e Igualdad, 2021)
El colapso del capitalismo
Estamos entrando en un mundo cada vez más frágil, volátil y sujeto a cadenas de crisis entrelazadas. Un escenario caótico y disruptivo que muchos científicos califican de colapso ecosocial, de alcance mundial y carácter casi irreversible. Esto significa que la civilización industrial capitalista que conocemos está quebrando como sistema estable, con un alto riesgo de hacer que se derrumben economías, ecosistemas y culturas. La complejidad del mundo que conocemos parece reducirse, mientras la entropía crece, quizás para dar paso a una nueva complejidad postcolapsista, todavía de incierta concreción.
El colapso, iniciado con la crisis energética de los años 70 del siglo pasado, se habría acelerado con la crisis de 2008, pero sobre todo en los últimos años, debido a los brutales efectos del cambio climático, inducido por un enloquecido sistema basado en un crecimiento continuo y consumista, a base de agotar recursos energéticos, destruir la biosfera, generar patologías de todo tipo y agudizar la precarización, la pobreza y la desigualdad. Hasta el punto que hoy en día, ante la casi certeza del colapso, la duda es si todavía estamos a tiempo de qué sea un colapso controlado, o más bien uno caótico y destructivo.
La pandemia de la covid-19, que tanto ha trastocado nuestro mundo en solo dos años, o la recientemente iniciada guerra en Ucrania, serían tan solo unos episodios más de este colapso sistémico, o dicho de otro modo, del colapso del capitalismo. No en vano, Antonio Turiel y Juan Bordera han interpretado el conflicto bélico de Ucrania como la primera guerra de la que ellos denominan como “Era del Descenso Energético”.
La comunidad científica que estudia el colapso desde diversas perspectivas, entre las que ha emergido la nueva disciplina de la colapsología, no tiene claro si el ritmo de aquel, inducido por la propia radicalización de la lógica capitalista, ya sea en sus versiones de mercado como de Estado, puede incrementarse o variar según lugares, factores y contextos sociales. Parece haber más consenso en que el proceso de colapso va a operar por oleadas, entre las cuales renacerá la ilusión del retorno al viejo mundo del bienestar según el modelo occidental, si bien irá imponiéndose un largo descenso, un progresivo declinar salpicado de crisis, conflictos, revueltas y dramas.
El tiempo que dicho proceso pueda llevar tampoco es muy previsible, dada la probabilidad de que se desaten bucles incontrolables de acontecimientos y las consabidas aceleraciones del cambio histórico. En todo caso, el colapso puede discurrir como un proceso biofísico, que no necesariamente debe ser negativo, si se gestiona adecuadamente, definiéndose la elección transcendental como aquella que debe optar entre un colapso caótico y altamente destructivo, y otro más dirigido, más regulado, y quizás reorientado, pese a los traumas inevitables, hacia la construcción desde abajo de modos de vida mucho más democráticos, ecológicos y  saludables.
Lo cierto es que el colapso en marcha es un proceso derivado del hecho crucial de “la dinámica autoexpansiva de la acumulación de capital”, en palabras de Jorge Riechmann, dado que el actual sistema capitalista industrial, tecnocrático, oligárquico e irracionalmente expansionista ha desafiado todos los límites importantes del planeta, razón por la cual está indefectiblemente condenado a tratar de sobrevivir como sea, aunque los métodos empleados lo hundan más rápidamente o lo fuercen a mutar en otro tipo de formación histórica.
Al final, aunque compitan violentamente, las élites siempre lanzan a sus dominados a la batalla en el fango y a la hora de la verdad se libran de las consecuencias, como de hecho ya sucedió en las guerras mundiales del siglo XX
Como indican multitud de trabajos y estudios rigurosos, parece que estamos ingresando en un horizonte potencialmente crítico de carácter multidimensional, definido por la crisis del crecimiento, la escasez progresiva, la intensificación de emergencias climáticas, el cierre masivo de empresas, la extensión de la desocupación, las crisis humanitarias, la desintegración de los Estados del bienestar y las clases medianas, la subida de los precios de los productos básicos, la potencial desestructuración del sistema financiero, el hundimiento de las pensiones y un panorama expresado por retrocesos visibles en sanidad, educación, alimentación, comercio internacional y turismo, entre otros sectores. A todos estos procesos le tenemos que añadir el descenso energético, la ruptura de las cadenas de abastecimiento, la inseguridad alimentaria, el aumento de la desigualdad social, la conflictividad y polarización a todos los niveles, o las pandemias recurrentes, fruto de la depredación agroindustrial de la naturaleza. Por no hablar de la precariedad laboral, la incertidumbre vital para los más jóvenes, el abandono de los más pobres y frágiles, la expansión de las enfermedades mentales ligadas a estados depresivos o a la dependencia de drogas, así como la proliferación de refugiados medioambientales, económicos y políticos. Todo esto aliñado con un mayor poder de las grandes corporaciones transnacionales y el avance combinado del neoliberalismo salvaje, el ecofascismo y de una nueva extrema derecha nacionalpopulista.
Pero la cosa no acaba aquí, puesto que hay que añadir la guerra a gran escala, el auge de la biopolítica y psicopolítica de corte totalitario (vigilancia total), la volatilidad e inestabilidad sociales, la desaparición progresiva de la democracia, la proliferación de violencias diversas y, como guinda del pastel, los incendios de sexta generación, la extinción de especies y la degradación medioambiental irreversible, producto del ya referido cambio climático.
En tal contexto, la globulización aparece como una dimensión novedosa de la globalización bajo condiciones estructurales de capitalismo radicalizado y cada vez más desmaterializado, abocado a chocar indefectiblemente con los límites producidos por su propio desarrollo, voraz e insaciable. La globulización, que experimenta una capacidad de mutación constante, es una consecuencia directa de la contradicción que se produce entre la enorme rapidez con la que se desarrolla la globalización capitalista en las esferas económica, tecnológica, informacional y ecológica, que conduce necesariamente a la catástrofe del sobrepasamiento, y la mucho más lenta globalización en las esferas social, cultural y psíquica, que difícilmente pueden procesar con el debido tiempo y resiliencia las consecuencias de la catástrofe en curso.
El combustible que impulsa el inquietante crecimiento de los glóbulos es un enorme malestar, producto del desastre ecocida y social de más de cuatro décadas de neoliberalismo autoritario y de la percepción que las propias élites tienen de que el modelo vigente ya no va a aguantar demasiado
En este contexto de colapso del capitalismo, la globulización, auténtica cara oculta de la globalización, se ilumina con mayor nitidez, mostrando la creciente centralidad del glóbulo, que es la formación social que cada vez cobra más relevancia, frente a la globalización expansiva, en la cual el flujo era el rasgo dominante. La globulización, en tanto que proceso que permite la multiplicación y creciente protagonismo social de los glóbulos, se concreta en la proliferación de mundos autocontenidos, autorreferenciales, herméticos y desconfiados unos de otros, propiciando ambientes múltiples o entornos estancos, potencialmente cerrados y hostiles. Dicho de otro modo, la globulización evidencia el cuarteamiento y hundimiento del ecosistema de la globalización capitalista neoliberal, los fragmentos desgajados del edificio en ruinas, los espacios sociales desprendidos de la sociedad global que se torna globular, caótica y distópica.
El resultado final es que los flujos de apertura, diálogo e inclusión tienden a ceder ante la formación de glóbulos con vida propia, que actúan como obstáculos, que activan conflictos enquistados y nuevos, que predisponen al cierre, a la rigidez, a la incomunicación, al autismo social, a la guerra y a la violencia. Glóbulos que propician sus propios flujos, que se propagan, paradójicamente, utilizando las propias redes de la globalización, pero para reconfigurarla, reduciendo su complejidad. El combustible que impulsa el inquietante crecimiento de los glóbulos es un enorme malestar, producto del desastre ecocida y social de más de cuatro décadas de neoliberalismo autoritario y de la percepción que las propias élites tienen de que el modelo vigente ya no va a aguantar demasiado. La proliferación de la lógica globular posee un efecto desintegrador, fragmentador, disolvente y atomizador, y lanza el mensaje del “sálvese quien pueda”, en primer lugar entre las élites, que parecen haber decidido que el colapso del capitalismo debe ser comandado implacablemente por ellas. El colapso, pues, se substancia siguiendo las redes de la globalización pero bajo la presión disruptiva y desestabilizadora de la lógica de la globulización.
El capitalismo del colapso
Las élites capitalistas son conscientes de que el colapso del sistema global capitalista actual es inevitable, debido a la convergencia de crisis energética, ecológica, económica y social. Pero las élites capitalistas no están dispuestas a perder su condición de minoría privilegiada dotada de un poder global. Por lo tanto, su opción estratégica es el capitalismo del colapso, es decir, el poder gestionar, administrar y guiar el proceso del colapso desde sus planteamientos hegemónicos para reorientar el capitalismo terminal, mediante una transición autoritariamente controlada, hacia una suerte de neofeudalismo corporativo de corte tecnocrático, de alcance global, posiblemente ecofascista y potencialmente exterminista, que salvaguarde el imperativo extractivo por desposesión que es la razón de ser esencial de tales élites.
Dicho brevemente: se produciría un tránsito del Estado de derecho al Estado de desecho
Dicho movimiento enlaza directamente con el referido proceso de globulización, en la medida que una consecuencia de esta es la radicalización de la secesión de las élites, que conforman glóbulos entendidos como fortalezas inaccesibles (intramuros de un entorno de bienestar para privilegiados), desde las que se ejerce despóticamente el poder y se administran las migajas para los demás, cuyos derechos van a resultar graduados en función de las prestaciones que puedan ofrecer a las élites. Dicho brevemente: se produciría un tránsito del Estado de derecho al Estado de desecho. Se conforma así un complejo panorama de glóbulos jerárquicamente estructurados, diversamente configurados, con diferentes grados de protección, que determinan un paisaje con forma de piel de leopardo, en el que manchas dominantes controlan un espacio donde abundan los vacíos y desiertos, como sinónimo de la explotación sistémica del capitalismo del colapso. Unos vacíos donde otros glóbulos, débiles y precarios, pugnan por la supervivencia o, si se quiere albergar esperanza, trabajan por abrirse paso como alternativas comunitarias y democráticas de futuro, haciendo de la necesidad virtud y construyendo desde el abandono esperanza activa.
El modo de gestión de esta transición define el capitalismo del colapso, que incluye la posibilidad de guerras tibias, hibridas o regionales para asegurar cierta legitimidad popular que refuerce el poder de las élites a nivel nacional o regional, haciendo como que compiten (o compitiendo salvajemente) para salvaguardar a sus pueblos, aunque en realidad representan mediante la guerra la afirmación de su poder e intereses, mientras paralelamente, y a través de mecanismos opacos de todo signo, salvaguardan sus estructuras elitistas transnacionales de clase.
Al final, aunque compitan violentamente, las élites siempre lanzan a sus dominados a la batalla en el fango y a la hora de la verdad se libran de las consecuencias, como de hecho ya sucedió en las guerras mundiales del siglo XX. La diferencia es que entonces las elites y los imperios capitalistas que dirigían competían por unos recursos energéticos y minerales en ese momento considerados como inagotables, mientras que actualmente las élites se ven obligadas a luchar por los recursos cada vez más escasos en un mundo finito, altamente contaminado y climáticamente caótico. Ello configura una lucha despiadada en la que las oligarquías siempre se van a salvar, lo que significa que van a ir a por todas en el acaparamiento de recursos decrecientes, con la consiguiente expulsión a la mayor parte de la población humana a un vasto extramuros de pobreza, abandono y decadencia.
En el fondo, la coalición formada por administradores de estados profundos, altos funcionarios civiles y militares, administradores y grandes accionistas de grandes fondos de inversión y fondos soberanos, centros elitistas de investigación, inversores de empresas tecnológicas del capitalismo de la vigilancia, grupos de pensamiento y presión (lobbies), centros de prescripción cultural masiva, corporaciones transnacionales, bolsas y organizaciones financieras, junto a oligarquías mafiosas y élites subsidiarias tercermundistas, pretende esencialmente sobrevivir, mantenerse y reproducirse al costo que sea necesario. Y esta coalición de interés sabe que puede solo hacerlo supervisando y controlando con mano firme el inevitable colapso del capitalismo mediante el capitalismo de colapso, oscilando tácticamente entre el “sálvese quien pueda” y “los ricos primero”.
El capitalismo del colapso a escala global, con sus diversas concreciones y modulaciones locales, también implica una gradación estratégica de la lógica exterminista.
De hecho, las diversas capas y fracciones de estas élites globales luchan entre sí por liderar y controlar el proceso, al tiempo que convergen en la necesidad de que las masas populares de ciudadanos cada vez más frágiles vean progresivamente limitados sus derechos, libertades e iniciativas. O, como señala Pablo Font en su reciente libro La batalla por el colapso. Crisis ecosocial y élites contra el pueblo, tanto el proyecto nacionalpopulista como el proyecto globalista, ambos dirigidos desde las oligarquías, “ocultan el motivo real de la pelea (una lucha por el poder y contra la democracia), y aprovechan la misma para distraer a la ciudadanía del posible colapso, así como de la carrera que ya han emprendido para estar lo mejor situamos en ese futurible”. En suma, se asiste a una especie de voladura controlada del capitalismo en implosión mediante el desarrollo de un capitalismo necesariamente implosivo.
El capitalismo del colapso a escala global, con sus diversas concreciones y modulaciones locales, también implica una gradación estratégica de la lógica exterminista, que va desde las deliberadas y planificadas políticas neoliberales de destrucción del estado del bienestar, pasando por la precariedad inducida, el deterioro programado de las redes sociales de solidaridad, la guerra recurrente, las sociedades del abandono, la lógica de las expulsiones, la producción y gestión de residuos humanos, hasta la amortización cínica, cruel y sistemática de una humanidad sobrante. Todo ello animado por unos postulados cada vez más abiertamente ecofascistas, ligados a la justificación y protección de una humanidad reducida y funcional al sistema en transición, y que contemplan el estricto exterminismo como último recurso.
Desde esta perspectiva, una eficiente gestión capitalista del colapso (el capitalismo del colapso como ambicioso programa de destrucción creativa) puede facilitar la transición al nuevo modelo postcapitalista y neofeudal que asegure la conservación del poder de las élites globales (y sus subsidiarias locales), minimizando en la medida que se pueda los efectos catastróficos del colapso sistémico, aun con el coste de desaparición de extensas áreas, especies y grupos humanos del nuevo sistema postcapitalista en construcción, además de cualquier atisbo de democracia. Una especie de implacable hoja de ruta (otra cosa es cómo se lleve a cabo), de itinerario político psicopático para “salvar los muebles” en un planeta cada vez más degradado, para así reconstruir la casa a gusto de las élites, bajo sus renovados parámetros organizativos en términos de autoridad incuestionable, exclusividad y exclusión.
Se trata, pues, de asegurar el planeta para “los que no sobren” (las élites y las poblaciones que les resulten útiles y funcionales). Se trata, en definitiva, de construir un proyecto de fortaleza global neofeudal formada por una red de espacios-fortaleza comunicados entre sí a través de un océano de devastación, pobreza y degradación, un escenario en el que se activa una sostenibilidad ecocida, al tiempo que tiene lugar la planificación de un decrecimiento genocida de las estructuras que obstaculizan el mantenimiento de los privilegios, recursos y poder de las élites. O dicho de otro modo: reducción quirúrgica de la complejidad como forma de asegurar el poder y preservar el nuevo sistema postcolapsista. Y para gestionar dicho proceso un régimen totalitario de emergencia, que aún conservando ciertas formas simbólicas de democracia, active y al mismo tiempo controle el caos inducido para mayor beneficio de unes élites globales definitivamente globulizadas.

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