La ola irracionalista

Una larga temporada de progreso e innovación, migraciones y globalización, condujo primero a la catarsis revolucionaria y luego al rebote reaccionario: La Oficina de la Fe inaugurada por Donald Trump en la Casa Blanca me recuerda al Ministerio de la Felicidad de Hugo Chávez: inútil, paradójica, redundante. El asistente espiritual que invoca su bendición divina evoca a Nicolás Maduro implorando el perdón de Cristo por los pecados de su régimen: falso, inverosímil, cínico. ¿Son teatrales o fanáticos? ¿Cómicos o aterradores? Ciertamente están de moda: el mundo está plagado de líderes devotos de la grandeza de Alá y de «Dios por encima de todo», que besan iconos e invocan «fuerzas del cielo». ¿Será un buen síntoma?

Loris Zanatta

Irracionalismo, unilateralismo, proteccionismo. Y luego simplismo, vulgaridad, arrogancia. Ya lo he escrito, me repito: los años veinte del siglo XXI se parecen cada día más a los años 20 del siglo XX. Lo sé, lo sé, la historia no es un supermercado, hay productos frescos junto a los congelados, bienes perecederos junto a los duraderos. La similitud de las premisas no produce necesariamente los mismos efectos. Pero las similitudes son inquietantes.
Una larga temporada de progreso e innovación, migraciones y globalización, condujo primero a la catarsis revolucionaria y luego al rebote reaccionario, uno totalitario, el otro también, ambos irracionales: creer, obedecer, batallar.
Nada de Hitler sin Lenin, nada de Lenin sin guerra, nade de guerra sin, precisamente, irracionalismo, unilateralismo, proteccionismo. Los dogmas positivistas se disolvieron frente al reflujo misticista, los excesos de la razón frente al renacimiento religioso, el libre comercio frente a las barreras aduaneras, la democracia frente al Jefe.
¿Otra vez lo mismo? Primero los revolucionarios, luego los reaccionarios, se creen opuestos, son parecidos. La razón se doblega ante la convicción, la crítica ante la obediencia, la duda ante la certeza. El odio tribal alimenta la ‘guerra cultural’. Las redes sociales imponen la «sabiduría del pueblo» a la presunción de los intelectuales, son el megáfono que antaño fueron los púlpitos y las gacetas, los mítines callejeros y las proclamas en la radio: el grito acalla la reflexión, el like la opinión.
Los Goebbels y Zdanovs de nuestro tiempo son más tecnológicos, pero hacen el mismo antiguo trabajo: manipulan palabras, inventan gestos, crean rituales, señalan chivos expiatorios, fundan nuevas religiones. Los «inclusivos» quieren imponernos su lengua, los «excluyentes» la prohíben. ¿Y si habláramos como queremos?
La tecnología avanza poderosa, pero el antimodernismo se propaga omnipotente. ¿Una paradoja? Para nada: causa y efecto. Los humanos somos así, preferimos la conservación a la innovación, le oponemos por instinto el rechazo esnob, el anatema moral, la nostalgia.
¿Creen que el «pueblo» aplaudió la invención de la imprenta? A muchos les cuesta aún no digerir la teoría de la evolución. ¡Qué diabluras los ferrocarriles, qué afrenta los teleféricos, tronaron muchos! ¿Y las misiones espaciales? Con todos los problemas que tenemos en la Tierra...
Cuanto más una época es innovadora, tanto más la innovación trastorna, la tecnología indigna, la ciencia escandaliza. ¡Quitan puestos de trabajo y erosionan vínculos sociales! Corrompen el espíritu y ocultan turbios intereses! ¡Son herramientas de los poderosos contra los indefensos, de las élites contra el pueblo! Conspiraciones del Gran Capital, gritan algunos. Conspiraciones woke, se hacen eco los otros. Viva la ignorancia, se unen a coro: una idea vale otra, el prejuicio igual que la ciencia, el cotilleo que la investigación, la sospecha que la prueba.
Nada expresa mejor el espíritu de los tiempos que las reacciones a la crisis ambiental. ¿Se está calentando el planeta? ¿Es la actividad humana, al menos en parte, la causa? Está sobradamente demostrado. ¿Qué hacer? ¿Intentar combinar ciencia y ambientalismo, compatibilizar economía y ecología? ¡Qua va! Arrepintámonos, truenan los nuevos catecúmenos, volvamos a la Arcadia, clama la «última generación», delenda la civilización, amenazan los ecopopulistas. El problema no existe, se enfurecen los eco-negacionistas, es un invento del ‘zurdaje’ global, un complot de la ciencia sometida a la agenda progresista. Entonces ‘drill, baby drill’.
¿Y el caso de la Organización Mundial de la Salud? Si no hiciera llorar, haría reír. Al criticarla se gana fácil, pero no se obtiene nada. Negar su utilidad y necesidad es hacer demagogia barata: investigación, información, experimentación, cooperación pasan por ella. La salud, como el medio ambiente, es un problema global que, guste o no, sólo puede abordarse globalmente. ¿Abandonarla resuelve algo? Si no resuelve nada Estados Unidos, la mayor potencia científica del planeta, hacen el ridículo quienes no lo son y los imitan. En Italia lo intentó la Lega, no el gobierno ni el partido de Meloni, y se cubrió de pedorretas. Argentina fue la primera de la clase. ¿O la última?
No sé qué dejará tras de sí esta ola irracionalista. Sólo sé lo que ya vemos: si el debate público se reduce a un enfrentamiento entre hinchadas, cada una armada con su fe y su teoría de la conspiración, el debate racional se va por la ventana. Y junto con el debate racional, el método científico: observar, experimentar, verificar, argumentar.
La inteligencia colectiva sucumbirá a la colectiva ignorancia, a los gritos poseídos de los más cínicos y audaces, de los más aventureros y sin escrúpulos. Entonces, el espectro del siglo pasado se cernirá realmente sobre nuestro siglo. El sentido común y la «sensatez» son las armas de la resistencia. La política religiosa está ya a punto de convertirse en religión política. Y la religión política no admite disensos ni herejías, sólo férrea ortodoxia. ¿La libertad? Al carajo.
 
Loris Zanatta es historiador. Profesor de la Universidad de Bolonia, Italia. - Fuente: https://www.clarin.com/opinion/ola-irracionalista_0_bQ6g5WljVF.html?srsltid=AfmBOopV9ienxXyJW0L3N49gHtaINvqmlRhwkWblcaVeHey-NfKxNPmq - Imagen de portada: Mariano Vior

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