«Sueños de trenes» y la delicada poesía de la naturaleza

 

«En este planeta, somos niños que le quitan tornillos a la noria y se creen dioses», dice uno de los personajes de Clint Bentley. Deudora del estilo ascético de Tarkovski y Malick, su cinta retrata la vida en los bosques norteamericanos y destila una belleza arrebatadora. Está entre las 10 candidatas al Oscar a la mejor película: Puede uno imaginarse la sorpresa de quienes se toparon casualmente con Sueños de trenes en el catálogo de Netflix. Entre tanta película mala, una joya escondida. Es la misma sensación que deambular por una biblioteca sin llevar ningún título apuntado y elegir un libro al azar que resulta ser maravilloso. Muchos no tuvimos la suerte de vivir ese feliz descubrimiento y supimos de su existencia cuando se hicieron públicas las nominaciones a los Oscar. ¿Qué película es esta?, pensamos entonces. Se ha colado entre las 10 candidatas a mejor película, ¿cómo es posible que no apareciera en mi radar?

Manuel Ligero

Sueños de trenes, adaptación de la novela del mismo título de Denis Johnson, cuenta la historia de un hombre retraído y sencillo en el más bello sentido de la palabra. Un hombre que no está llamado a marcar la vida de otros hombres, como no lo está un árbol, un pez o un pájaro, aunque todos ellos contengan y sostengan la vida en general. Estamos en los extensos bosques del noroeste de Estados Unidos, en la década de 1920, y Robert Grainier (interpretado por Joel Edgerton en uno de los mejores papeles de su carrera) es leñador y corta los árboles con los que se está construyendo el ferrocarril, o lo que es lo mismo, con los que se está vertebrando su país. Aquella gran obra de ingeniería, levantada en su mayor parte con manos inmigrantes, quedará marcada en su memoria al ser testigo del asesinato a sangre fría de un obrero chino y no haber hecho nada para impedirlo.
Robert, que sin saberlo está configurando el perfil de Estados Unidos, no parece americano porque no ambiciona nada. No tiene más proyecto que el de vivir en su cabaña con su esposa y su hija. Tampoco posee formación política o religiosa. Ni falta que le hace. Alberga algunas ideas imprecisas sobre la condición humana, aprendidas sobre la marcha, como integrante de cuadrillas de leñadores, y eso le basta para saber (o más bien sentir) que lo que le hicieron a su compañero chino está mal. Lo sospecha porque aparece en sus sueños, como aparecerán más tarde otros accidentes que atravesarán y perturbarán su vida.
Clint Bentley, el director de Sueños de trenes, consigue algo dificilísimo en narrativa: contar sueños y que eso no suponga un lastre. En el cine y en los libros, no hay nada más aburrido que un sueño, las cosas como son. Pero aquí los sueños de Robert fluyen con naturalidad y ayudan a dibujar un personaje fascinante en su aparente simplicidad. Esa es una sensación que recorre todo el filme: la de presenciar una historia muy sencilla, pero a la vez muy profunda.
Decía Tarkovski que hay sólo dos clases de cine: el de los directores que imitan el mundo y el de los que crean su propio mundo. Para describir a estos últimos usaba un sustantivo muy preciso: «Son poetas». Poeta lo era él mismo (y Clint Bentley confiesa que está entre sus principales fuentes de inspiración), como lo era Kurosawa (si pudiéramos pensar en Sueños de trenes como en una partitura, esta estaría interpretada en la misma tonalidad que Dersu Uzala) y como lo es Terrence Malick (el primer nombre que a uno se le viene a la cabeza ante la belleza mística de la película).
Todos ellos, y también Bentley, convirtieron la naturaleza en una figura con entidad propia en sus historias. No se trata de un fondo. No es un decorado. Es un entorno que respira y se imbrica en la vida del resto de personajes. Su presencia queda acentuada por el soberbio trabajo de fotografía de Alphonso Veloso, nominado asimismo al Oscar y cuyas imágenes (como las palabras de un poema) están dotadas de un aliento trascendental: no sólo ilustran, evocan. Rodadas casi íntegramente con luz natural, resulta muy interesante la decisión de registrarlas en una proporción de aspecto 3:2, prescindiendo del formato panorámico para ganar en verticalidad, y casi podría decirse que en espiritualidad (como también hacían en esa otra maravilla titulada Las ocho montañas).
Al final, a través de las tribulaciones de este leñador, insertado él mismo en los majestuosos bosques en los que se gana la vida, entendemos que formamos parte de la naturaleza. Ni estamos por encima de ella ni podemos someterla. El personaje interpretado por William H. Macy lo enuncia explícitamente: «En este mundo todo está entrelazado. Y cuando tiramos de un hilo no sabemos cómo afecta al resto. En este planeta, somos niños que le quitan tornillos a la noria y se creen dioses».

Fuente: https://climatica.coop/resena-suenos-de-trenes-naturaleza/  - Imagen de portada: Joel Edgerton en una escena de ‘Sueños de trenes’. Foto: NETFLIX.

 

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