Ante la anestesia de Europa, el cuchillo de Dufourmantelle
Hay pensadoras que duelen. Filósofas, psicoanalistas, cuyos pensamientos nos llegan como una cuchillada directa al estómago. Sus reflexiones nos enfrentan a un espejo con una luz tan fuerte que muestra ese grano terrible que quisimos ignorar, pensando que, si no le dábamos importancia, desaparecería sin intervención. Anne Dufourmantelle es una de ellas. En parte porque con sus libros –que recogen, aunque no solo, casos de los que fueron sus pacientes– nos tiende en su diván y como una terapeuta heterodoxa nos cuenta la verdad sobre nosotras mismas. Verdades que seguramente ya conocíamos, pero que hemos necesitado escuchar de su boca para asumir el hartazgo que nos interpela.
Txt: Mar Gómez Glez
Leerla –estoy pensando especialmente en las obras Elogio del riesgo (2011, 2019 en castellano) y En caso de amor (2009, 2018 en castellano)– supone someter a las lentes infalibles del microscopio las raíces del letargo de Europa. En sus libros, en apariencia personales, la filósofa y psicoanalista francesa nos lleva a las causas profundas, a las fuerzas moleculares, a los deseos sutiles que operan por debajo de las estructuras sociales más visibles de este estado zombi del que adolece nuestro continente. Ahora que las guerras y las crisis nos cercan, se hace más patente la falta de capacidad de reacción de la sociedad. Un estado que ella define como “depresión blanca”, a la que hemos sucumbido con tal de no aceptar ningún riesgo.
Vamos a morir de seguridad. Una sociedad estancada en un sistema agotado solo puede dirigirse hacia la decrepitud. Antes de que Yanis Varoufakis nos mostrara, en su ensayo Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo (Deusto, 2024), cómo el capitalismo ya no existe porque ha sido sustituido por un sistema que no genera riqueza a través del proceso de producción e intercambio de mercancías, sino gracias a la renta que produce el espacio digital, Dufourmantelle ya había entendido que el tiro de gracia provenía del cálculo de riesgos. Dice la autora francesa: “En una sociedad en que los seguros se imponen en todas las áreas porque ya nadie los puede declinar o siquiera prescindir de ellos, promover el riesgo cero se ha vuelto inútil; su necesidad ya se sobreentiende. Se ha vuelto el horizonte obligado de nuestras decisiones colectivas e individuales. Las compañías de seguros aparentan no exigir más que un poco de dinero para poder protegernos contra la ocurrencia del accidente, cualquiera que este sea. En realidad, es nuestra percepción de la realidad que se encuentra reformateada, como se dice hoy en día”.
El riesgo es consustancial a la vida, negarlo es negarse a vivir
¿Y qué hay de malo en no arriesgarse?, podemos pensar. En no arriesgarse innecesariamente no hay nada de malo, pero el riesgo cero es imposible. El riesgo es consustancial a la vida, negarlo es negarse a vivir. Solo en el plano matemático abstracto –digital, si se quiere– se puede elucubrar con una ecuación de la vida con un resultado redondo. En la vida, y en la muerte, siempre hay restos. Este es el tipo de obviedades que solo se nos hacen presentes ante la llegada del acontecimiento, como puede ser un evento importante a nivel individual, el nacimiento del hijo o la muerte de alguien cercano; o un evento social que nos afecte de manera generalizada y muy directa, como fue la pandemia.
Ya se nos ha olvidado el fenómeno de la “gran dimisión” o “gran renuncia” que hizo que millones de trabajadores, primero en Estados Unidos y después en el resto del mundo, renunciaran a sus trabajos insatisfactorios y mal pagados aun a riesgo de afrontar la incertidumbre. Como consecuencia –aunque fuera por un periodo limitado de tiempo y a pesar de que estuviera reducido a un número y tipo particular de puestos de trabajo–, las empresas tuvieron que esforzarse por seducir a sus trabajadores con mayores salarios y mayor flexibilidad. Ahora que parece que esta iniciativa ciudadana queda muy atrás, volvemos a enfrentarnos a los mismos miedos que nos mantienen estancadas.
A pesar de la guerra en Ucrania, Europa sigue siendo la zona más segura del mundo. Sin embargo, vivimos en una preocupación creciente, como si una mayor exigencia política ante las atrocidades morales que suceden a nuestro alrededor fuera a suponer un sacrificio imposible. “En el futuro –predice Dufourmantelle– pesarán sobre nosotros los genocidios de guerras tan radicalmente deshumanizantes que aún no nos las podemos representar. El riesgo cero, en los conflictos armados y diplomáticos o incluso en los conflictos de intereses entre potencias industriales, tiende a imponerse en las guerras contemporáneas como ley ética”. Lo que la filósofa y psicoanalista no menciona, aunque quizá lo dé por supuesto, es que al riesgo cero solo aspiran los poderosos. El riesgo cero no es ni democrático ni universal, es elitista y gregario.
El riesgo cero se convierte en la ley del más fuerte. Quien apuesta por él tiene el poder, o lo que es lo mismo, el dinero (las máquinas). El riesgo cero solo existe en un ordenador, no en quien pone el cuerpo. El primer consejo que se da a todo inversor es la diversificación de valores, pero para poder diversificar hay que tener mucho capital. Los bancos ya no se preocupan por los pequeños ahorradores, ¿para qué? Las cantidades ingentes de patrimonio que proporcionan las grandes fortunas les sobran para multiplicar sus beneficios y no tener que seducir a la masa de clientes con cuentas remuneradas o baterías de cocina. La masa ya no es rentable. La masa ya no es un agente de cambio social. No hay ejemplos históricos del nivel de desigualdad ni del nivel de riqueza que existe hoy día en el mundo. De ahí el estupor de la clase media europea.
No hay ejemplos históricos del nivel de desigualdad ni del nivel de riqueza que existe hoy
Vemos mermado nuestro poder adquisitivo sin pasar hambre y no hacemos nada y, lo que es peor, creemos que no podemos hacer nada. Desde nuestras casas observamos tres acontecimientos sin precedentes: cómo el dinero, con nombres y apellidos, se convierte en poder político; cómo la política ha sido completamente monetizada; y cómo esta economía oligarca dicta guerras a riesgo cero, guerras “limpias”, como dice Dufourmantelle, “que ya producen, en daños llamados ‘colaterales’, más muertes entre los civiles que en el rango del ejército”. El grado de depravación moral de los conflictos bélicos a los que asistimos tras nuestras pantallas es espeluznante, pero las noticias se abren con el precio de la gasolina como si la vida humana también pudiera monetizarse. Incluso, las comunicaciones oficiales de nuestras instituciones viajan a través de la red X del hombre más rico y más peligroso del mundo, generándole materia prima gratis. El vasallaje al dinero es la perversión más profunda de nuestra época. La mentalidad gánster ha sido canonizada. “Hoy en día los delincuentes son aceptados solo en un nivel muy alto de las esferas del Estado, ya que allí se arrogan el derecho de estar fuera del alcance de las leyes”. Sin embargo, los ricos no pagan impuestos y no les debemos ninguna lealtad. Sus intereses y los nuestros se contraponen. No tenemos que aceptar su discurso.
Dufourmantelle se niega rotundamente a entrar en el juego del capital y rechaza bruscamente la cuantificación de la vida. Sus palabras son un grito que proclama todo lo que hace grande al ser humano. Lo más valioso no se puede medir. ¿Qué algoritmo calculará el riesgo de enamorarse? Ella nos lo recuerda fuera de cualquier credo, desde las profundidades de la potencia de la vida. Escribió como murió. Nadie la puede acusar de no implicarse. En el verano de 2017, cuando descansaba en la playa de Pampelonne, cerca de Saint Tropez, cambió repentinamente el clima y dos niños quedaron atrapados en el agua. Ella se lanzó a ayudarlos, pero fue arrastrada por el oleaje. La sacaron inconsciente y no consiguieron resucitarla. Murió y los dos niños sobrevivieron. Hasta su muerte está cargada de la épica de lo heroico. Un destino como este, en donde a la palabra sigue la exposición del cuerpo, nos obliga a asumir la responsabilidad de nuestra propia vida, y la responsabilidad de cada cual, dice la autora francesa, exige la fidelidad a nuestros sueños. Habrá quien diga que esta frase es fruto del privilegio. No le faltará razón, en tanto que haber nacido blanca y europea es en sí un privilegio, pero los asuntos de los que habla Dufourmantelle nos implican a todas y todos. Mientras unos desean el fascismo como salida al panorama asfixiante que nos doblega, Dufourmantelle y todas las que la admiramos apostamos por el deseo de vida.
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Mar Gómez Glez es escritora, socióloga y docente universitaria. Su último libro es el ensayo Sangre. Historia íntima y cultural de un fluir constante (Ariel, 2025).
Fuente: https://ctxt.es/es/20260401/Culturas/53056/Mar-Gomez-Glez-Anne-Dufourmantelle-sociedad-anestesiada-Europa-seguridad-estancamiento.htm
