Cambio climático y especies invasoras: dos problemas que se retroalimentan

 

Las especies invasoras constituyen una seria amenaza para la biodiversidad. Un mal que se acentúa con el calentamiento global, que permite que especies no nativas, como las tropicales, colonicen aguas más septentrionales y expulsen a la fauna y la flora autóctonas.


Marta Montojo
       
     
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¿Por qué están las rocas gallegas cubiertas por ostras japonesas? ¿Y por qué nada ahora el pez león, originario del Índico y el Pacífico Sur, por las aguas del Mediterráneo? La globalización no sólo ha plagado el centro de las ciudades de Starbucks y McDonalds, ni únicamente ha llenado los comercios europeos con ropa fabricada en el sudeste asiático: también ha traído, como polizones en los buques o por otras vías, miles de especies foráneas –animales y vegetales– que compiten con las autóctonas y, en muchos casos, suponen un peligro para los ecosistemas marinos.
Las especies invasoras comportan la segunda mayor amenaza para la biodiversidad a nivel global, según avisan organismos como la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Es un problema sólo superado por la actividad humana destructora de hábitat y que el cambio climático –también provocado por los humanos– contribuye a empeorar. El aumento de temperatura del mar a causa de los gases de efecto invernadero favorece climas cálidos en latitudes más al norte, y esto hace que muchas especies no nativas, como las tropicales, puedan prosperar en entornos diferentes.
No todos los animales y plantas venidas de fuera que se asientan en otro territorio se clasifican como “invasoras”. Muchas se adaptan, se naturalizan y se consideran simplemente “exóticas”. La diferencia está en los daños que acarrean para el ecosistema local.


Bien sea porque tienen una sustancia tóxica que impide a otras especies reproducirse, porque no tienen depredadores naturales en el nuevo entorno o por otros factores, se trata de especies que se pueden expandir con facilidad, generan algún tipo de competencia “desleal” y alteran el hábitat en el que se instalan. Las soluciones son complejas y no exentas de debates dentro del propio sector de la conservación marítima.
Una primera controversia surge respecto al momento de actuar contra estas especies más dañinas: para comenzar a tomar medidas, los protocolos indican que hay que esperar a conocer con precisión el impacto de la especie, lo que puede demorarse años. “Y normalmente cuando se empieza a conocer el impacto de esas especies ya es prácticamente imposible erradicarlas”, sostiene Ricardo Aguilar, director de Investigación en Oceana en Europa, una ONG centrada en la conservación de los océanos.
Pero la estimación, recalca el experto, es que, de cada 100 especies que se introducen, 10 terminan estableciéndose y una acaba siendo perjudicial para los ecosistemas marinos locales.
Se sabe que muchas entran por los buques: a veces llegan en los depósitos de aguas de lastre de las embarcaciones –agua que almacenan para mantener la estabilidad durante la navegación–; y otras se quedan fijadas a los cascos de los barcos o se enganchan a las anclas cuando estos fondean.


Con el crecimiento del tráfico marítimo –que ha aumentado alrededor de un 250% en los últimos 40 años, según la ONU–, incluida la multiplicación de las rutas, el problema se ha hecho aún más visible.


Sin embargo, para la mayoría de especies se desconoce en detalle cuál ha sido la vía de introducción. Otra posible vía es la importación de especies para la acuicultura. “Por ejemplo, cultivar  salmón noruego en Chile hace que, si se escapan, puedan generar una plaga de salmones europeos en una zona en la que no existían”, apunta Aguilar. A veces el impacto es indirecto: “Si traes ostras de Japón para cultivarlas en Galicia, la ostra no viene sola, sino que normalmente lo hace con algas, con briozoos, con hidrozoos, con otra serie de organismos que se pueden introducir”, agrega.
Especies tropicales en el Mediterráneo
Las especies de zonas tropicales se están expandiendo hacia el norte por el calentamiento de las aguas, y están apareciendo sobre todo en Europa meridional. Del mismo modo, indica el experto, ocurre con especies que eran más típicas de estas aguas, como el salmonete, y que ahora se encuentran en los países septentrionales.
Así, por las aguas españolas se pueden encontrar ahora algunos meros, gambas y otros peces tropicales, como el pez león (Pterois miles), que han llegado a través del Canal de Suez, una puerta de entrada común.
Lo mismo ha pasado con el pez conejo (Siganus Rivulatus), “una plaga”, según Aguilar, que se ha expandido por el Mediterráneo oriental y, augura, “llegará también a nuestras aguas”. Además de las condiciones de temperatura, influye la ausencia de depredadores en el nuevo entorno. Por este motivo el pez conejo se ha reproducido sin control y, como se alimenta de algas, está acabando con la flora de las rocas. “Termina dejándolas totalmente peladas, con lo que se pierde toda esa biodiversidad que había antes en la roca del mar Mediterráneo”, lamenta el científico.
Algas peligrosas
Otra especie que preocupa a los especialistas en conservación marina y al sector pesquero es el alga asiática Rugulopteryx okamurae. Se detectó hace una década en Ceuta, por arribazón. “Había una acumulación de alga muy importante en la playa, y por tanto el fondo rocoso estaba ya muy cubierto”, señala la investigadora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Mar Roca, oceanógrafa experta en el seguimiento de esta especie invasora. No fue una detección temprana. Esta alga asiática era muy similar a otra alga nativa, así que tardaron en distinguirla. “Se supo porque generaba muchísima biomasa en las playas, y eso no había pasado antes con la autóctona, que no genera esa reproducción tan acelerada”, precisa Roca.
Tras analizar el ADN supieron que el alga venía de Japón, y la hipótesis es que llegó en las aguas de lastre de los barcos del Pacífico. Ahora se encuentra tanto en el Atlántico como en el Mediterráneo. Tiene una capacidad de supervivencia elevada, una tolerancia de salinidad y temperatura muy alta, y –a diferencia de la mayoría de especies exóticas, que se instalan en aguas más superficiales, donde el calentamiento tiene un efecto más evidente– puede encontrarse también a gran profundidad: incluso a 40 metros, mientras que en Japón está a 10-15 metros. “Aquí se comporta de manera muy diferente”, aclara Roca.


Imagen del alga Rugulopteryx okamurae, captada en la laguna de Thau (Francia). Existen registros de su presencia allí desde 2002, adonde llegó probablemente por una importación de ostras. GUICHARD BENJAMIN / IFREMER / CC BY-NC-SA 4.0.
Apareció además en el estrecho de Gibraltar, donde las corrientes entre el Mediterráneo y el Atlántico tuvieron un efecto propulsor de los propágulos y contribuyeron a multiplicar su impacto en ambos mares.
Uno de los problemas de la Rugulopteryx okamurae, además de su rápida proliferación –que está desplazando a algas autóctonas–, es que es muy picante. “Incluso hay peces que antes se alimentaban de algas y ahora están cambiando de dieta, porque el agente químico que tiene esta alga es muy potente”, sostiene la científica.  Se comprobó también su efecto venenoso en episodios de intoxicación de erizos de mar.
Asimismo, se ha convertido en una enemiga para los pescadores, que encuentran cada vez más masas de algas flotando en los caladeros donde faenan normalmente. “El alga asiática pasa mucho tiempo en la columna de agua, es su forma de propagarse”, explica Roca. Así que los peces se alejan de esas masas y a menudo los buques sólo capturan algas, que pesan y rompen o dañan los aparejos de pesca. Luego, los pescadores tienen que limpiar las redes y remendar esos daños, tarea a la que dedican horas. Esto, asegura la investigadora, está desincentivando a muchos, que muchos días prefieren no salir a pescar, en vista de la pérdida de productividad y el impacto sobre el material. Su departamento se comunica habitualmente con la Cofradía de Pescadores de Conil, donde dicen estar pescando la mitad de lo que capturaban antes por culpa de esta alga.
Pero ya es tarde para la prevención, sentencia Roca. Si recogen el alga de los fondos rocosos, contribuyen a propagarla: “De cada trocito de alga que soltamos salen muchísimos individuos. Es como si estuviéramos levantando polen en el mar”.
Así que ahora queda, principalmente, espacio para la mitigación. Una de las maneras que se estudian para afrontar este problema es la comercialización de la biomasa: venderla a empresas para hacer bioproductos y al menos subsanar los gastos de recogida. En 2025 la Junta de Andalucía puso en marcha un plan de gestión para hacer frente al alga, que contempla iniciativas para la retirada, el tratamiento y la valorización de la biomasa de la especie en la costa andaluza, la más afectada por esta invasión y donde las poblaciones de algas autóctonas, según los estudios del CSIC, han caído en picado. Los buzos han cartografiado el fondo marino en el Estrecho y han detectado la gravedad del problema: “Los cuadrantes de cobertura  son del 95%. No hay nada más”, dice Roca.
Los incentivos a las capturas de especies invasoras con un potencial interés comercial, como la del camarón azteca o el cangrejo azul, es una fórmula entre otras, pero “debe entenderse como una herramienta de control y no como un fin en sí mismo”, advierte el ecólogo Enrique González, que lidera el grupo de Biodiversidad del Instituto de Ciencias Marinas de Andalucía (ICMAN) del CSIC. González ha seguido de cerca la invasión del cangrejo azul (Callinectes sapidus), un crustáceo nativo de la costa oeste del océano Atlántico y el golfo de México que ahora se encuentra en ecosistemas costeros de mar abierto, estuarios, marismas y playas españolas, y ha llegado a colonizar el golfo de Cádiz.


El cangrejo azul está desplazando a especies nativas del estuario del Guadalquivir. JAREK TUSZYŃSKI / CC BY-SA 4.0.
En el estuario del Guadalquivir, el cangrejo está siendo especialmente agresivo: no tiene depredadores naturales y tiene una fecundidad muy alta, así que está desplazando a especies nativas. Afecta también a la pesca artesanal, pues además de provocar declives en las poblaciones de especies comerciales –lo que reduce las capturas– es capaz de romper las redes, incluso cortándolas con sus pinzas.
Más esfuerzos en prevención, incentivos para la captura y vigilancia
El experto recalca que la captura de este animal puede contribuir a controlar la población y reducir los daños del cangrejo en los ecosistemas marinos en los que se ha expandido, pero avisa de que los beneficios económicos a corto plazo no deberían superponerse o afectar negativamente a los objetivos ecológicos y sociales a largo plazo. En todo caso, “hoy hay cangrejo para regalar”, dice González, y cree que la pesca puede ser una medida efectiva, entre otras. La primera, en todo caso, debería ser la prevención. Él ha coordinado la guía de política pública para atajar el problema de las especies invasoras que ha publicado este año el Gobierno. El documento incluye claves para la prevención que tienen que ver con el control de las vías de entrada.
Una de ellas sería vigilar de manera efectiva que las aguas de lastre de los barcos han sido tratadas previamente, como indica el Convenio Internacional para el control y la gestión del agua de lastre y los sedimentos de los buques, que existe desde hace más de 20 años. Aguilar cree que muchos barcos sí cumplen con esas obligaciones y están tratando químicamente esas aguas antes de verterlas para acabar con las especies que se puedan haber introducido en ellas, pero reconoce que no hay un seguimiento para saber qué porcentaje de embarcaciones lo están haciendo en realidad.
En todo caso, esta medida solo aplacaría una parte del problema, dice el biólogo marino. Parte de la solución también ha de pasar necesariamente por ralentizar el cambio climático, “pues eso es lo que hace que las especies se muevan a sitios donde antes no podían”, enfatiza Aguilar.
Y aquí se da un fenómeno de pescadilla que se muerde la cola. Algunas de estas especies invasoras, como el alga asiática, amenazan a otras autóctonas que son especialmente importantes para mitigar el cambio climático. Es el caso de las praderas de Posidonia, potentes sumideros de carbono. Por eso los investigadores de Levante y Baleares están especialmente preocupados por el alga asiática. Según Roca, allí hay equipos de buzos que la están buscando activamente, asustados por el efecto cascada que puede producir: “La pradera de Posidonia es un ecosistema que forma hábitat y, si se cae la Posidonia, se caen muchos otros hábitats”.
No tiene por qué pasar. Las primeras observaciones indican que el alga se asienta sobre las raíces de la Posidonia, pero no se sabe cómo interactuará ni cuál será el alcance si se asienta en praderas más extensas. En todo caso, tal como señala la guía de política pública del Ministerio, es mucho más barato, y mucho más eficaz, prevenir que curar.

Este reportaje forma parte del proyecto ‘Especial Océanos‘, coproducido por Climática junto a Ecologistas en Acción como parte del proyecto MED30.
Fuente: https://climatica.coop/cambio-climatico-especies-invasoras-problemas-retroalimentan/ - Imagen de portada: Pez león, una especie procedente del océano Índico que se ha trasladado al Mediterráneo por el canal de Suez y que ya es común ver en aguas españolas. Foto: ALEXANDER VASENIN / CC BY-SA 4.0 - imagen de portada: Pez león, una especie procedente del océano Índico que se ha trasladado al Mediterráneo por el canal de Suez y que ya es común ver en aguas españolas. Foto: ALEXANDER VASENIN / CC BY-SA 4.0

 

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