Los bosques en la Tierra, sostenedores de la vida





Por Claudio Donoso Zegers
Presidente Honorario AIFBN

Los bosques son el sustento de la vida sobre la Tierra: desarrollan la fertilidad de los suelos, regulan el flujo de las aguas y conforman los esteros y los ríos, hacen respirable la atmósfera utilizando el anhídrido carbónico y desprendiendo el oxígeno; producen flores, frutos, posibilitan una gran biodiversidad, proporcionan paisaje y belleza, en definitiva, permiten una vida de calidad sobre la Tierra.
Godofredo Stutzin decía que “el bosque nativo es nuestro hogar para muchos de nosotros, el único que tenemos desde tiempos inmemoriales; nuestros amigos, los árboles, son columnas y techo de este inmenso edificio viviente”. Los bosques son milenarios y se han sustentado a sí mismos durante millones de años y tienen la riqueza, la complejidad y el esplendor de las obras divinas. Si la vida es maravillosa, dentro de ella la vida de los árboles, su presencia física, es doblemente maravillosa.
Los antiguos indígenas nos decían que el árbol, y el bosque por consiguiente, son el altar de los dioses, es el sitio sagrado de manifestación o conexión con la divinidad. Los libros de los viejos eran los árboles; allí ellos aprendían a leer lo que iba a pasar; “los de arriba” usan los árboles como pasadizo para bajar y traernos noticias de lo que no se ve.
La taiga y los bosques de coníferas que circunvalan todo el globo terráqueo en el hemisferio norte y los enormes y diversos bosques tropicales de la Amazonia constituyen una inmensa masa verde y son, junto a las algas marinas, los principales sostenedores de la vida en el planeta. Les agradecemos y les rendimos un homenaje, sin olvidar por supuesto a los bellos bosques de caducifolias del hemisferio norte, y a nuestros más pequeños pero hermosísimos bosques templados.
¿Cómo es posible que el ser humano, sabiendo todo esto y autocalificándose como civilizado, persevere en su acción destructiva? Después de poco más de un siglo de un espectacular desarrollo tecnológico, los resultados catastróficos sobre la naturaleza y los bosques son evidentes: calentamiento global, deterioro de la capa de ozono, pérdida de especies, eliminación masiva de bosques naturales cortados a tala rasa y reemplazados por plantaciones monoespecíficas industriales con la consiguiente pérdida de biodiversidad. Una catástrofe ecológica asociada a una sociedad humana asolada por niveles crecientes de suicidios y de violencia y una brecha creciente entre ricos y pobres.
Todavía es tiempo ahora, en el siglo XXI, para que aprendamos a vivir en armonía con la naturaleza, a entender que si ganamos dinero actuando en contra de la ecología y de la naturaleza siempre terminamos perdiendo.
(Base del artículo: “La tragedia del Bosque Nativo chileno”, editado por Adriana Hoffmann y un equipo en Ocho Libros Editores Limitada)

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