Atila: El pesticida de Monsanto que destronó a la Monarca


Por Carlos de Prada

Un pesticida de Monsanto parece que podría estar cortando la hierba bajo las alas de las mariposas Monarca, protagonistas de uno de los espectáculos más mágicos de la Naturaleza del planeta: la alucinante migración, a veces de cerca de 5000 kms, que hacen estos lepidópteros, cada año, entre Estados Unidos y Canadá, al norte, y California y Méjico, al sur. Si hay un espectáculo emblemático de la Naturaleza es este, como lo son también, por ejemplo, la migración de los ñues en las planicies del Serengueti o la subida de los salmones en los ríos de Alaska donde les esperan los osos. Uno de ésos espectáculos que, de desaparecer, harán perder brillo al esplendor de la Naturaleza global. Uno de ésos acontecimientos que son como la savia, el nervio , la médula, del palpitar de un planeta viviente. Que nos hace sentir, como si fuésemos niños inocentes, que vivimos en un planeta en el que quedan cosas intactas, con toda la pureza de los albores. Uno de ésos espectáculos sublimes, divinos, que nos transportan a un mundo mítico encantado, lejos de las mediocres ramplonerías de los bellacos tiempos que corren. Si desaparece alguna vez, desaparecerá la esperanza.
 
Es como una carrera de relevos biológica
Es la soberbia aventura de las mariposas Monarca. Millones de delicados insectos que con los leves aleteos de sus frágiles alas (naranjas y negras con manchas blancas), protagonizan una gesta viajera extraordinaria, año a año... Moviéndose desde las praderas norteamericanas hasta unas pocas zonas boscosas sureñas (como algunas de Méjico). El viaje es tan largo y la vida de las mariposas tan corta que las mariposas que lo inician no llegarán al destino, como en una poética metáfora de muchas cosas de la vida. Por el camino van poniendo huevos de los cuales surgen las orugas que, enseguida, convertidas en nuevas mariposas tras la metamorfósis, proseguirán el viaje. Es como una carrera de relevos biológica, donde las que mueren han entregado antes el testigo a otra generación. Llegan en el otoño. Buscan allí unos árboles, siempre los mismos, donde se concentran por miles y decenas de miles. Los árboles bendecidos con su presencia parecieran tener millares de temblorosas hojas naranjas. Unas "hojas" que, de cuando en cuando, levantan el vuelo, como si el árbol mismo se desmaterializase. Y todo se llena de ellas. Y nuestra alma se queda estupefacta. Paralizada, suspendida, en silencio,... No hay nada igual en el planeta viviente.
Pero ése espectáculo sin par está en grave riesgo. En tiempos, millones y millones de mariposas cubrían hectáreas de bosque . Hoy sin embargo, la cosa ha cambiado mucho. Esta última temporada, como cada año, el WWF y otras entidades realizaron un reconocimiento de las colonias de invernada de las mariposas en Méjico y los resultados fueron decepcionantes. Cuando se iniciaron los conteos a primeros de los años 90, las mariposas tapizaban con sus alas en total unas 20 hectáreas de bosque, contando los diferentes núcleos. En el último muestreo de 2013-2014 en total no se llegaba ni a una hectárea. Nunca antes se habían visto tan pocas. Sumando las 7 colonias conocidas, en las montañas entre los estados de Michoacán y Méjico, solo 0,67 hectáreas (6.700 metros cuadrados) estaban cubiertos de ellas. Un 43% menos que en la invernada del año pasado, cuando ocuparon poco más de una hectárea (1,19 ha).
Nunca antes se habían visto tan pocas mariposas
Algo está cortando el noble latir de esta gesta vital, de este grandioso canto de la Naturaleza salvaje. Las poblaciones de mariposa Monarca están cayendo a pasos agigantados. Por supuesto, factores como la destrucción de los bosques que ocupan o factores climáticos pueden influir negativamente en la especie. Pero hay algo más.
Algo nuevo e insidioso parece haberse cruzado en su camino evolutivo. Y podría cortar para siempre ésa expresión del pulso del planeta , de los latidos que impulsan su sangre por la arterias de la Biosfera, que son el fluyo de las migraciones de las Monarcas. Algo nuevo e insidioso que no nació en los laboratorios de la Naturaleza, sino en otros más oscuros: los de las industrias químicas. Y es que, de unas décadas a esta parte, sobre los paisajes ya no se recorta solo la silueta de los pájaros, las abejas o las mariposas, sino la sombra de estas industrias. Una sombra química que penetra en sus suelos en la forma de pesticidas sintéticos.
Recientemente, una entidad conservacionista americana -el Consejo para la Defensa de los Recursos Naturales- ha pedido a la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos que aplique medidas más restrictivas con uno de ésos productos. El herbicida más usado del planeta, auténtica "estrella" de ventas de la multinacional Monsanto: el Roundup, cuyo principio activo es el glifosato. Un pesticida con el que se riegan millones de hectáreas del orbe. Entre ellas, ésas que sobrevuelan las gráciles Monarcas.
Atila es uno de los nombres que se han dado a este veneno
Dicen que donde pisaba el caballo de Atila no volvía a crecer la hierba, y Atila es uno de los nombres que se han dado a este veneno. Aunque acaso el caballo de Atila no generase tanta resistencia en las "malas" hierbas como el Roundup, que dio pie al surgimiento de "super malas hierbas" de los más diversos tipos. Ello llevó a que debiese incrementarse las dosis de herbicidas con los que se regaban los campos. Tanto que para que no se muriese la propia cosecha Monsanto -dando una fantástica vuelta de tuerca más a la desnaturalización y artificialización de las prácticas agrarias- hubo de crear plantas modificadas genéticamente para resistir a su propio herbicida. Y así nació su famosa y cuestionada soja transgénica, la primera planta de la Historia, cuyo cometido vital era servir de aliada a las ventas de un veneno sintético. Una planta hermanada, desde la cuna, con el herbicida de Monsanto.
El caudaloso río de herbicidas pudo así seguir creciendo y creciendo, desbordándose sobre los campos de soja y otros cultivos transgénicos. Y el incremento sin precedentes en el uso de estos venenos, conscientemente esparcidos en el medio ambiente de una forma tan extensa e intensa, provocó, como no, alteraciones. Por mucho que algunos les sorprenda, la Naturaleza, a diferencia de las plantas de laboratorio, como la soja transgénica, no estaba diseñada para permanecer incólume ante tanta distorsión inducida por la química.
Una química que mataba todas las hierbas que pudiesen restar una molécula de nutrientes a las plantas transgénicas. No podía permitirse, al parecer, ni una brizna de Naturaleza silvestre entre los campos de la soja de laboratorio. Y claro, resultaba que las mariposas Monarca necesitaban algo de ésa Naturaleza. Aunque solo fuesen pequeños retales aquí y allá. Pedacitos con algunas pocas hierbas salvajes que siempre habían tenido. No es que quisieran demasiado estos sacrificados y humildes seres. Pero sí algo.
Les han cortado, más bien envenenado, la hierba bajo sus alas En especial, las mariposas necesitaban de una plantita llamada algodoncillo o asclepia (así llamada en honor de Asclepio, dios griego de la Medicina).
Una planta que antaño estaba por doquier, pero que hogaño se ha tornado mucho más escasa, por obra y gracia de los productos químicos. Amplias zonas de las que atraviesan estas mariposas en su larga migración, se han quedado, según se denuncia, prácticamente huérfanas de su presencia.
Resulta que, con independencia de la etimología del nombre de estas plantas en cuyo género hay algunas especies con propiedades medicinales, esta planta es muy importante para la salud de las poblaciones de las mariposas Monarca, porque es una importante fuente nutricia para sus orugas. Sin algodoncillos, las mariposas Monarca no pueden reproducirse como deben. Y el uso tan desmedido del glifosato ha borrado los algodoncillos de buena parte del terreno que ocupaban en el Medio Oeste americano. Es como si hubiesen aplicado a las mariposas una especie de política de tierra quemada, como cuando se quemaban las cosechas para matar de hambre a los ejércitos enemigos invasores. Les han cortado (más bien envenenado) la hierba bajo sus alas. Y ello ha cortado tanto su reproducción, como sus migraciones
La petición de los conservacionistas norteamericanos, solicitando un mayor control del uso del glifosato se basa en estudios como el que hace algún tiempo realizaron expertos de las universidades de Iowa y Minnesota. Sus investigaciones llevaron a estimar que había habido un "descenso del 58% en la presencia del algodoncillo en el paisaje del Medio Oeste y un 81% de caída en la producción de mariposas Monarca desde 1999 a 2010". Los científicos apuntaban que estas pérdidas habían "coincidido con el incremento en el uso del glifosato en conjunción con la plantación de maiz y soja transgénicos resistentes al glifosato".
Por manipulación genética se obtuvo plantas alteradas para resistir al glisosfato
Los científicos argumentaban también que el glifosato era un eficaz "asesino" de los algodoncillos, pero que antes los agricultores no lo usaban tanto porque también afectaba a las plantas de cultivo. Hasta que, como ya se dijo, por manipulación genética se obtuvo plantas alteradas para resistir al glifosato. A partir de ése momento, se disparó el uso del glifosato y con él el exterminio de los algodoncillos y , a lo que se ve, de las mariposas que dependían de él.
En 2015 la Agencia de Protección Ambiental de EE.UU. deberá revisar su evaluación sobre el glifosato, y los conservacionistas no quieren que pase la ocasión de adoptar medidas más severas sobre el pesticida. Temen que si no sea actúa, puede llegar un momento en que el fantástico espectáculo de las mariposas Monarca se convierta en un triste recuerdo, dado el rápido declive de la especie. Por eso piden que se apliquen medidas para restringir su uso y el de otros herbicidas. Al menos en algunas áreas como las cunetas de las carreteras y caminos. Y que se establezcan áreas sin uso del glifosato y otros herbicidas en y alrededor de los campos. Si las medidas se adoptan es posible que las poblaciones de mariposa Monarca vuelvan a crecer.
Todo lo que se necesita es que haya algodoncillos. Y buena voluntad. Cierta agricultura industrial no perdona. No se consiente que ninguna hierbecilla silvestre "robe" el más mínimo nutriente a las plantas cultivadas. Cualquier vestigio de Naturaleza que quede en lo que antaño fueron las grandes praderas por las que pastasen los bisontes debe ser , según parece, exterminado. La más mínima posible pérdida de productividad en el cultivo importa más que la productividad biológica. Cualquier posible valor ecológico general no importa. No parece importar tampoco demasiado, por ejemplo, que el glifosato pueda acabar contaminando las aguas subterráneas y superficiales. O que haya estudios que lo asocien, por ejemplo, a efectos sobre los anfibios o peces. Solo importa el beneficio de los que cosechen la soja para alimentar, por ejemplo, a los animales de Europa, uno de los destinos de la soja transgénica americana.
Las mariposas Monarca solo serán un triste recuerdo
Tampoco importa que el glifosato haya sido detectado en el organismo de un alto porcentaje de personas. Ni que diferentes estudios hayan asociado esta sustancia a diversos problemas sanitarios. Todo se sacrifica, de forma reduccionista, en los altares de un único beneficio particular. Una "productividad" discutida por muchos expertos que no solo quieren ver algunos beneficios sino también los costes "ocultos" de obtenerlos.
Uno de ésos costes podría acabar siendo que nuestros descendientes vivan en un mundo donde espectáculos como el de la maravillosa migración de las mariposas Monarca solo sean un triste recuerdo. Y sabiendo, además, que la pérdida de ésa muestra de la belleza y pujanza de nuestro planeta tiene aparejadas otras consecuencias que pueden alcanzarnos también a los humanos.

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