lunes, 23 de mayo de 2016

El agroturismo implica el reencuentro con el agua

Katherine Fernández
Rebelión


En estos tiempos de separación profunda entre el campo y la ciudad, los turistas nos sorprendemos mucho al descubrir cosas como que los racimos de paja amarilla que caracterizan al altiplano, que parecen cabellos ancianos de tierra seca, también respiran y al hacerlo producen humedad que es atraída por las brisas y los vientos hasta formar nubes y por lo tanto lluvia, o sea que la paja brava de apariencia agreste también es capaz de darnos agua.


Cuando hablamos de cuidar el agua necesitamos comprender que cerrar el grifo al lavarnos dientes y manos ya no es suficiente. Debemos ir hacia los orígenes del problema, empezando por entender que el agua tiene vida cíclica, es decir circular, va y viene permanentemente, sube a la atmósfera, baja a la tierra, pasa por todos los cuerpos de las especies vivas, se hunde en el suelo, vuelve a salir por los conductos de la vegetación que son las raíces, troncos, tallos, ramas y hojas para subir de nuevo a formar nubes, así infinitamente una y otra vez. En este círculo natural no es posible identificar el origen ni el final del agua, solamente cuando los humanos introducimos contaminantes como detergentes, m etales pesados, ácidos o grasa caliente podemos conocer ese final, es decir que con estos elementos de uso cotidiano, matamos el agua y rompemos el ciclo, contribuyendo así a la crisis climática.
Por eso hoy más que nunca precisamos ir a conocer las fuentes de agua en su estado natural, para recordar la belleza monumental desde dónde llega a nuestros grifos y la catástrofe en la que se convierte cuando devolvemos el agua mediante el sistema urbano de alcantarillados doméstico e industrial.
Una de las represas que abastece de agua a la ciudad de La Paz es Hampaturi, que pertenece a un sistema de nevados, humedales, ríos y vertientes donde interactúan agricultura familiar, pastoreo de rebaños, minería en rivera de río para obtención de agregados para la construcción y minería de socavón para extracción de minerales. Es una zona muy cercana a la ciudad, se llega en 30 minutos y el paseo es un ejercicio muy útil para el cuestionamiento de las responsabilidades sobre las fuentes de agua. Las primeras preguntas del visitante siempre son: quién está a cargo de proteger el agua, gestionar el abastecimiento, para qué se debe usar el agua y para qué no se debe permitir el uso, quiénes pueden acceder al agua, solo los que pueden pagar la conexión domiciliaria o todos los seres humanos, qué significa que el agua es un derecho humano si estamos eliminándola con la contaminación, a qué agua tendremos derecho, a las aguas negras que estamos produciendo?
Son muchas preguntas sin respuesta y cuando se piensa en armonizar la acción extractiva del hombre con la dinámica de la naturaleza, hay escalas que resultan absolutamente incompatibles como la minería. 
En Bolivia todavía no está aprobada la nueva ley del agua y la Constitución Política del Estado promulgada en febrero de 2009, dice que “Es deber del Estado gestionar, regular, proteger y planificar el uso adecuado y sustentable de los recursos hídricos…La ley establecerá las condiciones y limitaciones de todos los usos.”, sin embargo solo hablar de la minería de oro que se está impulsando resulta anticonstitucional por el tipo de uso insustentable que hace del agua. 
Recordando que los componentes del Estado son el territorio, el pueblo y el gobierno, el único que queda para proteger el agua es el pueblo, porque el gobierno prioriza los usos extractivos antes que la preservación del agua para la vida. La única manera que tiene el pueblo para resguardar el agua es cambiar el tipo de uso e incursionar en la restauración del ciclo hídrico que es una tarea compleja porque afecta a todos los tipos de consumo de materiales (infraestructuras, utensilios, herramientas, vestimenta, etc.) y al entramado extractivo e industrial que son presentados como la base de la economía nacional. Es decir, la única manera que tiene el pueblo es desmantelar toda la cultura de extracción y transformación de materias primas y sustituirla por otro modo de vida de reuso, reciclaje y reducción de consumos diversos.  
Todas las ciudades tienen un sistema de traslado y tratamiento del agua, hay ciudades privilegiadas como La Paz rodeada de montañas nevadas que a pesar de que se están secando, todavía otorgan agua mediante paisajes impresionantes de lagunas y manantiales. En otras ciudades el agua sucia necesita millonarios tratamientos para volver a ser utilizada, el costo de estos tratamientos es directamente proporcional a los precios millonarios que suman nuestros hábitos de consumo de objetos que se van a las alcantarillas y basurales que edificamos. 
Por supuesto que asusta pensar en cambiar los hábitos cotidianos de vida que conocemos así como nuestras aspiraciones de modernidad. La noticia es que no es necesario renunciar a estas aspiraciones para tener comodidades y disfrute del desarrollo, pero lo podemos hacer sin destruir la naturaleza. ¿Cómo empezar? Pues el primer paso es acudir a verla como es, explorarla, apreciarla y asignarle nuevos valores económicos que incluyan a la ecología, para introducirnos en un proceso de restauración que será tan largo como decidamos que sea o tan corto como las necesidades elementales de tener agua nos obliguen. 
El turismo siempre ha sido la acción de visitar, mirar, empaparse y al final dejar todo como estaba, entonces los agroturistas ecológicos no solo tienen que dejar todo como estaba, sino que deben limpiar, cuidar y recomponer el ciclo del agua que implica también restaurar las relaciones sociales interculturales deterioradas entre el campo y la ciudad para que podamos expresar nuestras mejores capacidades organizativas en una gestión del agua integral, equilibrada, pacífica pero fundamentalmente circular.

Imagenes: Cascada rodeada de paja brava que  alimenta la represa Hampaturi en La Paz - Bolivia - Somos la única especie que devuelve así el agua a la naturaleza.