sábado, 28 de mayo de 2016

La Invención de la Libertad

Francisco Pastor - ctxt

El autor ofrece en ‘La invención de la libertad’ una teoría del distanciamiento con respecto de nuestros sueños y ambiciones, inspirada en el budismo, pero apoyada sobre pensadores contemporáneos y occidentales.

De una parte, los discursos de la ciencia nos hablan del big bang y de que el universo, en realidad, funciona como la maquinaria de un reloj. Unas causas químicas y físicas lo expandieron, al igual que, quizá, algún día este vaya a contraerse y volver a empezar. Y daremos otra vuelta completa: desde las primeras señales de vida de la Tierra hasta la crisis financiera, global y humana. El destino –uno mecánico, en absoluto mágico o religioso– existe, pero convive con otros discursos: el del follow your dreams, que nos anima a creernos libres y responsables de todo lo que nos ocurra.
Esa paradoja es la que inspira La invención de la libertad, un repaso por el pensamiento contemporáneo que postula que, aunque podemos entender el universo como un organismo, la voluntad existe: la colectiva y la individual. Así lo piensa Juan Arnau, astrofísico y doctor en filosofía sánscrita. “Aceptamos el paradigma de que el hombre es un zombi. Hay una contradicción: nos dicen que somos autómatas y a la vez nos piden que nos entreguemos a una concepción del mundo. Pero, si el universo es ciego, una mera reacción en cadena, no hay nada a lo que adherirnos”, apunta el pensador.
El estadounidense William James, el francés Henri Bergson, el inglés Alfred North Whitehead. Los tres vivieron entre el siglo XIX y el siglo XX y son occidentales, pero conservan ese distanciamiento con la idea de la libertad, tal y como hoy se nos presenta, que Arnau comparte. Y con ellos trabaja este ensayo, que discurre en casi 300 páginas. Aunque el autor del libro pasó por la India gracias a la Agencia Española de Cooperación Internacional, donde mejor desarrolló sus estudios sobre el budismo fue en la Universidad de Michigan: “Newton, Kant y Darwin son el rosario del sentido común actual. Con ellos se perdió un camino, el de George Berkeley [irlandés, del siglo XVIII], que planteaba una relación más oriental entre la mente y el cuerpo. Trabajo con filósofos que, aunque inscritos en nuestra sociedad, siguen ese pensamiento”.
No hace falta salir del Primer Mundo para familiarizarse el distanciamiento que divulga Arnau. “No vemos que nuestra idea de libertad nos convierte en marionetas y autómatas. No somos más libres por cumplir nuestros deseos, sino por verlos desde fuera y reírnos de ellos. 
Si la libertad fuera conquistar los sueños, un bebé satisfecho sería libre”, reflexiona el autor, sentado en la cafetería del madrileño Círculo de Bellas Artes, una mañana de primavera. 
Su teléfono no deja de sonar: si el pensador llegó a soñar con trascender a través de este último trabajo, cualquiera diría que, más que distanciarse del deseo, lo ha cumplido. Y como este, ha publicado más de una decena de ensayos.
“La idea de libertad le viene muy bien a este poscapitalismo duro en el que vivimos. Si decreciéramos en lo económico, viviríamos mucho mejor. No estamos devastando solo al planeta, estamos devastando al hombre”, reflexiona Arnau. El autor denuncia cómo las sociedades occidentales son capaces de incorporar, para sí, algunos elementos del budismo, como los ejercicios del yoga, mientras dejan fuera todo lo que no quieren de él. “Terapias de fin de semana”, califica, con desdén en el gesto. La meditación es otra cosa que él, sostiene, trata de realizar todos los días. También mientras camina: “Contemplar no es lo mismo que analizar, porque la vida no está hecha de partes y el universo no es un sudoku”.
Sueños bursátiles
Mientras, acusa, en Estados Unidos, dos de cada tres transacciones bursátiles son efectuadas por máquinas, sin supervisión humana. Una de cada tres, en Europa. 
“El trading de alta frecuencia es humo. Nos dicen que persigamos nuestros sueños, pero quien posea esa tecnología tiene el poder. Eso genera grandes fortunas, claro, pero no crea riqueza. La economía financiera es una trampa pura, el brazo de la codicia humana”. No hay deseos reales ni deseos creados, recuerda, y mientras el 1% acumula patrimonio a través de este sistema, al 99% se le habla de meritocracia. Un distanciamiento con respecto de nuestros sueños nos ayudaría a denunciar esa paradoja.
Quizá la filosofía ha perdido interés, piensa Arnau, desde que se arrojó durante el siglo XX al estudio del lenguaje, como hizo la escuela del estructuralismo iniciada por Levi-Strauss. Pero las palabras son solo una parte del universo compuesto de impresiones: son estas últimas, y no los átomos, las que levantan el mundo en el que vivimos: “A la ciencia le da miedo lo inmaterial, ¡pero el fotón no tiene masa, y los neutrones tampoco!”. Cuando la España de Zapatero trajo al filósofo de vuelta del extranjero, becado por el Programa Gregorio Marañón –de cuya promoción fue el primero–, Arnau encontró pocos adeptos en la investigación académica a su movimiento contra los números.
El doctor niega que la actual distancia entre las ciencias y las letras esté retomando aquella pugna entre la religión y la ciencia que ocurrió en la Ilustración: aquello fue una cuestión de poder. “Me rebelaría contra los humanistas que aceptan ir a remolque de las ciencias exactas. 
Se abren vías en el mundo científico, y los filósofos vamos detrás. Los tecnócratas le están ganando la batalla a la filosofía”. Si la política se ha espectacularizado –y banalizado, al tiempo–
también lo han hecho hoy algunos pensadores contemporáneos y especialmente mediáticos, como Judith Butler o Slavoj Žižek: “Un filósofo debe transmitir. Si Platón dejó a Aristóteles, mucho me temo que ellos, detrás de sí, solo están dejando tierra”.
Y vivir, recuerda Arnau, a quien un segundo trabajo como padre de familia aparta, ciertamente, del paradigma del filósofo bohemio. “Lo que propone la filosofía, si no es para una inteligencia de la vida humana, no tiene ningún sentido”, anota el doctor. Y superar a Ludwig Wittgenstein o, mejor dicho, acogerse a su pensamiento tardío, cuando este renegó de su Tractatus, dejó el monasterio en el que se había recluido y  se desdijo sobre aquella idea de que la filosofía era historia. “Todos los pensadores han tratado de enterrar la filosofía en algún momento”, ríe Arnau. Él aún no lo ha intentado, pero la relojería del universo acecha y la Historia, según qué concepciones, siempre se repite.


Fuente: decrecimiento.info