Así plantan cara los pueblos indígenas de Colombia y Suecia a una de las mayores empresas papeleras del mundo

Los sami del norte de Suecia y los nasa y misak del suroccidente de Colombia tienen algo en común: ambas poblaciones indígenas hacen frente al modelo forestal que convierte su tierra en mercancía. La multinacional irlandesa Smurf Westrock defiende que adquirió todas las tierras de manera legal y que su actividad se lleva a cabo bajo los criterios de sostenibilidad y respeto ambiental.

Kristin Karlsson, Bernat Marrè y G Jaramillo Rojas

"¡Genial!", exclama Leif Lundberg al girar por un camino nevado cerca de Korsträsk, Suecia, a unos 80 kilómetros del Círculo Polar. Frente al coche, montones de troncos apilados. Leif valora que, aunque el daño ya está hecho, antes dejaban los troncos en el suelo y ahora intentan aprovechar todos los recursos. Cree que el bosque de Korsträsk nunca debió ser talado; en su momento, el propietario logró deforestar diez de 60 hectáreas justo antes de que la justicia interviniera, recordando la importancia de especies como el pico tridáctilo y otros animales. Aunque han detenido esa tala rasa, Leif sabe que la lucha continúa. Lleva 75 años viendo la explotación voraz de las empresas forestales. Él pertenece a los Sami, el pueblo indígena más antiguo de Europa. Aceptaron inicialmente la tala por la abundancia del bosque, pero pronto quedó claro que la demanda de madera era insaciable. Desde los años cincuenta, la industria ha destruido los bosques sin límites, expandiendo aserraderos y fábricas de pasta de celulosa sin devolver nada a la naturaleza.
En Piteå, a unos 200 kilómetros de Korsträsk, se encuentra la fábrica irlandesa Smurfit Westrock, la mayor de cartón kraftliner en Europa con una capacidad de 700.000 toneladas anuales. Su material de embalajes es utilizado por marcas como Zalando y HelloFresh. La planta está estratégicamente ubicada cerca de la materia prima y exporta el 90% de su producción a mercados en el norte de Europa. Smurfit Westrock, sin bosques propios, mantiene contratos con proveedores como Sveaskog, el mayor propietario forestal de Suecia. La empresa se niega a conceder entrevistas sobre el impacto ambiental de su producción, argumentando que no realiza actividades forestales ni cuenta con personal dedicado a la silvicultura.
La protesta Misak ante Smurfit Westrock
El 29 de abril de 2022, el líder de los indígenas Misak, Pedro Velasco, viajó a Dublín desde el suroccidente de Colombia para exigir al CEO de Smurfit Kappa que deje de destruir sus tierras ancestrales. El Tampalkuarí en la cabeza, un anaco azul profundo ajustado a la cintura y el turi negro sobre los hombros, contrastaba con los trajes grises y telas industriales de los miembros de la Asamblea General de Smurfit Kappa (hoy Smurfit Westrock). Esa vestimenta no solo afirmaba la identidad del pueblo indígena Misak, sino que expresaba su particular relación con el cuerpo y el territorio.
Smurfit Westrock, formada en 2024 tras la fusión entre la irlandesa Smurfit Kappa y la estadounidense WestRock, opera en 40 países con más de 500 plantas y 62 fábricas papeleras. Su facturación en 2024 superó los 21.000 millones de dólares. Pese a su expansión global, cerró su última fábrica en Irlanda hace 20 años, dejando únicamente la sede administrativa en Dublín, más por orgullo nacional y ventajas legales y fiscales, que por otra cosa.

Edificio de oficinas de Smurfit Westrock en Dublín.Bernat Marrè

Un activista ambiental de Dublín, que prefiere no revelar su identidad, explica que el río Dodder creó, por así decirlo, a Smurfit Kappa. Se trata de un afluente que llegó a ser considerado el río urbano más contaminado de Europa. El activista, perteneciente a Dodder Action, acompañó a Pedro Velasco a la orilla del río para que realizara una bendición en su idioma. Aquella fría tarde, ambos coincidieron en que la lucha por la naturaleza está conectada globalmente, mensaje que llegó a la oficina del CEO de la empresa, Anthony Smurfit, que se comprometió a facilitar una reunión entre Pedro y el gerente de la compañía en Colombia.
"Mientras ellos planten, nosotros quitamos"
En marzo de 2025, José Tombe (nombre cambiado por seguridad) se levantó muy temprano, mientras Nora, su esposa, le sirvió café y panes hechos por ella. Juntos, en silencio, se despidieron y él partió en moto hacia su puesto de vigilancia en la vereda La Venta, en Cajibío, departamento del Cauca. Allí, junto a otros indígenas Nasa, se preparaban para una minga, una tradición comunitaria para defender su tierra. Con trapos en el rostro y machetes afilados, trabajaron durante una hora y media derribando pinos jóvenes hasta que, en un parpadeo, llegaron tanquetas, camiones de Policía y militares: gases lacrimógenos, disparos, drones y una ocupación que duró 15 días. La estrategia de defensa fue traicionada por alguien externo, revelando que, aunque la intención no era el enfrentamiento, la comunidad quedó expuesta y sola ante la fuerza del Estado y su cofradía con la empresa Smurfit Westrock.
Siete meses después, líderes indígenas Nasa se reúnen en casa de José Tombe para planear otra minga. Esa misma noche, el Ejército sufre un atentado en un municipio cercano, con un soldado muerto y varios heridos, responsabilidad de disidencias de las FARC. Helicópteros iluminan las montañas, que parecen nevadas en la oscuridad, mientras José, Nora y su familia enfrentan la incertidumbre del amanecer.
José sale de su casa con café y pan. Sabe que lucha por defender la tierra y eso no deja espacio para el miedo. Unos 40 indígenas llegan al punto de encuentro y comienzan la minga. En dos horas, derriban unas tres hectáreas de pinos, un acto de resistencia contra la reforestación con especies no nativas y la contaminación que causa la empresa. Juan, hijo de José, expresa su deseo de acceder al agua, cultivar alimentos que no dañen la tierra y detener la influencia de la empresa en la comunidad.

Hombre de la comunidad Nasa participa de la minga contra las plantaciones de Smurfit Westrock.Dahian Cifuentes

Tras la faena, los mingueros desaparecen rápidamente, dejando un pequeño cementerio de pinos. En 2024 representantes de la comunidad viajaron a Dublín a intentar dialogar con la empresa, pero sus esfuerzos fueron inútiles. "Deben aprender a convivir con nosotros", fue la respuesta que recibieron.
Consultada por las denuncias de persecuciones, presiones y hostigamientos físicos atribuidos a la Policía y el Ejército en Cajibío, Smurfit Westrock respondió que en el municipio "existen tensiones históricas y percepciones diversas" en torno a la actividad empresarial, y aseguró que promueve "el respeto, la escucha y el diálogo con las comunidades".
La empresa sostiene, sin embargo, que su presencia en el Cauca se rige por un compromiso con "el desarrollo sostenible, la legalidad y la convivencia pacífica", y recuerda que lleva más de 80 años operando en Colombia. En su comunicación, subraya que el Cauca es un territorio donde conviven comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas con derechos colectivos protegidos por la ley.

Vista aérea de plantaciones de Smurfit Westrock en Colombia.Dahian Cifuentes

José, su familia y amigos celebran en silencio el éxito de la minga. La empresa, con poder económico y político, sabe quiénes son los verdaderos dueños del territorio: los indígenas que no aceptan que la tierra sea una mercancía. José concluye: "Mientras ellos planten, nosotros seguiremos quitando. Indio sin tierra no es indio; la tierra es nuestra vida".
La tala que rompe la vida Sami
Los Sami, el pueblo indígena más antiguo de Europa, habitan las regiones del norte desde mucho antes de la conformación de los Estados nación. Desde 2011, están reconocidos en la Constitución sueca como pueblo indígena y minoría nacional, con derechos a la autodeterminación protegidos por la ONU. Aproximadamente 100.000 Sami existen en el mundo y, entre 20.000 y 40.000, viven en Suecia. La cría de renos es central en su cultura.
En comunidades como Maskaur, el bosque se ha fragmentado por tala rasa, dificultando la supervivencia de los renos. Leif Lundberg señala que la tala indiscriminada destruye el liquen colgante, un alga que tarda al menos 100 años en reaparecer y que es esencial para la alimentación de los renos. Además, los líquenes del suelo han disminuido un 70% desde los años cincuenta, y la silvicultura moderna elimina hongos nutritivos, dañando aún más la dieta de los renos. La escasez de materia prima obliga a talar todo, afectando a la comunidad Sami, situación que Leif ha tratado de cambiar, promoviendo métodos forestales más sostenibles.
Leif participó en procesos de consulta con empresas forestales. Sin embargo, en los años 2000, las actitudes empezaron a cambiar y ahora empresas como Sveaskog prometen eliminar especies problemáticas como el pino contorta, que los renos evitan por su olor además de dejar los suelos estériles.

Imagen de Leif Lundberg.Kristin Karlsson

Leif destaca que cada intervención en el bosque tiene su historia; por ejemplo, en Lill-Skarja, activistas lograron detener una tala rasa que habría destruido un bosque único, gracias a la acción conjunta de la comunidad y organizaciones como Skydda Skogen. Aunque el esfuerzo fue exitoso, Leif advierte que las máquinas forestales nunca se detienen, y la tala continúa en otros lugares si no se actúa colectivamente.
A nueve kilómetros al este de Maskaur, en Kikkejaur, el pastor de renos Jonas Stenberg prepara el corral para trasladar a 3.000 de estos animales. Acostumbrados a su pasto natural, serán transportados en camiones a unos 80 kilómetros al este, cerca del golfo de Botnia. La fragmentación de tierras por urbanización y carreteras, además de plantaciones forestales densas que dificultan la visibilidad y el movimiento, complican el traslado y la supervivencia de los renos. Hoy, el transporte en camiones es la única opción, ya que el traslado a pie, común antes, ya no es viable.
Jonas y su amigo Ludvig Jakobsson, con ayuda de un dron térmico, buscan reunir la totalidad del rebaño antes de partir. La situación de la cría de renos es crítica, afectada por el cambio climático, depredadores, aguas turbias y, principalmente, la silvicultura intensiva que reduce los pastos. Jonas denuncia que las empresas forestales, buscando beneficios, perjudican la actividad ancestral sin conciencia del daño y considera que su impacto ambiental es ignorado por algunos actores, como la planta de Smurfit Westrock.

Renos Sami en Suecia.Kristin Karlsson

Para Jonas, la cría de renos es esencial en la identidad Sami y su desaparición sería un golpe cultural profundo. Aunque nota cambios positivos en la actitud de algunas empresas forestales hacia prácticas más sostenibles, advierte que "aún estamos al borde del desastre".
Smurfit Westrock, orgullo irlandés
Smurfit Westrock es un símbolo del éxito empresarial en Irlanda. La televisión celebra a Michael Smurfit como un empresario que abrió camino en el país, mientras que la compañía financia universidades y lleva su nombre en la escuela de negocios más prestigiosa. Es vista como parte de la "Irlanda oficial", valorada por el Gobierno, medios, diplomacia y academia.
Chris O'Connell, especialista en derechos humanos y responsabilidad empresarial, señala la cercanía entre Smurfit Westrock y el aparato estatal irlandés. "Hasta que Irlanda estableció una embajada en Colombia –en 2019– el cónsul honorario era un ejecutivo de Smurfit y la dirección oficial del consulado irlandés estaba en la oficina de Smurfit en Bogotá", explica.
O'Connell advierte que este patrón de actuar no es aislado, sino estructural en las multinacionales que operan en el Sur Global: extracción de recursos a bajo costo, desplazamientos forzados y daño ambiental. En Colombia, la entrada de Smurfit en 1944 y la adquisición de tierras en medio del largo conflicto armado se realizó sin consulta, un derecho que no se consolidó en Colombia hasta 1991.
Smurfit Westrock ocupa 69.000 hectáreas de pinos y eucaliptos en Colombia, el doble de la extensión de Dublín. Su discurso global promueve la idea de que el planeta necesita ser reforestado, contrastando con industrias como la minería que devastan bosques. Frente a las críticas por los impactos ambientales de las plantaciones de pino y eucalipto, Smurfit Westrock afirma que aplica un modelo de sostenibilidad basado en la conservación, la economía circular y el respeto por los derechos humanos. Sin embargo, en el trópico, el pino y el eucalipto son especies invasoras que afectan la biodiversidad, reduciendo flora y fauna nativas y dañando recursos hídricos y suelos.
La compañía afirma que todas las tierras en el Cauca donde opera Smurfit Westrock fueron adquiridas legalmente desde 1969, respetando las leyes colombianas, derechos de propiedad, criterios técnicos, éticos y ambientales. Sin embargo, organizaciones civiles señalan que la legalidad formal no garantiza la legitimidad, recordando que las empresas deben respetar los derechos humanos y responder por impactos negativos, especialmente en contextos de conflicto y disputa territorial. El periodista Tomás Ó Loingsigh señala que el caso refleja una contradicción en la política exterior irlandesa: mientras Irlanda promueve los derechos humanos internacionalmente, guarda silencio cuando sus empresas, como Smurfit Westrock, adquieren tierras en zonas de conflicto, produciendo cartón en condiciones que podrían estar relacionadas con la guerra y la violencia.
"El río recibe todos los desechos"
Son las 6.00 horas de la mañana de un domingo de octubre en Yumbo, Valle del Cauca. La ciudad, conocida como la capital industrial de Colombia, despierta con obreros en fila y fantasmas de la noche que deambulan por sus calles. Yumbo alberga más de 2.000 empresas, incluyendo fábricas y zonas francas, beneficiándose de su ubicación estratégica cerca del puerto de Buenaventura y del río Cauca, que actúa como vertedero industrial.

Planta de Smurfit Westrock Colombia.Dahian Cifuentes

La chimenea de Smurfit Westrock domina el cielo, dejando estelas grises sobre las nubes blancas. El río Cauca corre a la vera de la planta que extrae y devuelve sus aguas sin regulación, con un tono marrón que refleja la contaminación. Los troncos de pino y eucalipto provenientes de Cajibío ingresan a la fábrica para convertirse en papel y cartón, que luego serán envases de consumo masivo.
La seguridad en la planta es estricta, con vigilancia y cercas que circundan La Estancia, un barrio pobre de casas a medio construir y perros famélicos. La empresa también opera en Barranquilla, Bogotá y Guarne. En Bogotá, una bandera irlandesa ondea en una antigua oficina del consulado irlandés, donde Yin Canastero, trabajador desde 2018, relata su experiencia sindical y su intento de despido tras afiliarse al sindicato en 2022. Asegura que la multinacional actúa según las leyes de cada país, pero siempre con una historia de prácticas antisindicales.
Desde 1958, la planta de Barranquilla destaca en la historia de la compañía. Moisés Asís, sindicalista de 54 años, comparte su visión sobre la lucha social y la realidad laboral, recordando cómo la estigmatización afecta a los trabajadores. Omar, de 35 años, y Ney, de 49, hablan sobre la percepción del sindicalismo y las tensiones con la empresa: "nos hacen la vida imposible", coinciden.

A laisquierda, troncos cosechados, en el fondo la planta de Smurfit Westrock en Colombia.Dahian Cifuentes

Ney muestra las sedes de la empresa: una planta de corrugado junto a la cárcel del distrito de Barranquilla y el molino en la orilla del río Magdalena. "La empresa ha elaborado documentos ilegales para ofrecer beneficios por fuera de la convención colectiva y mantener control sobre sus empleados, a los que trata como máquinas y, sí, el río Magdalena recibe todos los desechos de la fábrica", dice.
Herencia resignificada
Para María José Hidalgo, colombiana en Dublín desde 2017, su vinculación con LASC en la campaña contra Smurfit Westrock no es solo política ni activista, sino también profundamente personal. Su vínculo con la empresa se remonta a su propia historia familiar. Su abuelo materno, agricultor en el departamento de Nariño, participó en los programas de plantación de pino promovidos por Smurfit Kappa en Colombia entre las décadas de 1980 y 1990, cuando la compañía ofrecía a propietarios rurales invertir en monocultivos con la promesa de comprar la madera años después como una forma de ahorro.
"Hace muchísimos años, mi abuelo materno era absolutamente creyente de la naturaleza y la sostenibilidad. Un pensamiento que en su momento no era tan habitual", recuerda. En aquel contexto, explica, la información sobre los impactos ambientales de los monocultivos industriales no estaba disponible. "En ese momento no se sabía todo el daño que causaban los monocultivos y mucha gente en Colombia aceptó porque era una manera de tener un ingreso en cinco años. Y para ellos, aunque era un buen dinero, fue una estafa moral".
Hidalgo reconoce que ella misma creció gracias a esos ingresos, una realidad que más tarde se convertiría en motivo de conflicto familiar cuando decidió implicarse activamente en la denuncia de los impactos sociales y ambientales del modelo forestal de la compañía en Colombia. "Usted comió de esa comida, a usted le dieron la lonchera cuando estaba chiquita con esa comida, ¿cómo va a estar peleando contra eso?".

Lejos de vivirlo como una contradicción, María José resignifica esa herencia desde la figura de su abuelo. En un ejercicio íntimo de memoria, está convencida de que, de haber tenido acceso a la información actual, su abuelo no solo habría cuestionado aquella decisión, sino que se sentiría orgulloso de verla hoy enfrentarse a la empresa: "Yo me digo a mí misma que si mi abuelo estuviera vivo y supiera lo que ahora se sabe, él estaría muy feliz de que su nieta hubiera sido abanderada de esa lucha".

Esta investigación se desarrolló gracias al apoyo de Journalismfund Europe y fue coordinada por Revista Late. Fuente: https://www.publico.es/sociedad/m-ambiente/asi-plantan-cara-pueblos-indigenas-colombia-suecia-mayores-empresas-papeleras-mundo.html - Imagen de portada: Protesta indígena contra la contaminación en Colombia.Dahian Cifuentes

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