Argentina: No hay neoliberalismo sin traición, ni futuro sin historia

El golpe de Estado de 1955 intentó terminar con el modelo de país e instaurar para siempre las nuevas bases de un viejo proyecto colonial. Su desembarco se produjo con métodos que tenían “sentido de eternidad”, cuando las Fuerzas Armadas liberales decidieron que la muerte, la cárcel y el destierro serían sus grandes aliados. El bombardeo de Plaza de Mayo, terminar con Perón en la Rosada, dinamitar la Constitución del 49, transformar al gobierno popular en un preso político, firmar el decreto 4161, desaparecer el cadáver de Evita y fusilar en 1956; fueron los crueles capítulos con los que en solo dos años buscaron enterrar el espíritu de Nación.

Por Gustavo Campana

Todo ese dolor allanó el camino para el ingreso de la Argentina al FMI. A partir de ese momento, sufrimos casi dos décadas al reino de los mercados, sumisión a Estados Unidos en plena “Guerra fría” y proscripción de la mayoría. El peronismo impidió durante casi una década que el país cayera en manos de un organismo cuya única finalidad era convertirnos en subdesarrollados a perpetuidad. La independencia económica de 1947 fue la plataforma para el desarrollo de la industria nacional, a una escala imposible de ser soñada a principios de la década del 40. Y en ese contexto, la nacionalización de los ferrocarriles fue muchísimo más que un dato simbólico. Teníamos el sistema ferroviario más grande de América Latina, con casi 47.000 kilómetros de vías.
Con ese gesto soñado por Scalabrini Ortiz y concretado por una Argentina que necesitaba imperiosamente para crecer, manejar los medios de producción con “pensamiento nacional”, le arrancó a los ingleses el dominio de la “telaraña de acero”. Transporte barato del campo a la metrópoli, de todos los productos que compraba Londres y que salían a Europa a través del mismo puerto que recuperó el Estado comprando los trenes. Con la estatización también regresaron dos leguas y media de tierras al costado de las vías, propiedades que la Generación del 80 le había regalado al imperio británico como agradecimiento por su padrinazgo. Después de Yalta, Estados Unidos recibió las llaves del reino como “herencia british”, pero cuando intentaron tomar posesión de la Argentina, el voto popular cambió la cerradura.
La revancha cruel que comenzó a materializarse en el 55 continuó con Arturo Frondizi. El presidente que se puso la banda en el pecho con los votos justicialistas olvidó el acuerdo que implicaba el fin de la proscripción. Archivó “Política y petróleo” y le entregó a las multinacionales todos los beneficios que le negó a YPF. Cerró el frigorífico “Lisandro De la Torre” para obsequiarle el manejo de nuestra carne a la administración Eisenhower y activó el Plan de Conmoción Interna para terminar con la respuesta obrera a la traición.
Había que derrumbar la estatua que significaba “los ferrocarriles son nuestros” y con este fin, Frondizi recibió a principios de la década del 60 a un general de cuatro estrellas llamado Thomas Bernard Larkin. Un enviado del Banco Mundial, que junto a dos consultoras europeas y una norteamericana creó el “Grupo de Planeamiento de los Transportes Argentinos”: Coverdale & Colpitts (Estados Unidos), Netherlands Engineering Consultans (Holanda) y Renardet-SAUTI (Italia). El encargado de la negociación fue el ministro de Economía, Alvaro Alsogaray.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Washington tenía sin destino a miles de fábricas que abastecían a los aliados de vehículos terrestres; factorías que en tiempos de paz ya no producirían el mismo volumen. Entonces comenzó a desarrollar un proyecto para imponer el uso de autos, camiones y colectivos por todo el planeta. Argentina fue la cabecera de playa en América latina. La propuesta del virrey fue eliminar el 32% de nuestras vías férreas y pasar a tener solo 29.000 kilómetros. Despedir a 70 mil trabajadores y reducir a chatarra todas las locomotoras a vapor y más de 70 mil vagones. Dejaron de correr trenes de carga y pasajeros en casi todo el país, lo que motivó la huelga ferroviaria de 42 días de 1961.
Larkin tenía la orden de reemplazar cada metro de vía que sacaba por transporte automotor auspiciado por su país. El “desarrollismo”, que ya le había dado petróleo barato al grupo de compañías del norte que lideraba la Standard Oil, recibió las terminales automotrices de Estados Unidos para ensamblar en nuestro territorio, y a sus principales empresas de neumáticos para que monten sus fábricas.
El costado porteño del Plan Larkin fue el fin de los tranvías, aquellos que había manejado, hasta la llegada del primer peronismo, la Corporación de Transporte inglesa. La inmensidad geográfica de Buenos Aires se quedó sin el medio más barato para transportar mayor cantidad de usuarios y el más ecológico frente a los alimentados por combustible.
Poco más de seis décadas después, los nietos de aquellos liberales que le abrieron las puertas de la Argentina al Plan Larkin anunciaron en Rosario que van a construir un tranvía urbano por 500 millones de dólares, para conectar el norte con el sur de la ciudad, en 10 minutos. El proyecto habla de vías sobre casi 35 kilómetros para unir Villa Gobernador Gálvez con Granadero Baigorria, pasando por los principales corredores urbanos de Rosario. Presentaron como una “gran novedad” que este servicio “no requiere túneles ni estructuras elevadas, sino que se instalará sobre avenidas y espacios públicos existentes, lo que reduce tiempos de obra y costos”.
Los autores serían intelectualmente honestos con su pueblo si le contaran a las nuevas generaciones que esta iniciativa nació de la necesidad de recuperar archivo para constuir futuro. Y que el encargado de romper nuestra línea de tiempo fue la voracidad del capital estadounidense, que siempre nos utilizó como variable de ajuste para tachar las pérdidas de sus balances.
El mensaje estaría completo si recordaran que en los talleres del Puerto de Rosario nació en los años 50 la CM2, una locomotora revolucionaria, fruto de la ciencia y la tecnología propia; cuando el peronismo auspiciaba el desarrollo como motor de la soberanía política.
En cada decisión del imperio perdimos autonomía y solo recuperamos los sueños, en las excepciones a la regla. La palabra pasado tiene mala prensa en boca de los que como díría Walsh, te necesitan sin épica, ni orgullo; sin héroes, ni mártires. Esta historia es apenas un pequeño ejemplo de todo lo que en su momento derrumbaron en nombre del progreso, sabiendo que el “país cangrejo” era capaz de su suicidio, importando involución y retroceso. 

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/2026/01/05/no-hay-neoliberalismo-sin-traicion-ni-futuro-sin-historia/ - Imagen: Perón nacionalizaba los trenes argentinos (Archivo -)
 

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