«El ecologismo está ligado al antiimperialismo y el antirracismo, no es una cosa de cuatro jipis locos»

A Virginia Soler (Vilanova de la Geltrú, España) le resulta más natural que la llamen Birch. Lo que empezó como una broma de sus amigas se ha convertido en su nombre artístico. Surgió, simplemente. Como surgieron sus ganas de jugar con los sonidos. Criada por una madre cantautora y un padre amante de los sintetizadores, su relación con la música empezó casi sin querer. De pequeña, experimentaba con los cascos puestos y la timidez de ser escuchada. En el coro del colegio descubrió que sabía cantar. Pero su verdadera voz la encontró más tarde, literal y figuradamente: en la adolescencia, cuando su pasión por la música coincidió con el despertar de su conciencia política. Se define como «activista y cantautora folk con ciertas ganas de liarla». No solo usa sus canciones para hablar de la crisis ecosocial; también ha militado en varios colectivos ecologistas como Fridays for Future. Todo con el mismo objetivo: usar las herramientas a su alcance para provocar una transformación profunda, tanto en la industria de la música como en la sociedad.

Entrevista: Aida Cuenca

¿Qué canción le recomendarías escuchar a alguien que todavía no te conoce y quiera captar tu esencia?
Luz en el Puerto [del último disco, Edge of Time, 2025] evoca el recuerdo del puerto de Barcelona alejándose en el horizonte desde el mar. Las luces de la ciudad al caer la noche y las grúas del puerto son tributarias y agentes del metabolismo energético fósil del capitalismo, retratado en la canción como algo que debe quedar atrás («[las luces] son como la imagen distante de constelaciones que me llegan de otro tiempo»). Es un poco de esperanza de dejar atrás por siempre jamás el capitalismo fósil.
¿De qué sentimiento o experiencia nace tu música y activismo?

Entre la rabia y la esperanza. Mi conciencia política nació como un rechazo a muchos aspectos de la sociedad capitalista. El primer disco, en 2019, parte de ese impulso: “Esto es injusto, no quiero jugar a este juego”. Pero dentro de ese mismo disco ya hay una evolución: entender que no puedo escapar de esta realidad y que, como persona que ha crecido en ella, tengo una responsabilidad. Pasé del rechazo a la voluntad de intervenir a través de la música y de la militancia, que fueron en paralelo.
¿Y de ese primer álbum al último? ¿Cómo ha evolucionado tu música y tu visión de la sociedad?
Al principio, siendo adolescente, era más inocente. Pero el segundo álbum es fruto de un proceso de siete u ocho años. Acompaña una evolución intelectual y personal, y también mi trayectoria en diferentes movimientos sociales. Paso de una posición más naif a una comprensión más profunda del arte como herramienta política. Empiezo a cuestionar el lugar que ocupa la figura del artista y el poder que le otorgamos. Y a tomar una conciencia mucho más profunda del proceso creativo, a desmistificarlo y desromantizarlo. Dejo de verlo como algo reservado a solo algunos individuos y empiezo a entenderlo como una herramienta colectiva que las artistas podemos canalizar.
¿Qué le dirías a alguien que cree que el arte no puede ser una herramienta de cambio?

Le diría que el arte, en sí mismo, no es transformador. Igual que cualquier herramienta, depende de cómo se use y desde dónde. Hoy está profundamente subordinado a un aparato productivo que lo convierte en ornamento y entretenimiento. En una vía de escape. Las estructuras de mercado, individualistas y neoliberales, lo neutralizan. Al artista le venden la idea de que puede alcanzar un podio desde el que enunciar su verdad transformadora. Tiene cierto poder, como hemos visto con Bad Bunny, pero llegar ahí no lo es todo. La música es algo más que cuatro famosos que suben a un escenario. El arte históricamente ha tenido y puede tener un papel importantísimo. Al final, es una expresión de la cultura, y la cultura es mucho más que el arte: son los discursos, los imaginarios, los relatos comunes.
El arte es, ha estado y puede ser una forma de expresión de nuevos horizontes, de nuevas maneras de entender el mundo en gestación, en potencia, o que ya están pasando, pero que no son hegemónicas. Donde hay una semilla de cambio, el arte puede regarla. Puede generar comunidad. Puede construir relatos compartidos y nuevas formas de relacionarnos con la vida.
¿Crees que pocos artistas se atreven a tratar temas importantes como la crisis ecosocial en sus canciones?
Muchos artistas escriben letras revolucionarias. Pero eso, por sí solo, no es suficiente. La industria empuja a trabajar de forma individualista, a competir por supervivencia. No porque las personas sean egoístas, sino porque el sistema las coloca ahí. Cuando se pierde conciencia de clase y relaciones de solidaridad y horizontalidad, se pierde capacidad real de transformación.
Hace unos meses impulsamos en Catalunya La Instrumental, una asamblea que reúne artistas, desarrolladores de software y personas del cooperativismo cultural. Nos dimos cuenta de que este modelo no nos funciona. Tenemos que organizarnos para transformar cómo se crea, se comparte y se distribuye la música. Para tener poder frente a gigantes como Spotify o festivales financiados por fondos de inversión como KKR. No basta con escribir letras revolucionarias. Eso es el caramelito que te da el capitalismo para que te sientas contenta y dejes de dar por saco. Lo que le fastidia al capitalismo es que hagas un boicot organizado, coordinado y hagas pupa a Spotify. Tras conocerse que Daniel Ek invirtió 700 millones de euros en una empresa armamentística con el dinero generado precarizando a artistas, decidimos impulsar un sabotaje coordinado. Si no actuamos juntas, no tendremos poder real frente a las estructuras que nos explotan.

Ilustración de la campaña de boicot a Spotify, que ya reúne a decenas de artistas

¿Hay alguna contradicción con la que estés aprendiendo a convivir como artista y activista?
Soy una artista pequeña y, por tanto, no he entrado de lleno en la industria, pero sí me enfrento diariamente al dilema de qué significa ser artista. ¿Qué es esta figura? ¿Tiene sentido? ¿Quién soy yo? Las contradicciones de la industria las he visto a mi alrededor, en otros artistas que sí están en este engranaje. Muchas personas que tienen muchos seguidores, mucho trabajo, que están viendo el impacto que esto tiene, pero también ven toda la parte negativa, la individualista, de la dependencia de las estructuras que intentan denunciar. Afortunadamente, se les ve ya con ganas de crear otra cosa, y están apareciendo varias iniciativas. Yo, si fuera una persona que tuviera ese altavoz, me vería con la tensión y contradicción de decir: «Estoy en la rueda, pero tengo que aprovecharlo». Mientras existan artistas famosos y exista un sistema que nos permite aprovechar este altavoz, hay que usarlo también.
¿Qué es lo que te da más esperanza en estos momentos?

Ahora mismo, el movimiento estrictamente climático en Catalunya está debilitado. Existe la plataforma que está luchando contra la ampliación del aeropuerto y poco más. Han ganado peso otros ecologismos más centrados en la defensa del territorio. Durante el Covid, el discurso del capitalismo verde digital se volvió mainstream. Las instituciones y las corporaciones hicieron que el movimiento por la justicia climática perdiese espacio en la agenda pública. De repente, en el imaginario común, la cruzada dejó de ser contra los combustibles fósiles y pasó a ser contra molinos de viento y placas solares. Me preocupa que lo climático esté fuera de la agenda, me parece un error enorme. Pero también creo que hay una acumulación de experiencias y saberes muy valiosos. Y que volverán a emerger. Cada vez hay más conciencia de que el ecologismo es parte esencial de la lucha anticapitalista. Que está ligado al antiimperialismo y al antirracismo. Y que no es una cosa de cuatro jipis locos.

Fuente: https://climatica.coop/entrevista-birch-cantante-ecologismo/ - Foto: Cedida por la entrevistada.

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