Patagonia argentina / Chubut : El Sueño de la Serpiente… Uranio, Energía y Equilibrio

La meseta es uno de los pocos lugares donde aún no ha logrado meter sus garras el capitalismo neoliberal. ¿Cómo vamos a defenderla? Preguntas urgentes desde otros saberes.

La Serpiente Arcoiris habita en las profundidades.
Es dadora de vida,
fuerza elemental asociada al agua en todas sus formas.
Custodia el equilibrio de la naturaleza.
Pero si alguien o algo la perturba, su enojo puede desatar un desequilibrio sin retorno.

Así lo narran, traducciones de por medio, los pueblos indígenas Bininj/Mungguy de Kakadu, Australia. Comunidades que habitan y coexisten con ese territorio desde hace al menos sesenta y cinco mil años, y que hoy resisten el avance de la minería de uranio en sus espacios sagrados.
Acá en la Patagonia, los pueblos mapuche y tehuelche, que la habitan desde tiempos antiguos, también nos hablan de serpientes:
“Tren Tren y Kai Kai,
fuerzas que pugnan constantemente,
entre lo que está arriba
y lo que habita en las profundidades. 
La tierra y el agua,
los volcanes, y el mar.
La armonía de la naturaleza.
En esa batalla permanente entre estos seres,
las personas también intervienen, tomando partido,
por acción u omisión.
En cuanto a lo ceremonial, también, se busca el equilibrio.
Esa lucha constante y permanente
es, en definitiva, el equilibrio.”
Mauro Millán


El río Chubut serpentea entre los cerros multicolores, en Cerro Cóndor. Foto: Gioia Claro

El interior de la tierra tiene, para el mundo mapuche, un significado vinculado a la espiritualidad y al conocimiento que se tiene de lo que existe debajo de la tierra.
“Hay gente debajo de la tierra.
Hay vida debajo de la tierra.
Minche Mapu, le decimos.
No necesariamente existe allí el mal
o seres maléficos,
sino que hay otro tipo de vidas,
en un claro equilibrio
con los que vivimos arriba de la tierra,
vinculados por el agua,
por los humedales,
los mallines.
Hay portales que, donde, dice nuestra cultura,
se comunica con estos seres
permanentemente.”
Mauro Millán


Foto: Gioia Claro

Bien podemos suponer que el uranio, este elemento portador de esa energía estelar originaria que formó la Tierra, y que provee el calor y el magnetismo que hacen posible la vida de este planeta, conserva aún ese poder de sostener o quebrar ese balance.
En este mundo existe la radiactividad de forma natural, en pequeñas cantidades de uranio y otros átomos radiactivos que existen en el suelo, el aire y el agua.
Se dice que son restos radiactivos de la explosión de una estrella, una supernova que dio origen a nuestro sistema solar.
Todos emanamos cierta radiactividad.
Una cáscara de banana contiene radioactividad natural.
El Equilibrio.
No se siente, no se ve, no se huele. Pero allí está.
La tierra nos sostiene si la sabemos sostener.
Reciprocidad.

Ilustraciones: Proyecto Visitantes

Esta fuente de energía poderosa, en manos de los seres humanos puede trastocar ese orden.  Su extracción, su traslado, su fisión (división)  su liberación a la interacción con los elementos de la superficie,  tiene el poder de transformarlo todo…
La radiactividad a la que nos exponemos en bajas dosis no se percibe, sin embargo la exposición prolongada o persistente a la radiación es un destino de enfermedades silenciosas a largo plazo que nadie quiere atribuirle a la promesa de  “la energía más limpia y estable”, que hoy nos quieren vender como la salvación al caos climático al que estas mismas recetas mágicas nos han arrastrado.
Ella puede viajar en altas dosis por el agua, el aire, los alimentos, la ropa. Viaja incluso a través de nuestras células y nuestros cuerpos, hacia las generaciones venideras.
Viaja en el tiempo y el espacio más allá de nuestros límites.
Han pasado poco más de 70 años desde que se descubrió la energía nuclear, aun no se resolvió qué hacer con las descomunales cantidades de residuos radiactivos que deja esta actividad.  No existe, en ninguna parte del mundo, un depósito permanente para estos residuos que perdurarán hasta el fin de los tiempos humanos.

Cerro Cóndor. Foto Gioia Claro

Camino por Cerro Cóndor. En el medio de la Provincia de Chubut. No sé qué mirar primero, si el paisaje o el suelo por donde avanzan mis pasos. Rocas rojas, verdes, azules, blancas, con burbujas, con líneas de colores, con cristales, maderas petrificadas y restos de dinosaurios son algunos de los tesoros que resguarda este lugar donde el tiempo transcurre a un ritmo pausado, que permite escuchar, ver y entender que la soledad del campo es una ilusión urbana.
En este lugar, hace ya algunos años, extrajeron uranio, a pequeña escala comparado con los megaproyectos que hoy amenazan con explayarse sobre este territorio. Ya por entonces, luego de llevarse lo que buscaban, dejaron enterrados toneladas de materiales radiactivos, tapados con tierra y alguna champa de arbusto que le creció con el tiempo, cercado con un alambre perimetral.

La vida promedio de los residuos radiactivos ronda entre los 200 mil y los 4.500 millones de años —vida media del uranio-238.

Cerro Cóndor. Área de la CNEA donde almacenan los residuos radiactivos. Foto: Gioia Claro

El río Chubut serpentea entre los cerros multicolores. El aire cálido de la noche más estrellada que haya visto, me susurra cantos ancestrales. Sin entender su idioma, comprendo el mensaje.
La meseta es uno de los pocos lugares que quedan en esta territorialidad que llamamos país, donde aún no ha metido sus garras el capitalismo neoliberal. Pero ya la descubrió.
¿Cómo vamos a defenderla?

“Cuando empezamos por el principio, ¿qué encontramos?
Encontramos uranio.
Encontramos personas.
Y encontramos sufrimiento.
Cuando empezamos por el principio,
estamos en la tierra de los nativos americanos, de las
Primeras Naciones de Canadá, de los aborígenes de Australia.
Estamos en el Congo,
escenario de un genocidio con seis millones de muertos,
la lucha principalmente por los derechos mineros.
Caminamos por las arenas del Sahel con los nómadas tuareg.
Estamos entre familias empobrecidas de la India, Namibia y Kazajstán.
Vemos rostros negros y rostros morenos,
casi nunca rostros blancos -aunque la extracción de uranio
también tuvo lugar en Europa-.
Encontramos, sobre todo, personas que ya tenían poco
y ahora han perdido mucho más.
Encontramos personas cuyas antiguas creencias
se centraban en el servicio y cuidado de la Tierra,
cuyos cuentos y leyendas hablan de dragones y serpientes
arco iris y polvo amarillo subterráneo
que no se debe perturbar nunca.”

Linda Pentz Gunter

Quizás para defenderla haya que volver al principio.
Escuchar lo que la Tierra y sus serpientes ya nos contaron.

Las citas pertenecen a:
        Mauro Millán. Lonko Mapuche, lof Pillán Mawiza. Hoy Chubut, Argentina. Puelmapu
        Linda Pentz Gunter, quien fundó BeyondNuclearInternational.org  en 2007 y es su especialista internacional. Antes de trabajar en la defensa antinuclear, fue periodista durante 20 años en prensa y radio. Texto completo: https://vocesdelmundoes.com/2024/06/12/los-rostros-olvidados-de-la-ruta-del-uranio/
Este texto fue publicado originalmente en el fanzine VISITA AL SALAR DE URANO de Proyecto Visitantes (@proyectovisitantes) que puede obtenerse en el siguiente enlace: https://www.calameo.com/books/007396575f7c01d2b9f42 - Publicado en: https://noalamina.org/argentina/chubut/item/258765-el-sueno-de-la-serpiente-uranio-energia-y-equilibrio
 

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