miércoles, 18 de noviembre de 2015

Se avecina el riesgo de la cumbre climática


Faltan pocos días para la conferencia Cumbre de la Organización de las Naciones Unidas ONU, sobre el Cambio Climático, a realizarse en París.

Un alcalde latinoamericano dio una simpática nota de aspiración para que una nueva Comuna de París defienda la vida en la conferencia, que ya se aproxima. Recordemos que este histórico acontecimiento, de aquella población en armas  –en mayo de 1871–  hizo temblar las estructuras de aquella falsa república de monárquicos privilegiados y prósperos hombres de negocios. La “comuna” constituyó un gobierno sólido de amplia base ciudadana laboral, pero fue derrotado y ahogado en un gigantesco baño de sangre por el  tirano Thiers que, con ayuda de  tropas de Alemania, aplastó a cerca de cien mil combatientes.
Aunque los tiempos son bastante diferentes, bien podría hacerse realidad otra Comuna de París en  favor de LA VIDA. Una infinidad de personas, de todas las latitudes del planeta, se va a constituir en aquella ciudad para  hacer sentir  –sin miedo–  su voz de protesta contra los destructores del medio ambiente.
Por supuesto estos últimos  –directos causantes de la tragedia mundial– no  mostrarán su cara. Serán representados, protegidos y encubiertos por gobiernos serviles; naturalmente de los países industrializados.
Por lo que puede apreciarse hasta el momento, sólo se perciben proyecciones –nada más– sobre la reducción en míseros porcentajes de sus emisiones tóxicas hacia la atmósfera. Aquello se va a exhibir como un “gran” acuerdo internacional. En realidad va a ser un acto caritativo –forzado y de mala gana– para paliar un poco la crisis y quedar bien ante el clamor y la presión mundial.
No puede ya disimularse el visible panorama internacional en cuanto una gama de gobiernos de los países industrializados  –a la vez protectores piadosos de los negocios de su  empresariado–  ha resistido mucho tiempo, los embates mundiales  –incluyendo llantos de desesperación–  para la supresión de los combustibles fósiles. Es bien sabido que su actividad lucrativa ya ha ocasionado desastres climáticos, con la diferencia de que ahora todo se agrava. Recordemos que el último huracán que asoló México tuvo la categoría 5 (dentro la escala Saffir–Simpson), jamás habida anteriormente.
Recordemos también,  –y poca gente lo sabe–  que las desgracias mundiales se acumulan en detrimento de  los países del mundo pobre. Hablemos de algunos de aquellos, con fuente en entidades internacionales de respeto:
En noviembre de 2013, el tifón Haiyan dio muerte a más de 7.300 personas en las Filipinas, provocando como daños, 10.000 millones de dólares. Ese mismo año, la petrolera Chevron ganó 21.400 millones de dólares.
En Kenia, oriente de África, hubo una horrible sequía de cuatro años que acabó con sus cultivos, dejando en hambre a 13,300 millones de personas, con pérdida de 12.100 millones. En ese lapso la petrolera Shell tuvo una ganancia de 90.200 millones en la misma moneda.     
En Papúa, Nueva Guinea, el Gobierno encaró un plan de reubicación de su población en las  islas Carteret, por la subida de las aguas. Ese mismo año (2014) la petrolera Exxon Mobil percibió como utilidades 32.500 millones de dólares
El informe del Carbon Levy Project hace saber que: "Sólo 90 productoras de combustibles fósiles son responsables de dos terceras partes de las emisiones globales de carbono, recibiendo subsidios obscenos y haciendo ganancias masivas mientras las comunidades más pobres del mundo tienen que cargar con los verdaderos costos del cambio climático".
El temible Banco Mundial, servidor incondicional de los grandes intereses económicos del orbe, acaba de anunciar que el cambio climático podría causar otros 100 millones de pobres en el mundo, en los próximos 15 años, por las sequías, inundaciones, cambios de temperatura y otros factores adversos.
La periodista Lucía Vásquez de Costa Rica) escribe que 90 empresas productoras de petróleo, gas y carbón son responsables del 63% de las emisiones de carbono en la atmósfera. Que cada año se gastan casi 50.000 millones en pérdidas por eventos climáticos extremos, mientras que las 13 mayores productoras de combustibles fósiles hicieron más de $100.000 millones el año pasado. Transcribe un informe de una reunión en Bonn, Alemania donde se destaca: “En este momento, los países más pobres y vulnerables están pagando la cara factura con sus vidas, sus hogares, su capacidad de cultivar alimentos, mientras las grandes productoras de carbón, petróleo y gas hacen abrumadoras fortunas de la venta de los productos responsables del cambio climático.”
¿Esperarán, los amos del mundo, más desastres para decidirse como corresponde? No podemos negar que las tentativas del Presidente norteamericano Barak Obama para convencer a las cien más grades empresas norteamericanas que cambien su fuente de energía, dieron resultado positivo. Lo que no se entiende es por qué no lo hizo más antes. ¿Cuántos desastres se hubiera evitado? ¿Por qué su propio partido político, en el gobierno, saboteó el Protocolo de Kioto? ¿Cuántos años ya han pasado de inactividad en beneficio de los destructores?
No es difícil darse cuenta que la Cumbre de París va a ser la Cumbre del regateo (ceder lo menos posible):
1. Los países industrializados presentarán un cuadro dramático de su situación local. Le echarán la culpa del problema a la actual crisis económica y justificarán que hacen lo más que pueden, mejorando  –en centímetros de porcentaje– sus propuestas anteriores miserables.
2. Estirarán sus nuevas por diez años más y ¡a ver si llegado aquél futuro no esgrimen nuevos justificativos dilatorios!
3. Se continuará con las jugarretas de los negocios para la compraventa de “cuotas”.
4. Los países del Tercer Mundo protestarán, como directas víctimas. Otros,  –los más rastreros, enfermizos admiradores y emuladores de los poderosos–  se mostrarán “tolerantes” y comprensibles.
5. Si hubiera algo positivo en el grupo contaminador, ya lo habría declarado. Si se calla es por alguna razón.
Lo peor de todo en tan triste panorama es que no hay ninguna estrategia que el Tercer Mundo haya diseñado sobre cómo reaccionar si la próxima Cumbre fracasa; vale decir, si se convierte en el otro Copenhague de la frustración
Se hará sentir, otra vez, la angustia de cientos de miles de pobladores de importantes islas del Pacífico, condenados a morir por el probado crecimiento de  nivel de las aguas del indicado océano.
Kiribati, de 32 atolones, ya vive su última generación. Será el primero en desaparecer porque las muestras dadas que sufre ya son patentes. Se ha reportado que las aguas suben a un ritmo de 1,2 centímetros por año, con tendencia a la aceleración del ritmo, por el flujo de las corrientes oceánicas. Tardará aproximadamente 20 años más en cubrirse en su totalidad,  pero ya antes vendrán otras desgracias terminales que no esperarán el completo hundimiento para destruir el país. Oigamos a su Presidente, Anote Tongo: "Si no se hace nada, Kiribati se hundirá en el océano. Para 2030 empezaremos a desaparecer. Nuestra existencia terminará en etapas. Primero, las capas de agua dulce serán destruidas. Los árboles del pan, el taro... el agua salada los matará"
Se invita a todo lector acucioso a enterarse de la situación y de lo que va a pasar en varios de los numerosos países-islas condenadas a la extinción. Puede revisarse por internet, textos y fotografías, en la página Web que sigue:
La pasada reunión ecologista  –Tiquipaya, Bolivia–  se limitó al entusiasmo acumulador de ideas y  declaraciones líricas  –como si tuviera en sus manos el Poder Mundial–  útiles en lo intelectual, pero inservibles en lo práctico. Prensa, radio  y televisión registraron palabras estériles y románticas de personajes políticos, ante la notoria la ausencia de posiciones de estrategia. Otra vez se incurrió en el  mismo error.
Ceremonias a la Madre Tierra, invitaciones a plantar árboles, optimismo sin límites, románticas dogmáticas sobre el “Vivir Bien”, declaraciones pueblos indígenas, exigencias de un tribunal para administrar justicia climática, la “acción” popular (no especificada) y otras futilezas, ocuparon el tiempo de los diletantes en lugar de pensar en el “qué hacer” en caso de frustración. Se llegó al extremo de pretender que los “derechos”, [otorgados por aquellos a la Naturaleza, sin tener autoridad, lógica ni ética] se conviertan en una “Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra”. Semejante acto de ociosidad, en momentos tan dramáticos, mostró inmadurez (cuando no ingenuidad), porque nadie puede conferirle derechos a la naturaleza, sino solo asignarse obligaciones ante aquella.
Los proponentes ni se apercibieron que, si hasta el día de hoy, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), no pudo aprobar su propia “Constitución de la Tierra”, promovida hace más veinte años,  –dada la fuerza de los intereses que la resisten, menos podrían  aprobarse documentos que significan apenas un saludo a la bandera. En aquél virtual festival del medioambiente de Bolivia, no hubo nadie que se haya preguntado: ¿Qué hacemos si no nos hacen caso? ¿Cómo reaccionamos? ¿Qué medidas de presión vamos a ejercer? ¿Cómo nos haremos respetar?
Después de aquél evento se esperaba el pronunciamiento de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), reunido en Ecuador. Las noticias ya corrieron con declaraciones muy interesantes pero solo líricas. La Canciller de Venezuela dio otra nota simpática de propósitos al citar una frase del fallecido Presidente Hugo Chávez: "No cambiemos el clima cambiemos el sistema" que, aunque tenga toda razón, no aporta al objetivo concreto.
Por ágiles fuentes de información ya se sabe que harán su aparición en París grupos de presión para mantener el caduco sistema y proseguir con el uso de los combustibles fósiles. De otro lado, también está asegurado que los pueblos tendrán su participación directa y ruidosa en las calles de aquella urbe, con apoyo de la comuna parisiense.
¿Habrá otra vez enfrentamientos? ¿Será honesto el Presidente Obama en apoyar, de veras, la supresión de los combustibles fósiles? ¿Qué hará ahora la Europa, siempre dócil al  mínimo deseo de  los EE.UU.? Esperemos el próximo capítulo de nuestra real novela.
No cabe duda que, está vez, llorarán más fuerte los países directa e inmediatamente afectados. Mientras tanto el autor del presente artículo, en bien de la Tierra, desea  –con toda sinceridad– estar equivocado en las proyecciones negativas, que ya se ven venir.      

(gustavop2@hotmail.com)
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