miércoles, 11 de noviembre de 2015

De cara (y barbijo) al cambio climático

 A pocos dias de iniciar la cumbre en Paris, nada deja aguardar resultados esperanzadores

La reunión Cumbre en París, a fines de noviembre, intentará mejorar el estrepitoso fracaso de la Cumbre de Copenhague, en la que no se llegó a ninguna conclusión ni compromisos. Qué se juega en esta reunión y cuáles son las expectativas.


Ya no caben palabras para definir la frontera que marcará la cumbre sobre el clima que se llevará a cabo en París a finales de noviembre (COP21). A su manera, entre reuniones preparatorias, militancia de las ONG y la sociedad civil e informes sobre el estado del calentamiento global, la cumbre ya empezó. No hay responsable político, científico o religioso que no admita que París será la última oportunidad. El postulado es paradójico porque, de hecho, la oportunidad ya se perdió hace rato. Cristina Figueras, la secretaria ejecutiva de la convención marco de la ONU para el Cambio Climático, asegura que “no se evitará el cambio climático”. A lo sumo, en París, si hay acuerdo, se podrá hacer que las variables del clima sean mas “manejables”. Nada más. Según un estudio elaborado por el Climate Action Tracker (CAT, organización científica independiente con sede en Londres), los planes de acción climática presentados hasta ahora por 156 de los países miembros de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático no evitarían que el calentamiento global del planeta llegue a los 2,7º C. La batalla del calentamiento global está entonces perdida de antemano y lo único que estará al alcance en la capital francesa será atenuar la hecatombe provocada por la descontrolada actividad humana. Y, tal vez, ni siquiera eso.

“En el cambio climático se juega el destino de la humanidad”, repite Cristina Figueras. Los fabricantes de autos como Volkswagen y sus trampas masivas para esconder el nivel real de contaminación que provocan sus autos, o bancos como el BNP Paribas, que gastan más dinero en financiar las energías fósiles antes que las renovables, no parecen tener la misma conciencia global sobre ese destino planetario. De hecho, lo que se hará en París es decidir la sustitución del protocolo de Kioto, uno de los primeros andamios de la diplomacia internacional destinados a luchar contra el calentamiento climático pero cuyos postulados perdieron toda fuerza. Lejos de generar un consenso para preservar la humanidad y sus tesoros naturales, el cambio climático es objeto de una guerra interna al capitalismo donde se combaten dos visiones antagónicas entre preservación y derroche. Dentro de ese antagonismo entra otro: el que opone a los países más industrializados responsables supremos del calentamiento global, con los países menos desarrollados, a quienes se les exige un esfuerzo similar al de las potencias contaminantes con escasas compensaciones. Cerca del 90 por ciento de la contaminación global está regida por acuerdos escasamente aplicados, sobre todo por los tres bloques cuyas emisiones de gases de efecto invernadero representan el 50 por ciento del total: China, Estados Unidos y la Unión Europea.
París 2015 retoma los objetivos boicoteados en la cumbre que se celebró en Copenhague en 2009. Aquel encuentro fue un vergonzoso fracaso. El sector más liberal logró dejar fuera de juego a todo el sistema de las Naciones Unidas. El texto final de la cumbre de Copenhague había sido redactado por Estados Unidos y China. Venezuela lo rechazó, junto a Cuba, Bolivia y Nicaragua. Copenhague fue una tomada de pelo a toda la comunidad internacional. El difunto presidente venezolano Hugo Chávez decía: “Cambien el sistema, no el clima”. Aquella declaración final no incluía ningún compromiso explícito sobre el porcentaje de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, no fijaba metas, no establecía plazos concretos o procedimientos de verificación, no era vinculante. En Copenhague quedó registrado para la historia cómo los países altamente desarrollados, principales emisores de gases de efecto invernadero y responsables de su expansión desde la era pre-industrial, trataron de imponer su ley.
Por consiguiente, lo que quedó sepultado en Copenhague y las cumbres posteriores se juega ahora en París. En lo concreto: hacer bajar la temperatura del planeta en unos dos grados, establecer quién tiene la mayor responsabilidad en ese objetivo, repartir los esfuerzos de forma justa y financiar los costos de las transformaciones en los países menos ricos. El reto es tanto más grande cuanto que, según la ONU, las proyecciones marcan que, de aquí a 2100, la temperatura subirá alrededor de tres grados. Incluso en un horizonte más cercano, de aquí a 2030, el termómetro no cesará de subir. Se calcula que ese ascenso será menor gracias a los compromisos que se adopten de cara al período que va de 2025 a 2030. El proceso requiere transformaciones profundas y, sobre todo, el trastorno de industrias energéticas que no se dejarán doblegar así nomás.
Nada permite afirmar que París sea la cuna del nacimiento de una nueva humanidad. La pugna entre los países industrializados, la controversia política que separa a republicanos y demócratas en Estados Unidos con respecto a este tema, los gigantescos intereses económicos que están en juego, los lobbies que conspiran contra el planeta y la indolencia generalizada ante las catástrofes climáticas que acechan a los países menos desarrollados no ofrecen ninguna garantía de éxito. Habrá acuerdo, sin dudas, pero éste será mínimo, lejos, muy lejos de las necesidades estructurales del cambio climático. Porque lo que corre como una suerte de espada de Damocles sobre la cabeza de la humanidad es el modelo de desarrollo, depredador e injusto. Para cambiar el clima se impone transformar el sistema y allí está el límite. Los planes de acción climática presentados hasta ahora ante la ONU para recortar la emisión de gases que causan el cambio climático son insuficientes para alcanzar el objetivo de no superar los dos grados de incremento de la temperatura global del planeta. Queda, además, el tema de la financiación de las medidas y los consiguientes 100 mil millones de dólares que hacen falta para crear el fondo verde, fondo al cual China, uno de los grandes contaminantes del planeta, en principio no participa. Lo menos que se puede esperar entonces es que se evite otro episodio bochornoso como el de Copenhague donde, entre la feroz represión policial contra los manifestantes y un casi golpe de Estado contra los compromisos, se aprobó la inacción que permitió a los grandes países contaminantes seguir liquidando la vida en la Tierra.

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El calentamiento global generará 100 millones más de pobres en 2030



El Banco Mundial (BM) ha advertido de que a causa del cambio climático mucha gente no logra salir de la pobreza y de que sin un proyecto de desarrollo inclusivo e inteligente con respecto al clima y una reducción global de las emisiones de gases de efecto invernadero, en 2030 podría haber 100 millones más de pobres. 

En un informe --'Ondas de choque: gestión de los impactos del cambio climático en la pobreza'-- publicado de cara a la próxima conferencia sobre el clima (COP21), que se desarrollará desde el 30 de noviembre en París, BM ha alertado de que si bien ya existen importantes consecuencias relacionadas con el clima, éstas podrían provocar pérdidas irreversibles en un futuro. "Este informe envía un mensaje claro de que acabar con la pobreza no será posible si no tomamos fuertes medidas para reducir la amenaza del cambio climático y reducimos dramáticamente las emisiones dañinas", ha indicado el presidente de BM, Jim Yong Kim. "El cambio climático golpea con suma dureza a los más pobres y nuestro desafío ahora es proteger a las decenas de millones de personas para evitar que caigan en la extrema pobreza debido al cambio climático", ha añadido. Del informe de BM se extrae que la gente más pobre está más expuesta que la población media a las consecuencias vinculadas al cambio climático, tales como inundaciones, sequías u olas de calor, y pierden mucha más riqueza cuando éstas los golpean. El texto, publicado a un mes de la COP21 en París, muestra cómo acabar con la pobreza y luchar contra el cambio climático es más efectivo si se aborda de forma conjunta. Asimismo, BM insiste en que es necesario un órdago conjunto a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero para eliminar la amenaza a largo plazo que supone el cambio climático para la reducción de la pobreza. ep