sábado, 7 de noviembre de 2015

Hoy vamos a Marte




Finalmente la utopía marciana se convirtió en una realidad humana. Tras la evidencia científica que avala la presencia de una roca rosquilla, un oso polar, una iguana, un dedo, una rata, un casco, un cráneo, una flor, un semáforo, y hasta un hueso fémur divagando en el paisaje del planeta Marte, es obvio que decirle adiós al querido planeta Tierra, ya no será una misión imposible de fosilizar. Con sus inmaculadas dunas, sus maravillosos cráteres y sus elegantes valles, será mejor vivir 687 días terrestres en la virginidad de Marte, que sobrevivir 365 días de infarto en la agresividad de la Tierra. De hecho, es mejor convivir en Marte junto a la curiosidad de robots, sondas y satélites artificiales, que convivir en la Tierra junto al oportunismo de las bombas nucleares, ametralladoras y bazucas.

Sabemos que la Agencia Espacial Estadounidense, demostró la existencia de agua líquida en las laderas de Marte, la cual fluye libremente durante la época de verano y parte de la primavera, aprovechando la ausencia de hombres y mujeres que puedan robar el espectrómetro, vender las fotografías en alta resolución, y contaminar el salado vital líquido en la superficie extraterrestre.
Según la todopoderosa NASA, el agua no solo representa la fuente de vida para los terrícolas, sino también alimenta la esperanza de colonizar los surcos lineales de Marte, gracias a la multimillonaria tecnología que construye y destruye a la Humanidad, para rentabilizar los billetes ensangrentados de un inédito viaje sideral, que representa el colapso existencial de nuestra única Madre Tierra.
Siempre se dijo que el Dios de la Guerra, estuvo lleno de luz y vida hace millones de años. Aunque el sueño de los mártires nunca pudo comprobarlo, ya estamos despertando de la ignorancia científica que sufrió el planeta Tierra. Esa ignorancia NO respeta los derechos humanos de las civilizaciones, y solo piensa en contaminar la mente, el corazón, y el alma de su idolatrado Dios dinero.
Dioses van y dioses vienen, pero siempre se autoproclaman los dueños de la verdad absoluta. Incapaces de compartir una misma mentira, todos los dioses luchan a muerte para viajar un segundito al planeta Marte, sin medir las consecuencias morales de la guerra impuesta en el catastrófico planeta Tierra. Esa catástrofe nació del veneno adquirido con las religiones, con las cruzadas, con el racismo, con la envidia, con la corrupción, con el cáncer cerebral y con la polución ambiental.
El veneno de la ignorancia es más fuerte que la pócima de la razón. En un Mundo dominado por los irracionales, es imposible lidiar con la paz, con la solidaridad, con el altruismo y con la empatía.
Desde el cielo llueven promesas incumplidas, que se queman en el fuego del infierno. Allí no existe el destino, ni la suerte ni la desgracia. Solo se percibe un puñado de siete espejos rotos, que no quieren ayudar al más enfermo de los enfermos.
Dioses vienen y dioses vuelven, esperando que sus esclavos sigan viviendo presos y ciegos en la esclavitud. Ayer nos dedicamos a romperle la mandíbula a la Madre Tierra, y hoy pudimos romperle la sonrisa a nuestra hermosa progenitora. Esa sonrisa fue desdibujada con muchísimo más orgullo, arrogancia y mezquindad, para jamás reconocer los errores cometidos en el pasado, y para nunca pedir perdón de rodillas con la llegada del futuro.
Entre las cenizas del pasado y las rosas del futuro, yace un complicado presente que se escribe con letras manchadas de sangre, y se reescribe con todas las palabras que alimentaron el miedo de la Sociedad Moderna. Ese miedo es fruto del egocentrismo que gravita más allá de las fronteras del Sol, y que nos tiene desesperados en una batalla cuerpo a cuerpo por la conquista del Universo.
Incapaz de comprender la miseria espiritual de su hijo pródigo, la Madre Tierra fue embrujada con un hechizo de magia negra, invocado por los Seres Humanos bajo la oscuridad parisina de la Luna. Pero bastará con gritar diez letanías a los cuatro vientos de Fobos y Deimos, para que el hechizo de la terquedad humana viaje hasta los suelos de Marte, y hoy nos conceda las 10 benditas razones que justifican nuestro gran éxodo planetario.
Hoy vamos a Marte, para olvidar que más de 830 millones de personas en el planeta Tierra, mueren de hambre y de sed por culpa de una pobreza extrema, que es el resultado del genocida modelo capitalista que impera en el maldito siglo XXI.
Hoy vamos a Marte, para olvidar que las emisiones de gases de efecto invernadero en el planeta Tierra, presentan los niveles más elevados de los últimos 800 mil años, porque la atmósfera terrestre no puede respirar la toxicidad del infame Dióxido de Carbono, del Metano y del Óxido Nitroso.
Hoy vamos a Marte, para olvidar que cada año se desperdician más de 1300 millones de toneladas de comida en el planeta Tierra, que son responsables de los niños desnutridos que agonizan y sufren el frío, la burla, y la indiferencia del resto de la basura mundana.
Hoy vamos a Marte, para olvidar que cada año se deforestan más de 15 millones de hectáreas de bosque nativo en el planeta Tierra, por la expansión de la frontera agrícola, por la tala de árboles para obtener papel, por los cultivos transgénicos de soya y maíz, por el monocultivo de palma aceitera, por la adicción al narcotráfico, y por una huella hídrica que ensucia con carne putrefacta los ríos, lagos y mares.
Hoy vamos a Marte, para olvidar que la trata de personas es un negocio que genera más de 32 mil millones de dólares en un planeta Tierra, donde se esclavizan a más de 21 millones de individuos a escala global, que son víctimas del clandestino y lucrativo mercado de la explotación laboral, sexual y emocional.
Hoy vamos a Marte, para olvidar que existen más de 780 millones de personas analfabetas en el planeta Tierra, porque la educación es un derecho privatizado, que no necesita un lápiz para aprender a leer y escribir, sino necesita una calculadora para aprender a sumar y multiplicar el conocimiento mercantilizado.
Hoy vamos a Marte, para olvidar que más de 8 millones de toneladas de plástico se sumergen en los océanos del planeta Tierra, porque cada año hay más consumo de productos y servicios a nivel mundial, que requieren un gigantesco basurero a cielo abierto, para que en el 2025 haya un kilo de plástico por cada tres de pescado.
Hoy vamos a Marte, para olvidar que existen más de 5000 especies de animales en peligro de extinción dentro del planeta Tierra, porque enjaular, comer, disecar, mutilar, y asesinar a la flora y fauna que cohabita en los ecosistemas del globo, es un millonario modo de vida para los cazadores, pescadores, domadores, empresarios y coleccionistas, que necesitan exhibir el gran trofeo del ecocidio a costa de malograr la biodiversidad.
Hoy vamos a Marte, para olvidar que la basura electrónica supera las 40 millones de toneladas anuales en el planeta Tierra, porque el androide no se cansa de comprar laptops, tabletas, smartphones, televisores, videoconsolas y demás aparatos de última generación, que fueron fabricados con el chip de la obsolescencia programada, para que sus clientes vivan una cortísima y cancerígena vida útil.
Hoy vamos a Marte, para olvidar que hay más de 35 millones de personas infectadas con el VIH en el planeta Tierra, porque el virus de la inmunodeficiencia humana no solo mata vidas en países de África, sino también enferma a las naciones supuestamente desarrolladas, que todavía piensan que la educación sexual debe ser un tema tabú para las colectividades, que por la falta de condones se siguen contagiando de la clásica estupidez humana.
Es muy común que la gente en las calles se pregunte lo siguiente: ¿Por qué se gastan millones de dólares en el financiamiento de misiones espaciales, mientras en la Tierra se vive una tremenda crisis social, económica, ambiental, sanitaria y cultural?
La respuesta es muy sencilla. El avance científico NO es visto como una posibilidad de aprendizaje multicultural. Por el contrario, es visto como una estrategia política para dominar a las masas. No conviene compartir gratuitamente, el sagrado brillo de las estrellas. Todos se sorprenden de un asombroso progreso astronómico, que en realidad, NO repercute en una mejor calidad de vida para los pobres dominados.
Dioses vuelven y dioses mueren, buscando una respuesta celestial que justifique tanta vileza demostrada. Ahora que la pesadilla de los mártires pudo ser comprobada, ya no cabe duda que la Tierra necesita a Marte para recuperar su autoestima. Un amor propio pisoteado por el capitalismo salvaje de una salvaje Humanidad. Una confianza que desconfía hasta de su propia sombra. Y un puñado de siete espejos rotos, que finalmente no quisieron ayudar al más enfermo de los enfermos.
Trillones de animales sin compasión viajarán al planeta rojo, para olvidar las cicatrices de un planeta verde, que acabó condenado al amarillento fracaso, gracias a los yacimientos petroleros, al gas natural no convencional, a la feroz lluvia radiactiva, a los sembradíos de alimentos transgénicos, a las montañas de residuos domésticos e industriales, y a la infraestructura comercial que perturba la quietud del pueblo originario.
Vivimos de fracaso en fracaso, y seguimos sin entender el significado holístico de la glándula pineal. Nada es producto de la ficción hollywoodense, porque en el cielo hay un Dios omnipresente, que controla las agujas de nuestro reloj biológico.
Si obramos bien, nos irá bien. Si obramos mal, nos irá mucho mejor. Por eso, todos somos culpables del pecado que brota en silencio, y solo podemos suplicarle a la legendaria Madre Tierra, que nos devuelva las riquezas naturales del aguerrido jardín terrenal.
Si deseamos emprender un viaje exitoso a Marte, primero habrá que rescatar el cariño de la Pachamama. Ella se siente herida, traicionada y olvidada por sus Seres Humanos, que no tuvieron la voluntad para romper el gran hechizo de magia negra, y así ayudarla a recuperar su fe en la Humanidad.
La única forma de contrarrestar la maldición planetaria, será llorando en la soledad de una tarde de domingo, y jurándole amor eterno hasta el fin de los tiempos. Madre Tierra, hoy vamos a amarte como si fuera la última vez, y si algún día vamos a Marte, será porque aprendimos a valorar el tesoro de la vida.