viernes, 12 de agosto de 2016

Enkidu

Hace mucho tiempo...
La tierra tenía mejores cosas que ofrecer,
cosechas sin necesidad de cultivo, y frutos
al alcance de la mano, y la miel
en el hueco de los troncos de roble.

Nadie hería la tierra con el arado,
ni la dividía en parcelas,
ni barría el mar con los remos: las costas
eran el fin del mundo.

Astuta naturaleza humana
víctima de tus propias invenciones,
desastrosamente innovadora,
¿por qué ciñes de muralla y torres tus ciudades?
¿Por qué haces acopio de armas para la guerra?

Ovidio, Amores, libro 3º

Y entonces, como todas las criaturas salvajes habían huido, Enkidu se sintió débil, porque la sabiduría moraba en él, y los pensamientos de hombre en su corazón. Por eso regresó, para sentarse a los pies de la mujer, y escuchó con atención lo que ella le decía “Tú eres sabio, Enkidu, y ahora has llegado a ser como un dios. ¿Para qué quieres andar errante con las bestias de las colinas?. Ven conmigo. Yo te llevaré a Uruk, la de las fuertes murallas, a los benditos templos de Ishtar y de Unu, del amor y del cielo: allí vive el rey Gigamesh, el poderoso, el que manda sobre los hombres.”

La epopeya de Gilgamesh
“La Antigüedad guarda un cierto parecido con la eternidad. Por eso es un manjar dulce para la mente”. William Camden