jueves, 18 de agosto de 2016

¿Quién paga el planeta roto?

Por Beatriz Balvé*

Una de las tesis dominantes hoy en día en el campo de las Ciencias Sociales consiste en afirmar que el medio ambiente se encuentra en peligro por la acción tanto de la riqueza como de la pobreza. Veamos si esto es así.

El hombre forma parte de la naturaleza, y la manera en que se distancia y apropia de ella destruye no sólo la naturaleza sino al hombre mismo. Que hoy esta cuestión –en tanto destrucción del medio ambiente- se aborde desde la ecología no cambia ni modifica el problema. Esta situación se debe a la incapacidad del hombre para organizar, planificar y controlar la producción, que incluye no sólo la producción en sí misma sino también la distribución cambio y consumo.
Para analizar si es cierto que riqueza y pobreza amenazan por igual al medio ambiente, debemos tener presente que ambas refieren a personificaciones sociales de una categoría económica: el trabajo, categoría que desdobla su relación en dos polos opuestos: el trabajador y el no trabajador, y donde riqueza y pobreza hacen a su situación como clase social.
Además, vale recordar que a partir de la década del ’80, y con particular fuerza a partir de 1990, el tema de la pobreza comienza a imponerse  desplazando al de la deuda externa. Esto se observa ya en los Documentos de Santa Fe I y II, que contienen “recetas” para asegurar la dominación de los Estados Unidos en América Latina.
Por la misma época en que aquellos se redactaban, la Comisión Mundial para el Medio Ambiente y el Desarrollo, encabezada por la primera ministra noruega Gro Harlem Brundtland, elaboró un informe que se denominó “Nuestro Futuro Común” (1987) y aprobado por unanimidad en Naciones Unidas, concluye que el desconcierto imperante sobre las teorías del desarrollo refleja una crisis global, en el sentido de que el desarrollo ha dejado de ser un problema exclusivo de los países que aún no lo alcanzan, y propone un nuevo estilo de desarrollo que incluya una reorientación en las naciones industrializadas y el reordenamiento de las relaciones norte-sur.
Especialistas de Argentina y otros países, critican ese informe en la Revista Comercio Exterior de México y señalan, que la debilidad de los argumentos radica en no ponderar las dificultades técnicas y políticas para resolver el problema. Algunos indicadores serían: el 25% de la población mundial de los países industrializados posee el 80% del parque automotor y consume el 85% del papel, el 70% del acero, el 86% de otros metales y el 80% de la energía.
El informe Brundtland define como desarrollo sustentable el que permite satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades. Sin embargo, a la luz de los indicadores no cuesta mucho leer al dorso de tan altisonante declaración que, para lograr ese desarrollo “equilibrado”, el sur tendría que compensar el dispendio del norte sacrificando sus posibilidades presentes y futuras. Para no acentuar el desequilibrio ecológico, la mayoría pobre debería limitarse a esperar la limosna que la minoría rica esté dispuesta a ofrecerle; si intentaran su desarrollo, los países pobres serían responsables de la destrucción del medio ambiente.
Vemos, entonces, que entre la toma de conciencia y la creación de capacidades para solucionar el problema se interponen las diferencias de poder y los conflictos reales que existen entre el sur y el norte.
En definitiva, los ricos quieren que los pobres paguemos ya no los platos rotos, sino el planeta roto.
*Investigadora social del Centro de Investigaciones de Ciencias Sociales (CICSO)
UTBA http://www.utpba.org/ - Publicado en: Ecoportal.net