miércoles, 31 de agosto de 2016

La política indígena de Estados Unidos

Rafael Rodríguez Cruz
Rebelión


EL ÚLTIMO GRAN JUEGO DE TAKAPSICAPI
Tal y como lo había anunciado una vieja leyenda, Wasichu arribó a las Grandes Llanuras tardíamente, después de haber destruido a muchas otras naciones y pueblos originarios de América del Norte. Llegó por el sur, por el este y por el oeste. Vino montado en lo que parecía un alce gigante, aunque el animal no tenía astas, y su rabo era hermoso como la cabellera de los guerreros indígenas más valientes. Wasichu trajo en una mano un palo de fuego y en la otra, una cruz. Portaba un sombrero negro alto y largo. Su labio superior y su mentón estaban cubiertos de pelo amarillo. Su piel era pálida y sus ojos, azules y tenía piernas muy largas, como si estuvieran hechas para caminar pisoteando a otras personas. Parecía una araña segadora, como el daddy longlegs de las praderas. De su boca salían sonidos ásperos, imposibles de comprender.

Iktome, el mitológico mensajero indígena de las malas noticias, bajó de las nubes y abandonó la forma misteriosa de La Araña para difundir entre todos los pueblos de las Grandes Llanuras –lakotas, dakotas, arapahoes, crows, shoshones y pawness– la noticia de que Wasichu finalmente había llegado. Los pueblos indomados de las llanuras hablaban idiomas distintos, incomprensibles entre sí. Pero Iktome, que era mensajero mágico, podía hablarlos todos con facilidad y viajó de pueblo en pueblo expresándose en cada lugar en el idioma correspondiente. Lo primero que les dijo a todos fue que Wasichu era muy parecido a él, un ser embaucador y mentiroso. Sabía pasarse de listo y actuaba con mucha malicia, pues sus largas piernas estaban llenas de conocimiento y avaricia. Wasichu traía, además, cuatro cosas invisibles de las que los pueblos originarios podían y debían cuidarse esmeradamente: las enfermedades mortales, el odio, los prejuicios y la crueldad. No obstante, entre Iktome y Wasichu había algo distinto. Iktome era un ser mitológico que mágicamente adoptaba la forma externa del cuerpo humano al bajar de las nubes. Allá en los cielos era siempre La Araña. Acá en la Tierra era el fabuloso Hombre Araña de los indígenas sioux. Wasichu, sin embargo, era un mero ser humano, un ser mortal. Su nombre no describía poderes sobrenaturales, sino una actitud ante el mundo: la de apoderase egoístamente de toda la riqueza. Wasichu era, y todavía es, el hombre que consume egoístamente la grasa de la tierra, el que se lo come todo. Quizás algún día lejano podría cambiar sus actitudes –había dicho Iktome– pero al menos en el momento de su llegada a las Grandes Llanuras, Wasichu representaba una nueva generación, un hombre nuevo y toda una nueva nación desprovista de sabiduría natural. Wasichu se movía por todas partes lentamente, dejando huellas de su capacidad destructiva y de su sordera ante el lenguaje de las hierbas, los animales y los árboles. El resultado sería, al menos temporalmente, la destrucción de las Grandes Llanuras y el ocaso de los pueblos originarios.
En cuanto cumplió su misión de emisario de malas noticias, Iktome encogió su cuerpo humano en una bola de la que salió una araña gigante. Acto seguido, cayó del cielo una hebra de hilo plateada, que usó para subir a las nubes y desaparecer. Pero Wasichu, astutamente, no se mostró a un tiempo ante todos los pueblos originarios de las Grandes Llanuras. Al fin y al cabo, estas últimas se extienden desde la frontera de Canadá al norte, hasta el río Grande al sur, comprendiendo millones de acres de terreno en la región central de Estados Unidos. De las tribus aún indómitas, los comanches (descendientes de los shoshones) fueron los primeros en enfrentar la brutalidad y crueldad de Wasichu, en los estados que hoy se conocen como Texas y Oklahoma. Por eso, mientras él tardaba, a paso lento, en llegar a las regiones norteñas de las Grandes Llanuras, no faltó, ni siquiera entre los indígenas sioux, quienes dudaran momentáneamente de las advertencias de Iktome. Los distintos pueblos fallaron en no actuar como uno. Destruidos los comanches (los grandes guerreros de las Llanuras del Sur) enfiló su curso hacia el norte. Allí llegó en plena primavera, cuando florecían las hierbas en el campo y en la noche las estrellas se reflejaban unas en otras. Se presentó en la mañana. Dos mujeres sioux que recogían capulines lo vieron llegar envuelto en una niebla oscura. Wasichu sacó de su abrigo algo duro y transparente que parecía servirle de envase de agua y les ofreció de tomar. El líquido cristalino les quemó las gargantas y sus cabezas empezaron a flotar. Era mini wakan, el agua que enloquece. De su ropa, saltaron enfermedades invisibles que pronto llenaron de pústulas la piel de las mujeres. Las indígenas no tardaron en morir. Así fue, según la historia oral, que todo el mundo vino a reconocer finalmente la llegada de Wasichu. Un hombre nuevo, una nueva nación, había arribado a las Grandes Llanuras. Todo habría de cambiar, al menos por un tiempo…
Desoyendo las advertencias de Iktome, el 13 de julio de 1852, millares de indígenas dakotas se dieron cita en la confluencia de los ríos Mni Sota Wakpa y Haha Wakpa, en el corazón mismo de las Llanuras del Norte, para honrar a Wasichu con una competencia de takapsicapi o juego de palo y bola. Por cientos de años, el takapsicapi se jugó del mismo modo entre las bandas y comunidades originarias de la región. Dos equipos de al menos 100 jugadores y jugadoras se disputaban el control de un pequeño nudo de madera en forma de bola, llamado tapa. La regla inviolable era que no podía tocarse con la mano, sino cargarse en el aro de un palo fino, llamado takapsicapi. El aro estaba provisto de una suave malla hecha de piel de animal y, de ser necesario, el duro nudo de árbol podía lanzarse al aire, de un jugador a otro. Se jugaba en la pradera abierta, en lugares naturalmente llanos y colindados por ríos, arboledas y lagos. El área de acción era rectangular y medía al menos 1,2 kilómetros de largo por 0,8 de ancho. En los extremos más distantes se demarcaban dos líneas, que servían de objetivos. Para ganar, un equipo tenía que atravesar el lado adverso cargando la bola en la pequeña malla, que no era mayor que la propia mano del jugador o jugadora.
El takapsicapi siempre tuvo una diversidad de significados para la cultura y la sociedad dakota. Todo, desde el diseño de los palos del juego, hasta la preparación física y mental de los participantes, era pieza de una relación espiritual con el Gran Espíritu. Sin negar su alta función de entretenimiento, el takapsicapi era un acto ceremonial en que se integraba toda la comunidad, jugando directamente o asistiendo a los jugadores. Los juegos más cortos duraban tres o cuatro días, sin incluir el tiempo de los elaborados actos de preparación; los más largos, meses enteros. Como en la cultura dakota todo guarda una relación espiritual directa con la Madre Tierra (Ina), se jugaba, por lo general, en los meses de verano, cuando se había completado la caza de bisontes y venados y cuando la agricultura rendía sus frutos. En no poca medida, era una celebración del ciclo de vida. Para mediados del verano, las distintas bandas dakotas se aseguraban de haber creado precisamente las condiciones para sobrevivir el invierno. La primavera era época de caza y cosecha de arroz, de maíz, papas y frutas. En los meses de luna caliente, todas las bandas de indígenas trabajaban, pues, en secar los alimentos y coordinar su distribución para el consumo posterior en el duro invierno de las Llanuras del Norte. Sí, Takapsicapi era una celebración de las bendiciones de Wakan Tanka, el gran espíritu creador del universo. Pero, además, era el principal mecanismo regulador de las relaciones sociales entre las distintas bandas y grupos de indígenas. El uso común de la tierra, particularmente para la caza de bisontes y venados, no estaba exento de conflictos, especialmente en períodos de carestía y climas extremos. Takapsicapi era un modo de afirmar la unidad étnica, económica y social de la nación dakota, de solidificar, incluso por medio de matrimonios, lo que unía a las bandas. También era un modo de evitar los conflictos armados.
Durante las celebraciones del juego, cada banda escogía a sus guerreros más hábiles, a los jóvenes más espiritualmente inquietos, y les dejaban medir el poder y la fuerza relativa de cada grupo. Nadie podía negarse a ser parte de la competencia, pues esta era, como en los tiempos de la antigua Grecia, un ensayo o advertencia de guerra. Era una prueba extraordinariamente física y violenta. Vestidos con tan solo taparrabos y mocasines, los guerreros se decoraban hermosamente y parecían dotados de un poder sobrenatural. Se cubrían todo el cuerpo de diseños magníficos y de figuras que simbolizaban las fuerzas dominantes de la vida natural, los rayos, el sol, las estrellas y los animales más hábiles y veloces. De pelo de caballo, se hacían rabos hermosos que colgaban de la parte posterior del taparrabo; de plumas de aves veloces, se adornaban la cabeza; de alas de murciélagos, ataviaban sus instrumentos de juego. Previo al encuentro con los adversarios, se entregaban a largos períodos de adiestramientos extremos: no consumían alimentos, vomitaban todo lo que les quedaba en el estómago y se dejaban flagelar con instrumentos de martirio dotados de dientes de las serpientes más nocivas al ser humano. El takapsicapi era lo más cercano a la guerra, sin llegar a ella. No era juego de cobardes ni mentirosos. Era, según la mitología de los indígenas, el «hermano menor de la guerra». Por él se medían las consecuencias funestas de un posible conflicto abierto entre las bandas. Pero también se consagraban, en la memoria colectiva y tradición oral, las reglas y acuerdos temporales de convivencia y uso común de los recursos de la Madre Tierra en todo el territorio de Mni Sota Makoce. En el invierno, cuando llegaba la dureza del frío y los fuertes vientos, las bandas tenían que ser fieles a la palabra empeñada en las celebraciones y a los acuerdos que se establecían en el verano. El takapsicapi era un juego de honor entre guerreros que protegían a sus comunidades. Lo otro era la guerra abierta entre hermanos. Wowicake –la honestidad con uno mismo y la comunidad entera–, era el código de honor que definía al juego dakota del palo y la bola.
Sea como sea, la profecía de Iktome no tardó en cumplirse. Tan pronto llegó a las Praderas del Norte en la tercera década del siglo XIX, Wasichu alteró los nombres de los ríos, montañas y personas. A la región de América del Norte, milenariamente ocupada por los dakotas, la llamó en adelante Territorio de Minnesota, en lugar de su nombre sagrado, Mni Sota Makoce (el lugar en que los lagos reflejan el azul del cielo). Madre Tierra, Ina, devino un objeto sujeto a la codicia de Wasichu. A Haha Wakpa también le cambió el nombre, llamándolo río Mississippi; a Mni Sota Wakpa, río Minnesota. Takapsicapi devino lacrosse. Iktome tenía razón: Wasichu era un ser engañoso y avaro.
Wasichu, sin embargo, fue más allá y alteró el significado de takapsicapi para las bandas dakotas que habitaban Mni Sota Makoce. Prohibiendo –por la fuerza y con la cruz– toda interpretación espiritual y mística del juego lo convirtió en mero entretenimiento. Takapsicapi dejó así de ser una ocasión en que se estructuraban autónomamente los acuerdos de las bandas indígenas, concernientes al uso común de la tierra durante las estaciones del año, para ser un evento calculado y frío, bajo la tutela e intromisión del invasor blanco. De hecho, Wasichu exigió ser parte rectora de todos los acuerdos entre las bandas y naciones indígenas de Mni Sota Makoce, un territorio de 225,118 kilómetros cuadrados al oeste de Gichigami (lago Superior). En adelante, el takapsicapi no se jugaría para honrar al Gran Creador del universo, sino para entretener al invasor euroamericano y confundir a los pueblos originarios. Lo que faltaba era que Wasichu se comiera toda la grasa.
TRATADOS Y DEUDA
Así sucedió. Entre 1840 y 1851 Mni Sota Makoce se vio invadida por una gigantesca oleada de inmigrantes euroamericanos codiciosos de sus extraordinarios recursos naturales, que entonces eran descritos con fascinación en las páginas de los diarios de Boston, Nueva York y Chicago. Hasta la medicina de la época declaró al clima de Mni Sota Makoce «la cura más efectiva para el mal de consumo», que era como se conocía entonces la enfermedad de tuberculosis. Sus aires puros, sus paisajes hermosos y sus 10 mil lagos que reflejaban diáfanamente el azul del cielo, se convirtieron en objeto de poemas e historias famosas que recorrían los centros urbanos más lejanos. Sus inmensos bosques parecían contener una fuente inagotable de las maderas más finas, y las pieles de sus bisontes vestían a las damas más elegantes de Francia. En los teatros de la época se presentaban sus paisajes por medio de la recién desarrollada técnica de visualización panorámica, en que una secuencia de pinturas naturalistas inmensas giraba alrededor de la audiencia sentada, al modo como se ven moverse las estrellas en la bóveda de un planetario.
Cuando los primeros exploradores cruzaron el río Haha y vieron la riqueza natural de la región proclamaron que habían dado con el «paraíso de los indígenas», p or la plétora de alces, ciervos, lobos, castores y, por supuesto, bisontes. Además, estaban los lagos de aguas cristalinas y abundantes peces, los cuantiosos árboles de arces repletos de siropes dulces y los interminables pantanos de arroz silvestre. La falta de proporción entre proteínas y carbohidratos en la dieta, que tantos efectos nefastos causó a los comanches –la nación más pura de cazadores de todas las Grandes Llanuras– era inexistente en Min Sota Makoce a principios del siglo XIX . Los dakotas no conocían ni las hambrunas extremas ni el ajoro permanente que habían dominado la antropología de otros pueblos a través de la historia de la humanidad. Era el reino del excedente natural.
Como todo pueblo antiguo en contacto con abundantes recursos naturales, los dakotas disponían de tiempo libre. Pero no era al takapsicapi lo único en que se ocupaban. También se dieron a la reflexión sobre el origen del universo, con una creatividad enorme. Rodeados de lagos por todas partes, construyeron una ontología maravillosa de divinidades acuáticas, que se transportaban de un cuerpo de agua a otro, nadando por ríos y sociedades subterráneas. En el vientre de Kunsi Maka (Abuela Tierra) se originó todo lo material, por la acción de Unktehi, un poderoso espíritu sumergido en los ríos y lagos. Los dakotas parecían filósofos griegos extraviados en el corazón de América del Norte. Conocían las estrellas con la exactitud que conocían las montañas, los árboles, la tierra y la vida silvestre; e integraban todo en una cosmovisión primorosa, que aceptaba la muerte con la excitación con que se acepta la vida. El alma humana llegaba de las siete estrellas más grandes del cielo, por la ruta de Canku Wanagi (Vía Láctea), y a ella regresa al sobrevenir la muerte, que no era sino el paso de una forma de existencia a otra. Por eso, se referían a sí mismos como Wicanhpi Oyate, la gente de las estrellas. Sus divinidades estaban presentes en todo lo que los rodeaba, como el Numen de los griegos. Construyeron montículos para venerar sus muertos y rechazaron toda separación tajante entre el mundo de los vivos y el de los difuntos. Contrario a los otros miembros del Consejo de Siete Fuegos, a los lakotas y nakotas, que eran sus primos, rechazaron la especialización social y económica. En el invierno eran cazadores de bisontes y ciervos; en el verano, practicaban la agricultura de recolección de frutas y legumbres, así como la pesca. Durante las lunas frías eran nómadas; en las calientes, sedentarios. El caballo, animal que definió a la cultura sioux de las Grandes Llanuras luego de la llegada de los españoles, nunca jugó un papel central en la idiosincrasia dakota. A lo sumo, el equino era medio de transporte; no instrumento de guerra. La imagen del gran guerrero montado, definitoria de la nación sioux a la que pertenecían por lazos de sangre y lingüísticos, les era en parte indiferente. Se transportaban por toda Mni Sota Makoce en canoas hermosas construidas de cortezas de árboles y troncos tallados a la perfección. Eran marineros en un océano de lagos unidos por ríos fantásticos, como el Mni Sota Wakpa, cuyas aguas heladas solo eran navegables en la primavera, pues se nutría exclusivamente de nieve derretida con los primeros vientos cálidos de marzo y abril. Violentaron, sin saberlo, la ley sociológica de que para ser feliz hace falta la modernidad. Su cultura era muy parecida a la de sus primos lejanos, los taínos de El Caribe, pues eran no tanto dóciles como pacíficos. En un enfado, respondían; pero gustaban más de la tranquilidad y el sosiego, que de la guerra. Idolatraban las cascadas de agua; no las flamas del fuego.
Siguiendo la tradición, el Gran Juego del 13 de julio de 1852 fue precedido por tres días de intensos preparativos. Emisarios dakotas viajaron por toda Mni Sota Makoce, llevando regalos de hojas de tabaco y convocando a todas las bandas para que participaran en la competencia. Se vaticinaba un juego de días de duración, en que se auguraban apuestas magníficas de toda clase de productos. No faltó tampoco la invitación de cortesía a los adversarios ojibwes. Pero ya en 1852 Mni Sota Makoce no era lo que había sido tan solo diez años atrás. Los bosques estaban devastados como resultado de la demanda de madera para las vías de ferrocarriles y la expansión urbana. Los bisontes escaseaban debido a la incesante producción de pieles y correas industriales por la American Fur Company, el monopolio más grande que había existido hasta entonces en el país. Las tierras más fértiles habían sido acaparadas con avaricia por los productores de trigo, un cultivo desconocido por los habitantes de las Planicies del Norte. La nación dakota, cuyas condiciones de vida y ocio provocaron en su día la envidia de los exploradores más instruidos, devino una masa indistinta de indígenas mendigantes y harapientos. Daba pena ahora verlos limosneando ante los invasores acabados de llegar, implorando dinero para comprar una botella de mini wakan. La mayoría cayó en la dependencia y endeudamiento con los comerciantes de alimentos y pieles, para poder sobrevivir el duro invierno de las Praderas del Norte. Recibían productos comestibles en el verano, a cambio de promesas de pago con pieles a ser entregadas por ellos en la primavera. La tasa de intercambio y los intereses eran fijados arbitrariamente por los traficantes de pieles. Las categorías mercantiles y usureras, que nunca formaron parte de la vida del pueblo dakota, lograron ahora dominar todo el entorno social y económico de los indígenas, desintegrando rápidamente los nexos comunitarios.
El 3 de julio de 1852, el Wasichu observó desde lejos las ceremonias y el encuentro deportivo con que los indígenas lo homenajeaban. No es solo que el takapsicapi le resultaba un juego incivilizado y falto de reglas fijas. Es que temía, ante todo, que los participantes descubrieran su naturaleza engañosa, su lengua bifurcada. Efectivamente, apenas un año atrás, amparado en su ostensible fuerza militar, el invasor blanco había convocado a todas las bandas dakotas de Min Sota Makoce para que firmaran un tratado que vendría supuestamente a resolver la penuria en que estaban ahora sumidas. Cierto es que entre este y los indígenas de las Praderas del Norte existía ya una cierta historia de convenios y pactos. Por ejemplo, en 1805 varias de las bandas indígenas y sus jefes cedieron 207,360 acres de terreno para la construcción de puestos militares por el ejército de Estados Unidos, recibiendo a cambio 200 dólares, alguna mercadería y 60 galones de whiskey y, en 1837, firmaron un tratado cediendo todas las tierras al este del río Haha Wakpa a cambio de un millón de dólares, que nunca recibieron. Pero lo que Wasichu tenía en mente en 1851 era algo cuantitativa y cualitativamente muy superior a todo arreglo o convenio anterior. De lo que se trataba ahora, era de conseguir que los dakotas cedieran formalmente más de 24 millones de acres de las tierras más fértiles de América del Norte a cambio de 2 millones de dólares en monedas de oro.
Ya para 1851 la nación dakota estaba en una situación de creciente precariedad social y económica, como resultado de la desaparición de los bisontes y el acaparamiento de los recursos naturales por los invasores blancos. También estaba bajo el yugo cada vez más asfixiante del endeudamiento con los comerciantes de pieles y comestibles. Por primera vez en la historia milenaria los dakotas conocieron las hambrunas, la depauperación y la desesperanza. Esto se facilitó, en no poca medida, por la naturaleza no castrense de las bandas de indígenas en Mni Sota Makoce, que nunca representaron una fuerza de resistencia comparable a los guerreros lakotas o cheyennes, al oeste de la región. De hecho, una parte de los 24 millones de acres a ser «comprados» en 1851 ya estaba, en realidad, en manos de los intereses madereros, los ferrocarriles y los agricultores de trigo. ¿Por qué entonces los convocaron a la negociación de un tratado, cuyos objetivos territoriales en no poco grado ya habían conseguido? La razón de esta política siniestra tiene que ver más con el Acta Federal de Remoción Indígena de 1830, que con la situación interna de Mni Sota Makoce.
La Constitución de Estados Unidos (Artículo 1, Sección 8, Cláusula 3) da al Congreso el poder de reglamentar el comercio con los indígenas y proclama la supremacía de los tratados con ellos. En 1830, buscando dar articulación a la política racista de «destino manifiesto», el presidente Andrew Jackson firmó el Acta de Remoción Indígena. Esta legislación federal, cuyo contenido económico merece una consideración especial, enlazó la expansión territorial de la joven nación burguesa con los intereses mercantiles y bancarios dominantes en la época. En esencia, el Acta de 1830 autorizaba al presidente a canjear con los indios porciones de terrenos al este del río Mississippi por terrenos en el margen oeste del importante cuerpo de agua. Se trataba, pues de extender progresivamente el área de dominio absoluto por la población blanca, mediante la expulsión de los pueblos originarios de las regiones ya pobladas por invasores.
El lenguaje del Acta hace una distinción muy sutil que vendría a conformar toda la legislación federal pertinente a sus colonias internas hasta hoy en día. La tierra a ser «entregada» a los indígenas tenía que pertenecer a Estados Unidos, pero no podía ser parte aún de la nación imperial. Para los efectos de la ley, el Gobierno Federal no tenía jurisdicción para asignar terrenos pertenecientes a los estados o territorios ya organizados. La idea de intercambiar terreno por terreno ciertamente resultó muy atractiva para los intereses latifundistas del país, incluidos los estados esclavistas que apoyaron a Jackson. Sin embargo, de lo que se trataba aquí también era de crear las bases para una sociedad capitalista, regida por el mercado y sujeta a relaciones monetarias. Fue por eso que en una parte oscura del Acta se incluyó lenguaje –supuestamente a elección de los indígenas– que el intercambio podía ser de terrenos por dinero «contante y sonante». Así quedaba cimentada a nivel nacional, y sobre las espaldas de los pueblos originarios, una alianza entre los estados esclavistas del sur y los mercaderes del norte.
En la leyenda, Iktome advirtió a los dakotas de que Wasichu era un ser embaucador y falsario. Para comprender a fondo el significado de cada sección del Tratado de 1851 se requiere, aún hoy, no olvidarse de esta admonición. Conforme a la letra del documento firmado por los dakotas, a cambio de los 24 millones de acres, estos recibieron dos beneficios. Primero, el uso exclusivo de un pedazo de terreno no mayor de 16 kilómetros de ancho a cada lado del río Minnesota, por una extensión de 225 kilómetros. El problema es que esta franja de terreno, menor de 2 millones de acres, era precisamente el lugar en que vivían los dakotas en las temporadas de verano. Allí tenían sus casas permanentes y allí estaban al momento de firmar el convenio. Ni siquiera se trataba, entonces, de un intercambio de 24 millones de acres por alguna porción de territorio no incorporado de Estados Unidos. Lo que el acuerdo hizo, en realidad, fue excluir a los dakotas del acceso al terreno en que cazaban y recolectaban frutas y legumbres, creando una reservación dentro de las fronteras de Minnesota. Segundo, que sus tierras se cotizaran para la venta en aproximadamente 2,0 millones de dólares en moneda metálica, que era el único medio de circulación confiable en la época. Pero, según prescribía el Artículo 3 del Tratado, los 2,0 millones de dólares no se desembolsaron a los indígenas, sino que fueron mantenidos en trust por el Gobierno Federal para el «beneficio» de los pobladores originales del lugar. La idea era, al menos en papel, que los dakotas recibieran anualmente el equivalente de un interés de 5% sobre la suma total, por un período de cincuenta años.
¿Cuántos desembolsos anuales recibieron los dakotas, después firmado el acuerdo de 1851? El tema de las anualidades, quizás más que ningún otro, ejemplifica la naturaleza perversa del Wasichu, el que se come toda la grasa. Buscando minar la cohesión social de los pueblos primarios, el congreso Estados Unidos determinó en 1847 que los pagos bajo el Acta de Remoción se hicieran a los indígenas, en calidad de individuos, y no a los jefes de las bandas.
Tampoco se podían hacer a terceras personas, salvo que mediara una dispensa del presidente y a solicitud de los beneficiados. Así se establecían laxos de dependencia y manipulación con las agencias federales en las reservaciones. Pero ello se convirtió en 1851 en un obstáculo para los invasores blancos. ¿Cómo interceptar los pagos de las anualidades sin violar la ley federal? Una anualidad equivalente al 5% de interés sobre 2 millones de dólares no era poca cosa, ni entonces ni ahora. La solución estaba ya comprendida en la definición del problema: el Gobierno tenía que obtener una petición de los indígenas para que los pagos fueran a dar, sin transición alguna, a manos de los intereses comerciales, agrícolas y madereros que impulsaron la organización el territorio en 1849. Y así lo hizo. El mismo día en que asintieron a los términos del Tratado de 1851, los líderes dakotas firmaron, sin saberlo, la mencionada petición. Ningún indígena recibiría porción alguna de los desembolsos hasta que no se descontaran antes las deudas contraídas con los blancos invasores. ¿Qué deudas? Pues, las que el Wasichu se inventó en 1851 y a través de los años. Forzados por la hambruna que provocó la desaparición de los bisontes, así como el acaparamiento general de recursos por los nuevos pobladores, los dakotas terminaron endeudándose con los comerciantes de pieles y bienes comestibles. Sin noción financiera alguna, firmaban notas de pago por mercancías que nunca recibieron o que estaban sobrevaloradas en el papel. Peor aún, accedían a que sus transacciones de crédito con la American Fur Company se cotizaran, no por el valor real de los bienes recibidos (más un interés razonable), sino por endeudamientos desproporcionados y, en su mayor parte, ficticios. A un año de firmado el Tratado de 1851, los dakotas estaban sin tierra, sin comida y sin dinero, completamente desamparados en la tierra encantadora que los vio nacer.
Lo que les esperaba, sin embargo, era mucho peor. En 1858 Minnesota fue admitido como estado de la nación imperial. Henry H. Sibley, quien actuó como el principal representante del Gobierno en las negociaciones de 1851, fue electo gobernador. Él mismo era uno de los comerciantes más ricos del territorio incorporado. A su reclamación, el senado federal redujo unilateralmente en 1858 la franja de los dakotas a tan solo en 16 kilómetros en la ribera sur del río Mni Sota Wakpa. La porción de terreno del norte se añadió a los 24 millones de acres ya robados. Como celebración de la llegada de la estadidad, toda la población indígena se vio forzada a sobrevivir en adelante del consumo de desechos y de la misericordia de algunos blancos.
Mientras todo lo anterior ocurriría, Minnesota, el antiguo paraíso de los dakotas, se convirtió en una de las regiones de desarrollo más intenso de la agricultura capitalista en Estados Unidos. El estado fue invadido por miles de inmigrantes euroamericanos que buscaban beneficiarse de la Homestead Act de 1862, que otorgaba título de propiedad a los nuevos habitantes de los terrenos robados a los indígenas. El trigo era una de las mercancías de consumo personal en mayor demanda en los centros industriales del este del país y Minnesota tenía algunas de las tierras más adecuadas para la producción de ese grano en el mundo entero. Los especuladores de Wall Street comenzaron a negociar con los títulos de propiedad sobre tierra virgen en las Praderas del Norte. Entre 1854 y 1857, como antesala a la estadidad, más de 5 millones de acres de la tierra más fértil del territorio habían pasado de manos de unos especuladores a otros, inflando más allá de lo imaginable las ganancias de los millonarios y los bancos de Nueva York, Boston y Chicago.
Acorralados en un área de 1,400 kilómetros cuadrados, sin acceso a sus medios tradicionales de vida y sin el dinero prometido, los dakotas se rebelaron espontáneamente en agosto de 1862. Aunque numéricamente mayor que los pobladores blancos, el pueblo originario de Mni Sota Makoce no tenía la capacidad de lucha de los guerreros lakotas, y estos estaban muy lejos para poder socorrerlos. La rebelión duró apenas ocho semanas. Cientos de luchadores dakotas fueron masacrados por el ejército de Estados Unidos y sus modernos cañones Howitzers, entre agosto y octubre de 1862. Sibley, quien recibió un nombramiento provisional de general de las fuerzas armadas estadounidenses, ordenó el arresto y encarcelamiento de toda la población indígena, incluidos mujeres, niños y ancianos. La confluencia de los ríos Haha Wakpa y Mni Sota –lugar en que, según la mitología dakota, sus almas llegaron de las siete estrellas más grandes del universo– fue transformado en una aterrador campo de concentración de personas indefensas. Allí, Sibley implantó un régimen de trabajo forzado infernal, en que los niños y ancianos dakotas sembraban legumbres y las mujeres indígenas atendían las necesidades de los soldados de Fort Snelling. Los únicos alimentos que recibieron del ejército fueron galletas para los niños y pan para los adultos, pero siempre en cantidades limitadas. En poco tiempo brotó una epidemia de sarampión, que los sioux atribuyeron directamente a la comida. Después de 300 muertes infantiles, muchas madres indígenas optaron por desmenuzar cuidadosamente los excrementos de los caballos militares para así obtener granos de maíz parcialmente digeridos con los cuales alimentar a sus hijos.
LA TIERRA NO PROMETIDA
José Martí solía decía que al vil se le conoce en que abusa de los débiles. Efectivamente, la saña de Wasichu no se satisfizo ni con las masacres de luchadores indígenas ni con la esclavización de familias enteras de dakotas. El 26 de diciembre 1862, mil quinientos soldados estadounidenses fueron movilizados al poblado de Mankato, Minnesota, para hacer cumplir una orden firmada por el presidente Lincoln condenando a muerte a 38 indígenas rebeldes por los eventos que hoy se conocen como la Gran Rebelión Sioux de 1862. Periodistas de todas las ciudades importantes fueron invitados para ser testigos de la ejecución en masa más grande que ha visto Estados Unidos. Algunos diarios, como el New York Times, describieron en detalle todo lo ocurrido. En el medio del pueblo se construyó una plataforma gigante capaz de sostener simultáneamente 38 sogas colgantes para el ahorcamiento. Más de 5,000 pobladores blancos de la región, incluso mujeres y niños, se dieron cita en Mankato para celebrar con júbilo la muerte de los guerreros dakotas. El momento más dramático ocurrió inmediatamente antes de que el verdugo operara el mecanismo de la plataforma descendiente. Cubiertas sus cabezas con capuchas, los condenados comenzaron uno a uno a decir sus nombres, mientras trataban de agarrarse de manos, para así «caminar a la otra vida junto a sus compañeros». El ejército no permitió presencia alguna de familiares de los condenados ni oportunidad de duelo. Los cadáveres fueron enterrados inmediatamente en una fosa común, a las afueras del pueblo. Por la noche, como si fuera un capítulo de la novela de la joven Mary Shelley, sus cuerpos fueron saqueados para vender algunas partes como trofeos, y otras, para experimentos de todo tipo. Uno de los más beneficiados del ultraje de los cadáveres fue el Dr. William Worrall Mayo, médico militar, cómplice del asesinato de indígenas y fundador de la famosa clínica que lleva su nombre. Un Frankenstein de la vida real…
Lo que Wasichu buscaba, sin embargo, no era solamente sangre, sino ante todo riqueza material. Así, en febrero y marzo de marzo de 1863, el recién fundado estado de Minnesota, una de las dictaduras raciales más sanguinarias que ha existido en la historia de la humanidad, logró que el Congreso de Estados Unidos aprobara tres medidas sin precedentes a su favor. La primera fue el Acta de Abrogación del Tratado de 1851, que despojó a los dakotas del remanente de terrenos en sus manos (la franja de 16 kilómetros al sur del río Mni Sota Wakpa) y lo transfirió a los invasores blancos. La segunda, el Acta de Ayuda a las Víctimas de la Rebelión Sioux de 1862, que asignó al nuevo gobierno las anualidades adeudadas a los sioux para asistir a las «víctimas» de los dakotas. Tercero, el Acta de Remoción de los Sioux-Dakota, que autorizaba el exilio forzado de todos los habitantes de ascendencia indígena residentes aún en el estado.
Como si se tratara la parte final de un libreto de terror, e l ejército de Estados Unidos apiñó a cerca de mil niños y mujeres dakotas en un barco de vapor en el puerto de St. Paul, Minnesota, la madrugada del 4 de mayo de 1863. En la barriga de otra embarcación, fuertemente encadenados y algunos con capuchas, encerró a 547 indígenas varones adultos, que ni siquiera habían participado en la rebelión. Todo era parte de un plan, autorizado en Washington, para moverlos a dos campos de concentración en Crow Creek, Dakota del Sur. Luego de navegar 1,285 kilómetros por los ríos Mississippi y Missouri arribaron a una estación de tren del ejército de Estados Unidos en que fueron colocados, siempre separando a los varones de sus familiares, en vagones de carga de la época. El viaje duró más de un mes. Arribaron a Crow Creek el 11 de junio de 1863. Allí los esperaba una sorpresa mayor y más cruel.
Aún hoy, Crow Creek es tierra de nadie, un paraje seco e inhóspito. El suelo es miserable, nunca llueve y no hay otros animales oriundos, que no sean los lagartos enormes y las serpientes cascabel. Por cientos y cientos de kilómetros solo hay praderas secas y estériles, inservibles para los cultivos. No hay lagos y no hay árboles. El agua subterránea brota en algunas partes, pero es tan alcalina que no se puede usar ni para las bestias. No hay frutas ni tubérculos comestibles. Pero fue allí que Wasichu decidió encarcelar a los dakotas. Debilitados por la dureza del viaje y las súbitas epidemias, los niños y ancianos sioux comenzaron a morir en grandes números, tres a cuatro por día. Para fines del verano, las muertes llegaron a más de trescientas. Las praderas se llenaron de tumbas, que los propios dakotas eran obligados a cavar. Las familias nunca volvieron a reencontrarse en este mundo.
Después del 11 de junio de 1863, continuaron llegando, semana tras semanas, vagones de ferrocarriles cargados de indígenas de Mni Sota Makoce, fueran o no rebeldes y fueran o no dakotas. Todos se tenían que ir, hasta los ojibwes, aliados de los blancos y enemigos de los sioux desde la época de la guerra en contra de Inglaterra. Miles de indígenas winnebagos, que probablemente ni se habían enterado de la rebelión, fueron encarcelados en los campos de concentración de Crow Creek.
Para alimentar a esta masa de prisioneros inocentes, el Ejército distribuyó al principio cantidades racionadas de harina y carne de cerdo podrida. Eran las rebuscallas y desechos que no servían para alimentar a las tropas federales peleando contra el sur esclavista. El 2 de diciembre de 1863, llegó el último cargamento de comida antes del invierno. Una caravana de carretas tiradas por bueyes arribó con más sacos de harina vieja y con carnes putrefactas. En un acto de misericordia, los militares estadounidenses permitieron que se mataran a los bueyes –enflaquecidos por la labor de tirar de carretones por más de 500 kilómetros sin casi nada que comer– y se guardara la carne en la nieve, para así tener comida para distribuir en la primavera y el verano de 1864.
Conscientes de que nunca habrían de volver a ver a sus familiares, muchos prisioneros indígenas comenzaron a adoptar la versión escrita del lenguaje dakota recién inventada por los misioneros con el propósito de «evangelizarlos». Mujeres y varones adultos escribieron a puño y letra cientos de cartas en las cuales describieron la penuria en Crow Creek, particularmente el castigo horrendo de haber sido separados de sus familiares queridos, de por vida. La mayor parte de las epístolas nunca llegó a los destinatarios. El ejército de Estados Unidos las declaró comunicaciones entre enemigos de la nación en guerra. Algunos misioneros, quizás motivados por la curiosidad, optaron por acumularlas a escondidas de los militares. En 2014 fueron traducidas algunas 150 del dakota escrito al inglés. Leerlas no es fácil. Aún hoy, siglo y medio después de la rebelión sioux de 1862, no dejan de comunicarnos el terrible dolor de familias completamente destrozadas por la brutalidad de Wasichu. Pero también nos dan una visión privilegiada del poder de la fortaleza humana y de la cultura dakota en las condiciones más adversas.
Un aspecto central de la conquista y genocidio fue precisamente el endeudamiento progresivo de los pueblos originarios, como resultado de la manipulación por los comerciantes y banqueros, según señala Francis Paul Prucha, en su importante libro American Indian Treaties: The History of a Political Anomaly. Debido a la tardanza de la llegada del Wasichu a las Grandes Llanuras, la nación Dakota no se enteró a tiempo de la marcha genocida de los colonizadores euroamericanos por toda América del Norte. Lo acontecido en Mni Sota Makoce entre 1851 y 1863 fue tan solo una de las instancias en que se utilizó el sistema de tratados y la deuda como instrumentos del robo de tierra y explotación económica de la población indígena.
Destruido su modo de vida, los indígenas cayeron en las garras de los mercaderes y financieros inescrupulosos. Cierto es que la preponderancia militar de Estados Unidos jugó el papel principal en todo este proceso de avasallamiento racista. Pero en la medida en que los pueblos indígenas lograron desarrollar una resistencia efectiva ante el avance de los colonizadores, estos últimos recurrieron a la firma de tratados engañosos para imponerse económica, política y socialmente. Por un lado, el Gobierno Federal reconoció en los acuerdos un cierto grado de «soberanía» de las comunidades indias, pero por el otro, estableció sobre ellas un régimen de naturaleza opresiva y colonial. Se les otorgó a los indígenas el derecho a sancionar expresamente el genocidio de que fueron víctimas. Pero este supuesto derecho vino a encubrir un aterrador genocidio económico, social y cultural. Fue, pues, con los pueblos originarios de América del Norte que se inauguró formalmente la historia imperialista de Estados Unidos, con su liberalismo hipócrita.
RESPUESTA DEL IMPERIO AL RECLAMO DE DEFINICIÓN DE ESTATUS
Dos años después de aprobada el Acta de Remoción Indígena (1830), la Corte Suprema de Estados Unidos, en el caso Worcester v. Georgia, hilvanó la ficción jurídica de «naciones internas dependientes», para conceptualizar el sistema de tratados que vendría a demoler a más de 300 naciones indígenas dentro de las fronteras del imperio. Entre 1832 y 1871, cuando se firmó el último pacto, cientos de millones de dólares en monedas de oro puro pasaron de manos de los indígenas a manos de los comerciantes y banqueros blancos, en supuesto saldo de deudas vencidas. Es decir, los llamados tratados o convenios con la población indígena fueron una palanca poderosa de lo que Marx llamó la acumulación originaria de capital que, en todos lados, precedió al reino del capital industrial y los monopolios. La deuda de los pueblos originarios, en su mayoría conformada de créditos ficticios, alimentó la riqueza de gigantescas fortunas mercantiles y bancarias en Nueva York, Chicago y Boston. También benefició, en su tiempo, a los estados esclavistas del sur. ¿Cómo es posible que cientos de «naciones internas dependientes», que cedieron contractualmente la friolera de un millardo de acres de terrenos al Gobierno Federal terminaran empobrecidas y con deudas impagables? Algunas de ellas organizaron incluso convenciones constituyentes y solicitaron convertirse en estados de la nación norteamericana, buscando preservar sus tierras y escapar al yugo de la deuda con los capitalistas blancos. Pero, en todas las instancias, la Corte Suprema les bloqueó el reclamo de status igualitario. Las que buscaron afirmar su independencia territorial y rechazaron el pago forzado de la deuda, como los comanches, apaches y sioux– fueron brutalmente reprimidas. Los pueblos originarios de América del Norte serían «naciones internas dependientes» o no serían nada. Peor aún, el 5 de enero de 1903, en el caso Lone Wolf v. Hitchcock, la Corte Suprema de Estados Unidos puso fin a toda apariencia de soberanía de las naciones indígenas, declarando el poder plenario del Congreso sobre todo lo relacionado con ellas. En adelante, el organismo federal tendría la potestad de pasar leyes unilateral e incuestionablemente, incluyendo legislación abrogando porciones de los tratados del siglo XIX. Los pueblos originarios de América del Norte perdieron así hasta el derecho de consentir formalmente al coloniaje. Muerto el status de «naciones internas dependientes», competentes para negociar con el imperio; florecieron las reservaciones en campos de concentración.
Quizás como un augurio, el gran juego de takapsicapi del 13 de julio de 1852 no concluyó de manera pacífica. Algunas de las bandas, rompiendo con la regla milenaria de no alimentar el rencor en el campo de la competencia, se enfrascaron en una agria reyerta por desavenencias relacionadas con las apuestas. La avaricia entró en el corazón de la gente. Iktome lo había anunciado, muchas lunas atrás. La llegada de Wasichu habría de significar el ocaso cultural y social de los pueblos originarios de las Praderas del Norte. Y así fue. Tan solo una década después de la competencia en honor a los acuerdos con Wasichu, los dakotas dejaron de existir como una civilización independiente en Mni Sota Makoce. Takapsicapi, el juego dakota de palo y bola nunca se volvió a jugar en la confluencia de los ríos Haha Wakpa y Mni Sota Wakpa. Tampoco se ha vuelto a jugar en ningún rincón de Mni Sota Makoce, el lugar en que los lagos reflejan cristalinamente el azul de los cielos y que dio vida, hasta llegar el Wasichu, a Wicanhpi Oyate, el pueblo que descendió de las estrellas…

Referencias
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Imagenes: ‪www.anundis.com‬ - Fotos: E.S. Curtis