Espiritualidades ante el colapso

 

Cada vez parece más evidente que liberarnos de la idolatría del consumo y del crecimiento requiere transformar el imaginario personal y colectivo, modificar nuestra manera de entender el mundo y de entendernos a nosotros mismos. Y es en esa encrucijada donde las espiritualidades no capitalistas parecen tener bastante que decir y hacer.

Por: Gil-Manuel Hernández Martí

“Sabiduría inmemorial que regresa. La de la aceptación de los instintos que deconstruyen las construcciones intelectuales (el Espíritu, la Conciencia, la Razón, la Sociedad...) de una humanidad universal, para valorar las costumbres específicas de grupos de hombres arraigados. Es así como debe comprenderse la desenvoltura, cada vez más generalizada, respecto de lo político, así como el retorno de formas tradicionales de existencia, la explosión de la religiosidad, las reivindicaciones por el ‘decrecimiento’, y otras perspectivas ‘arcaicas’ que desconciertan a los observadores sociales”.(Michel Maffesoli, El reencantamiento del mundo)

Colapso, desencantamiento y espiritualidad
Resulta altamente sintomático que, a medida en que el proceso de colapso civilizatorio ha ido avanzando, especialmente desde los años 70 del siglo pasado, mediante la progresiva concatenación e intensificación de crisis económicas, energéticas, sociales y ecológicas, el ámbito de la espiritualidad haya experimentado una transformación substancial y radical. Por ello, este artículo postula que dicha transformación es, en gran medida, una consecuencia cultural de la consciencia reflexiva de un derrumbe civilizacional no por sigiloso menos evidente, al menos para los que quisieran oír, ver y sentir.
Las pruebas se han ido acumulando, y mientras la sociedad aparentemente racional basada en los combustibles fósiles se libraba a un paroxismo de irracionalidad nihilista supeditada a la tasa de reproducción del capital, paralelamente ha ido construyéndose, aquí y allá, de manera diversa y cambiante, pero continuada, una auténtica anamnesis de lo numinoso. Dicha anamnesis implica, a un tiempo, recuerdo, rememoración, rescate y actualización de los valores, actitudes y prácticas que testimonian la vigencia de lo espiritual y lo sagrado, entendida como la producción de significado y sentido, como algo especialmente valioso que remite a lo transcendente y lo misterioso. Algo que la Modernidad, de la mano de la Ilustración y sus ideas de culto literalizador a la Razón, el Progreso, la Ciencia y la Tecnología, fue progresivamente apartando del centro de la vida normativa y la cosmovisión dominante, mientras el materialismo capitalista destruía implacablemente la naturaleza, barría ecosistemas, degradaba paisajes e intentaba someter el planeta a sus insaciables apetitos de más beneficios. Un abandono u olvido que no solo está ligado a las transformaciones propias de la secularización moderna sino a la mutación y relevo de unos saberes procedentes del universo tradicional, conformado mitológicamente, por otros vinculados a las preferencias hegemónicas del proyecto moderno ilustrado, radicalmente fáustico y prometeico.
Las dos grandes formas tradicionales de conocimiento, como eran la filosofía y la religión, fueron centrifugadas por la modernidad hasta el punto de “soltar el lastre” de sus aspectos transcendentes, sustituyendo las viejas sacralidades por otras “débiles” de nuevo cuño, plenamente seculares y civiles (Nación, Revolución, Consumo, Ciencia, Deporte). Tal y como en su momento diagnosticara Max Weber, el mundo fue progresivamente desencantado, encerrado en una jaula de hierro racional, técnica y burocrática, y cabría añadir que era además una jaula profundamente indiferente, cuando no hostil, respecto al mundo natural, tan ligado a las primordiales sacralidades animistas. El desencantamiento (materialismo, antropocentrismo) se aceleró con la secularización de las sociedades, y aunque paradójicamente la modernización aportó intentos compensadores de reencantamiento ligados al mundo del consumo capitalista, con su hybris delirante, la promoción del ego y sus buenas nuevas del “crecimiento” y el “desarrollo”, la necesidad de reencantamiento profundo subsistió, aflorando continuamente en forma de religiones civiles, de ocio juvenil, de efusiones dionisíacas, de nostalgia patrimonial del pasado o del retorno de los antiguos conocimientos y saberes sobre lo transcendente.
De esta forma se fue produciendo, mientras el planeta se degradaba y las elites globales invertían fortunas para hacer ver que no pasaba nada, la emergencia y despliegue de una nueva espiritualidad o transcendencia global, dentro de la cual destacarían los llamados movimientos psico-espirituales y ecoespirituales, que intentan conjugar la herencia experiencial y sapiencial de no pocas sabidurías tradicionales de origen religioso con los desarrollos de la psicología analítica y transpersonal, el cuestionamiento de una ciencia deshumanizada, los estudios sobre la consciencia, la ecología profunda y una original espiritualidad transversal, pluralista y necesariamente híbrida.
En general, dichos movimientos se han mostrado muy sensibles al deterioro medioambiental, al demencial modo de vida productivista de la civilización industrial y consumista, a las incesantes crisis sociales y a los negativos impactos de estas en la salud integral de las personas.
La anamnesis de lo sagrado que implica el conjunto de estas espiritualidades mutantes ha supuesto la recuperación, revitalización y reconfiguración de las viejas formas de conocimiento transcendente vinculado a la antiguas filosofías, religiones y cosmovisiones, para ser transformadas en las nuevas creatividades culturales. Éstas pretenden, como rasgo distintivo, superar los déficits de sentido modernos y postmodernos para construir una novedosa visión de lo sagrado, no necesariamente nostálgica y conservadora, aunque siempre aceche el riesgo del sectarismo y el repliegue fundamentalista, sino ligada a innovadoras formas transnacionales de ecoespiritualidad, economía, política y relaciones sociales, que certifican el avance de una conectividad global multidimensional. Lo cual es sinónimo de una auténtica refundación del vínculo social en torno a una nueva sacralidad difusa, porosa y fluida, donde la imaginación y la intuición de un vínculo cósmico tienen un gran protagonismo. Una sacralidad renovada y fluida, con amplias resonancias gaianas, que también se evidencia en todo un conjunto de espiritualidades laicas, capaces de conjugar a un tiempo lo inmanente y lo transcendente para dotar al individuo de un consciencia plena de la existencia. Especialmente cuando esta se halla cada vez más en entredicho por el inquietante e incierto horizonte de colapso ecosocial en marcha. Se trataría, en suma, de recuperar un mundo “con alma” frente a una sociedad vacía de sentido y conducida irresponsablemente por desalmados.
El reencantamiento del mundo y las espiritualidades
La dimensión espiritual o la búsqueda del hecho sagrado entendido como una cosa luminosa, numinosa, misteriosa, substancialmente simbólica, forma parte de la condición humana, tanto en su subjetividad más íntima como en la vida cotidiana, enraizada en el ámbito social y convencionalmente definida dentro del campo de la religión. De hecho, en la actualidad somos testigos de cómo la esfera religiosa de horizontes ultraterrenales se encuentra polarizada en dos tendencias opuestas. La primera, cristalizada en diversos integrismos, se caracteriza por un rechazo de la modernidad, que se basa en la reafirmación estricta i literal de la tradición específica de cada religión. El fundamentalismo ciertamente se propone cambiar el mundo y no se limita a guarecerse de él, pero lo hace sin cuestionar el capitalismo, más bien ayudando a su reproducción. La segunda tendencia se sitúa más bien en una posición de búsqueda de alternativas espirituales a las confesiones institucionalizadas más que en un rechazo explícito a la modernidad. La entendemos por lo tanto, como parte del proceso en los desarrollos contemporáneos ubicados en el mundo occidental, pero no solo en este, y se caracteriza por la tolerancia en relación con la pluralidad de las visiones del mundo y de los estilos de vida, generando composiciones religiosas “a la carta”.
El pronóstico de la Ilustración, según el cual el proceso de la modernidad configuraría unas sociedades en las que las religiones serían, a lo sumo, residuos de un mundo pre-científico y pre-moderno, no se ha cumplido. Estamos, más bien, como apunta Michel Maffesoli, en pleno proceso de “re-encantamiento” de la realidad, de un hallazgo inesperado del sentido de lo espiritual, un reencantamiento que tiene lugar en medio de un mundo completamente tecnificado que se cae a pedazos al chocar contra sus límites biofísicos.
Se ha escrito bastante sobre la metamorfosis de lo sagrado en el mundo moderno, sobre las formas modernas de lo espiritual, sobre la consagración de lo profano y el retorno de lo numinoso. En conjunto se ha hablado de un “nuevo fermento religioso”, de “despertar”, de “nueva conciencia religiosa”. Numerosos autores se refieren a los “nuevos” movimientos religiosos pero hay que ser conscientes de que la etiqueta “nuevos” remite al eurocentrismo, pues desde una perspectiva no occidental, especialmente desde la de tradiciones panteístas asiáticas, esta religiosidad “postmoderna” se revela algo bastante viejo. El misticismo y su puesta en cuestión del protagonismo del ego es una opción conocida en todas las grandes tradiciones religiosas, como ocurre en el seno de las tradiciones hinduistas, budistas y taoístas, pero también en la cristianas, musulmanas y animistas, o en las propias de pueblos originarios en América u Oceanía.
Lo bien cierto es que el vigente proceso de reencantamiento forma parte de una tendencia más profunda hacia la reavivación de la fe en una sociedad en la que las zonas de influencia de las espiritualidades tradicionales y laicas se cruzan fertilizan, y cuyas condiciones fundacionales son la incertidumbre fabricada de una modernidad que transforma sus propias premisas y va directa al colapso por su misma dependencia de un modelo ecocida y autodestructivo. Pero, además, cada vez se hace más patente la emergencia y reivindicación de una forma de “re-ligación” o anamnesis que remonta a lo que podríamos denominar la conectividad mística. Este tipo de conectividad es el más antiguamente expresado, pues aparece explicitado en los mensajes de las tradiciones místicas espirituales (hinduismo, budismo, taoísmo, sufismo, cábala judía, gnosticismo cristiano, alquimia, neoplatonismo, chamanismo), que Aldous Huxley agrupó bajo el rótulo de “filosofía perenne”, para definir el pensamiento sapiencial derivado de la experiencia mística del ser como camino de liberación interior. Estas tradiciones místicas, ahora reconfiguradas, reelaboradas, mezcladas y actualizadas por la espiritualidad emergente, subrayan un fenómeno: que la trama unificada de la vida se constituye en la red subyacente que define la unidad de la realidad última, que la cultura sólo puede captar mediante su propia transcendencia crítica reflexiva.
Estaría en marcha, pues, una gran mutación: la que va de la religión convencional y literalista a una espiritualidad plural, global, abstracta y abierta, como expresión máxima de la vigencia de lo sagrado, que bien puede encontrar en la naturaleza una de sus máximas expresiones, si no la mayor. Y es en la experiencia individual donde hallamos al sujeto religioso moderno que se define por su autonomía, su vinculación a la conciencia y a la libertad personal. El sujeto espiritual de la época del colapso civilizatorio es un individuo que reivindica su autonomía pero sintiéndose o queriéndose integrado en una dimensión vertical y plural de la realidad, en la creencia en diferentes niveles de la realidad que definen lo religioso como vivencia espiritual de lo sagrado.
Capitalismo espiritual y espiritualidades no capitalistas
Sin embargo el capitalismo, en su continua busca de nuevos mercados, no ha tardado en detectar inéditas oportunidades de negocio. Prueba de esto sería la emergencia de un capitalismo espiritual, es decir, de toda una creciente mercantilización de la nueva esfera psicoespiritual. Cómo en otras esferas de la producción y el consumo, también en el ámbito trascendente ha ido emergiendo el que el Sam Keen ha denominado como “basura espiritual”, una especie de acrítico totum revolutum de creencias, pseudoterapias, “canalizaciones” y gurús de diversa procedencia, convertido en basta mercancía para alimentar turbios negocios surgidos de la desesperación existencial de tantos individuos.
Pero es que, más allá de esta “basura”, de esta banalización de las renovadas visiones de lo numinoso, una buena parte de la nueva espiritualidad holística también ha ido adaptándose a las reglas mercantiles y entrando en el juego del campo económico capitalista. Dicho de otro modo, el hambre de espiritualidad y trascendencia provocada por la misma condición destructiva del capitalismo contemporáneo ha acabado produciendo, paradójicamente, la aparición de un nuevo “nicho de mercado”, el del capitalismo espiritual. Lo espiritual absorbido y procesado por el mundo de los negocios como pura mercancía. Con una consecuencia paradójica: que la espiritualidad no mercantilizada, crítica con esa mercantilización y las religiones dogmáticas, también ha salido reforzada, en forma de espiritualidades no capitalistas, lo cual quizás nos hace pensar que, pese al avance del colapso, continúa habiendo esperanza más allá de las fronteras del capitalismo en descomposición.
El individualismo utilitario y sus valores (dinero, poder, tecnociencia) desarrollados de la mano del sistema capitalista y el neoliberalismo, no solamente muestran síntomas de claro agotamiento sino que además, el colapso ecosocial en la que nos vamos internando va dejando al sistema seriamente afectado debido a su creciente incapacidad para reproducirse, regenerarse y perpetuarse. Los gravísimos problemas ecológicos, el creciente cambio climático, el descenso energético, el alarmante agotamiento de los recursos, la falta crónica de empleo, la deslegitimación política, el creciente descontento social, las amenazas ecofascistas y exterministas, las dificultades estructurales para el buen vivir, entre otros problemas, hacen ineludible la necesidad de avanzar desde una sociedad basada en la competencia a ultranza, el crecimiento material y los combustibles fósiles, hacia una sociedad basada en la ayuda mutua, las energías y prácticas realmente renovables, el decrecimiento, la autonomía y los valores más democráticos y solidarios. Cada vez parece más evidente que liberarnos de la idolatría del consumo y del crecimiento requiere transformar el imaginario personal y colectivo, modificar nuestra manera de entender el mundo y de entendernos a nosotros mismos. Y es en esa encrucijada donde las espiritualidades no capitalistas parecen tener bastante que decir y hacer.
La pregunta, ¿cuál es la naturaleza del universo y cuál es el lugar que ocupan las personas en él? sintetiza lo que conocemos como la “gran pregunta” o “gran misterio” que desde el origen de los tiempos la humanidad no solo se ha formulado sino que ha intentado contestar, ensayando distintas respuestas en función del momento histórico y del contexto cultural. Por ello, algunos de los desarrollos acaecidos durante las últimas décadas en las diversas esferas del conocimiento persiguen una tarea de anamnesis personal y colectiva, capaz de reconectar con lo sagrado, entendido este con el contacto con fuentes de transcendencia capaces de resignificar la vida en su sentido más amplio. Dicha anamnesis sucede, a la vez, en un contexto complejo de globalización y colapso, que trae consigo una conexión transcendente capaz de dotar de un sentido profundo a los modernos lazos de interdependencia que se establecen entre los individuos entre sí y entre estos y el mundo físico, psíquico y espiritual. En este proceso, que rescata extensas áreas de las viejas formas de sabiduría tradicional y las recombina con aspectos de los saberes modernos, como la psicología profunda, la ecología o las nuevas fronteras de la ciencia de vanguardia, se configura una nueva cultura creativa, al tiempo que se impone la necesidad de la experiencia directa y la comprensión personal y colectiva de esta. Y no tanto a través de sistemas codificados de ideas o formulaciones dogmáticas, como a través de la propia vivencia que alumbra este cambio trascendente y revolucionario en la visión del mundo. En suma: espiritualidades vivificantes que confluyen con alternativas epistemológicas, místicas contrahegemónicas y cosmovisiones emancipadoras. Un cambio de rumbo, una respuesta adaptativa al colapso inevitable desde la esperanza activa y la resiliencia comprometida.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/laplaza/espiritualidades-colapso - Gil-Manuel Hernández Martí
Profesor titular del Departamento de Sociología y Antropología Social de la Universitat de València. Autor de La condición global. Hacía una sociología de la globalización (2005), Sociología de la globalització. Anàlisi social d’un món en crisi (2013) o Ante el derrumbe. La crisis y nosotros (2015).

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