EDITORIAL DE HORIZONTE SUR (12 DE OCTUBRE DE 2008)



Por: Jorge Rulli

Nuestros decisores se reúnen para evaluar la crisis internacional. Nuestros decisores debaten diversas martingalas financieras, bancarias, fiscales, tributarias y monetarias con que demorar, paliar, frenar, suavizar, postergar o atenuar lo inevitable: que la crisis global llegue a nosotros… . Nuestros decisores están desconcertados. Los líderes de los países líderes, se han volcado decididamente hacia la nacionalización de los bancos y de los sistemas financieros. Nuestros decisores están desconcertados y además, tienen miedo. La mesa de seguimiento de la crisis que han conformado de apuro, a poco de intentar persuadirse sin éxito, que todo estaba bien y que estábamos fuera del tembladeral, no ha podido prever demasiado más que el que la noche le sigue al día. Es lógico que tengan miedo. Lo que viene es un Tsunami y muchos de ellos que, durante años, levantaron altares a los libres mercados, solo atinan a la magia primaria de afirmar en los medios que no hay nada que temer y que nuestra economía esta fuerte, confiando una vez más, en que los discursos y las declaraciones los protejan, y que logren mantener la ficción de una propia realidad.
Contrariando todo lo que hasta ayer hicieran o que nos propusieran, los EEUU y la UE ante la debacle, apuestan decididamente al fortalecimiento del rol del Estado, a una intervención estatal resuelta y masiva, tanto en la banca cuento en las finanzas, e imponen regulaciones y levantan resguardos que den garantías y protejan tanto a los ahorristas como a los consumidores. Entre nosotros, los mismos que en noviembre del 2001, nos decían que nada había que temer, hoy pergeñan las fórmulas financieras con las que deberíamos conjurar nuestros temores frente a lo que viene. Los mismos que en los años setenta, proponían la planificación de la economía y la nacionalización del comercio exterior como una transición al Estado socialista, hoy se desconciertan profundamente ante la fragilidad de una globalización, a la que aportaron con la fe de los conversos. Según parece, mientras los líderes en Europa y en EEUU se hallarían en estado de pánico, los nuestros permanecerían impasibles ante la tormenta, no sabemos todavía cuanto hay en ello de confianza en sí mismos o de estolidez irreparable. Durante los últimos 26 años, la dirigencia política argentina se ha negado de manera obstinada a que el Estado argentino recuperara una función reguladora. La ausencia de políticas públicas ha sido precisamente una política, mientras las políticas de Estado fueron invariablemente decididas por las empresas y tan negadas por las dirigencias políticas como cumplidas religiosamente por los funcionarios que de ellos dependían.  En estos días resulta gracioso como algunos escribas de la izquierda progresista, cuando refieren a los sojeros,  lo expresan con la frase: “los amigos de Bussi”, conjurando con esa chicana muy propia de la vulgarización de las operatorias políticas lugareñas, más de diez largos años de encubrimientos con la impiadosa instalación en la Argentina, de un modelo de dependencias globales a las Corporaciones, y lo que es aún peor todavía, de hacer de la Argentina una plataforma para la extensión de ese modelo a los países hermanos de América latina.
Pretenden esos intelectuales no darse cuenta que es justamente ese modelo que se negaron a ver durante tanto tiempo el que hace agua irremediablemente y que la inevitable llegada de la debacle, exige mucho más que chicanas, mucho más que el adjudicar nuestros amigos a los otros, como si pudiéramos con ello conjurar los despachos y el avión presidencial abiertos durante años de manera privilegiada a los grandes sojeros. Pretenden no querer ver que la crisis global nos interpela profundamente en nuestras carencias de políticas con trascendencias, que esa crisis cuestiona nuestra pertinaz falta de proyecto de país y nuestra penosa inmediatez que, se hace doctrina de gobierno. Pretenden no querer ver que la crisis nos expone desnudos en la irremediable  estulticia de actuar siempre en la más obstinada improvisación, y en hacer del gobierno botín de una tribu y vergüenza y penuria del resto de los argentinos. Los sojeros y los exponentes del llamado campo, por su parte, parecen la contrapartida exacta de esa visión sesgada y  engañosa de la izquierda progresista. Ellos también hoy, inquietos por lo por venir, olvidan rápidamente sus habituales discursos neoliberales y reclaman sin mayores pudores, la intervención del Estado y la generación de políticas agropecuarias, aunque no olvidan en su insalvable mezquindad, continuar protestando contra las retenciones, como si fuera posible proseguir la fiesta de la sojización, tal como la concibieron y como se les permitió que la disfrutaran durante años, con una perinola donde todos poníamos  y ellos solos se la llevaban. La solución que hoy conciben ante la caída del precio de las commodities no se diferencia mayormente de la que nos propone el propio Secretario de Agricultura. Se trata una vez más, de escapar hacia delante, avanzando sin mirar los cuerpos de los que pisamos. Es simple y además una receta que se repite, si los precios caen, tal como lo están haciendo, lo que deberíamos hacer es aumentar las cosechas, o sea aumentar la oferta, para equiparar las ganancias que teníamos. Es decir, que debemos ensanchar nuestras dependencias a los mercados globales, que debemos persistir en la confianza en ellos, presuponiendo en esta hora de catástrofes financieras donde cada uno se encierra en su propia sobrevivencia, que nos continuarán comprando mayores producciones, aunque sea evidente la retracción y hasta el pánico actual de los mercados.
Pretenden ambos sectores no comprender que lo que estamos viviendo es un final de fiesta, el final de cierto modo aceptado de la insensatez. Pretenden no comprender que no podemos responder a esas situaciones con mayores extravíos del sentido común. Esta debacle  global no se enfrenta en sus probables consecuencias, con una comisión de seguimiento integrada por los hombres de las áreas financieras, impositivas y de previsión social del Estado. Aunque la aceptación de un nivel de diálogos horizontales entre funcionarios resulte sorprendente y auspicioso, la persistencia de una interpretación parcial de la debacle y el separar lo bancario financiero del resto de la vida social y productiva, resulta hoy en medio del final de fiesta, sencillamente escandaloso. Más aún todavía, el que los hombres de las áreas económicas y financieras del gobierno, continúen siendo los protagonistas casi exclusivos de las decisiones, no hace sino recubrir y enmascarar, a propósito de este doce de octubre, el odioso legado colonial que prioriza por sobre otras áreas de la vida pública, tributar al imperio. ¿Por qué razón no podríamos abordar las políticas desde otros ejes, tales como la Cultura, la Educación o la Ecología?... tal como nos hacen reflexionar nuestros nuevos amigos de Pergamino a los que visitamos con motivo de la presentación del libro sobre la vida del viejo Galli, un obrero que se hizo cura. ¿Quién puede creer que estaríamos mejor poniendo nuestro futuro en manos de un contable o de uno de esos ejecutivos de las escuelas libre cambistas, mientras nos negamos a considerar las complejas dimensiones existenciales de nuestra vida en sociedad, de nuestros trabajos, nuestros hábitats y nuestros patrimonios culturales y alimentarios?
Me temo que una vez más, nos negamos a considerar la realidad y recuperar el sentido común. Y la realidad y el sentido común nos dice que deberíamos sin mayor demora dejar caer las concesiones a los antiguos puertos de la Junta Nacional de Granos y recuperarlos para la República y para comenzar a fijar reglas al comercio exterior. Que deberíamos volver a poner en marcha decididamente los ferrocarriles argentinos y quitarle estimula a las comunicaciones y transportes basados en los insumos fósiles y en el despilfarro de energías. Que deberíamos preservar el petróleo que nos resta y dedicarlo exclusivamente para los usos del mercado interno. Que deberíamos revisar las legislaciones que ordenan la actividad de los municipios y darles mayores autonomías  y atribuciones, para posibilitar  desarrollos locales, permitiendo ferias  y matanza de animales en cada localidad, como fuera antes del imperio del neoliberalismo, posibilitando la comercialización local de leche fresca  y generando apoyos a sistemas de distribución y comercialización de alimentos que escapen a la vulnerabilidad de los modelos de agronegocios y de supermercadismo, modelos que podrían ser fácil e imprevisiblemente barridos por los vendavales de la crisis actual, dejando en ese caso, a la población absolutamente desprotegida y desabastecida.
En medio del vendaval de un final de época, cuando la reconfiguración del Capitalismo Global en medio del cambio climático, es casi un terremoto, el cruzar las miradas funcionariales de la economía con la de la cultura y la ecología, aunque implique un diálogo entre fragmentos y visiones estrechas, podría lograr un alcance mayor en la capacidad de anticipación  de las políticas y de los escenarios a considerar, que el persistir en las obstinaciones actuales. El mundo esta estallando y se llevará por delante gran parte de lo que conocimos como Globalización y que la dirigencia argentina que todavía especula con sus miradas adolescentes de los años setenta, aún parece no haber descubierto. El mundo está cambiando demasiado rápido como para que muchos supuestos dirigentes e intelectuales imbuidos y aferrados a  esquemas anacrónicos y sin resonancias de porvenir, puedan metabolizar esos cambios y procesarlos, aceptando nuevas comprensiones y modos de relacionar los conocimientos, en que prime el pensamiento grupal, la descentralización de la generación e implementación de las políticas y en que reine la aceptación de una creciente complejidad.
Me preocupa la instalación de un discurso persistente contra el Estado Nación, muchas veces no solo en ONG financiadas por inconfesables fundaciones, o acaso en grupos campesinos e indígenas, sino asimismo aunque solapado y sorprendente, en altos funcionarios del Estado mismo.  Estos postulados, fueron durante largo tiempo una contrapartida de izquierda, en épocas en que los discursos hegemónicos demolieron toda idea en defensa del Estado Nación. Recordemos que el exponente del Gobierno Argentino ante el proceso boliviano fue el subsecretario de asuntos latinoamericanos conocido como Yuyo Rudznik. Su proveniencia es Patria Libre y Barrios de Pie. He escuchado de estos sectores afirmar que el proceso boliviano expresa el final del mito de mestizaje como proyecto válido y común en América Latina. O sea que apuestan decididamente a la sumatoria de fragmentos y a la desaparición de una identidad y de un Estado común y ni siquiera quieren reconocer a qué callejón sin salida llevaron esas políticas en un país de abrumadora base indígena como Bolivia.  Me pregunto ahora qué harán y qué dirán, cuando el pánico hace reclamar en diferentes países y desde diversos sectores e intereses, que se vuelva a las viejas políticas de regulación y de intervención del Estado en los negocios públicos. Resultan estos interrogantes particularmente sugerentes en este doce de octubre, en que el festival de denostaciones y menosprecio por un destino común, ha ganado las calles y hasta las aulas en que suele deformarse a las próximas generaciones de argentinos. El respeto por los pueblos preexistentes y la justicia que merecen, justicia a la propia Cultura, a las lenguas y al territorio, no está en discusión, al menos desde Horizonte Sur.
Me temo que lo que está en discusión o en proceso de peligroso descuido, por parte de ciertos sectores, son los quinientos años de mestizaje intenso del que somos fruto y la posibilidad de construir juntos un Estado en construcción, un Estado que nos sea común a todos y que tenga la capacidad de articular las diferencias, reuniendo y haciendo dialogar las diferentes historias marcadas por la conquista y las guerras civiles, contener las parcialidades actuales y permitir enfrentar los nuevos procesos posglobales, procesos que anticipa la crisis actual y que tienen que ver con el poder del conocimiento, la propiedad intelectual y los patentamientos, con las nuevas tecnologías nano y biotecnológicas y el reordenamiento del mundo en zonas de privilegio y otras de virtual y absoluto sacrificio.
Los debates están expuestos, las miradas disociadas atadas al poder y muchas veces financiadas desde el exterior, van quedando en descubierto, los estereotipos y las viejas consignas no bastan para enfrentar realidades cada vez más complejas. Los que se equivocaron reiteradamente en el pasado deberían obligarse a una cierta humildad y dar pasos al costado. Todos somos conscientes que algo, algo que no sabemos todavía qué puede ser, estaría por ocurrir… se lo siente en la piel… como en la pampa cuando se ponía el oído sobre el suelo… algo está viniendo desde la conciencia profunda, no sabemos todavía de qué se trata, pero esa certeza nos estremece y acelera los pulsos… estamos en la espera de otro tiempo, de un tiempo nuevo, y todos tenemos la palabra… Ahora, más que nunca digamos: OTRO MUNDO ES POSIBLE!
Dedicado al pequeño Pedro Manuel Sonderegger, mi nieto http://horizontesurblog.blogspot.com/

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