Argentina: La dimensión ecológica del modelo agroindustrial

 

"La agricultura industrial, lejos de apuntar a la seguridad alimentaria se transformó en una de las principales entradas de divisas al país. Sin embargo, el costo ecológico (además del tremendo costo social y de la salud pública) interpela este supuesto modelo de éxito".

Por Patricia Kandus y Haydée N. Pizarro


El primer cultivo transgénico en Argentina fue la soja tolerante a glifosato, aprobada el 25 marzo 1996 mediante el decreto 186 de la Secretaria de Agricultura Ganadería y Pesca de la Nación.  Desde ese momento, el área sembrada con cultivos transgénicos (también llamados genéticamente modificados –GM-), tolerantes a herbicidas y luego también a insectos (cultivos Bt) ha crecido en forma sostenida. La producción agrícola dominante se reconfiguró hacia una agricultura de mercado vinculada en la producción de commodities basada en precios internacionales. Con alrededor de 24 millones de hectáreas sembradas, que representan el 12-13% de la superficie global de transgénicos, Argentina está posicionada como el tercer productor mundial de cultivos GM, después de Estados Unidos y Brasil.
La agricultura industrial, lejos de apuntar a la seguridad alimentaria se transformó en una de las principales entradas de divisas al país. Sin embargo, el costo ecológico (además del tremendo costo social y de la salud pública) interpela este supuesto modelo de éxito.
Existen muchas evidencias científicas acerca de las consecuencias negativas que producen los modos y los paquetes tecnológicos usados actualmente en la producción agrícola en Argentina y en el mundo, especialmente en Estados Unidos. Algunos de los principales daños se deben al uso intensivo de agrotóxicos. En Argentina, hay falta de registros oficiales de uso y, en función de las proyecciones, actualmente se usan más de 525 millones de kg/litros de formulados de agrotóxicos por año (alrededor de 12 litros por habitante, la tasa más alta del mundo), esparcidos en miles de millones de litros de caldos de aplicación. El impacto por toxicidad de estos productos no se restringe a las parcelas de cultivo, sino que se extiende a los ecosistemas naturales inmersos en la matriz agrícola con efectos de degradación sobre diferentes organismos y ecosistemas (por ej., anfibios, insectos polinizadores, humedales). Investigaciones realizadas en Argentina han demostrado el cambio en la calidad del agua dulce en lagunas, provocadas por el glifosato. La modificación en estructura y funcionamiento de esos sistemas, afectados por el principal herbicida utilizado en la región, se visibiliza en el deterioro de sus funciones ecosistémicas.
Otra dimensión ecológica de los efectos de este modelo corresponde a la expansión de la frontera agrícola. Los desmontes masivos de bosques nativos, la ocupación de pastizales, la devastación de áreas de alta susceptibilidad como el monte chaqueño y las yungas en Salta, la desecación de humedales y los incendios extensivos sobre ecosistemas naturales en la mayoría de las provincias, son distintas caras del mismo modelo que a su vez potencian sus consecuencias negativas en los escenarios actuales de cambio climático y pérdida de biodiversidad a escala global.
En 2018, la  Resolución 15 de la Secretaría de Alimentos, Bioeconomía y Desarrollo Regional del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca, autorizó una acumulación de eventos biotecnológicos que combina tolerancia a la sequía y a herbicidas en soja (glifosato y glufosinato de amonio), denominada soja HB4. En 2020 la Resolución 41 del mismo organismo aprobó el primer trigo GM del mundo (trigo IND-ØØ412-7) también HB4. Lejos de dar una señal política con una mirada autocrítica y con vistas a una transformación paulatina de este modelo, el escenario se profundiza con la aprobación de la “Iniciativa DOSCIENTOS MILLONES de toneladas de cereales, oleaginosas y legumbres” que, junto con el Anexo registrado con el Nº IF-2020-65541846-APN-SSA#MAGYP, no toma en cuenta ninguna consideración respecto a las consecuencias ambientales de este emprendimiento.
En 2020, con una carta firmada por 1.400 investigadores de distintas formaciones de todo el país, acercamos a las autoridades nuestra preocupación y solicitamos que se convoque a todos los actores involucrados en la toma de este tipo de decisiones.
Las evidencias científicas actuales son contundentes: el modelo agroindustrial no es sustentable, por lo que debemos ocuparnos para evitar que se profundice. Las investigaciones en ecología cubren un amplio espectro de intereses y escalas de análisis, incluyendo. entre otros, estudios tendientes a mejorar las prácticas agrícolas y desarrollo de técnicas de restauración de ambientes. Sin embargo, es esencial realizar acciones con una mirada integral, porque la magnitud y tasa de los cambios que ocurren de la mano de los modos de uso actual de la tierra interpelan nuestra ética y nuestro futuro trabajo como ecólogos: ¿terminaremos siendo simples documentadores del deterioro de la naturaleza?


Patricia Kandus, es profesora asociada/Investigadora 3iA-UNSAM  y Haydée N. Pizarro es profesora adjunta FCEN-UBA. Investigadora Principal CONICET. Ambas pertenecen al Colectivo Trigo Limpio.
Fuente:  Agenda Mensual Electrónica de Noticias en Ecología (AMEN Ecología)

 

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