Indonesia se ahoga entre plásticos
Como otros países del sudeste asiático, el archipiélago indonesio se enfrenta a una tormenta perfecta: ciudades irrespirables que se hunden, selvas que pierden terreno, ríos infestados de plástico y una biodiversidad que se asfixia. Pese a todo ello, hay quien pelea: Yakarta, una megaciudad de cemento y asfalto donde se respira uno de los aires más tóxicos del mundo, se hunde –sobre todo, por la explotación ilegal de los acuíferos bajo su superficie–. Ante lo inevitable, el gobierno indonesio construye ya otra capital en la isla de Borneo. «En cuanto se establezca la nueva capital, seguro que llegará mucha más gente. Para algunos esto es una oportunidad, pero otros, sobre todo la gente nativa, temen que Borneo se convierta en una nueva Yakarta», dice Hery Efendi, que trabaja de guía en el parque nacional Tanjung Puting, al sur de la isla.
Pablo Izquierdo
En este parque conviven una veintena de especies amenazadas, incluidas tres subespecies de orangután de Borneo. «Antes la principal amenaza de los orangutanes era la caza furtiva, ahora lo es la destrucción de la naturaleza: su hábitat se reduce cada año», cuenta Efendi, que cree que Borneo ya sostiene suficiente industria agrícola y minera. Él vive en el pueblo pesquero de Kumai, y sube y baja cada día por el río que delimita uno de los flancos de Tanjung Puting. «Nuestra comunidad siempre ha dependido del río, la mayoría de gente vivía y vive pegada al río: se duchan ahí, lavan ahí la ropa, pescan ahí, y lo usan para ir en barco a la escuela o el trabajo», explica.
Y sin embargo, muchos ríos de Indonesia están infestados de plástico. El plástico, de hecho, inunda las calles de todo el país. Un envoltorio para cada pajita, cada dosis de café soluble o de salsa de chile, cada paquete de fideos instantáneos, cada galleta, cada puñado de cacahuetes. Quizás este fervor por las monodosis envueltas en plástico tenga que ver con el «efecto pintalabios», que debe su nombre al éxito de las barras de labios durante la Segunda Guerra Mundial. Esta teoría defiende que, ante apretones económicos, compramos más productos pequeños y baratos para ayudarnos a sentir que no nos va tan mal. Indonesia, en cuya capital el salario mínimo legal ronda los 5 millones de rupias indonesias (unos 300 euros), entiende de apretones económicos. Este comportamiento podría explicar, en parte, el éxito de plataformas como Tokopedia, muy popular en el país y similar a las empresas chinas Temu o Shein, que rápidamente se están abriendo paso en Europa. Por otro lado, los embalajes de plástico de un solo uso han reemplazado rápidamente a los tradicionales. Por ejemplo, hace pocos años era habitual usar cucuruchos de hojas de plátano o de papel para la comida para llevar. Hoy, muchos warungs (restaurantes locales) usan envases de poliestireno o polipropileno. Los nuevos materiales son ahora más duraderos y tóxicos, pero se siguen desechando despreocupadamente.
Nabil Fahimi, de 19 años, reflexiona sobre este comportamiento: «Usamos muchísimo plástico porque es una opción barata y te lo dan en todas partes, pero no entendemos que los productos de plástico pueden usarse muchas veces». Fahimi vive en Surabaya, en la isla de Java. Es la segunda ciudad más grande de Indonesia y en su área metropolitana viven 10 millones de personas. Como tantas otras urbes indonesias, esta ciudad costera está llena de plástico. «Odio ver mi ciudad llena de plástico: los parques a los que voy, el río… El olor es insoportable», cuenta. Explica también que mucha gente tira sus residuos al río o los quema; de hecho, es habitual ver pequeñas piras frente a las casas por las ciudades de Java. «El plástico es carcinogénico cuando lo quemas, pero la gente sigue haciéndolo», critica el estudiante, que reconoce que el gobierno local está sobrepasado y no tiene suficientes recursos para tal avalancha.Pol
El grupo local de Bye Bye Plastic Bags en Surabaya recoge residuos de plástico en la playa. BYE BYE PLASTIC BAGS
Esta rabia movió a Fahimi a liderar un equipo de 30 jóvenes voluntarios que tiene un objetivo claro: acabar con el plástico de un solo uso en Surabaya. Son el grupo local de Bye Bye Plastic Bags (‘Adiós, bolsas de plástico’), una iniciativa juvenil que echó a andar en la vecina isla de Bali hace una década de la mano de Melati e Isabel Wijsen. ¿Por qué centrar su denuncia en las bolsas de plástico? Fahimi explica que las botellas pueden reciclarse algo mejor. Además, hay personas que las recogen por la calle para ganar algo de dinero al entregarlas para su reciclaje. Sin embargo, las bolsas de plástico pesan muy poco y no tienen suficiente valor, así que se desechan sin miramientos y lo inundan todo. Fahimi y su equipo se dedican a hacer limpiezas de playas, de plantaciones en manglares y a realizar eventos educativos en colegios. Aprovechan el tirón de las redes sociales para montar sus actividades, que organizan a menudo junto con otras organizaciones juveniles. «Somos muchas, así que ¿por qué no colaborar?», razona el estudiante.
Manglares deteriorados
El plástico también preocupa a la generación anterior. «Debemos usarlo con cabeza», dice Bu Made Ani mientras recuerda que cuando era joven no había plásticos por todas partes. Ani vive en la capital de Bali, sede de su concurrido aeropuerto internacional, Denpasar. Mientras su marido vende refrescos por la playa de Kuta, tomada por los turistas –especialmente los aficionados al surf–, ella se dedica a limpiar los manglares de Denpasar para evitar que los plásticos lleguen al mar. Cada viernes, a las siete de la mañana, Ani está ya en el último tramo de manglares de la ciudad, a pocos metros de su unión con el mar. «Me importan los manglares porque son muy útiles para nuestras vidas», cuenta. Lo son. Esta suerte de bosque inundable no sólo secuestra carbono y da cobijo a cientos de especies, también sirve de barrera frente a las tormentas y las inundaciones. Además, en un país donde un tercio de niñas y niños sufre malnutrición, los manglares proporcionan a las comunidades locales mayor acceso a peces y crustáceos. Indonesia alberga la mayor superficie de manglares de todo el mundo; también es el país que más manglares ha perdido en los últimos años.
Ani recuerda que, cuando sus hijos eran pequeños, les gustaba volar una cometa en el arrozal que hay junto a su casa. Para llegar había que cruzar el río; si ella veía que estaba sucio, lo limpiaba con su familia. «Mi marido recogía las ramas rotas, y mis hijos y yo recogíamos los plásticos», recuerda. «Lo limpiábamos porque pasábamos por ahí», dice sin darse importancia. Paradójicamente, pese a la avalancha de plásticos en la isla, la relación de las personas con la naturaleza es una de las bases del hinduismo, la religión mayoritaria de Bali.
Ani trabaja actualmente para la organización Sungai Watch (‘Guardianes del río’), fundada por tres jóvenes de origen francés. Dentro de su equipo está su segundo hijo, Made [Made es un nombre tradicional balinés, y simplemente designa al hermano mediano]. Para orgullo de su madre, agradecida de que ambos tengan este empleo, Made es el encargado de supervisar y analizar los datos de lo que se recoge. «Ojalá un día podamos mandarle a la universidad, porque se le da bien», cuenta ella.
Toneladas de residuos
«No hay que llenar los sacos del todo, porque luego pesan demasiado y se rompen», explica Ani mientras recoge basura. En unas horas, salen de entre el barro muchas bolsas, films, pajitas, vasos, botellas, tuppers, pañales, latas y hasta sandalias. Según su informe anual, Sungai Watch recogió 1.078 toneladas de residuos en 2024. Una vez recoge y separa los residuos según el tipo de material, esta organización los limpia y los prepara para ser reciclados. Antes de reciclarlos, eso sí, escudriñan su origen: en el muestreo de 2024, la mayoría de las cosas que recogieron por ríos, manglares y playas tenían el sello de Danone. En la lista figuran también marcas como Nestlé y Coca Cola.
La tarea implica jornadas de trabajo largas y duras. Cuando limpian playas abiertas, sin el resguardo de los árboles que pueblan los manglares, pasan calor. Ani cuenta que algunos comercios locales le invitan a té helado los días de más bochorno. «Y trae a tu equipo», le dicen, haciendo extensiva la invitación. Hoy, en apenas seis horas, han recogido 1.040 kilos de residuos, en su mayoría plásticos, en un tramo de apenas 30 metros. Ella sabe que aún quedan plásticos por limpiar y que, de todas formas, el próximo viernes habrá otra tonelada que recoger en este mismo tramo. «El plástico que no recojamos acaba en el mar, los peces se lo tragan y lo acabamos comiendo las personas», reflexiona la mujer, que reconoce sentirse a veces abrumada. Es comprensible la frustración de quienes trabajan achicando agua mientras el grifo sigue abierto en un país donde, según una fuente que prefiere no dar su nombre, «las leyes están hechas para ser interpretadas».
«Todavía no está bien, pero está mejor», zanja Ani mirando el manglar al terminar la jornada. «Ahora está todo lleno de basura y plásticos, pero tengo esperanza en que el futuro de mis hijos sea mejor y más sano», concluye con una media sonrisa. Desde las playas de Surabaya, Fahimi coincide: «Yo sé que se van a volver a llenar de basura, pero al menos le hemos dado un respiro a la naturaleza». El estudiante reconoce que a menudo le preguntan por qué enredarse en el activismo cuando la situación se ha vuelto catastrófica: «¿No es ya demasiado tarde, Nabil?». A lo que suele responder: «No, aunque sea tarde, todavía podemos hacer cambios. Todavía tenemos tiempo».
* Pablo Izquierdo es periodista científico especializado en salud y medioambiente y es coordinador de ‘ecoinsomnes’. Este reportaje se publicó originalmente en la revista ‘La Marea’. Puedes suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente.
Fuente: https://climatica.coop/indonesia-plasticos/ - Imagen de portada: Bu Made Ani en el último tramo de manglares de Denpasar, en la isla de Bali. Foto: PABLO IZQUIERDO.


