“La clase política está atrapada en la tiranía del ahora”
Roman Krznaric (Sídney, 1971) es miembro fundador del cuerpo docente de The School of Life en Londres y asesor en materia de empatía de organizaciones como Oxfam y Naciones Unidas. Un filósofo público que escribe sobre el poder de las ideas para cambiar la sociedad. Su último libro es Historia para el mañana. Mirar al pasado para caminar hacia el futuro (Capitán Swing, 2025). Tras crecer en su ciudad natal y Hong Kong, Krznaric estudió en las universidades de Oxford, Londres y Essex, donde se doctoró en Sociología Política. Es fundador del primer Museo de la Empatía del mundo, investigador de la Long Now Foundation y miembro del Club de Roma.
Entrevista: José Luis Fernández Casadevante 'Kois'
En el libro se presenta como un embajador del pasado que se apoya en historiadores profesionales, de cara a recordar aprendizajes que puedan resultar útiles ante los desafíos que enfrentamos. El poeta español Gabriel Celaya decía que la poesía era un arma cargada de futuro. ¿También lo sería la historia?
Sí, me veo a mí mismo como un tipo de embajador, porque no soy un historiador profesional, aunque he estado interesado en trabajar con la historia durante décadas. Mi tesis doctoral fue sobre la oligarquía y la guerra civil en Guatemala. Y para entenderlo tuve que comprender la historia colonial latinoamericana, 300 años de historia. Así que veo la historia, en lugar de la poesía, no tanto como un arma pero sí como una inspiración. No ofrece un modelo perfecto de cómo debería ser el mundo, pero nos dice que podemos hacer las cosas de manera diferente. Por ejemplo, la democracia representativa, tal y como funciona hoy, nos falla cuando se trata de abordar la emergencia climática, regular la Inteligencia Artificial o abordar cuestiones como la desigualdad. ¿Por qué confiar en este sistema para resolver estos problemas?
Así que pienso, mirémoslo desde el espejo retrovisor, veamos otras formas en las que ha operado la democracia a lo largo de la historia. Y acudimos al pasado, a la antigua Grecia. Allí tenían los sorteos, sacaban nombres de una caja y te podía tocar decidir sobre determinadas cuestiones relacionadas con la polis. Prácticas que han inspirado las iniciativas de democracia deliberativa, como las asambleas ciudadanas por el clima.
Las historias que presenta conectan con desafíos del presente. La gestión hídrica con los comunes, la desobediencia civil y los combustibles fósiles, la convivencia en Al-Andalus con Córdoba con el diseño de ciudades inclusivas, el funcionamiento del Japón preindustrial y el impulso de las economías regenerativas, la regulación de la IA y el desarrollo del movimiento cooperativo… ¿Cuáles han sido los dos hallazgos que más le han sorprendido?
Yo estaba constantemente sorprendido cuando escribía este libro. Y creo que es porque normalmente pensamos que aprender de la historia es fijarnos en todo lo que ha ido mal. Aprender de la historia del colonialismo o del fascismo es muy importante. Una idea capturada en ese famoso aforismo que afirma que quienes no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo. Sin embargo, no sabemos tanto sobre las cosas que han salido bien.
Un ejemplo sería el Tribunal de las Aguas de Valencia. Elionor Ostrom estaba muy interesada en esta experiencia de gestión comunal, que es una especie de modelo para manejar recursos estratégicos de una forma democrática, descentralizada y comunal. Una experiencia muy sorprendente para mí, que tal vez la gente en España conozca pero en el resto del mundo se desconoce.
El otro ejemplo sería Edo, Japón, en el siglo XVIII. Resulta realmente sorprendente porque a menudo escuchamos de pequeños ejemplos de vida sostenible, comunidades indígenas o campesinas, pero Edo era una ciudad de más de un millón de personas. Un gran asentamiento urbano, mucho mayor que París o Londres en ese momento. Allí desarrollaron una suerte de economía circular, las regulaciones sobre la gestión de los recursos podrían conformar un antecedente de civilización ecológica. Un periodo que además estuvo acompañado de un florecer cultural en poesía, teatro, arte o sumo. Una fórmula que refuta a la gente que caricaturiza la sostenibilidad como una invitación a a volver a vivir en cavernas.
Y pienso ¿por qué nadie me había hablado sobre estos episodios? ¿Por qué no lo sabía? E imagino que al lector le pasará algo similar.
Muchos de los episodios que recoge nos resultan insólitos. ¿Sufrimos de una especie de amnesia selectiva, en la que olvidamos los mejores momentos y versiones de lo que somos capaces como sociedades? ¿O estos relatos son eclipsados por otras historias que respaldan lo que podríamos denominar como antropología neoliberal?
Sí, creo que tienes razón, hay una especie de amnesia selectiva. Sucede por muchos diferentes motivos: aprendemos la historia como un aviso; pero también la idea del gran hombre determinante como Napoleón, Winston Churchill o Nelson Mandela. Pero hay otra manera de contar la historia, que es la historia desde abajo. La historia de cooperativas o movimientos sociales que se encuentran más ausentes de la narrativa pública.
En este libro discuto la idea de la historia aplicada, sobre buscar aquello que puede tomarse del pasado y hacer que funcione para el presente y el futuro. ¿Qué podemos aprender del pasado para ayudarnos a enfrentar los desafíos existenciales que tenemos como sociedades? La mayoría de los historiadores profesionales no se hacen estas preguntas. Yo no soy un experto y puedo permitírmelo.
Y diría otra cosa, creo que esta amnesia histórica no afecta tanto a las personas involucradas en los movimientos sociales. Recuerdo un debate con una de las fundadoras de Extinción/Rebelión en el Reino Unido, Gail Bradbrook. Nos sentamos frente al público y me di cuenta de que ella llevaba un pin de las sufragistas. Las mujeres que lucharon por el derecho al voto hace un siglo. Y yo le pregunté ¿por qué lo llevas? Y ella me respondió, pues porque estamos involucrados en el mismo tipo de lucha, una lucha histórica. Ella venía de romper las ventanas de una banca que financia inversiones en combustibles fósiles, exactamente lo mismo que las sufragistas hicieron en Londres, haciendo añicos las ventanas de los políticos.
Los últimos estudios de neurociencia plantean cómo la memoria y la imaginación residen en el mismo área cerebral, el hipocampo. Recordar e imaginar pueden parecerse más de lo que creemos. Hoy que asistimos a un déficit de imaginación política, ¿hasta qué punto las lecciones de la historia pueden servir de inspiración para imaginar futuros alternativos?
Si, creo que tenemos un déficit de imaginación. En parte es porque la clase política está atrapada en la tiranía del ahora. Nos cuesta preguntarnos “¿Qué pasaría si...?”, muchas personas piensan que el cambio no es posible. No podemos derrotar este sistema. Pero cuando miras la historia piensas, bueno, si estuvieras luchando contra los británicos en India al inicio del siglo XX, deberías haber pensado que sería imposible vencer.
Y sin embargo, actuaron como si fuera posible. Ese poder imaginativo es imprescindible para enfrentar lo que parece inevitable y demostrar que el mundo podría ser diferente. Muchas cosas en la historia son imposibles hasta que suceden. Si queremos reinventar nuestras economías o la política, hay muchos lugares donde puedes mirar. En el presente puedes mirar a Emilia Romagna donde un tercio de la economía es cooperativa o al centenar de ciudades que están usando la Economía del Donut. La memoria y la imaginación son hermosos héroes que la historia puede ayudar a iluminar.
Su anterior libro, El buen antepasado, se preocupaba por recuperar el pensamiento a largo plazo, y que pudiéramos relacionarnos de otra forma con el futuro. En Historía para el mañana revisita el ayer para mirar al mañana. ¿Por qué es tan importante relacionarnos de otra forma con el tiempo para enfrentar los desafíos climáticos, democráticos o económicos?
La primera cosa es reconocer que, de alguna manera, el tiempo es el océano invisible en el que nadamos. Y a menudo no salimos fuera para mirar nuestra relación con él. Y creo que una manera realmente importante de pensar sobre nuestra relación con el tiempo es pensar sobre la historia. Porque la manera en que pensamos sobre el tiempo es histórica. La hemos heredado del pasado.
Los primeros relojes de la Europa medieval, en el siglo XIII, eran mecánicos y solían hacer un sonido, una campanada cada hora o cada 15 minutos. En 1600, la mayoría ya tenían minuteros, y en 1800, incorporan el segundero. Así que el tiempo se ha cortado en pequeños trozos y se ha ido acelerando. De alguna manera, hemos perdido de vista el futuro porque estamos atrapados en los segundos, en los milisegundos, en el intercambio de velocidades de nanosegundos funcional a los algoritmos y los mercados financieros.
¿Cómo podemos tener un sentido más largo del ahora? ¿Cómo podemos extender el tiempo?
La gran revolución en la responsabilidad moral después de la Segunda Guerra Mundial fue la extensión de nuestra empatía a través del espacio. La idea de que deberíamos ayudar a la gente de lugares distantes. Hoy tenemos que extender nuestros horizontes empáticos en el tiempo, y pensar en nuestras responsabilidades hacia las futuras generaciones.
Historia para el mañana es una especie de arqueología de la esperanza, al recopilar episodios en los que la creatividad y la acción colectiva lograron encarar exitosamente situaciones de crisis como la desigualdad, los riesgos ecológicos, el deterioro democrático o las disfuncionalidades económicas. ¿La historia puede ayudarnos a compensar el auge de las narrativas distópicas?
Roman Krznaric, durante una charla en 2020 titulada 'Cómo ser un buen antepasado'. / Ted.com
No soy una persona optimista. El optimismo es pensar que todo irá bien, sin tener en cuenta las evidencias. Si continuamos como siempre, con las políticas actuales sobre el clima, la IA o la desigualdad, nos encaminamos hacia la destrucción. Así que no soy optimista, pero tengo esperanza, incluso cuando las posibilidades de éxito son escasas.
Volviendo al ejemplo de aquellos que lucharon contra el colonialismo británico en India, actuaron como si el cambio fuera posible. Necesitamos ese tipo de esperanza, lo que implica disponer de visiones mucho más positivas de dónde queremos ir. No podemos solamente depender de las distopías y la historia es un dispositivo que ayuda a imaginar esas otras posibilidades.
Fuente: https://ctxt.es/es/20260201/Politica/52092/jose-luis-fernandez-casadevante-kois-roman-krznaric-historia-para-el-manana-entrevista-clase-politica.htm - Imagen de portada: BBC


