La engañosa etiqueta del oro «reciclado»

Además de entrañar riesgos de 'greenwashing', esta es una de las estrategias utilizadas para introducir oro ilícito en las cadenas de suministro globales: El oro es un material con propiedades únicas. Su valor hace que los bancos y particulares lo utilicen para almacenar riqueza. Su maleabilidad permite que las joyerías lo moldeen para producir artículos de lujo. Su inalterabilidad hace que se pueda reciclar hasta el infinito: el oro extraído en la antigüedad sigue en circulación, de una forma u otra. Pero esas mismas propiedades lo convierten también en el material ideal para sustentar actividades ilícitas. Su valor permite transportar grandes sumas de dinero en poco espacio. Su maleabilidad, fundirlo, darle otra forma y reconstituirlo al otro lado del mundo. Su inalterabilidad, reciclarlo sin límite: cada vez que se refina, su origen queda borrado para siempre.
Y lo mejor de todo: puedes decir haberlo encontrado bajo tierra.


Marco Dalla Stella

La combinación de estas características hace que el oro sea uno de los materiales cuya cadena de suministro está más expuesta a la explotación del crimen organizado, en particular con respecto al lavado de dinero. Cuando se genera una cantidad de oro ilícito –cuya extracción no ha sido autorizada por las autoridades–, se crea una oportunidad única para blanquear fondos de origen delictivo: basta con adquirir ese oro con efectivo “sucio”, introducirlo en las cadenas de suministro legales y recibir el equivalente “limpio” en cómodas transferencias bancarias.
Por esta razón, lo que ocurre entre el desentierro y la refinación es la fase crucial. Las refinerías, por lo general, deben conocer exactamente de qué mina procede el oro, visitarla y verificar sus autorizaciones. Los mecanismos de control no son perfectos, pero tampoco tan sencillos de engañar. Y, precisamente por eso, a veces los actores ilícitos prefieren declarar el mineral como oro viejo o chatarra. Porque si no viene de la tierra, nadie preguntará de dónde salió.
El ‘boom’ del oro reciclado

En 2024, la oferta mundial de oro se acercó a las cinco mil toneladas, un récord histórico según el World Gold Council, la asociación que agrupa a las principales empresas auríferas del mundo. De esa cifra, unas 1.370 toneladas –el 28% del suministro global– correspondían a oro reciclado, un sector en crecimiento.
Los problemas ambientales y humanitarios del sector minero hacen que cada vez más marcas comerciales intenten distanciarse de él. Firmas de lujo como Prada y Pandora ofrecen productos elaborados al cien por cien con oro reciclado certificado, considerado más ético y sostenible. Pero ¿qué es el oro reciclado, exactamente?
Según la London Bullion Market Association (LBMA), la organización que gestiona uno de los mercados de metales preciosos más importantes del mundo, se considera oro reciclado “cualquier material que contenga oro y que no proceda directamente de una mina en su primer ciclo de vida”. La definición abarca sobre todo joyas usadas, pero también desechos industriales, lingotes de inversión devueltos y chatarra electrónica: una enorme variedad de materiales con características y orígenes muy distintos.
Esa amplitud lleva años generando controversia. El oro no se oxida, no se degrada ni pierde valor. A nadie se le ocurre tirarlo. La palabra «reciclado» presupone un residuo rescatado de un vertedero, pero el oro nunca llega a ser basura: siempre será reserva de valor. Por esta razón, organizaciones del sector han propuesto restringir el término «reciclado». En Estados Unidos, el Jewellers Vigilance Committee solicitó en 2023 a la Comisión Federal de Comercio que prohibiera por completo el uso del término en el sector joyero. Y en abril de 2024, una carta firmada por varias organizaciones de la sociedad civil –entre otras, Alliance for Responsible Mining y SwissAid– pidió el abandono de la etiqueta, que consideran engañosa.
Pero esa misma carta advertía sobre un problema más grave: los controles de la industria sobre el tipo de oro que se declara como reciclado son insuficientes. «Esto genera vacíos que son explotados para introducir oro problemático en cadenas de suministro legítimas», se leía en el comunicado.
Un pedazo de papel
“En estos países, ¿sabes cómo producen oro reciclado? Toman un pedazo de papel, ponen un título –compra y venta–, escriben una descripción y ponen el precio”, explicó Andrés Castellanos, empresario colombiano del sector aurífero. “Mucho oro ilícito se está lavando o clasificando como oro en desuso. No hay legislación, no hay control de absolutamente nada”. Según Castellanos, “en el momento en que clasificas algo como ‘desperdicio’ puedes usar el término reciclado, a pesar de que esa materia prima fue minada hace una semana”.
El problema con el oro reciclado es que, una vez supuestamente recolectado de distintas fuentes, mezclado y fundido en barras, no hay forma de saber exactamente qué ingresó en la fundición. E incluso cuando se quiere realizar controles efectivos hasta la fuente, no es posible ir más allá de la figura del agregador, como una tienda de compraventa de oro. “Es imposible rastrear hasta la persona que vendió anillos y cadenas”, admitió Bernhard Schnellmann, codirector de la refinería suiza Argor-Heraeus entre 2001 y 2020.
Periodistas incluso han detectado casos en los que, junto a operaciones de minería ilegal, el metal se fundía en cadenas o pulseras toscas para poder declararlo como chatarra y evitar tener que explicar su procedencia.
“La etiqueta de ‘reciclado’ puede utilizarse indebidamente para ocultar el verdadero origen del oro, ya que abarca muchos tipos de materiales”, dijo Luca Maiotti, analista de políticas en la OCDE, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. “Las empresas que se abastecen de oro no pueden aceptar sin más las declaraciones de origen ni las afirmaciones de que se trata de oro reciclado.”
Cuando el metal llega a las refinerías, se realizan análisis por rayos X para determinar la composición del material y sus impurezas. Estos exámenes pueden ofrecer indicios sobre si el oro procede de minería artesanal ilegal, donde a menudo se utiliza mercurio para separar el oro de otros materiales, un proceso que causa enormes daños ambientales y graves perjuicios para la salud de las poblaciones locales.
Pero los análisis XRF tienen sus límites. Sus resultados dependen en gran medida del propósito con que se emplean: no es lo mismo verificar niveles de pureza que buscar inconsistencias con lo declarado. Además, eliminar las trazas de mercurio –o reducirlas por debajo del nivel de detección– es un procedimiento relativamente sencillo. En YouTube abundan vídeos con cientos de miles de visualizaciones de personas que llevan a cabo procesos de refinación casera con métodos rudimentarios.
Un sistema que se vigila a sí mismo
Dentro del mercado del oro, pocos actores son más influyentes que la LBMA. La asociación administra la Good Delivery List, el registro de refinerías acreditadas cuyo producto puede comerciarse en el mercado de Londres, el mayor del planeta. Figurar en esa lista es, en la práctica, un pasaporte de legitimidad. Ser excluido, en cambio, puede tener repercusiones devastadoras.
La LBMA exige a sus refinerías un proceso de diligencia debida para limitar los riesgos de contribuir a daños ambientales y al lavado de dinero. Pero durante años estos controles han estado marcados por fisuras estructurales. Hasta 2018, la asociación ni siquiera exigía a las refinerías declarar los países de origen del oro que procesaban: estas se limitaban a indicar el último eslabón de la cadena, aunque se tratara de un importador a pocos kilómetros de la propia planta.
Más allá de las directrices generales que las refinerías deben seguir, son las propias empresas las que definen sus criterios para detectar proveedores problemáticos y diseñar estrategias de mitigación. El único requisito externo es someterse a auditorías, pero estos procedimientos han demostrado ser frágiles.
El caso de la refinería Kaloti de Dubái es ilustrativo: tras varios escándalos, la empresa contrató a EY para auditar sus cadenas de suministro. Los auditores detectaron enormes inconsistencias, pero, según lo que determinó la High Court del Reino Unido, estas fueron sistemáticamente ocultadas por la propia firma de auditoría. Más recientemente, la organización Global Witness documentó cómo la refinería suiza Valcambi aceptaba oro de la misma Kaloti, vinculada con oro de sangre de Sudán, y señaló que su auditora, KPMG, «también parece haber hecho la vista gorda».
“Más allá de las leyes sobre conducta empresarial responsable y minerales de conflicto, la industria del oro se autorregula en gran medida”, escribió en 2020 Mark Pieth, autor del libro Gold Laundering y fundador del instituto anticorrupción Basel Institute of Governance.
La propia OCDE, que emite guías en las que supuestamente se basan los criterios de diligencia debida de la LBMA, ha señalado en varias ocasiones que los criterios de la asociación de Londres no están verdaderamente alineados con sus estándares y que el mecanismo de vigilancia presenta graves deficiencias. «Hay lagunas significativas en el conocimiento de los auditores sobre las cadenas de suministro de minerales», señalaba la organización en su evaluación de 2018, en la que criticaba la excesiva confianza otorgada a pruebas documentales sin verificación de lo que realmente ocurre sobre el terreno.
Una cifra que no cuadra
Según la LBMA, su programa de diligencia debida «evoluciona de forma continua, con múltiples actualizaciones desde 2012 para reforzar las exigencias en línea con los estándares internacionales». Al mismo tiempo, la propia asociación reconoce que el control del respeto de esos estándares corresponden a las refinerías y sus auditores. «Las refinerías son responsables de implementar las directrices, y los auditores, de verificar de forma independiente su cumplimiento», escribió un portavoz.
En un informe de febrero de 2025, la Comisión Europea juzgó el programa de la LBMA solo «parcialmente alineado» con los estándares europeos de diligencia debida. Entre las carencias más graves, el documento señala que los controles sobre el oro reciclado deben ser reforzados, y concluye que el sistema actual, «por bienintencionado que sea, no funciona de manera eficaz». Según la Comisión, estas deficiencias abren el riesgo de que refinerías acreditadas puedan «apoyar indirectamente a blanqueadores de dinero o grupos armados, al tiempo que demuestran que su oro procede de fuentes legítimas».

En la actualidad, es imposible saber cuánto oro reciclado actualmente en comercio procedió realmente de actividades mineras ilegales.

Según los datos más recientes disponibles de la LBMA, correspondientes a 2022, el oro reciclado representa aproximadamente el 64% del metal procesado por las refinerías de la Good Delivery List, las más acreditadas del mundo. El oro procedente de la minería artesanal y de pequeña escala, el más expuesto a riesgos de ilegalidad, apenas supone el 1%. Estas cifras parecen contrastar con las estimaciones del Banco Mundial, según las cuales las minas artesanales producen cerca del 20% del oro mundial.
En la actualidad, el oro está en su valor más alto de siempre. En menos de cinco años ha duplicado su valor, pasando de 50 euros el gramo de 2020 a los actuales 130. En este contexto, los incentivos para la extracción ilegal y la capacidad de mover grandes capitales ilícitos ha aumentado. “Tanto en Colombia como en Perú, se estima que el oro ilegal genera más dinero para el crimen organizado que el propio narcotráfico, a pesar de ser los mayores productores de coca del mundo”, escribió The Fact Coalition en su informe de 2025 Addressing Illegal Gold Mining in the Western Hemisphere. «Los grupos criminales tienen una capacidad asombrosa para calcular riesgos y beneficios».

Esta investigación fue realizada por IrpiMedia, ArmandoInfo y OCCRP con el apoyo de JournalismFund. La Marea la publica en español con autorización de los autores.
Fuente: https://climatica.coop/enganosa-etiqueta-oro-reciclado/ - Imagen de portada: Foto: mustudio.

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