UE: «Un sector de la sociedad ha reaccionado contra el lobo de la misma manera que contra el feminismo»
En 2015, el ilustrador visitó Riaño, en los Picos de Europa, para avistar una camada de lobos. Ese fue el germen del cómic que acaba de publicar, ‘La espera’, un delicado retrato de este animal, perseguido durante siglos y hoy masacrado, en gran medida, por motivos políticos: Mario Trigo es periodista, traductor, dibujante, diseñador gráfico… Fue redactor jefe de la revista Altaïr, donde pudo aportar una nueva visión al periodismo de viajes, y ahora acaba de publicar La espera, otro ejemplo exquisito de periodismo gráfico en el que tienen cabida también el ensayo y el relato intimista. El cómic habla del lobo ibérico, de los mitos y leyendas que han fomentado su persecución, de su relación histórica con los humanos. Y, sobre todo, habla de la paciencia y el respeto necesarios para visitar su hábitat. Provistos de estos elementos, quién sabe, quizás hasta podamos ver a los lobos en estado salvaje. O no. Lo importante, precisamente, es la espera.
Entrevista de Manuel Ligero
Usted dice que se convirtió en dibujante por «autodeterminación». ¿Cómo es eso?
Por obcecación. Recibí un poco de formación cuando era adolescente, pero soy un dibujante básicamente autodidacta. Siempre me dediqué a otras cosas, pero también tuve siempre este gusanillo, este vicio de dibujar. Antes fui traductor y redactor jefe de la revista Altaïr, y ahora hago proyectos de diseño editorial. Estoy haciendo bailar esas tres pelotas a la vez en el aire, ilustrando, traduciendo y maquetando por encargo.
Y según su experiencia en una revista de viajes tan singular como Altaïr, ¿en qué puede superar una ilustración a una foto?
Eso mismo me preguntaba yo cuando hice el viaje a Riaño para ver al lobo, hace 10 años. En la revista siempre tuvimos una inquietud: la de dar una visión más profunda y fuera de los estereotipos de los lugares que visitábamos. Por supuesto, eso también se puede hacer con la fotografía, pero en la fotografía la velocidad técnica te lleva a mirar muy rápido. El cuaderno de dibujo te obliga siempre a mirar lento. Te obliga a hacerlo para entender un poco lo que estás viendo y saber cómo plasmarlo. En esa lentitud te obligas a ti mismo a ver otros detalles, aunque no quieras. Acabas viendo otros elementos, otras capas de sentido que no estaban en un primer vistazo. Yo creo que el dibujo le da un gran poder a la narración de un viaje. En contraste, vivimos un momento en el que la fotografía, desgraciadamente, se ha devaluado.
Eso mismo me vino a la cabeza cuando vi los dibujos que hizo para un reportaje sobre Irlanda. Pensé: «¿Cuántas veces he visto la misma foto de los acantilados de Moher?».
Exactamente. ¿Cuántas veces puedes ver la misma imagen hasta que deje de tener sentido? Y eso sin contar con el problema que tenemos hoy con la generación de imágenes con IA. Con el dibujo tenemos una relación que es casi visceral, quizás porque ese tipo de expresión está anclada a la memoria de nuestra infancia. Todos tenemos una experiencia positiva relacionada con los dibujos, con el cómic, con la lectura. Hay algo de sentimental en todo eso. Al final, puede que esa representación no sea veraz o absolutamente fiel a la realidad, pero te proporciona algo que va más allá de una imagen que ha pasado por delante de tus ojos millones de veces.
Su libro está lleno de reflexiones, de citas… En la última parte incluso toman forma de poesía. Y cada concepto va ligado a una ilustración. ¿Cuánto tiempo le ha llevado convertir La espera en el libro que es?
Exagerando un poco podría decirse que 10 años, desde aquel viaje a Riaño en 2015. Al principio pensé que podría ser un artículo breve y ya está, pero luego me fui dando cuenta de que había muchos temas que confluían ahí: el lobo, el pantano, el enfoque cultural… Sabía que todo ese material daba para hacer algo de más aliento. El problema era encontrar el tiempo y el dinero, que al final son lo mismo. Envié el proyecto a la Fundación El Arte de Volar y, aunque no conseguí la beca, obtuve un buen feedback, con muchos elogios. Luego me presenté a la convocatoria del Ministerio de Cultura para la subvención de la creación cultural, y ahí sí fue escogido. Para 2024 tenía las ideas bastante claras y, con esta ayuda, pude sentarme para desarrollarlas sobre el papel. Entre guion y dibujo, fueron 13 meses de trabajo.
En el cómic hace un recorrido por la historia de los mitos ligados al lobo. Que esos mitos pervivan en 2026, ¿qué dice de nosotros como especie?
En primer lugar, lo que nos dice es que necesitamos mitos. El mito del lobo tiene una potencia que no se ha acabado. Yo creo que hay un hambre de mito que pervive siempre y que es consustancial a nosotros. Pero sé por dónde va la pregunta. Usted se refiere al hecho de que perviva cuando ya podemos aportar una visión científica. En realidad, los primeros estudios científicos rigurosos sobre el lobo se hicieron en la década de 1940. Si lo pensamos bien, en relación al tiempo en que las dos especies hemos convivido juntas, es un parpadeo. Llevábamos decenas de miles de años compartiendo hábitat y chocando y mirándonos de reojo. Solo en los últimos 80 años hemos empezado a mirar de un modo más límpido al otro animal. Además, hace muchos milenios que el lobo deja de ser un simple animal para convertirse en una figura cultural. Ese recorrido cultural daría, por sí solo, para otro libro. Sobre el lobo se acumulan y se superponen muchos valores respecto a dinámicas que van cambiando con el tiempo. Eso es lo fascinante, que el mito no es monolítico, sino que se va construyendo y deconstruyendo.
De hecho, el lobo no fue siempre una figura siniestra y negativa.
Exacto. El lobo nace como un mito positivo para casi todas las culturas que conviven con él. Representa un modelo de fuerza, de coraje, de resistencia. También de agresividad en la actividad guerrera, de ferocidad entendida como un valor para la defensa de la comunidad. Sólo cuando ciertas condiciones socioeconómicas cambian, adquiere valores negativos en ciertas culturas. El momento fundamental es la llegada de la cultura agropastoral, de la domesticación de otros animales que se convierten en nuestro sustento. Más adelante se añadirá la lectura religiosa: en un determinado momento, el lobo es equiparado con el diablo y con lo más negativo que pueda haber en el imaginario cristiano. Todo esto sin perder del todo el valor positivo que tenía en las culturas paganas europeas, como demuestran los muchos nombres germánicos que remiten al lobo.
Usted nombra en su libro a Ataúlfo, que es el nombre de su propio tío.
Sí, Ataúlfo, de origen ostrogodo, pero es sólo uno de ellos. Hay muchísimos más. Nuestro Lope también es «lobo». En vasco, el apellido Otxoa también es «lobo». Y el historiador Riccardo Rao señala que en Italia, hasta el siglo XII, había nombres recurrentes que básicamente significaban «lobo». Está en muchos sitios y con una carga positiva que fue cambiando después.
¿No estamos reculando en ese sentido? En el libro nombra, por ejemplo, a Félix Rodríguez de la Fuente. Gracias a su influencia se cambiaron las leyes de caza hace 50 años.
Me sorprende la facilidad con la que se saca la bandera de Félix Rodríguez de la Fuente en los debates online, que ya cuentan con la premisa de la acritud, algo que es inherente a las redes sociales. Y lo curioso es cómo se aíslan sus palabras, se sacan de contexto y, de esa manera, sirven para dar la razón a una parte o a otra. Por desgracia, Félix murió y no sabemos cómo hubiera evolucionado su pensamiento. Era un hombre de su tiempo que, sí, fue la voz del conservacionismo en una situación muy diferente a la actual, en relación no ya a la situación del propio lobo, sino al conjunto de nuestras preocupaciones con respecto al medioambiente y al cambio climático. Pero él también daba mucha importancia a defender los intereses de los ganaderos y reconocía una especie de equilibrio entre los dos valores de la preocupación: la que podían tener los pastores y la de los defensores del lobo. Yo creo que el lobo en estos momentos es un chivo expiatorio, como lo ha sido en muchos otros momentos históricos. Ahora está metido dentro del paquete del negacionismo climático, de una cierta cultura política que afirma que el calentamiento global no es tan importante o que llega a decir incluso que no existe. Lamentablemente, es una gran marea histórica, contrarrevolucionaria, que nos ha tocado vivir.
El paso atrás más evidente es que se ha sacado al lobo de la lista de especies protegidas.
Es que hay un sector de la sociedad que ha reaccionado contra el lobo de la misma manera que ha reaccionado contra el feminismo. Vienen a decir: «Feminismo, bien… pero no tanto». Lo decía mi propio tío y mucha gente de su entorno: «Está mal matar lobos, pero esta protección de ahora es una exageración». Siguiendo ese razonamiento, es como si alguien dijera una burrada del tipo «a la mujer no hay que pegarla, pero esto de que haga lo que quiera… eso tampoco». Forma parte del mismo paquete ideológico. Hace unos días, en la manifestación contra el tratado de libre comercio con el Mercosur, había tractores adornados con el peluche de un lobo ahorcado. Muchas personas de ultraderecha meten al lobo en la Agenda 2030, que en su imaginación conspiranoica es una cosa como muy siniestra.
Me parece mucho más siniestro cortar cabezas de lobo y dejarlas en la puerta del ayuntamiento…
Sí, eso ocurrió en Ponga, en Asturias. Son gestos muy tenebrosos, muy desesperados. Quien hace esas cosas es un colectivo social muy concreto, de zonas muy concretas, que se siente maltratado. Y el lobo está pagando por todos sus problemas.
¿Se puede revertir esta corriente de alguna manera?
En realidad, el lobo está mejor hoy que en la época de Félix Rodríguez de la Fuente. El retroceso es solo parcial. Creo que hay un consenso en la necesidad de salvaguardar al lobo. Y hay que intentar sacar ese consenso de las barricadas, del enfrentamiento urbanita-rural. No hay debate científico acerca de lo que hay que hacer con el lobo: que haya más manadas, alcanzar el límite de las 500 manadas en territorio nacional, que los censos se hagan debidamente, mantener la protección, actuar de forma letal sólo en situaciones muy específicas…
¿Por ejemplo?
Me refiero a algo muy, muy puntual. Por ejemplo, un individuo con rabia que esté merodeando una zona muy concreta. O un lobo que haya perdido el miedo a los humanos, que esté en una situación de interacción en lugares muy antropizados y que pueda generar una situación real de riesgo.
Cosa que no se ha producido en los últimos… ¿80 años?
Sí, eso no ha ocurrido en muchísimo tiempo. Hablamos de cosas muy específicas y de dar una respuesta muy diferente al sistema de los cupos, que es la caza al tuntún, sin seleccionar a los individuos y guiados sólo por el territorio. Como si así pudieran empujarlos de nuevo hacia las montañas, pero no es así.
Ernesto Díaz, del Fondo para la Protección del Lobo Ibérico, dice que «matar lobos es negacionismo científico».
Sí, y Ernesto lo dice precisamente por esto. Matar lobos de la forma en la que lo estamos haciendo ahora no sólo es injusto, cruel y va contra nuestras necesidades medioambientales, es que además no sirve para hacer lo que quieren hacer con él. No es efectivo.
Siempre se ha puesto la reintroducción del lobo en el parque de Yellowstone como un ejemplo de éxito medioambiental. ¿Por qué?
Porque logró recuperar el equilibrio del ecosistema. El lobo es el depredador apical, el que ocupa el pico de la pirámide trófica. Es el depredador que no tiene depredadores… salvo los sapiens. Su actividad respecto a otras especies con las que comparte hábitat es una actividad regulatoria que permite beneficios en cascada. Cuando no había lobos en Yellowstone, el ciervo campaba a sus anchas. Hubo una superpoblación que acabó afectando genéticamente a su propia especie, porque los ejemplares enfermos, en ausencia de depredadores, siguieron reproduciéndose. Para alimentarse terminaron con la vegetación de ribera. Al terminar con esta vegetación, los castores no encontraban madera para realizar sus presas, que servían para regular el flujo de agua y la salud de los ríos. Y al no haber presas, las riberas se inundaron de forma catastrófica. La reintroducción del lobo, precisamente en un lugar que había compartido con estas otras especies durante milenios, consiguió reparar el destrozo. Los ciervos volvieron a tener miedo de acercarse a las riberas y buscaron pastos en otras partes. La vegetación de ribera volvió a crecer. Los castores pudieron volver a vivir cómodamente en el río, etc., etc. Es lo que se llama una «cascada trófica».
¿Por eso es bueno que esté presente en los Picos de Europa?
Pasaría algo parecido, sí. El lobo es el depredador de corzos, ciervos, rebecos, venados, jabalíes… Y, además, como depredador que es, existe una limitación intrínseca: no puede haber una sobrepoblación de lobos porque si escasearan las presas su número también disminuiría. En ese caso, expulsarían a los lobos jóvenes hacia otros territorios, o morirían los cachorros por no poder alimentarlos, o más probablemente se adaptarían y parirían menos. En cualquier caso, habría un equilibrio. Pero también es cierto que el caso de Yellowstone, aunque es muy bonito, no es replicable necesariamente en todos los lugares. Además, el lobo está protegido en ese parque, en el que no hay actividad ganadera ni humana, pero cuando pone un pie fuera de él le pegan un tiro. Esa forma de protección no vale para Europa porque el espacio es mucho más compacto y el paisaje está muy antropizado. Todo es más promiscuo. El pastor de Gamunéu comparte territorio con el lobo. Hay que buscar una solución a partir de unas medidas de convivencia.
Y humanos y lobos siempre han convivido. De hecho, este contacto dio lugar al perro. Es muy gracioso cuando en el cómic el lobo dice: «Mi hermano se quedó a vivir con los monos. Prefiero no hablar de ese tema».
Sí, quería dar un toque divertido. Por eso puse al lobo a hablar en primera persona. Antes pensé en hacer una descripción biológica del lobo, pero hay montones de libros que ya lo describen mejor de lo que puedo hacerlo yo. Por eso intenté aportar algo más ligero.
En el cómic usted acompaña a los guías de una empresa llamada WildWatching. Desde la ciudad uno piensa que el turismo de naturaleza es algo nocivo, que lo mejor es dejar al bosque tranquilo. Seguramente me esté equivocando. ¿Hay un turismo que puede ser bueno para la naturaleza? ¿Hay un turismo que puede ser bueno para el lobo?
Sí. Si se siguen determinados criterios de respeto ecológico, si los grupos de visitantes son limitados, esa actividad es perfectamente beneficiosa. WildWatching o también Llobu, que está en la Sierra de la Culebra, en Zamora, son dos ejemplos virtuosos de turismo de avistamiento de lobos. Ambos siguen buenas prácticas. Y se trata de iniciativas que aportan riqueza a sus entornos. Hablamos de un turismo de nicho, claro, no de un hotel Melià, y traen gente que, además, son personas que ya están muy concienciadas sobre cómo visitar la naturaleza. No son hordas de turistas que no saben dónde están pisando. La labor que hacen estas empresas se basa, además, en su permanencia en el territorio. Cuando nosotros fuimos, a finales de agosto, a ver la camada de lobos que empezaba a salir de la madriguera es porque la gente de WildWatching había estado todo el invierno y toda la primavera observando respetuosamente a las manadas, buscando señales que iban dejando por los valles próximos a Riaño a lo largo de todo el año, eligiendo el mejor lugar para verlos a distancia, sin interferir en su medio natural.
Si al final de su viaje no hubiera podido ver a los lobos, ¿el libro de La espera habría sido muy diferente?
Yo creo que hubiera vuelto una vez más para intentar verlos. [Risas] Pero incluso sin verlos, hay muchas cosas positivas que se pueden sacar de este tipo de viajes. Las caminatas, la experiencia de la paciencia, la observación de la naturaleza… Además, no estábamos en Yellowstone ni en Groenladia sino en una de esas «zonas de fricción» entre humanos y lobos. En 20 minutos podíamos estar tomando un café en el pueblo. Tener la posibilidad de observar lobos en esta parte del mundo es todo un privilegio. Y tuvimos suerte. Fue un subidón. Durante el viaje de vuelta en coche, de Riaño a Barcelona, íbamos como en una nube.
Mario Trigo, autor del cómic 'La espera'. Foto: JACINTO ANDREU
Fuente: https://climatica.coop/entrevista-mario-trigo-lobo-la-espera/ - Imagen de portada: GARBUIX BOOKS



