«La naturaleza regresa si le damos espacio»

 El doctor en Biodiversidad y divulgador publica 'La Tierra no es tu planeta', una invitación a reconectar con lo vivo y a ceder espacio a las especies con las que cohabitamos: En la última década, ha dedicado su tiempo a divulgar en todos los espacios posibles sobre las distintas crisis ambientales actuales, especialmente la climática. Ahora, Andreu Escrivà, ha querido poner todo el foco en la biodiversidad con un nuevo libro titulado La Tierra no es tu planeta (Arpa Editores), también disponible el 9 de marzo en valenciano con la editorial Sembra Llibres. En él, el ambientólogo y doctor en Biodiversidad quiere transmitir el mensaje de que los seres humanos «somos una parte de la naturaleza entre millones de especies, y tenemos que aprender a cohabitar».


Entrevista de Eduardo Robaina

¿Es la pérdida de biodiversidad la mayor crisis medioambiental de nuestra época?
Creo que sí. Es la mayor crisis ambiental que tenemos porque afecta al tejido vivo de nuestro planeta y a lo que lo sostiene todo. Si nuestro planeta es singular, no es tanto por su atmósfera; su atmósfera es un producto de que haya vida. Con lo cual, la crisis de la vida es la crisis del planeta, de la atmósfera y, sobre todo, la crisis de futuro.
Es ambientólogo, máster en Biodiversidad y Conservación de Ecosistemas y doctor en Biodiversidad, pero su divulgación y faceta pública gira más en torno al cambio climático. ¿Por qué ahora un libro sobre biodiversidad?
El primer libro que pensé sobre divulgación científica iba sobre especies invasoras, que es un tema que tiene que ver con mi tesis, pero cuando me alejé de la universidad y de la investigación, coincidió con un momento en el cual tuve la oportunidad de empezar a hablar mucho de cambio climático. Detecté que había un hueco comunicativo y de conocimiento en la sociedad. He estado diez años hablando de cambio climático porque sentía que era muy urgente entender lo que estaba sucediendo. Hubo unos años muy ilusionantes entre la cumbre del clima de París y las movilizaciones por el clima (2015-2019), y sentí que era momento de apoyar esa lucha. Sin embargo, al cabo de unos años me doy cuenta de que el ‘túnel de carbono’ oculta el resto de cuestiones de la transición ecológica. Estamos pensando únicamente en gramos de CO2 y dejando de hablar de la crisis de biodiversidad. Me empecé a plantear: ¿No será momento de ir a lo fundamental? Estábamos en lo urgente, pero hay que ir a lo fundamental. Cada vez que hablaba de cambio climático, me daba cuenta de que el gran problema no era la emisión de gases de efecto invernadero, sino nuestra relación con la naturaleza.
Lo mencionaba ahora y también en el libro: cómo el «túnel de carbono» oculta el resto de problemas ambientales, convirtiendo a la naturaleza en una mera «aspiradora de carbono». ¿Cómo podemos corregir este reduccionismo en la agenda política y mediática sin frenar el impulso necesario para la descarbonización, evitando que la complejidad de la crisis de biodiversidad paralice la acción?
Lo veo muy complicado, porque cuando tienes un problema tan urgente como la crisis climática (donde en cuatro o cinco años podemos estar eliminando la posibilidad de quedarnos por debajo de los 2 °C), los tiempos son apremiantes.
La crisis climática se puede cuantificar en kilovatios, gramos de CO2, ppm o grados de temperatura. La crisis de biodiversidad afecta a algo mucho más basal y fundamental que es mucho más difícil de medir: cómo está un ecosistema, las relaciones tróficas o el futuro de una especie. Las miradas institucionales, empresariales y hasta científicas han ido más a lo que se puede comunicar fácil y cuantificar. 

Yo creo que hace falta una ‘alfabetización ecológica’. Vivimos en un planeta vivo y sabemos muy poco de la vida que nos rodea. Necesitamos entender lo importante que es para nuestra supervivencia.

Toda acción destinada a compatibilizar la acción climática y la conservación de la biodiversidad tiene que partir de gravedad y urgencia de la crisis climática, pero también del conocimiento sobre la vida y lo importante que es para nuestra supervivencia.
“No es nosotros y la naturaleza. Es nosotros, la naturaleza”. Es una frase que ha repetido mucho durante años, pero en el libro clama por que los humanos le demos espacio, estableciendo una cierta diferencia.
Ambas ideas son fundamentales. Lo que no podemos es usar el «somos naturaleza» como un cheque en blanco para hacer lo que queramos. «Como somos naturaleza, todo lo que contaminemos está bien». Pues no. Somos una parte de la naturaleza entre millones de especies, y tenemos que aprender a cohabitar.
Es retirarnos, pero no para habitar el planeta por turnos, sino para coexistir en el mismo plano. Habrá sitios de los que tengamos que retirarnos para dejar espacio al resto de la naturaleza, otros donde podremos coexistir mejor o podamos introducirla en espacios que creíamos nuestros –como las ciudades–, y habrá sitios que nos pondrá muchos problemas; por ejemplo, qué haremos con los valles glaciares que aparezcan cuando se fundan los glaciares.
Tenemos que ser capaces de reconciliar esas dos ideas: que somos naturaleza, pero que debemos retirarnos de algunos espacios —geográficamente, pero también cultural, identitaria y legislativamente– para dejar espacio al resto de especies.


¿En qué momento dejamos de sentir apego por la naturaleza, por la biodiversidad? O a lo mejor no, y sí que tenemos apego, pero a nuestra manera.
E.O. Wilson decía que somos una especie «biofílica», que encontraremos poco sentido alejados de la vida, pero creo que hemos dejado de sentir apego al expulsar la vida de nuestra cotidianidad. Para mucha gente urbana, la naturaleza no es ni un escenario, es casi una molestia. Existe el concepto de «biofobia».
La mayoría de la gente pasa su día a día sin relacionarse con la naturaleza, solo lo hace a través de la muerte: una mesa de madera es un árbol muerto, o el menú del día son plantas y animales muertos. Vemos la naturaleza y nos molesta: hojas secas o «malas hierbas». Nos hemos construido un cascarón artificial que nos hace sentir autónomos. Y cuando tenemos contacto con ella, lo confundimos con «salir de nuestro día a día» hacia paisajes canónicos (montañas, acantilados).

Necesitamos volver a asombrarnos, como decía Rachel Carson. En nuestro día a día no tenemos esas herramientas porque las ciudades son hostiles hacia la naturaleza. Además, la falta de tiempo y las vidas precarias nos quitan la posibilidad de admirar lo que nos rodea.


Además de divulgar sobre clima y biodiversidad, una de sus pasiones es la gastronomía, un mundo que contribuye a la desaparición de especies (como la anguila) y que es muy conservador. ¿Cómo es su relación con esa gastronomía? ¿Es posible un cambio?
Es una relación conflictiva. Persisten algunas actitudes e ideas difíciles de defender en el siglo XXI, pero también hay muchísimos proyectos y personas que están encontrando un apego a la tierra y a las estaciones con mucho respeto. La gastronomía puede reflejar un territorio y un compromiso con sus usos. En el caso del vino, hay un movimiento muy serio de cuestionar cómo se ocupa el territorio y cómo incrementar la biodiversidad con menor huella ecológica.
Si la gastronomía está al servicio de proyectos con sentido y está arraigada al territorio, puede ser una forma muy efectiva de comunicar y convencer. Pero eso no quita otras cosas. Me parece incomprensible la resistencia a algo que está muy claro a nivel científico y que es una cuestión minoritaria y de estatus como es el tema de la anguila.
Dando charlas me he dado cuenta de que hay tres temas nucleares que tocan la identidad de la gente y donde hay mucha resistencia al cambio: los viajes (el avión), la ropa (fast fashion) y la alimentación (comer carne). Cuando le tocas la alimentación a alguien, le tocas sus raíces, sus gustos y su identidad. El mundo gastronómico tiene una gran responsabilidad para apoyar el cambio: desde el producto de proximidad hasta cómo nos relacionamos con el paisaje.
Mencionaba el vino. Se habla mucho de este sector cuando se menciona el cambio climático, pero no suele haber tantas referencias a la biodiversidad.
En Francia nos llevan ventaja en eso, tienen hasta sellos que protegen la biodiversidad en el vino. A mí eso del sello no me interesa tanto, sino los proyectos donde los cultivos de vid son uno más en un mosaico que fomenta la biodiversidad. El vino (partiendo de que lleva alcohol, que es una droga) tiene una capacidad de transmisión de historias porque se comparte. He encontrado a muchos viticultores con una sensibilidad tremenda por las viñas, la naturaleza y los ritmos.

Hacer algo con las manos, sea vino o amasar masa para hacer una pizza, requiere toda tu atención, y eso es bueno en estos momentos de pérdida de capacidad de atención. Me quedo con la palabra japonesa Itadakimasu, que es dar las gracias a todas las personas y seres que han participado para que tengas comida en la mesa. Cualquier forma de conectarnos con el territorio y los ciclos naturales es positiva.

Los gatos son adorables. Los reyes de Internet. Los dueños de nuestros hogares. Pero también son asesinos en serie de la biodiversidad. No es un tema que suela tocar. En el libro reflexiona sobre cómo los animales más ‘bonitos’ gozan de una mejor conservación y estatus. Ocurre un poco con los felinos.
Los gatos son máquinas de matar que no deberían tener acceso a espacios libres. Yo vivo con dos gatas y jamás las dejaría fuera, primero por ellas y luego por el resto de animales. Los gatos causan miles de millones de muertes de animales cada año.
El control de población no es agradable. No es deseable matar animales porque entramos en debates éticos, no solo de gestión de la biodiversidad. Es muy difícil establecer un punto de equilibrio porque hay veces que no lo hay. Hay que escoger una vía o la otra.
Mi postura es clara: control total a colonias felinas, las cuales deben estar dotadas de mayores medios y presupuestos. Hay mucha gente que dedica su vida, su trabajo y sus desvelos a cuidar animales abandonados, a tratar de que estén bien, y a veces no tienen los medios para hacerlo.
Los gatos no son malos, están programados para eso, no tienen ninguna culpa. La culpa es nuestra, que subestimamos mucho el impacto de un gato libre. No es «solo una lagartija»; los datos son demoledores. Me pongo de parte del control estricto de poblaciones y gestión con la mirada puesta en la biodiversidad, siempre teniendo en cuenta su bienestar y el trato ético.
La biodiversidad tiene una relación muy estrecha (y no necesariamente buena) con el mundo animalista. ¿Pueden llegar a entenderse?
Creo que hay formas. El desacuerdo es bueno. Habrá posturas que van a ser irreconciliables siempre, pero deberíamos hacer lo posible para entender que nacemos del mismo tronco identitario: el respeto a la vida, el asombro ante la vida y el derecho de la vida a existir. A partir de ahí, es verdad que habrá debates muy difíciles, incluso a nivel filosófico. Por ejemplo, el control de especies invasoras: erradicar o no una especie. Desde la gestión ecosistémica tiene todo el sentido, pero desde la perspectiva del animal que vas a matar, estás infligiendo dolor. ¿Cómo compatibilizas eso? Es muy difícil, pero tenemos que estar dispuestos a debatir e intentar llegar a consensos mínimos. No pueden ser debates agresivos desde posiciones que creen tener la verdad absoluta.
Yo mismo he tenido conflictos internos. Vengo de una posición de gestión ecosistémica más ‘fría’, y temas como los gatos, la alimentación o las especies invasoras me generan confusión. No hay que rehuirlo. Quizá estemos 15 años debatiendo y probando antes de llegar a acuerdos. Lo que no podemos es lanzar nuestra posición como un misil para destruir al contrario.
En el libro rompe una lanza a favor de las especies exóticas (que no invasoras). Es un tema, cuanto menos, polémico.
Tuve la suerte de que mi tesis giraba en torno a un bichillo que es exótico pero no invasor. Está en la península Ibérica pero no hace daño; es microscópico y no tiene un comportamiento invasivo. Al ver eso, mi cuestionamiento de estos términos empezó hace mucho. Existe una asociación de que «si viene de fuera, es malo», lo cual tiene connotaciones peligrosas si se traslada a las sociedades humanas. Hay una corriente que dice que hay que ver qué papel juega en el ecosistema, y otra que dice que el hecho de venir de fuera es intrínsecamente negativo.
El tema de las especies invasoras me interesa porque nos interpela sobre qué es natural y qué no. ¿Nuestras acciones forman parte de la naturaleza? Nos hace preguntarnos sobre el grado de modificación de los ecosistemas que estamos dispuestos a aceptar y sobre la ética animal.
Este es un temazo para hablar de la naturaleza en el Antropoceno. Además, debemos desestigmatizar a las especies exóticas, sin naturalizar el hecho de que los humanos estamos cambiando la fauna y flora a un ritmo inaudito, lo cual genera disfunciones ecológicas graves.

No podemos volver al mundo de 1950 o al de antes de la colonización, pero podemos gestionar con distintas perspectivas. Si una especie no hace daño o incluso ayuda a otras en peligro, no pasa nada. En otros casos, sí hace falta una erradicación severa. No hay una solución única. Aquí no hay «buenos y malos» claros como en el cambio climático (más allá del capitalismo, que siempre es el malo); esto es un campo minado de debates sobre nuestra voluntad de dominio sobre el planeta.

Recientemente publicamos en Climática una entrevista con Ximena Rueda, copresidenta del último informe de la IPBES. Decía: “Frente al cambio climático, tenemos que adaptarnos, porque muchos de los cambios son ya irreversibles. Pero con la biodiversidad sucede una cosa muy bella: si los dejamos, los ecosistemas se recuperan y las especies regresan”. ¿Qué te parece?

Aquí entramos en la parte más esperanzadora del libro. El libro es duro y denso (a mí me costó escribirlo y lo pasé mal), pero la naturaleza es superagradecida. Me lo dijo hace años el ecologista Enric Amer: «Tú te retiras y aquello vuelve».
En cuanto nos retiramos y le damos espacio, la naturaleza vuelve. El cambio climático se siente irreversible, como un peso que aplasta el futuro. En la crisis de biodiversidad, aunque es más grave y potencialmente peligrosa a medio-largo plazo, tenemos la posibilidad de visualizar muchas victorias: un alcorque, un solar, una reserva marina… vemos cómo la naturaleza regresa si le damos espacio.
No quiere decir que siempre estaremos a tiempo, hay que hacerlo ya, pero la conservación de la naturaleza alimenta historias de éxito más vitales y bellas. Las victorias climáticas serán duras y frías, basadas en cables, números y renuncias. La biodiversidad ofrece belleza, conexión y amor. Si hacemos las cosas bien, en 2, 3, 5 o 10 años veremos especies retornando y ciudades más vivibles. Si hacemos las cosas bien con el cambio climático, lo que tendremos en unos años es garantizarnos un calentamiento menor.
Por lo que cuenta, parece que le falta marketing a la biodiversidad para que luchemos por conservarla.
Le falta marketing, desde luego. Yo sigo a Carlota Bruna y me gusta porque es un perfil que encuentra un equilibrio; vende la belleza y la sensibilidad hacia la naturaleza. También conocí hace poco a Evelyn Segura. Hay mucha gente participando en este esfuerzo. Y está la literatura de naturaleza (como Gabi Martínez), que es una herramienta muy importante.
El problema es que la conservación se ha ligado mucho a especies emblemáticas y lejanas. En España tenemos al lince, el quebrantahuesos, el urogallo… pero poco más para el gran público. Necesitamos hacer visible el resto: desde la biodiversidad microbiana hasta las plantas y hongos. El marketing de la biodiversidad no puede enfocarse solo en lo «bonito» o lo «útil» (como decir que los murciélagos son buenos porque comen mosquitos). El murciélago mola por sí mismo, por su ecolocalización y su historia evolutiva.
Hay que recuperar esa sensación de la infancia de descubrir cómo germina una planta o cómo funcionan los bichillos. Necesitamos tener conversaciones sobre la biodiversidad.

El libro comienza con una defensa de la noche y la oscuridad como respuesta a la cada vez mayor contaminación lumínica. ¿Qué significa para usted la parte del día cuando se va el sol?

Perder la noche nos quita una de las vistas más bellas del planeta. Pero, además, nos roba las coordenadas. Para querer salvar algo, primero hay que entender dónde estamos. Nos creemos el pináculo de la creación, pero somos una especie más en un puntito entre millones. La noche nos da la humildad necesaria. Me preocupa que la gente no asuma la contaminación lumínica como una pérdida. Si contaminas un río y no puedes bañarte, entiendes la pérdida. Si contaminas el cielo y no ves las estrellas, parece que no pase nada

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Si hablamos de cambio climático o de otros problemas ambientales como los plásticos, podemos hacer una lista de decenas de referentes. ¿La biodiversidad tiene?

Lo pregunté por redes sociales hace unos meses y hubo muy pocas respuestas. Salían nombres muy famosos como David Attenborough o Jane Goodall, o gente que en realidad comunica sobre crisis climática o consumo pero no específicamente sobre biodiversidad.
Creo que nos faltan esos referentes, o que a veces existen pero no les hemos dado la importancia que merecen. Muchos espacios naturales protegidos en España hoy se pueden disfrutar gracias al esfuerzo de miles de personas de grupos ecologistas que se la jugaron –el tipo, el dinero y su carrera–, tanto en democracia como durante el franquismo, cuando podías acabar en prisión.

Falta que estas figuras se popularicen. Yo no pretendo ser esa gran figura; no tengo el carisma ni las habilidades comunicativas para ciertos medios o redes sociales. Pero sí quiero poner un granito de arena para que esta conversación se amplíe y mucha gente sienta que puede y debe decir la suya. La pregunta de fondo en el siglo XXI es qué significa ser humanos en un planeta antropizado.

Fuente: https://climatica.coop/entrevista-andreu-escriva-biodiversidad/ - Imagen de portada: Foto: Andreu Escrivà en una imagen cedida.

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