«Mirar al pasado puede ayudar a orientarnos en este presente turbulento»

Roman Krznaric (Sydney, Australia, 1970) sorprende por su cercanía y brillantez a la hora de analizar algunos de los problemas sociales más importantes: el cambio climático, el avance aterrador de la inteligencia artificial o el deterioro de los derechos humanos. Hemos quedado por videoconferencia para dialogar sobre estos temas a raíz de la publicación de su último libro en castellano: Historia para el mañana. Mirar al pasado para caminar hacia el futuro (Capitán Swing, 2026), que es ya un bestseller en inglés. Autor de más de media docena de libros, traducido a 25 idiomas, algunos lectores quizá lo conozcan por El buen antepasado (2020), ahora vuelve con una nueva reflexión histórica, esta vez rescatando lo mejor de los tiempos pretéritos. Krznaric parece confiar en la pedagogía del conocimiento; responde ágil a las preguntas, e intercala palabras en un español correctísimo. “Pero la entrevista la hacemos en inglés” –dice, riéndose–. Dejamos aquí lo mejor de aquel encuentro.

Azahara Palomeque

¿Cómo surge este libro?
El libro surge de una sensación de frustración ante los políticos y responsables públicos, tan atrapados en el presente inmediato –pendientes de las próximas elecciones–, y esperando que la tecnología resuelva todos nuestros problemas, como la crisis climática. Pensé que, cuando uno conduce un coche, mira hacia delante, pero también consulta el espejo retrovisor. Y eso es, en cierto modo, lo que echaba en falta: la convicción de que mirar al pasado puede ayudar a orientarnos en este presente turbulento. Porque vivimos una época de convulsión: desde Trump y Groenlandia, hasta la emergencia ecológica, o la inteligencia artificial (IA), todo avanza hacia nosotros demasiado rápido. Necesitamos toda la ayuda posible, así que me parece absurdo no mirar a la historia. Pero, como se explica en el libro, no basta con prestar atención a las advertencias del pasado, condensadas en el célebre aforismo de George Santayana: “Quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Debemos aprender de la historia del fascismo y del colonialismo; hay excelentes libros sobre esas cuestiones. Pero yo quería fijarme en lo que ha salido bien. ¿Cuándo hemos sabido actuar juntos para superar una crisis, para combatir injusticias? Observemos las lecciones positivas de la historia y veamos cómo pueden inspirarnos.
El libro arranca con J.F. Kennedy leyendo Los cañones de agosto (1962), de Barbara Tuchman, libro que fue crucial para que el presidente propusiese una desescalada de la crisis de los misiles en Cuba. ¿Crees que los dirigentes de hoy, como Trump o Putin, leen libros o son capaces de adoptar decisiones de ese calibre?
Tu pregunta es muy importante. Pensé mucho en ello a propósito del último Foro de Davos. Diría que hay tres cuestiones. La primera es que alguien como Trump es muy hábil manipulando la historia. Los poderosos siempre se han servido del pasado y han abusado de él: Stalin, Mao… En el caso de Trump, se trata de una nostalgia del pasado; la idea de Make America Great Again, todo el movimiento MAGA, se sustenta en una visión mitológica de la América rural de los años cincuenta: todo el mundo es feliz y blanco. El segundo elemento es que, además, Trump directamente falsea la historia. Ha llegado a afirmar que Groenlandia fue un regalo de Estados Unidos a Dinamarca tras la Segunda Guerra Mundial; eso, sencillamente, no es cierto.
El tercer punto enlaza con Barbara Tuchman. En los últimos tiempos, estoy teniendo la impresión de que existe cierta ignorancia –tanto en Trump como en Putin y otros líderes políticos– sobre lo fácil que resulta precipitarse hacia crisis trágicas. Tuchman escribió sobre la Primera Guerra Mundial y cómo, casi a través de una cadena de accidentes y errores de cálculo, las grandes potencias europeas de la época acabaron sumidas en el conflicto. Nadie quería una guerra como aquella. Ahora percibo algo de ese clima: la necesidad de recordar hasta qué punto estas situaciones pueden desembocar en crisis mucho mayores de lo que imaginamos. En un contexto así, los líderes europeos deberían actuar como un bloque absolutamente unido. Me encantaría que el libro de Barbara Tuchman se entregara a todos esos dirigentes, incluidos Putin y Trump; pero me temo que no muchos estarían dispuestos a leerlo.
En el libro explicas cómo lo “radical” abre la ventana de Overton, permitiendo que las opciones más moderadas parezcan razonables. ¿Cuáles serían hoy las propuestas radicales que necesitamos, si consideramos que el mundo está girando cada vez más hacia la ultraderecha?
En muchos sentidos, tenemos que desplazar varias “ventanas” a la vez. Evidentemente, en el libro me centro sobre todo en la crisis ecológica, que en cierto modo está quedando eclipsada por Trump, Putin, la IA y otros asuntos. Pero esa crisis sigue ahí, no ha desaparecido. La semana pasada estuve en España y mi tren atravesó numerosas zonas inundadas. La crisis ecológica ejerce una especie de violencia lenta: ya está aquí y empeorará año tras año. Así que debemos seguir trabajando para mover esa ventana de Overton, y recordar que los movimientos del pasado que lograron abrir nuevos espacios –como el de los derechos civiles en Estados Unidos– contaron con el impulso de sectores radicales, como Malcolm X o el partido de los Panteras Negras. Hoy necesitamos algo similar en el ámbito ecologista. Sé que muchas personas se indignan con los activistas que cortan carreteras o arrojan pintura sobre obras de arte. Sin embargo, cuando se analizan las evidencias, incluso esas protestas que generan rechazo –especialmente en la derecha– suelen lograr que la cuestión ambiental escale posiciones en la agenda pública. Si nos referimos a la ventana de Overton, se trata de crear un espacio donde sea razonable hablar de impuestos al carbono u otras medidas concretas.
Hay algo en lo que he estado pensando últimamente –y que no abordé en el libro–: ¿dónde están los movimientos sociales en torno a la inteligencia artificial? La IA se está convirtiendo en una tecnología desbocada, en manos de un monopolio de oligarcas tecnológicos de Silicon Valley. Va a tener un impacto enorme en el empleo y en muchos otros ámbitos. Creo que surgirán movimientos para regularla, pero la pregunta es si llegarán demasiado tarde, sobre todo cuando empiece a afectar al trabajo a gran escala, algo bastante probable. Así que también en ese terreno necesitamos nuevos movimientos. ¿Tú qué opinas?
Yo tenía una pregunta guardada sobre IA. Creo que, en unos años, cuando la gente le pregunte a la IA por el Holocausto, ésta podría responder que no tuvo nada de malo, porque se habrá entrenado con mentiras. Un libro será entonces un objeto subversivo.

Desde luego, es una cuestión crucial: ¿qué hará la IA con el conocimiento humano? Pero también, ¿qué hará con nuestra percepción del tiempo? El problema de fondo es que los datos con los que se entrenan modelos como ChatGPT o Gemini proceden del actual ecosistema informativo. Y ese ecosistema está profundamente sesgado hacia el cortoplacismo: respuestas financieras inmediatas, políticas públicas diseñadas para el próximo ciclo electoral, etc. Es cierto que pueden encontrarse –aunque de forma marginal– perspectivas indígenas basadas en la toma de decisiones pensando en la séptima generación, junto a otras cosmologías intergeneracionales de largo alcance. Pero su peso es ínfimo frente al conjunto. La mayor parte de los datos refleja una sociedad neoliberal, individualista y orientada al corto plazo. De ahí que exista un sesgo inherente en estos modelos hacia una visión inmediata del mundo. Y a ello se suma, supongo, la cuestión del pasado.
Más allá de los sesgos, la IA se alimenta con noticias falsas, algunas lanzadas por personas, y otras por bots. Eso puede hacer que produzca respuestas que no sean ciertas.
Sí, tienes toda la razón. La semana pasada vi datos que mostraban que, si se compara la cantidad de información creada por humanos en internet con la generada por la IA, esta última ya supera a la primera. Y la tendencia no hará sino agravarse. A medida que los modelos empiecen a quedarse sin nuevos datos humanos con los que entrenarse, recurrirán cada vez más a los contenidos que ellos mismos producen. Es decir, empezarán a alimentarse de su propia producción, que puede estar plagada de desinformación. Los sistemas de IA no están diseñados para decir la verdad, sino que funcionan sobre la base de probabilidades. No es como acudir a la Biblioteca de Alejandría o consultar un libro, por eso es un asunto que conviene subrayar.
En realidad, el problema es aún mayor y tiene que ver con la confianza. Uno de los argumentos que planteo en el capítulo dedicado a la IA es que, del mismo modo que un sistema económico puede sufrir un colapso financiero, un sistema informativo puede experimentar un colapso de la realidad. Es decir, cuando proliferan no sólo discursos políticos falsos, sino también informes bursátiles falsificados, documentos de políticas públicas inventadas, datos manipulados de todo tipo, ¿cómo pueden funcionar las instituciones sin un grado mínimo de confianza social? Por eso, efectivamente, es fundamental poner esta cuestión sobre la mesa.
Tienes un capítulo sobre Córdoba, y estoy hablando contigo desde esta ciudad. Pones a la Córdoba de “las tres culturas” (cristiana, judía y musulmana, durante la Edad Media) como ejemplo de convivencia, pero, más allá de esta región, pocos recuerdan aquella experiencia. ¿Necesitamos políticas de la memoria sobre lo que salió bien? Al igual que las tenemos sobre la Guerra Civil española o el Holocausto.

Creo que Córdoba y el llamado periodo de la “convivencia” [lo dice en español] resultan especialmente interesantes porque, en el libro, intento mostrar que existe un enorme debate al respecto. No soy especialista en la materia, pero hablé con numerosos expertos y consulté muchos libros y artículos académicos. Cuando examiné todos los argumentos y las disputas entre académicos –si la llamada “convivencia” fue realmente una etapa de coexistencia o si, por el contrario, no fue más que una mitología que encubre un periodo trágico–, llegué a una conclusión muy clara. Si se analizan las relaciones entre judíos, musulmanes y cristianos en aquella época, es cierto que hubo tensiones y episodios puntuales de violencia –como las matanzas de judíos en el siglo XI–, pero, en términos generales, fue un periodo de relativa tolerancia cultural. No fue una utopía, pero tampoco se trata de eso. Se trata de cómo personas de orígenes distintos convivían y se mezclaban en los baños públicos, en los mercados, en la vida diaria.
En este sentido, mi libro tiene que ver con la idea de historia aplicada: entender que la historia no nos ofrece modelos perfectos ni cerrados, sino inspiración para orientarnos en el presente. Fuera de España, la mayoría de la gente apenas conoce este periodo de convivencia; incluso, dentro del país, no creo que muchos se pregunten qué enseñanzas puede aportar hoy, por ejemplo, a la política migratoria. Pero, si yo pudiera viajar a cualquier momento del pasado, iría a la Córdoba del año 1000. Me gustaría ver cómo funcionaba aquella sociedad y qué podríamos aprender sobre la construcción de comunidades en la actualidad. Para mí, Córdoba está vinculada a la historia de la conversación y del encuentro entre desconocidos. Todo esto forma parte, en cierto modo, de una política de la memoria: reivindicar que la historia no es solo materia escolar, sino una herramienta que puede ayudarnos a reimaginar el futuro. Del mismo modo que muchos gobiernos cuentan con unidades de previsión para anticipar lo que viene, deberían disponer también de “unidades de retrospectiva”. Si están pensando en migración, educación o en cualquier otro tema, convendría preguntarse qué nos enseña el pasado. Necesitamos, más que nunca, rigor histórico y pensamiento crítico.rede
Me pareció fascinante que hablaras de la imprenta de Gutenberg como difusora de fake news y responsable directo de las guerras de religión y la quema de brujas. Además, la comparas con las redes sociales. Ahora bien, la imprenta también contribuyó de forma positiva a la sociedad. Si se regularan, ¿podrían las redes impulsar el bienestar humano?

Creo que aún es demasiado pronto para sacar conclusiones. Si en los siglos XV o XVI hubiéramos intentado anticipar el impacto de la imprenta, difícilmente habríamos acertado. Del mismo modo, nadie supo prever que las redes sociales desencadenarían una crisis de salud mental, especialmente entre los jóvenes, ni que erosionarían la democracia. Tampoco creo que podamos anticipar los posibles efectos positivos que podrían derivarse de estas tecnologías. En los años 90 del siglo XX, algunos teóricos de internet, como Manuel Castells, sostenían que las redes sociales darían lugar a una sociedad horizontal, casi anarquista. Hoy esa visión puede parecer una utopía ingenua; pero, quizá dentro de cien años, miremos atrás y pensemos que, en parte, era acertada, del mismo modo que la imprenta contribuyó a expandir la alfabetización y, a la larga, a cuestionar creencias como la brujería a través del auge del conocimiento empírico y la revolución científica.
Pero es pronto para saberlo. Lo que sí parece evidente es que estas tecnologías requieren una regulación muy seria. En Australia, por ejemplo, una legislación reciente establece que los menores de 16 años no pueden utilizar redes sociales. Ahora bien, debemos asegurarnos de que la regulación proteja la confianza social, la cohesión, la democracia y los derechos. 

El verdadero riesgo es que la tecnología cruce puntos de no retorno antes de que hayamos aprendido a gestionarla. Y ése es el problema con la IA: la velocidad nos deja sin aliento.
Lo ha expresado con claridad Tristan Harris, uno de los críticos más destacados de la IA, cuando habla de una “carrera hacia la imprudencia”. Creo que no le falta razón.


Fuente: https://climatica.coop/entrevista-roman-krznaric-2/ - Imagen de portada: Retrato de Roman Krznaric. Foto: Kate Raworth

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