Evo, la dignidad de un pueblo y las razones monetarias para aceptar las represas




Por Patricio Segura Ortiz Periodista
pseguragmail.com

Durante la campaña presidencial se generó una efímera polémica cuando el comando de Eduardo Frei cuestionó el poder económico de Sebastián Piñera recurriendo a una parodia del spot de Visa, ése que habla de que existen muy pocas cosas que no se pueden comprar y que para todo el resto está la plástica tarjeta.
Más allá del uso que se hizo en la campaña, el concepto que hay detrás de ese comercial incide día a día en la forma que tenemos de ver el mundo, de comprender la realidad que nos rodea.  El pragmatismo economicista versus los valores trascendentes que no se pueden comercializar.
Hoy en la Región de Aysén  tal disyuntiva está más presente aún.   La han develado con una brutalidad nunca antes conocida en estos pagos australes las trasnacionales que quieren construir múltiples represas en este territorio, impactando irreversiblemente en términos sociales, ambientales y económicos nuestra vida.
Se ha develado en la contratación de profesionales, los regalos de todo tipo y la corrupción de nuestras comunidades aludiendo al único y feroz argumento que tienen: el dinero.  Y quienes reciben estos recursos, colaborando así con el blanqueo que realizan estas empresas de sus insustentables iniciativas, siempre tienen una explicación: tengo una familia qué alimentar, me han dicho.  Y eso lo expresan desde el empleado del más bajo nivel hasta el más encumbrado profesional, todos siempre tienen un motivo para, en varios casos, transar sus convicciones con el fin de recibir un sueldo o una regalía cualquiera.
Sí, lo sé.  Es difícil abordar este tema, porque el pragmatismo nos dice que no hablemos de ética pública y privada porque puede ser visto como un ataque personal.  Y no lo es.  Es la necesaria discusión sobre cómo construimos nuestra sociedad.
Porque aunque comprendo a los trabajadores desempleados que ven con la esperanza de la urgencia la materialización de estos proyectos, necesidad de la cual se aprovechan las empresas como lo hizo comprobadamente Celco en Valdivia durante el conflicto del río Cruces, no me calza cuando lo escucho de labios de muchos otros que sí tienen la posibilidad de optar.  Es decir, motivos para venderse siempre los habrá.  Si no tengo auto, será para comprarme uno.  Si ya tengo uno, para cambiarlo por uno mejor.  Si éste ya es óptimo, bueno, quiero arrendar una mejor casa.   O mejor aún, comprarme una.  Y si ya la tengo, ampliarla.  Y así, hacer un postgrado, cambiar de colegio a los niños, asegurar el futuro de mis hijos, e incluso de mis nietos.  Sólo entendible para quien realmente no tiene otra opción.
Sí, siempre puede haber un motivo para dejar de lado las convicciones por un par de monedas más.  Y comenzar a ver con desconfianza, con recelo, con indiferencia, ese raro concepto que es la dignidad.
Y es aquí cuando me topo con las palabras de tanto chileno patriotero que se llena la boca, por ejemplo, cuestionando al pueblo boliviano.  Y de pasada, a su presidente indígena Evo Morales.  Que son ignorantes, que son pobres, que no tienen educación, que chilito le da cancha, tiro y lado en términos de modernidad.
Y cuando comienzo a creerme ese cuento de que los chilenos somos superiores, recuerdo una escena que me persigue cuando los fantasmas de la desazón me acosan.
Es un hombre moreno, de estatura baja y rasgos y acento marcadamente aymara.  Él, de pie, se dirige a casi 200 hombres y mujeres que le escuchan atentamente.  Y alza su mano derecha con la hoja de una planta en ella.
“Es la hoja de coca verde, no es la blanca, que es la cocaína” dice el hombre.  “Esta hoja de coca que representa la cultura andina es una hoja de coca que representa al medio ambiente y la esperanza de los pueblos. No es posible que la hoja de coca sea legal para la Coca Cola y sea ilegal para otros consumos medicinales en nuestro país y en el mundo entero” expresa.
Este hombre fue Evo Morales, de pie, erguido ante los 191 jefes y jefas de Estado de la Asamblea General de las Naciones Unidas el 19 de septiembre de 2006.
Sí, lo que dijo Evo Morales ese día fue que la cultura de su pueblo, la identidad de su gente, la tradición de sus ancestros no se vendía ni se transaba.  Lo que regaló Evo Morales ese día fue un ejemplo de dignidad.
Y eso, no se aprende en la escuela, no se transa en el mercado y, por cierto, una plástica tarjeta no puede comprar.
Y eso, estimados amigos y amigas de esta hermosa tierra de Aysén, es un ejemplo que me honraría que los chilenos algún día estemos a la altura de poder siquiera imitar.  Lo que, en el fondo, hicimos hace muchos año ya.

http://www.eldivisadero.cl/noticias/?task=show&id=20803

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