Los osos polares ya no están solos: la morsas, nuevas víctimas del deshielo del Ártico



Autor: David Avendaño
Primero fueron los osos polares, ya todo un símbolo del drama medioambiental del Ártico. Y ahora son las morsas. Otros colosos que han vivido relativamente tranquilos en su inaccesible hábitat hasta que éste ha empezado a desaparecer, empujándolas tierra adentro, alejándolas de la comida y enfrentándolas a nuevos peligros.
Y es que los biólogos andan desconcertados por la masiva concentración de morsas, miles de ellas, en la costa norte de Alaska. Año a año, el número de ejemplares allí reunidos a ido en aumento, hecho, como afirma Tony Fischback, biólogo de la US Geological Survey en Alaska, “muy inusual en su comportamiento. Tradicionalmente, siguen los hielos del norte hasta el Mar de Chukchi para alimentarse en los bajíos entre Alaska y Rusia”. Normalmente, en Alaska sólo se ven grupos pequeños, de entre una docena y un centar de miembros, mientras el resto, el 80%, permanecen en los hielos flotantes.
La diferencia es que no ha habido apenas hielo en estas aguas en los últimos años. Y sin él, del que dependen para su supervivencia, las morsas han debido de trasladarse a las orillas cerca de Point Lay en el norte de Alaska. Además, “no estamos viendo tantas crías como esperábamos, una por cada tres o cuatro hembras”, dice Fischbach. “Probablemente está aumentado la mortalidad de cachorros debido al cambio del hábitat”.
“En lugar de simplemente deslizarse del hielo al agua y encontrar ahí mismo la comida, ahora tienen que trasladarse para consguirla”. ¿Y esto por qué es tan dramático? Las mamás morsas han de cuidar de sus crías durante dos años, especialmente durante los primeros siete meses de sus vidas. En el hielo flotante, durante el verano, las madres no han de esforzarse para lograr comida. Simplemente bucean en busca de moluscos e invertebrados del fondo marino bajo el hielo para alimentarse ella misma y sus retoños. Sin el hielo, tienen que nadar agotadoras distancias que les impide cuidar de sus crías.
Los traslados por el mar conllevan otras amenazas para las morsas. Por un lado, el peligro de ser cazadas por osos polares, que han sido también empujados a tierra firme. Por otro, la escasez cada vez más acusada de comida. La acidificacioón de las aguas del Ártico impide a los moluscos construir sus conchas, quedando sus poblaciones diezmadas y dejando así a las morsas sin su principal fuente de alimentación.
Pero hay otros peligros causados aún más directamente por el ser humano. El pasado año, 131 morsas, la mayoría jóvenes, murieron aplastadas tras una súbita estampida hacia el agua en el Cabo Icy de Alaska. ¿La causa? A medida que el hielo retrocede, deja rutas de navegación abiertas por las que cada vez más barcos circulan, acercándose demasiado al hábitat de las morsas. El ruido que generan asusta a las hembras adultas, que se lanzan arrastrando su tonelada de peso en una carrera frenética hacia el agua. El problema es tan acuciante, que este año el Fish and Wildlife Service ha pedido a barcos, aviones y cazadores que mantengan una distancia prudente de los asentamientos de morsas.
El US Geological Survey ha hecho un demoledor informe que afirma “una clara tendencia de empeoramiento de las condiciones de las subespecies” y concluye que hay un 40% de posibilidades de que las morsas del Pacífico se extingan antes del final de este siglo. El gobierno americano decidirá en 2011 si las morsas necesitan ser incluidas en la lista de especies amenazadas.
Fuente: Care2
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