La producción agropecuaria con “paquetes tecnológicos” llamados de “punta”, un mito similar a los “espejitos de los colonizadores”







Luis L. Vázquez Moreno
Rebelión



Con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial la producción agropecuaria sufrió un cambio tecnológico trascendental, que devino en el paradigma del productivismo, sobre la base de la explotación intensiva de las tierras. Este consistió en un proceso acelerado de desarrollo de nuevas tecnologías, principalmente de maquinarias e implementos diversos, de fertilizantes, plaguicidas y otros agroquímicos, así como de tecnologías de preparación del suelo y manejo del cultivo, incluyendo el mejoramiento genético para lograr variedades con alta respuesta productiva.
Después de más de 50 años de lo que se llamó “Revolución Verde”, el saldo de experiencias es inmenso, pues efectivamente se logró incrementar la producción de alimentos frescos o procesados para el mercado y de biomasa como materia prima para la agroindustria. Se ha acumulado una gran cantidad de información científica y técnica, debido a diversas fuentes de financiamiento que han tributado a universidades y centros científicos, la mayoría de estos creados durante este periodo, entre otros avances en lo que se ha nombrado también “tecnologías de punta”, las que a través de la globalización han devenido en un sistema de colonización tecnológica para muchos países.
Esto ha contribuido a que se aceptara internacionalmente que la agricultura se realice mediante “paquetes tecnológicos”, los que han proliferado a escala internacional a través de empresas de maquinaria, agroquímicos y semillas, las que se han “replicado” en los diferentes países mediante normativas e instructivos de cultivos y crianza de animales, “adaptados” y “mejorados” para la agricultura local por investigadores, especialistas y funcionarios de entidades nacionales e internacionales.
El saldo social de este enfoque tecnológico es de tal magnitud que en los centros de enseñanza de diferentes niveles, incluyendo las universidades, en las entidades de servicio público (ministerios, institutos, etc.) y en la población en general, se ha generalizado la percepción de que la agricultura es únicamente cuestión tecnológica y que esta debe realizarse mediante el uso de maquinarias e insumos externos, sobre todo importados, para lograr incrementos productivos a través de la explotación intensiva del suelo en campos de grandes extensiones.
El éxito de este enfoque en la percepción social se expresa por el hecho de que ante las crisis internacionales de los últimos años (económica, energética, alimentaria, climática, valores y otras), generadas por la globalización de la economía, los decisores recurren con frecuencia a dicho modelo, sin analizar que precisamente es una de las causas de estas crisis y conduce al ciclo vicioso de las tecnologías que ha caracterizado a la producción agropecuaria en los últimos 60 años.
Sin embargo, se obvia o no se desea analizar y mucho menos informar a los estudiantes y el gran público, los errores cometidos con la explotación intensiva de las tierras, principalmente los efectos negativos debido a afectaciones del medio ambiente y la biodiversidad, a la salud integral de las personas, a la percepción de la población, los gastos excesivos de energía y la contribución al cambio climático, entre otros efectos degradativos de gran complejidad, también ampliamente documentados científicamente.
Incluso, muchas veces se menciona como política agraria el nuevo paradigma de la “agricultura sostenible”, se discursa sobre protección del medio ambiente y la biodiversidad y no se actúa en consecuencia, como lo demuestra el hecho de que aun más del 50% de los proyectos de investigación de las universidades y los centros científicos tributan a la agricultura intensiva, con mayor énfasis a la agricultura biotecnológica especializada para la agroindustria, que se sustenta en tecnologías que requieren de grandes extensiones de monocultivos.
Los eslabones más débiles y afectados en esta “cadena productiva” son los que están en los extremos: primero el agricultor y finalmente el consumidor. Ambos deben asumir costos de diversas características, que van mucho más allá de la clásica “economía agropecuaria” que se sustenta únicamente en el valor monetario.
De hecho muchas personas califican habitualmente este análisis como “romántico”, pues expresan que “hay que comer” y eso solo se logra con producciones “protegidas con agroquímicos”, lo que constituye un permanente conflicto de intereses que ha afectado muchísimo las demandas de la sociedad hacia el sector agropecuario.
Lo más negativo de este asunto social, económico y ambiental es que las decisiones, muchas veces desesperadas por la necesidad de incrementar la producción, generalmente se enfocan hacia el modelo productivista, el que sigue siendo ese viejo paradigma que se originó durante los años 50-60 del pasado siglo.
Ahora en el año 2011, a más de medio siglo de haber surgido dicho paradigma, cuando se requiere una agricultura que reduzca gastos energéticos, incremente la producción de alimentos, garantice la salud y se adapte al cambio climático, entre otras demandas, resulta errado que la sociedad, donde ha proliferado la cultura, la ciencia y la democracia, se mantenga “atada” a viejos enfoques tecnológicos agropecuarios, y se necesita reconocer que producir alimentos no es solamente cuestión tecnológica, sino también cultural, social y ambiental, pero además, tanto la producción como el consumo de alimentos constituye un acto ético.
En particular sobre productividad agropecuaria, calidad de alimentos, efectividad económica y energética, así como salud integral, hay muchísimas informaciones científicas y experiencias de agricultores que demuestran que una agricultura con enfoque de sostenibilidad (base agroecológica) puede transitar hacia sistemas agrícolas de nuevo tipo, los que estarán en mejores condiciones para solucionar la mayoría de los problemas que enfrenta el sector agropecuario en muchos países.
Precisamente, el conflicto de intereses ocurre porque la agricultura sostenible contribuye a la soberanía tecnológica y eso afecta a muchísimos intereses. Por ello se afirma que “jugar” con las tecnologías globalizadas ha sido uno de los principales errores de enfoque de la producción agropecuaria en América Latina, Asia y África. Precisamente en países de África, donde en los últimos años se ha implementado el modelo de la “Revolución Verde”, las incompatibilidades de estas tecnologías en los sistemas agrícolas se están expresando en diferentes dimensiones, algunas de ellas no muy evidentes o enmascaradas, pero que tienen impactos negativos en el orden económico, tecnológico, social y ambiental.
Para la mayoría de los agricultores en América Latina y el Caribe, donde los recursos económicos escasean, la asistencia técnica es limitada e inadecuada y los efectos del cambio climático son significativos, la introducción de estos “paquetes tecnológicos” no resulta compatible, lo que muchas veces se expresa en el tiempo, cuando la “tecnología de punta” introducida no se mantiene o comienza a manifestar deficiencias. Proliferan las mezclas tecnológicas en fincas de agricultores de medianos y bajos ingresos, en que los resultados productivos son bajos y el costo económico y energético es elevado.
En Cuba, por ejemplo, donde se ha avanzado notable y exitosamente hacia la producción agropecuaria sostenible en sistemas campesinos, en la agricultura de montaña y en la agricultura urbana, donde se evidencian avances paulatinos en la agricultura suburbana, entre otros resultados, resulta de alto riesgo la introducción de estos “paquetes tecnológicos” superintensivos, caracterizados por el uso de agroquímicos, la mecanización y las variedades transgénicas. Por supuesto, los efectos negativos de estos “polos tecnológicos” son mayores cuando dichas tecnologías son introducidas e implementadas íntegramente “de afuera”, con la misma percepción de los “espejitos de los colonizadores”.
En la época de la conquista, los espejitos vislumbraban a los nativos y se los cambiaban por diversos recursos naturales, pero no resolvían sus problemas fundamentales y lo que sucedió después es bastante conocido. Actualmente, las tecnologías llamadas de “punta” en la producción agropecuaria, vislumbran de igual forma, pero no son la solución del problema de la seguridad y soberanía alimentaria.
La documentación científica sobre este tema es profusa y suficientemente esclarecedora, los debates de especialistas y técnicos en diversos escenarios constituyen una valiosa argumentación y, lo más importante, la percepción de muchísimos agricultores es irrebatible.
Estas evidencias sugieren que se debe desaprender el enfoque tecnológico del productivismo, que ha colonizado a la producción agropecuaria en muchos países del Mundo a través de la globalización.
Lo antes expuesto, a manera de reflexión personal, es una sugerencia de que el nuevo paradigma en la producción agropecuaria es la soberanía tecnológica para el manejo sostenible de tierras; es decir, no transformar, sino adaptarse a los ecosistemas.

Más importante que aprender es desaprender (E. Punset)

* El autor es Investigador Titular, Ingeniero Agrónomo, Doctor en Ciencias, Instituto de Investigaciones de Sanidad Vegetal (INISAV).
La Habana. Cuba. CE: lvazquez@inisav.cu


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Cómo forrarse y no entenderlo

Gustavo Duch Guillot
La Jornada



Piense que usted es el dueño de Cargill, la mayor empresa privada norteamericana que controla –más o menos– la mitad de la comercialización de granos del mundo, y llega el fin del mes. -¡Que lata, otra vez a reunirme con los contables –pensará– para que me cuenten cifras y datos que apenas entenderé, en lugar de estar montando a caballo en el Club. Enciende el puro, se sienta en su despacho y manda llamar al jefe de cuentas. Más o menos le explicaría algo así:
–Buenos días señor Cargill, aquí le traigo las cuentas que ya han pasado las auditorías correspondientes. En primer lugar quiero felicitarle por su exitosa gestión. Observe, en primer lugar, que en los últimos seis meses hemos alcanzado un beneficio neto de 2.370 millones de dólares…prácticamente la misma cifra que todo el ejercicio anterior. A este ritmo podemos alcanzar unos beneficios récord…
–Y eso –dice usted mirando al infinito, porque no sabe aterrizar el dato –¿será mucho dinero, no?
–Pues mire, con esos beneficios podríamos asegurar uno de los objetivos del milenio nosotros solitos: la educación de todas las niñas y niños. ¿No está mal, verdad?
–Nada mal, desde luego, y dígame, -dice usted sin perder la compostura poniendo cara de erudito –¿y cómo ha sido eso si son los meses de la crisis alimentaria?
–Precisamente. Fíjese en esta partida llamada ‘Beneficio netos de la explotación’. Es decir, como somos una empresa comercializadora de grano, –le cuenta el contable– es la partida donde se recogen los datos de nuestra explotación, comprar y vender grano. Ahí hemos tenido unos beneficios altísimos comparados con los del año pasado. Con la crisis alimentaria el precio de los cereales ha subido brutalmente y ese margen es todo para nosotros. Es un éxito, por un lado, de nuestro departamento de marketing, que ha colaborado en generar la sensación de falta de alimentos; del departamento de biocombustibles…que venden sin parar; y por otro lado del departamento de soya, que en momentos clave ha retenido producto en los almacenes para hacer subir su precio…todo lo que su abuelo ya nos enseñó, llevado a la práctica milimétricamente.
–Sí claro, las tácticas del abuelo, siga por favor
–En el capítulo de ‘Ingresos extraordinarios’, son otra vez eso, extraordinarios.-dice el contable con una risita tonta. –Pero ya sabe usted que se llaman así, no por la cantidad, sino porque no se corresponden a nuestra actividad habitual. Aquí, básicamente contabilizamos todos los beneficios que nuestras divisiones Cargill Risk Management y Black River Asset Management logran especulando con el comercio ficticio de granos. ¡Qué gente más astuta! Al manejar información clave de la oferta y la demanda de cereales, son los que más preparados están para ganar dinero en el mercado de futuros, en la bolsa de Chicago. ¡Ya sabe, eso fue cosa de su querido padre!
Y usted, extrañado, hará una pregunta ingenua. –¿Pero el G-20 no quería poner coto a la especulación financiera con alimentos? –Ja,ja –ríe el contable– ahí quien estuvo sensacional fue su primer vicepresidente, el señor Paul Conway, cuando en unas declaraciones previas a la reunión del G-20 dijo literalmente “los especuladores son siempre un blanco fácil, pero los especuladores no causaron que los precios de los alimentos se dispararan en la segunda mitad de 2010. Entre más haya diferentes tipos de jugadores tratando de utilizar los mercados de derivados, más se refleja el verdadero precio de las mercancías. La culpa se debe restringir al mal tiempo y a los desastres naturales”.
–Por último –le señala el contable unos números en rojo– verá que en gastos también tenemos una partida extraordinaria….se trata de un donativo para ayudar a África. –Perfecto, –respira usted– eso me parece muy bien, pero sobretodo que sea dinero que llegué a la población.
–Claro, no se preocupe, estamos en contacto con la organización benéfica de Bill Gates que impulsa la agricultura industrializada en esas tierras… seguro que algún día –sentencia el contable con su jerga propia– tengamos retorno financiero.


*Autor de Lo que hay que tragar
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2011/04/24/index.php?section=opinion&article=022a1eco


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