martes, 29 de diciembre de 2015

Un agujero en el cielo



Somos incapaces de comprender la enormidad de nuestras acciones más insignificantes


El científico holandés Paul Crutzen, Premio Nóbel de Química 1995, advirtió hace ya varios años que el agujero en la capa de ozono instalado justamente encima del hemisferio austral, ya tenía el tamaño del territorio de los Estados Unidos.

Con esto, el eminente químico quiso llamar la atención de que cerca de diez millones de kilómetros cuadrados, o las tres cuartas partes de la superficie del inmenso continente antártico en donde el agujero cierne su amenaza, están recibiendo una radiación anormal como consecuencia de la destrucción de esa capa protectora.


A pesar de todo lo que se ha escrito y hablado al respecto, por ninguna parte se advierten las medidas de prevención para contrarrestar el fenómeno. Es como si los países consideraran esta enorme herida de la atmósfera uno de tantos problemas abstractos y lejanos, de los cuales ya se ocuparán en su momento otros gobernantes u otras entidades internacionales.
Los anaqueles de los supermercados continúan abarrotados de aerosoles que contienen los componentes químicos, a cuyo uso indiscriminado se adjudica una gran parte de la responsabilidad en esta catástrofe ecológica. También la industria continúa arrojando sus desechos a mares y ríos, mientras el habitante de las ciudades sigue su vida ordinaria, inconsciente e ignorante de las consecuencias que tendrá, en su salud, en su ambiente, en la vida de sus descendientes, un hecho del que quizás haya oído hablar, pero que no le quita el sueño.
Los problemas de ambiente -como la destrucción de la capa de ozono, la cual según cálculos muy conservadores llegará a ocasionar daños irreversibles a la vida del planeta- a partir de las actuales generaciones, se caracterizan por su extraña cualidad de mantenerse flotando en una especie de limbo en la conciencia de gobernantes y gobernados. Un limbo equidistante entre el olvido total y de las decisiones urgentes, porque al escapar al ámbito personal dejan de tener prioridad.
Esto sucede no sólo con las terribles amenazas a la salud, como son el cáncer, el SIDA, la hepatitis B o la tuberculosis, sino también con los grandes desastres que jalonan día a día la historia contemporánea y pueblan de muerte todos los puntos de la tierra. Hambrunas, catástrofes naturales, epidemias, pasan de largo por la vida cotidiana hasta que ésta llama, directamente, a la puerta de nuestra propia casa.
La indiferencia que nos caracteriza respecto a nuestra percepción de las catástrofes ambientales, se refleja en todos los aspectos de la vida. Y, al igual como frente a las guerras o las hambrunas que acaban con la vida de millones de seres humanos en continentes lejanos y nos llegan a retazos en los noticiarios de la noche, permanecemos pasivos ante la noticia de la pérdida constante de una parte de la capa protectora que envuelve a nuestro planeta, la cual nos resguarda de radiaciones potencialmente letales.
Uno de los rasgos distintivos de nuestra especie es la incapacidad de reaccionar ante lo que somos incapaces de comprender de inmediato. Y para comprender algo, a pesar de vanagloriarnos de nuestra mente especulativa capaz de procesar ideas complejas, requerimos la intervención de varios sentidos a la vez.
En otras palabras, somos incapaces de abstraer. No solemos aceptar que un proceso que toma más de cien años -lo cual ante nuestra pequeñez parece una eternidad- puede significar nuestra destrucción. Y como no logramos apreciarlo en perspectiva, pretendemos que no nos corresponde a nosotros detenerlo.
Esta forma inmediatista de proyectar nuestra vida, reflejada en los sistemas económicos a los que nos aferramos con ansiedad, terminará finalmente por demostrar que el proceso de degradación de la Tierra en que vivimos no es más que un mecanismo de defensa natural en el cual hacemos el triste papel de “cuerpos extraños”.