Pensando en los ríos como las venas del planeta

Algunos de mis recuerdos más preciados de la infancia ocurrieron en o cerca de un río.  Aún recuerdo la sensación del agua helada en mis pies y cómo la corriente me jalaba suavemente entre piedras y ramas. En vacaciones, con mis primos, solíamos aventarnos a un río que estaba cerca de la casa de campo de mis tíos, desde lo alto de rocas o desde las fuertes ramas de un árbol.  Recuerdo además viajes por carretera en los que atravesábamos los grandes ríos del sur de México a través de puentes muy largos.
 
Siempre he pensado que los ríos son las venas del planeta. Los ríos y sus afluentes llevan en sus aguas nutrientes a humedales, lagos y al mar. También llevan oxígeno y son el hogar de miles de animales. Y son fuente de agua para millones de personas en pequeños poblados y grandes ciudades.  Nos dan alimento, entretenimiento, transporte y vida.

Los desastres naturales recientes nos han recordado que —aunque nos empeñemos en hacerlo— no hay límites, represas, diques o ductos que puedan controlar al agua. Aunque es cierto que, implementadas adecuadamente, las represas pueden ser beneficiosas, en muchos casos y particularmente en proyectos de gran envergadura, los daños son mayores que los beneficios.
Actualmente, existen más de 300 proyectos de grandes represas en construcción o planeados en América Latina. Ello está ocurriendo sin que se realicen, en la mayoría de los casos, evaluaciones adecuadas respecto de los impactos ambientales y sociales. El resultado son comunidades desplazadas de sus hogares, bosques deforestados, ríos sin peces, etc.
Bloqueando nuestras venas
El agua que fluye en ríos y conjuntos de ríos es vital para mantener el equilibro natural del planeta y sus condiciones de funcionamiento, entre ellas el clima. Es como la sangre que circula por el complejo sistema de nuestro cuerpo.
Una de las principales causas de muerte en las personas son los infartos o enfermedades cardiovasculares, derivadas del colapso o taponamiento de arterias o venas.  En el planeta, por el contrario, sólo un tercio de los grandes ríos del planeta continúan libres, sin presas ni canales.
Entonces, sin ser médico o biólogo, me pregunto: ¿estamos rumbo al colapso del sistema al bloquear, entubar, manipular y contaminar las venas de la Tierra, que es también un organismo vivo como nosotros? Si el ciclo hidrológico es el principal regulador del clima, ¿es la actual crisis climática una de las respuestas de nuestro entorno natural a los daños causados en su sistema circulatorio?
Una causa de extinción
La desembocadura del río Colorado en el mar de Cortes, al noreste de México, es una zona rica para la vida marina del Golfo de California, incluyendo la vaquita marina, una especie de marsopa casi extinta. El caudal llevaba al mar sedimento con muchos nutrientes, pero ya no.
Desde su nacimiento en las montañas de Colorado, hasta el fin de su cauce principal, en el río Colorado se han construido más de 10 grandes presas y 80 desviaciones de agua para la agricultura y otros usos. El Golfo ahora recibe muy poca agua del río, lo cual afecta no solo a la vaquita marina sino también a los pescadores de la zona. Nadie menciona que la casi desaparición de esa especie puede deberse en gran medida, a la destrucción de su hábitat por el represamiento del río.
El San Pedro Mezquital es el último río fluyendo libre en la Sierra Madre Occidental de México. 
Crédito: C. Thompson.
El último río libre
También en México está el río San Pedro Mezquital, el último río que fluye libre en la Sierra Madre Occidental.  Sus aguas vinculan y son fuente de identidad y cultura para los pueblos indígenas de la región. Su cauce, de más de 500 kilómetros de longitud, conecta los bosques de la sierra con los manglares de la costa, desembocando en Marismas Nacionales, el manglar más extenso del Pacífico Mexicano.
Marismas Nacionales es un humedal de importancia internacional, sustento de las más de 12 mil familias dedicadas a la pesca, la agricultura y el turismo.  Pero el San Pedro Mezquital está en riesgo, por la intención del gobierno mexicano de construir allí una represa hidroeléctrica.
Si el cauce del río es interrumpido, su aporte de nutrientes aguas abajo se reduciría drásticamente, poniendo así en peligro la existencia de Marismas Nacionales, su biodiversidad y la rica economía de la zona, destruyendo además al menos 14 sitios sagrados para las comunidades indígenas.
Estamos a tiempo de cambiar el rumbo y evitar el colapso del mundo natural que nos rodea, el único que tenemos. En AIDA entendemos la importancia de los ríos y buscamos protejerlos de proyectos inadecuadamente implementados.
Si hacemos ejercicio y comemos sano para evitar infartos, ¿por qué no dejar de contaminar o bloquear el curso natural y libre de nuestros ríos para gozar de un ambiente sano?

Fuente: www.aida-americas.org - Boletin de ecosistemas.cl

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El agua, espejo de nuestros desmanes


En el año 2050, el 40% de la población vivirá en entornos de estrés hídrico. En España, en 2021, se prevé un 20% menos de recursos hídricos que a principios de los años 90
Más de un millar balsas ilegales de regadío acaparan el agua de Doñana. WWF DOÑANA

Pocos elementos hay en el mundo cuyo tratamiento requiera un enfoque tan poliédrico como el agua: Desde la evocación de la infancia jugando en el río hasta la imagen de grandes centrales hidroeléctricas a los pies de embalses bajo los que se esconden pueblos muertos e inundados. El agua es capaz de lo mejor y de lo peor, es vida pero también puede ser muerte, es como nosotros mismos, y actúa como un espejo de nuestra forma de vivir, devolviéndonos una imagen que a veces nos incomoda.

Cristina Monge

Quizá sea por eso por lo que el agua no acaba nunca de ser protagonista en los debates sobre cambio climático y cerca estuvo de quedarse sin ser un punto específico dentro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Afortunadamente se evitó a última hora con la inclusión del ODS 6 dedicado al "Agua limpia y saneamiento". Por eso, o porque su transversalidad hace que se convierta en invisible frente a abordajes sectoriales más sencillos. Sea como sea, el agua es un buen indicador para conocer los efectos de nuestra relación con el planeta, porque acaba reflejando en ella todo lo que opera sobre la biosfera.
Uno de los primeros impactos que el cambio climático está teniendo sobre el planeta es la menor disponibilidad de agua. A nivel global, según el estudio Perspectivas ambientales de la OCDE hacia 2050. Consecuencias de la inacción, en el año 2050 el 40% de la población vivirá en entornos de estrés hídrico. Centrándonos en España, el Centro de Estudios y Experimentación de Obras Públicas (CEDEX), elaboró en 2010 un informe a petición del ministerio de Medio Ambiente sobre el impacto del cambio climático en la disponibilidad de recursos hídricos. A lo largo de un pormenorizado estudio, se constata una reducción generalizada de precipitaciones y un aumento de las temperaturas, lo que ocasiona un incremento de la evapotranspiración y menor recarga de los acuíferos. Todo esto se está constatando ya, cuando se comprueba que los ríos están recibiendo menor volumen de agua. Como ejemplo, las cuencas del Guadiana, el Ebro y las cuencas internas de Cataluña disponían, hace siete años, cuando se elaboró el informe, de un 20% menos de agua que diez años atrás. A esta menor disponibilidad hay que añadir el aumento de la demanda hídrica de la vegetación y los cultivos debido a la mayor evapotranspiración que provoca el aumento de las temperaturas. De hecho, las mayores pérdidas de agua en la vegetación natural y en los cultivos por esta mayor evapotranspiración pueden llegar a afectar más que la propia reducción de las precipitaciones, al menos en ambientes áridos. Con todos estos elementos, los escenarios contemplan para el año 2021 un 20% menos de recursos hídricos respecto a principios de los años 90. El cambio climático, sin duda, reduce la disponibilidad de agua y hace de España un país más vulnerable.
Otro de nuestros desmanes, reflejado en ríos y acuíferos, es la contaminación. En el conjunto del planeta pervive una idea de los ríos presidida por su función de arrastre, que los convierte en el vertedero de todo aquello que no queremos ver ni oler. Se sabe que uno de cada cuatro acuíferos en España está contaminado por nitratos procedentes del uso masivo de fertilizantes nitrogenados en la agricultura. En el contexto de cambio climático que nos encontramos, con menos agua, esta situación de contaminación se agrava notablemente y compromete la salud de los ríos y acuíferos, y por tanto, de buena parte del suministro de agua de boca. Para los que tenemos la suerte de vivir en esa parte del mundo que dispone de energía y tecnología, el dilema se abordará con más inversión y mayor coste, lo cual ya es un problema tanto económico como de emisiones de CO2. Pero, ¿cómo van a afrontar este drama quienes no dependen de estos recursos, que son, además, los que están más expuestos a los efectos del cambio climático?
La otra cara de la moneda de la menor disponibilidad de agua y su mayor contaminación es la demanda. En España, aproximadamente el 80% del agua se destina a regadío; el 20% restante queda para abastecimientos urbanos y demanda industrial. En cuanto al consumo urbano, se ha demostrado en diferentes municipios que cuando existe presión social y un trabajo continuado de información y educación, se consigue reducir la demanda. Ahora bien, en el momento en que estas campañas cesan o reducen su intensidad, buena parte de las mejoras obtenidas se pierden y se regresa a un mayor consumo. En cuanto a los regadíos, según el informe Consecuencias del cambio climático sobre la disponibilidad de agua en España tras la firma del acuerdo de París de Ecologistas en Acción, elaborado por Julia Martínez, la suma de nuevos regadíos contemplados en el conjunto de los Planes hidrológicos españoles 2015-2021 supondría el incremento de un 16.9% de hectáreas de regadío. Nada menos que 700.000. ¿Es esto posible y viable a la luz de la menor disponibilidad de agua y del incremento de contaminación asociada, entre otras cosas, al exceso de nitratos en los fertilizantes agrícolas? Y aunque no se pueda entrar aquí a fondo en el debate, ¿para qué modelo agrícola, con qué consecuencias sociales, con qué competitividad en el mundo global? Demasiados interrogantes para abordar en este espacio, pero que deben formar parte inexorablemente de la reflexión.
El cambio climático está también detrás de la mayor frecuencia con que estamos sufriendo fenómenos meteorológicos extremos que dan lugar a desastres mal llamados "naturales", como hemos comprobado recientemente con los huracanes que han asolado el Caribe, el estado de Florida, o las inundaciones en el sureste asiático, entre otras. En el marco del Seminario "Cambio climático y agua" organizado por Ecodes en febrero de 2016, la que fuera directora de la Oficina de la década del agua de Naciones Unidas, Josefina Maeztu, recordaba que “el 90% de los desastres naturales de los últimos 15 años han sido avenidas, sequías y tormentas, desastres que han afectado a 4.200 millones de personas desde 1992”. Tras ello, como han certificado ya diversos estudios científicos, emerge de nuevo el cambio climático; eso que todo lo cambia, parafraseando a Naomi Klein.
Y, por si todo esto fuera poco, el agua tampoco escapa a una de las lacras de nuestros días: la corrupción. El 30% de los recursos destinados en el mundo a mejorar la gestión del agua se escapan por las cloacas de la corrupción. España no es ajena a este drama, como hemos podido ver en el caso del Canal de Isabel II o en otras polémicas como las que ya en el año 2004 describía la Fundación Nueva Cultura del Agua en el informe Aguas Limpias, Manos limpias.
El agua es un buen espejo de nuestra sociedad que nos devuelve una imagen bastante fidedigna de nuestros desmanes. El desprecio a las cuestiones ambientales en general, y el cambio climático como sintomatología de todo ello, da como resultado una menor disponibilidad de agua, una mayor contaminación y el incremento de fenómenos meteorológicos extremos y desastres "naturales". Mientras tanto, las políticas de gestión de la demanda siguen siendo notoriamente tímidas, y la corrupción hace de las suyas en un sector que mueve importantes cantidades de recursos.
La buena noticia es que conocemos el problema y sabemos cómo hacerle frente. Además, si queremos cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible no quedará más opción que repensar toda la política del agua en función de este escenario de cambio climático y de las metas que los ODS plantean. Para cumplir los 17 objetivos, pocos elementos hay tan estratégicos y transversales como la política hidráulica. Según relata Naciones Unidas en su informe Agua para un mundo sostenible, “Las inversiones en agua y servicios de saneamiento se traducen en beneficios económicos sustanciales; en las regiones en desarrollo, el rendimiento de la inversión se ha estimado entre 5 y 28 dólares estadounidenses por dólar”. Porque no se trata sólo de conseguir agua limpia y saneamiento, mejorar la vida submarina o la vida de los ecosistemas terrestres. La lucha contra el hambre y la pobreza necesita de agua para la vida; la salud y el bienestar es impensable sin acceso garantizado al agua potable y al saneamiento; la educación en buena parte del planeta depende de no tener que recorrer unos cuantos kilómetros todos los días para ir a buscar agua al río --tarea que recae la mayor parte de las veces en mujeres y niñas--; el desarrollo económico, la reducción de las desigualdades, la creación de ciudades con mayor calidad de vida, o la paz mundial, no podrán conseguirse si no se materializa y garantiza el derecho al agua como un derecho humano, que es el primer derecho que da lugar al resto de derechos, porque sin ella no hay vida.
Estamos, por tanto, ante un desafío global, que en nuestro país presenta características propias pero que debemos analizar desde una óptica integradora y con la mirada puesta en el largo plazo. Conscientes de eso, hemos de hacer lo posible por preservar la calidad de nuestros ríos y acuíferos reduciendo al máximo la contaminación, repensar nuestros modelos de usos del agua poniendo en marcha políticas ambiciosas de gestión de la demanda, y garantizar una gestión transparente del agua que no deje resquicio alguno para las malas prácticas o la corrupción. Y todo esto ha de hacerse, para tener éxito, mediante procesos deliberativos donde se implique al conjunto de la población en la definición de la política hidraúlica. Es imprescindible trascender el estrecho concepto de "interesado" que suele primar en el derecho administrativo, porque, ¿quién no está interesado en que se gestione bien aquello que nos da -o nos quita- la vida? La Directiva Marco del Agua avanza en este sentido, pero hay que ir más allá si queremos implicar al conjunto de la población para de esta manera, correponsabilizarla en una política que de otra forma no podría tener éxito.
Y como ejemplos, para acabar con esperanza, aquí pueden verse algunas iniciativas que caminan en este sentido, como la Hoja de Ruta del Cambio climático en Navarra, o la Ley catalana contra el cambio climático, que nos dicen que algo puede estar empezando a cambiar.

Cristina Monge es Directora de conversaciones de ECODES. Profesora de sociología en la Universidad de Zaragoza. @tinamonge
Fuente: http://ctxt.es/es/20171011/Politica/15518/cambio-climatico-recursos-hidricos-agua-sequia-ctxt-cristina-monge-huracanes.htm

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