La Impermanencia

Uno de los rasgos que con más frecuencia se relaciona al budismo es el del carácter impermanente de nuestra existencia. En una comprensión simple, podemos decir que el budismo explicita que nada permanece igual. No solo el mundo fenoménico, sino aquello que consideramos el núcleo íntimo de nuestra identidad no es más que un discurrir constante. Nada permanece estable.

Por Juan Pablo Restrepo

 
Dentro de las enseñanzas budistas, se pueden distinguir tres aspectos que deben considerarse interconectados: impermanencia, no-identidad y sufrimiento.  Como lo dijimos antes, la impermanencia se refiere al carácter evanescente de nuestra existencia. Nada permanece igual, todo está en constante cambio. Cuando nos referimos a la no-identidad, estamos hablando de que la creencia en un yo estable, que damos usualmente por sentado, desde el punto de vista budista, es ilusoria. No hay un núcleo en nuestra identidad que podamos indicar  como sólido y estable. La errónea creencia en la permanencia de un yo es lo que se suele considerar como principal factor de sufrimiento. En la base de nuestra vivencia, existe una especie de insatisfacción. Podríamos quizás llamarlo un desfase, un desajuste en la manera en la que encaramos la realidad. Queremos que las cosas, situaciones o personas permanezcan  inalterables y nos aferramos tenazmente a ellas. Y, sin embargo, a pesar nuestro, las cosas cambian.
 
En la interconexión de estos tres aspectos el budismo define el marco de nuestra experiencia y nuestro habitar el mundo. Y en la comprensión y la realización de estas características definitorias en las que podremos hallar cierta liberación de la ignorancia. La impermanencia no presenta entonces un problema que debemos superar o una condición ontológica que debe ser negada. Podemos afirmar que el propósito consiste en ajustar nuestra percepción, de manera tal que comprendemos, no solo a un nivel teórico sino hasta la médula misma, que las cosas no permanecen, tal como lo dice el Sutra del Diamante:
Todos los fenómenos condicionados
son como sueños, ilusiones, burbujas y sombras;
son como gotas de rocío y relámpagos de luz.
Contémplenlos de esta manera.
En este sentido la comprensión del carácter impermanente de nuestra experiencia está relacionado con una especie de sabiduría liberadora: conocimiento que nos desprende de imágenes y proyecciones erróneas.
Percepción poética del devenir

Vimos que la comprensión de la impermanencia resulta de vital importancia para el proyecto soteriológico del budismo. El intimarse con la transformación profunda que acaece es un aspecto necesario del camino y de la práctica misma. La impermanencia nos recuerda entonces el carácter urgente de la práctica espiritual. Ya que todo pasa, ya que nuestros días están contados, más vale que prioricemos la búsqueda espiritual que nos llevaría al encuentro con el enigma de la vida y la muerte, al gran asunto, tal como lo recuerdan los maestros en la tradición zen.
Sin embargo, es posible hallar, en una estrecha relación con el budismo, otros matices que abren la intimidad con el carácter evanescente de nuestras vidas y lo real. Es en la tradición del Haiku, los cortos e instantáneos poemas que nacen en la tradición japonesa, que corre paralela a la tradición zen, a veces nutriéndose de ella, otras veces repeliéndose, donde podemos vislumbrar otro sentido. En la percepción del instante fugaz surge la fuente de inspiración para una poesía como el Haiku. Quien los escribe debe cultivar una gran sensibilidad al momento presente, debe refinar su atención, hasta tal punto de ser capaz de escuchar el sonido de las camelias al caer, tal como nos lo dice Ranko:
Sólo se escucha

Caer camelias blancas

Noche de luna
O como nos lo señala Onitsura:
Abre el oído,
somételo al silencio
de las flores
Pues es en ese instante en que los poetas del Haiku intentan hacer su morada fugaz, una morada en la intemperie que se relaciona directamente con el instante, como lo dice Nikyu:
Instante

Entre la luna que se va

Y el sol que llega
(libélula)
Esa intimidad en el instante pasajero muestra algo: una atención vigilante pero abierta, no constreñida, que deja que las cosas sean, y no fuerza un sentido. Es como si la imagen en el Haiku hablara por sí sola, en su simplicidad y fugacidad.
Vemos entonces que el carácter impermanente de los fenómenos y del propio yo no necesariamente nos lleva a la depresión o al rechazo del mundo y lo sensible, como podría esperarse en el primer sentido antes mostrado. Para que los fenómenos surjan en su más propia libertad, requiere que se desprendan de ese carácter sólido, pesado y casi pegajoso que los retiene en conceptos de todo tipo. Es así como una percepción poética del devenir se hace posible. Los fenómenos despliegan su riqueza y el receptor mismo entra en este fluir. Estamos entonces hablando de fenómenos y de fluir, de montañas que se hacen ríos y de montañas que caminan al pie de las nubes, tal como lo recuerda el maestro Dogen, en su maravilloso Sutra de las Montañas y las Aguas:
Todas las aguas aparecen al pie de las montañas orientales. Sobre todas las aguas están las montañas. Se camina dentro y se camina más allá sobre las aguas. Todas las montañas caminan con los dedos de los pies sobre todas las aguas y chapotean allí.
Los peligros
 
Sin embargo quisiera señalar algunos peligros. La impermanencia no solo nos lleva a desprendernos de la solidez de las cosas sino del yo mismo. Si no existe yo y no existe identidad, ya que tanto los fenómenos como el yo no son más que un eterno fluir, ¿a quién podemos imputar las acciones cometidas? Si no hay un yo a quien imputarlas, ¿quién se hace responsable? En un lugar común de apropiación de las enseñanzas budistas sobre la impermanencia, puede existir un quiebre en el compromiso con los propios actos. Esto es lo que podríamos definir como una incapacidad para prometer, una incapacidad para comprometerse. El eterno cambio puede bien ser una excusa a través de la cual nos limpiamos las manos y apartamos la vista a una realidad sórdida e injusta, pues precisamente conceptos como justicia se diluyen en un orden que pregona un constante fluir. El sujeto de la impermanencia, que no es más sujeto, vive en una corriente que le impide tomar una posición, ya que toda posición ante la realidad es reificar, de manera ignorante, un yo o una identidad. De esta manera, el cuasi sujeto de la impermanencia descubre en el fluir de su experiencia un escape al posicionamiento ante la realidad. La identidad y el sujeto se pierden. El exceso de énfasis en la impermanencia puede resultar entonces en un decaimiento de la ética y en una falta de compromiso con el mundo a nivel político.
Impermanencia y política
Uno de los rasgos que más inquieta el desarrollo de este tema es la relación entre impermanencia y política. En un sentido, la impermanencia nos puede llevar a tener una actitud de no arraigo ante el mundo material. Pareciera haber una extraña relación en donde la impermanencia niega el compromiso político. Si seguimos a Hanna Arendt en su definición, podemos resaltar que política y permanencia se relacionan estrechamente. La definición misma que ella da de mundo, como algo que nos antecede, como el entramado de relaciones en el ámbito público que son la arena misma de la política, exige cierta perdurabilidad:
De lo que se trata aquí es de un mundo de relaciones humanas que no nace del producir sino  del actuar y el hablar, un mundo que en sí no tiene un final y que posee una firmeza tan resistente – a pesar de consistir en lo mas efímero que hay: la palabra fugaz y el acto rápidamente olvidado. (¿Qué es la política? Arendt, 2015 b: 191)
Aun en las revoluciones, producto de una transformación y un cambio abrupto, la política intenta preservar o instaurar un nuevo orden. En esta dinámica entre cambio y permanencia y en la instauración de un orden duradero, la política ve su razón de ser. Asimismo la política, para Arendt, instaura un orden no natural. Las murallas de la polis guardan y crean un espacio donde se desarrolla la vida política de una ciudad. Es como si las murallas de la ciudad contuvieran las patógenas influencias de la physis, donde todo cambia constantemente: “la protección y preservación del mundo contra los procesos naturales son duros trabajos que exigen la realización de monótonas y diarias tareas”. (Op.Cit. Arendt, 2015: 113)
 Podemos ver, en el desarrollo mismo del nomos, esta lucha y secreto rechazo ante el cambio y la transformación. Como si esta lucha por dejar de lado un orden natural se librara dentro de la ciudad y en el mismo proceso civilizatorio. Y es en este impulso de instauración de un orden durable donde se puede mostrar un implícito rechazo a la naturaleza, a lo salvaje, a un caos ordenado donde hay una fluir constante.
Como lo dijimos al principio, la impermanencia pretende ser un justo antídoto ante nuestras desmesuradas expectativas. Recordar algo tan simple y que parece tan obvio como la inminencia de la muerte no pretende llevarnos a una depresión crónica. Es más bien un ajuste entre nuestros deseos, nuestras expectativas y la realidad misma. Por ello, el llamado de la impermanencia es una fuente de lo que podríamos denominar una sanidad básica. Recuerdo que en algún libro de Castaneda, Don Juan le decía a Carlos que gran parte de nuestros problemas era el considerarnos inmortales. Perder de vista nuestra relación cercana con la muerte nos lleva a una desmesura, locura. Anteriormente mencionamos el peligro de caer en una visión donde la impermanencia se relaciona estrechamente con  la perdida de toda referencia y valoración. El individuo queda entonces carente de posicionamiento ante un mundo que se presenta como un sucesivo espectáculo de imágenes sin conexión. Al perder una relación de durabilidad con el mundo, las personas pierden el mismo mundo. La inconsistencia del mundo deja lugar a sujetos que buscan disfrutar el instante.
Es precisamente en esta dirección que el filósofo surcoreno Byung Chul Han señala la mutación de nuestra percepción temporal. La atomización del tiempo marca una discontinuidad en la cual nuestra vivencia deja de tener cierta coherencia, cierta duración. La variación del tiempo, su marcha inexorable, se relaciona entonces con un tiempo desligado al sentido donde no existe narrativa posible. La narración implica una estabilidad, una capacidad de durar y de demorarse. Nuestra experiencia del tiempo como una perpetua discontinuidad y su implacable marcha hacia adelante impide el demorarse. El tiempo se vacía de sentido e impide la creación de una narración. El mundo y la facticidad se desmaterializan. Es entonces cuando el mundo aparece ilusorio o cuando la infinita sucesión remarca el famoso dicho del Eclesiastés: no hay nada nuevo bajo el sol. En esta relación con el tiempo, la vida se nos va por entre los dedos.
Negociar la vía

En este punto, el camino consiste en negociar la vía, en palabras de Dogen: “…en discernir las cosas desde un punto de vista despierto y llevar esta atención untiva en medio de un mundo reevaluado”. A este respecto He Jim Kim, dice: “Dogen enmarca su religión no tanto en términos de si hay que practicar, sino en cómo practicar. Cómo los practicantes pueden auténticamente negociar el camino en una situación cotidiana específica, o en lo que Dogen llama “un situación Dhármica”. Negociar la vía es comprender el peligro del extremo y referirnos explícitamente a las circunstancias que son el marco de nuestro habitar un mundo. Dentro del Zen no se trata tanto de dictaminar o de explicar aquello que consideramos impermanencia, como si pretendiéramos elaborar una teoría que explicara cómo las cosas cambian. Como me lo recodaba una amigo y maestro, es en el mostrar más que en el explicar donde el Zen halla su verdadero nicho. Si seguimos esta línea de pensamiento, entonces la pregunta que surge es: ¿cómo mostrar la impermanencia?
Cristal de luna
en las piernas desnudas
de las deidades
La impermanencia no es algo que podría tomarse como un absoluto. Dictaminar que todo cambia, que nada permanece, además de resultar fatuo e insulso, puede tener consecuencias indeseables en la propia práctica. La práctica auténtica consiste en referirse a condiciones explícitas donde la impermanencia se muestra, más que se explica:
Un monje preguntó al maestro Zhao Zhou, “Durante las 24 horas, ¿cómo debo usar la mente?”
ZhaoZhou respondió, “tú eres usado por las 24 horas. Yo uso las 24 horas. ¿De cuál de estos tiempos estás hablando?
Como lo recuerda Gempo Roshi: No hay peor asesinato que matar el tiempo.

Fuente: Impermanencia - Andén 89 - Imagenes: ‪rainbank.info‬ - ‪Revista Mia -‬


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