viernes, 30 de diciembre de 2011

Poco más del 11%






Yotaro Hatamura, profesor emérito de la Universidad de Tokio y uno de los expertos mundiales en la detección de errores industriales, no es un antinuclear documentado. En absoluto. Es hombre del establishment y preside una comisión sobre la hecatombe de Fukushima establecida el pasado mes de mayo de 2011 que aún no ha concluido su informe final. Se calcula que será para verano de 2012. El documento provisional, sin embargo, señala algunos puntos de interés [2]. Una breve selección:
Los trabajadores de la central siniestrada no sabían cómo operar ni tenían manuales, no sabían cómo gestionar el plan B para responder a un accidente de este tipo. No se establecieron medidas frente a desastres naturales de esta naturaleza. Los evacuados fueron trasladados a lugares donde estaba y se dirigía la radiación. Grupos del gobierno trabajaban en el mismo edificio de manera separada. Inspectores y reguladores incumplieron su obligación de vigilar a la empresa propietaria [3]. La comisión responsabiliza directamente a la empresa propietaria, a TEPCO, por la su falta de previsión y al gobierno nipón, del ex primer ministro Naoto Kan, por su incompetencia, opacidad y descoordinación. El profesor Hatamura ha señalado: “Es inexcusable que un accidente nuclear no pudiera ser abordado en condiciones porque un desastre natural como es un tsunami superase las expectativas”.
La lista de errores y despropósitos continúa. No sólo la industria nuclear no es barata ni segura ni eficaz ni pacífica sino que además, como resulta evidente, no está libre de errores, algunos de ellos previsibles y casi elementales. Nobody is perfect!, señaló sabiamente Wilder hace ya unas cuantas décadas.
Hay otro importante nudo de interés. El pasado 10 de diciembre de 2011 un portavoz de la agencia de seguridad nuclear japonesa [4] informó que en la planta nuclear de Genkai [5] se había producido una fuga de dos toneladas de agua radiactiva debido a un problema en el sistema de refrigeración de la planta. El agua, según información de Kyushu Electric, fue recogida “y no presentó riesgos para la seguridad de los ciudadanos ni el medio ambiente”. Podemos “confiar” críticamente; hay motivos para ello.
Pues bien, esta misma corporación decidió suspender las operaciones del reactor 4 de la central de Genkai. Para una revisión de rutina anunció. La suspensión [6] tiene una implicación numérica de interés: sólo están en funcionamiento en estos días finales de 2011 seis de los 54 reactores nucleares que tenía Japón en marzo de 2011, cuando se produjo el accidente de Fukushima.
¡6 de 54 es poco más del 11%! ¿Esa es la eficacia de la industria nuclear, su bondad, su rentabilidad económica a prueba de miedos y “campañas antinucleares”? ¿Esas son las promesas mil y una vez anunciadas?
Ninguna de las “grandes esperanzas” publicitadas por la industria nuclear tocan realidad ni anuncian ningún avance social que beneficie a la Humanidad en su búsqueda de horizontes de justicia y bienestar no desarrollista. Fukushima lo ha corroborado para siempre. No basta, como ha señalado Hatamura, con “un cambio de paradigma en los principios básicos de prevención de desastres en las instalaciones nucleares”. Hay que abonar vías alternativas.
¿Nucleares? No, gracias. En japonés: