“Tenemos una responsabilidad ineludible: desarrollar otra manera de vivir”





Entrevista con Harald Welzer, profesor investigador en la Universidad de Witten-Herdecke

Barcelona Metrópolis


“La violencia en este siglo tiene mucho futuro”, escribe Harald Welzer en Guerras climáticas. Por qué mataremos (y nos matarán) en el siglo XXI (Katz). Nacido en Hannover en 1958, estudió sociología, psicología y literatura; actualmente dirige el Center for Interdisciplinary Memory Research, en Essen, y es profesor investigador en la Universidad de Witten-Herdecke. En su libro Welzer ha sabido combinar sus distintos saberes para hacer un lúcido diagnóstico de la peligrosa deriva hacia la que el mundo se dirige: “Este siglo será testigo no solo de migraciones masivas, sino de la resolución violenta de problemas de refugiados, no solo de tensiones en torno a los derechos de agua y de extracción, sino de guerras por los recursos”. Los subrayados son del propio Welzer, que apunta así a unos fenómenos que, en los últimos meses, han vuelto a instalarse en las primeras páginas de los diarios. Ya sea por catástrofes naturales, como el terremoto en Japón, o por iniciativas de las propias sociedades, como las revueltas en el mundo árabe, las grandes masas de seres humanos desamparados se imponen como una marca trágica de nuestro presente. “Una de las características principales de la violencia tal como la ejerce Occidente consiste en su esfuerzo por delegarla lo más lejos posible”, apunta Welzer en su libro. Lo que ha cambiado hoy es, sin embargo, eso: ya no hay afuera, vivimos en un mundo globalizado.
En Guerras climáticas, Harald Welzer consigue entretejer distintas reflexiones teóricas con bruscas irrupciones de la realidad. Su punto de partida es mostrar cómo los problemas exigen soluciones solo cuando se perciben como amenazas. Y es que cuando se trata del cambio climático lo que ocurre es que, de manera general, solo se concibe como un asunto secundario, lejano; algo que todavía no resulta verdaderamente problemático. Welzer evita cargar las tintas, tampoco es amigo de establecer fáciles y cómodas relaciones causales. Lo suyo ha sido levantar un ambicioso mapa de la complejidad en la que vivimos. Las vallas que se levantaron en Ceuta y Melilla, la larga línea de la frontera entre Estados Unidos y México vigilada con instrumentos de alta tecnología, las sequías catastróficas que ha sufrido Sudán entre 1967 y 1973 y entre 1980 y 2000, los 850 millones de personas que sufren desnutrición en el mundo… Las marcas de violencia real o potencial forman parte del paisaje de fondo sobre el que construye su discurso. “En las próximas décadas muchas sociedades entrarán en un colapso determinado por el clima”, afirma de manera rotunda, pero también subraya que “nadie cree realmente que eso vaya a suceder”. Esa ceguera ante, por así decirlo, un inminente apocalipsis se produce, según Welzer, por “la complejidad de las cadenas de acciones modernas” y por la “inimputabilidad de las consecuencias de esas acciones”. Todo camina hacia el desastre, pero nadie se siente concernido, responsable de ese desastre. Y es que, seguramente, y tal como explica este brillante pensador alemán, cuando nos referimos a asuntos relacionados con el clima tratamos de asuntos peculiares: “Se responsabiliza a una persona que en el año 2007 tiene 40 años de un problema cuya causa se ubica cronológicamente antes de su nacimiento y cuya solución se localiza después de su muerte, por lo cual esa persona no puede tener una influencia directa ni sobre lo que causó el problema ni sobre su solución”.
Así están las cosas, pues. Y con ese panorama como referencia, y con la compleja trama de causas heredadas y conflictos por venir, tuvo lugar en Madrid esta conversación con Harald Welzer, un pensador atípico y radical, que sabe que las cosas se están embarullando cada vez más pero que también sabe que hay respuestas posibles. “Fuimos los occidentales los que inventamos este modelo –dice–. Nos toca a nosotros desmontarlo”.
Aunque pueda resultar una aproximación muy general y borrosa, me gustaría que empezara definiendo a grandes rasgos lo que está pasando.
El modelo de sociedad en el que vivimos desde hace casi doscientos años ya no funciona, está a punto de caducar. Es verdad que la crisis no se manifiesta con toda crudeza en los países europeos y Estados Unidos, que fueron los que desarrollaron el modelo económico y social que conocemos gracias a la explotación de otras áreas del mundo, directamente durante la época colonial y, más adelante, utilizando mecanismos indirectos. Con la globalización, sin embargo, no hay un espacio exterior que pueda sostener el crecimiento de la otra parte del mundo, no hay ya otros lugares que puedan explotarse. El cambio climático muestra que las cosas están alcanzando el límite: a este modelo, creo yo, le quedan veinte años.
Guerras climáticas empieza con una cita de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, donde se muestra al desnudo la crueldad de la colonización. ¿Es necesario volver a mirar aquel proceso para entender lo que está pasando?
A finales del siglo XIX y a principios del XX se produjeron los últimos procesos de colonización y conviene no olvidar que las democracias occidentales que hoy celebramos por sus márgenes de tolerancia y libertad se apoyan en realidad en una historia de exclusión, limpieza étnica y genocidio. Ya entrado el pasado siglo los procedimientos fueron cambiando y se ensayaron nuevas formas de dominación indirectas, a través de la economía, la posición geopolítica, el control de las infraestructuras, la influencia sobre los poderes locales… La explotación directa produjo violencia directa. Después los mecanismos de violencia se fueron camuflando y el poder se ejerció desde lejos. Las potencias explotadoras sacaron unas ventajas incomparables de esta situación. Sin los recursos que obtuvieron a través de esas rapiñas permanentes, e impunes, jamás hubieran podido avanzar tanto en educación, en el desarrollo intelectual de sus gentes, en la construcción de sus modélicas infraestructuras… Occidente goza, en ese sentido, de una gran ventaja en relación al resto del mundo.
Su libro comienza recurriendo a la imagen de un barco que, en su día, sirvió para el comercio de esclavos y que ha quedado varado en medio del desierto, a un par de centenares de metros de la costa de la actual Namibia. El nombre del barco es Eduard Bohlen y resume, de alguna manera, esa historia de ignominia. Los colonizadores no solo se llevaron a los esclavos: para derrotar a las tribus locales, asesinaron a mujeres y niños, dejaron morir de sed a poblaciones enteras, crearon campos de trabajos forzados...
No tiene sentido ampliar ahora esa metáfora. Me sirvió para mostrar de manera gráfica cómo nuestro mundo está hundido en la arena. Nuestro modelo de sociedad no tiene más de doscientos años, y en ellos ha alcanzado unas cotas de desarrollo como nunca se habían visto. Por eso miramos hacia atrás con una actitud compasiva hacia todas esas culturas y civilizaciones que no consiguieron sobrevivir. Lo que se nos olvida es que muchas de ellas duraron siglos. A nosotros nos han bastado doscientos años para estar hundidos.
Un barco que a principios del siglo XX encalló frente a las costas de lo que entonces era el África del Sudoeste alemana, y que hoy está semienterrado, le permite a Harald Welzer dar una imagen precisa de nuestra situación. El mundo, tal como lo entendemos, se está yendo a pique. El cambio climático es la llave para entender sus desafíos. “La humanidad no es un actor, sino una abstracción”, escribe el pensador alemán en Guerras climáticas, y añade: “Lo que existe en la realidad son sujetos que pueden contarse por miles de millones…”. Y son, por tanto, esos sujetos los que han de asumir los problemas heredados. El viejo recurso a las grandes palabras ha dejado de funcionar: si no hay respuestas concretas de los ciudadanos ante los nuevos problemas, la salida es cada vez más incierta.
La gran cuestión que Welzer plantea, en cualquier caso, es si somos conscientes de lo que sucede. Para hacerlo recurre, en uno de los capítulos del libro, a contar lo que ocurrió hace ya siglos en el Imperio romano de Oriente. Hacia el año 520 d.C., Constantinopla y otras ciudades sufrieron los efectos devastadores de varios terremotos, el Éufrates se desbordó y produjo otro reguero de desgracias y, en fin, hubo graves conflictos con persas, búlgaros y sarracenos, revueltas internas e, incluso, el cometa Halley pasó por allí para desencadenar diversos temores. Pero la gente, tal como recogen los testimonios de la época, no pareció demasiado alarmada.
Veinte años después, en el 540 d.C., el Imperio volvió a sufrir distintas catástrofes. Los búlgaros y los ostrogodos machacaron sus ciudades y sembraron la destrucción, hubo otros terribles terremotos y la peste llenó las ciudades de cadáveres, provocando una mortandad hasta entonces desconocida. Esta vez, en cambio, la reacción de los lugareños fue extrema: el pánico, el miedo y la alarma estallaron de manera fulminante y dramática.
¿Qué había pasado para que se produjera un cambio tan drástico, esa manera tan distinta de percibir y enfrentarse a las cosas? Cuenta Welzer, siguiendo a Mischa Meier, el gran historiador de la Antigüedad, que la respuesta es “insólita pero plausible”, y es que, hacia el año 500 d. C., la gente esperaba el fin del mundo y estaba preparada para lidiar con los efectos del Apocalipsis. Unos años más tarde, en cambio, las desgracias no parecían responder a causa alguna, no se contaba con ellas, irrumpieron sin haber presentado antes sus credenciales de destrucción. Escribe Welzer: “Las catástrofes no son simplemente sucesos dados, sino que depende precisamente de la impresión y la interpretación de los afectados el que se transformen en amenazas, o no”. Pasa también ahora, y pasa con un fenómeno como el cambio climático. De la manera de percibirlo e interpretarlo depende que se lo considere una amenaza. Esa amenaza que todo el mundo debería tomarse muy en serio.
Frente a los efectos de los cambios provocados por las emisiones constantes de gases de efecto invernadero, ¿hay muchas perspectivas de salida?
El cambio climático está modificando radicalmente nuestro mundo, y es inevitable que las poblaciones reaccionen ante estas transformaciones. Por pura necesidad de supervivencia. En ese contexto, recurrir a la violencia no puede ser la única opción. Hay otras alternativas: si son conscientes de su situación privilegiada, las sociedades occidentales pueden buscar otras formas de enfrentarse a estos problemas. Cuando cambian las circunstancias, no todo tiene que ser necesariamente negativo. Esos cambios pueden abrir nuevas perspectivas, pueden explorarse otras posibilidades. El hielo se derrite en el Ártico. Es evidentemente un problema, pero al mismo tiempo nos permite acceder a recursos antes inaccesibles o explorar rutas hasta ahora desconocidas. Es verdad, sin embargo, que se abre la competencia por apropiarse de los nuevos recursos y eso puede convertirse a su vez en una nueva fuente de conflictos.
Son muchas, y variadas, las causas que se encuentran detrás de los distintos conflictos que se están produciendo en este momento en el mundo. Llama la atención que, por primera vez, la ONU haya bautizado una de estas guerras como guerra climática.
Los problemas en Darfur proceden del cambio climático: la falta de lluvias provoca escasez de agua y las sequías terminan por devastar el suelo. No hay materialmente sitio para que pasten los ganados o para que los campesinos siembren sus cosechas. Así, los que se enfrentan en esa terrible guerra están peleando, en realidad, por recursos básicos. Por eso la ONU ha hablado de guerra climática. Conviene ser muy conscientes de que no siempre sirven para interpretar los conflictos, de hoy y del pasado, los elementos ideológicos, los étnicos, las estrategias políticas. Las cosas se analizan muchas veces cuando ya han dado un viraje y por eso la guerra de Darfur se explica en función de conflictos étnicos cuando lo que hay detrás es más relevante y se trata, simplemente, de una vieja disputa por recursos que son escasos. Lo mismo ocurre en el Congo, o en Oriente Medio si se tienen en cuenta los recursos fósiles, y seguramente también en América Latina.
En un libro que se centra en los conflictos que pueden derivar del cambio climático es fácil prever que en él se traten y se interpreten datos que tienen que ver con las modificaciones del medio ambiente, con el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero, con las toneladas de dióxido de carbono que soporta la atmósfera. Lo que sorprende en el fascinante ensayo de Harald Welzer es encontrar también los latidos de los seres humanos. Sobre todo esos latidos que golpean cada vez con mayor fuerza y que, de pronto, desencadenan el horror. No han pasado ni siquiera cincuenta páginas y en Guerras climáticas ya ha aparecido Heinrich Himmler, el jerarca nazi, con su discurso de Posen, donde dijo el 4 de octubre de 1943: “Teníamos el derecho moral, teníamos el deber frente a nuestro pueblo de matar a ese pueblo que quería matarnos a nosotros…”. Está hablando del holocausto y lo está justificando: está diciendo que los alemanes tuvieron que matar a los judíos porque los judíos querían matarlos a ellos. Lo que Welzer va mostrando es cómo finalmente el ser humano tolera esa brutal violencia, cómo la justifican sus perpetradores, cómo terminan diluyéndola en una responsabilidad lejana que sostiene sus argumentos en el trabajo doloroso que no se tiene más remedio que hacer. El ensayista alemán escribe al respecto: “Pero fue precisamente el sentirse seres humanos que sufrían por la tarea que creían tener que cumplir lo que les permitió conciliar la imagen moral de sí mismos de ‘buen tipo’ con la crueldad de su trabajo”.
Welzer se ocupa de las brutalidades de los nazis, pero también analiza otras situaciones de extrema violencia, donde los que se vieron empujados a cometer crímenes horribles se justifican recurriendo a una interpretación distorsionada de la realidad. Así, por ejemplo, la matanza de My Lai, en Vietnam, donde los estadounidenses asesinaron a una población de ancianos, mujeres y niños. Cuando después les preguntaron en los interrogatorios por qué dispararon a niños y bebés, alguno contestó que temían ser atacados. “¿Y podrían haber atacado? ¿Niños y bebés?”, indagó el magistrado. Y el soldado contestó: “Podrían haber tenido granadas de mano. Las mujeres podrían haberlos arrojado hacia nosotros”.
“Una visión absolutamente irracional de la realidad”, asegura Welzer, quien habla de la “desorientación” de los estadounidenses en las selvas de Vietnam, de “una pérdida de control extrema”. Y así va avanzando en su libro, donde trata con todo detalle uno de los genocidios más recientes, el que se produjo en Ruanda entre abril y junio de 1994 y donde los hutus asesinaron, casi siempre con machetes, a entre 500.000 y 800.000 personas, la mayoría de ellos tutsis.
En su libro analiza distintas matanzas, y se pregunta cómo es posible que aquellos que habían convivido como vecinos sean capaces de matarse unos a otros. El caso de Ruanda es particularmente gráfico.
En la brutal matanza que los hutus perpetraron contra los tutsis pudo haber un trasfondo de escasez: de nuevo el problema de los recursos. Y es que cuando hay una tensión latente basta cualquier excusa para desatar una carnicería. Ocurre en todas partes. Si hay piratería ahora en Somalia no creo que el fenómeno tenga que ver con el afán de los jóvenes de la zona por emular a Johnny Depp. No es que haya triunfado Piratas del Caribe: lo que hay es miseria, y deriva de la sobreexplotación de los recursos pesqueros. Si ya no puedo vivir de la pesca, es más fácil que me dedique a asaltar los barcos que pasan por allí.
Si la violencia no siempre es la respuesta a los problemas de escasez, ¿por qué hay lugares y situaciones en las que emerge lo peor del ser humano?
Esa amenaza siempre está ahí, por alto que sea el nivel de vida que se haya alcanzado. Y se llegan a hacer cosas que nadie hubiera imaginado ser capaz de hacer. La Alemania de 1933 era un país muy desarrollado, con un nivel educativo muy alto. Si entonces se hubiera preguntado a sus habitantes acerca de lo que ocurrió después, la respuesta al despliegue de la violencia programada y devastadora que puso en marcha el Tercer Reich hubiera sido “no”; que jamás sucedería tal cosa, que era inconcebible. Pero ahí están los campos de concentración y los millones de muertos. Cuando se pone en marcha un genocidio, al poder que agita las matanzas no le resulta difícil reclutar voluntarios: hubo miles de hutus dispuestos a asesinar a machetazos a sus vecinos tutsis. El caso más cercano es el yugoslavo. Las inestabilidades sociales generan un enorme potencial para desencadenar los cambios más imprevisibles. Y, a veces, estos se producen.
En su libro sostiene que esos cambios imprevisibles van a producirse en distintos lugares a causa de fenómenos que tendrán que ver, de una manera u otra, con el cambio climático. ¿Luchar contra ese problema es, entonces, el desafío más importante en este momento?
No solo hay que hablar de cambio climático. Están las emisiones de dióxido de carbono, pero está también todo lo demás: la sobreexplotación de recursos que termina por acabar con la pesca, con la biodiversidad, con el suelo… Lo que no sirve ya es el modelo de sociedad. Y si fuimos nosotros los que lo creamos, nos toca a nosotros desmontarlo. A cada uno de nosotros. Hace falta cambiar de enfoque, desarrollar otra manera de vivir, otra economía, otra manera de mirarnos. Es una responsabilidad ineludible. Mientras vivamos en un mundo que se sostiene en la explotación de los recursos que están fuera de nuestras fronteras, a la manera colonial, estamos explotando el futuro de otros. Un futuro que, en un mundo cada vez más global, es también nuestro futuro.

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