martes, 20 de octubre de 2015

Ladran Sancho, luego cabalgamos...



Dani Cabezas 

La presencia cada vez mayor de ciclistas en las calles no siempre es bien recibida. Algunos sueñan con borrar a las bicicletas del mapa. Y lo manifiestan abiertamente.

“La bicicleta es antiestética y un insulto al progreso. El único caso de la historia de la humanidad en que el hombre lleva a la máquina y no al revés”. Con esta y otras provocadoras frases, el escritor Salvador Sostres (conocido por su incalculable ristra de salidas de tono) desgranaba el pasado mes de marzo en su columna del diario El Mundo las razones de su profunda inquina hacia los ciclistas urbanos. Lo hacía, en principio, para apoyar decididamente la obligatoriedad del casco en vías urbanas, tachando de ignorantes, irresponsables y temerarios a los que se oponen a ella frontalmente. Pero de paso, aprovechaba para disparar sus envenenados dardos hacia un colectivo que, según él, siempre ha ido “un paso por detrás en la carrera evolutiva”.
Nuestra presencia en las calles escuece, y mucho, a un número significativo de ciudadanos
En aquel momento, los que hacemos Ciclosfera recibimos no pocos mensajes de lectores y amigos que sugerían que nos hiciéramos eco a toda costa de sus incendiarias palabras. Para rebatirlas o desacreditarlas. O al menos, para difundirlas y que cada cual sacara su propia lectura. No lo hicimos, pues llegamos a la conclusión que era hacerle el juego a alguien que con sus argumentos, tan fácilmente rebatibles como carentes del más mínimo rigor, buscaba precisamente eso: que se hablase de él. Bien o mal. Y sin embargo, de cara al quinto número de la revista quisimos reflexionar sobre ello, ir un paso más allá y hacernos una pregunta que tiene más miga de la que parece: ¿por qué tanto odio? ¿Acaso no es evidente que la mayor presencia de la bicicleta en las calles es positiva para todos? ¿Quién podría no suscribir un lema como “más bicis, mejores ciudades”?
Una impertinencia
Hablemos claro: nuestra presencia en las calles escuece, y mucho, a un número significativo de ciudadanos. Conductores, pero también peatones. Y el aumento del número de ciclistas urbanos no hace sino enfurecerlos aún más. Pero el hecho es que, haciendo un profundo esfuerzo de empatía, podemos incluso llegar a comprenderlo: durante décadas, el desarrollo urbanístico de las ciudades españolas ha sido, salvo contadísimas excepciones, planteado con el coche como eje central. Y hasta hace muy poco tiempo, sus ocupantes han sido los indiscutibles dueños del asfalto. Hoy en día, grandes avenidas con tres carriles por sentido y estrechísimas aceras siguen luciendo el eufemístico nombre de “paseos”. Y nadie, o muy pocos, se quejan de ello. Da la sensación de que peatones y ciclistas nos hemos acostumbrado a jugar en nuestra ciudad un papel secundario, prácticamente residual. La cultura automovilística está tan extendida que la simple posibilidad de tener que compartir esos carriles con las lentas, frágiles y “arcaicas” bicicletas es, para algunos, toda una impertinencia. Una falta de respeto. Ante esa inferioridad, y como respuesta al miedo, muchos ciclistas optan por refugiarse en las aceras, incomodando a un peatón que, cargado de razón, le conmina a circular por la calzada, donde se expone, desnudo, a la virulencia de algunos al volante. Demasiado rápidas para la acera, demasiado lentas para la calzada. Siempre molestas, siempre inoportunas. Las putas bicis.
“No voy a frenar”
La red social Facebook es, a menudo, fiel reflejo de la manera de pensar de sus usuarios, que manifiestan su simpatía o rechazo hacia causas dispares. En los últimos meses, una de sus páginas ha indignado especialmente a la comunidad ciclista. Bajo el poco ortodoxo título de ‘There’s a perfectly good path right next to the road you stupid cyclist!’ (algo así como ¡Hay un buen arcén justo a tu lado, estúpido ciclista!) y con una imagen de un ciclista siendo derribado por la puerta de un vehículo como foto de perfil, se anima a ‘sacar’ a las bicicletas de la carretera a golpe de acelerador. Sin compasión. Un lugar donde lo más suave que se llama a los ciclistas es “egoístas”, se les acusa de “entorpecer el tráfico” y se les advierte: “Mi coche es duro y no voy a frenar”. Quizá sea una broma, e incluso hay quien sostiene que la página fue creada intencionadamente por un grupo de ciclistas para ridiculizar la actitud de determinados conductores. Pero las cifras hablan por sí solas: la página tiene más de 43.000 “me gusta”. Y algunos de los que en ella comentan no parecen bromear en absoluto.
El odio al ciclista, sin embargo, no pasaría de anecdótico si se quedase en un sitio web creado por ciudadanos anónimos y alimentado por trolls y curiosos. Más allá del caricaturesco Sostres, un importante número de periodistas del mundo entero han utilizado su tribuna en respetados medios de comunicación para dejar claro que los ciclistas no son bienvenidos en las que consideran sus calles. Nueva York, una de las ciudades en las que más ha crecido el ciclismo urbano durante los últimos años, ha protagonizado varias de ellas. Desde la del británico John Cassidy en The New Yorker, en la que acusaba a la “minoría ciclista” de ser la culpable, entre otras cosas, del cada vez menor número de plazas de aparcamiento, hasta la de la periodista Andrea Peyser, que en el más conservador New York Post directamente se soltaba la melena y los calificaba de “asesinos en potencia”. En la civilizada Canadá, Mike Strobel, del Toronto Sun, tildaba a los ciclistas urbanos de “secta radical” y concluía con un argumento demoledor: “Las calles están diseñadas para los coches, no para las bicicletas”.
“Ya no se construyen iglesias, sólo nuevos carriles-bici”
Si alguien piensa que tales perlas se reducen al otro lado del Atlántico, se equivoca: En el influyente diario británico The Guardian, el escocés Kevin McKeena tituló su columna del pasado 28 de abril “El ciclismo es bueno para la salud… y otras mentiras”. En ella atacaba a todos los que, de una u otra manera, han contribuido a llenar de bicicletas las ciudades de su querida Escocia, convirtiendo el ciclismo urbano en una nueva religión. “Ya no se construyen iglesias, sólo nuevos carriles-bici”, se lamentaba. Y a modo de petición desesperada, imploraba a las autoridades: “Mantened a los ciclistas fuera de las ciudades”.
Optimismo y autocrítica
La pregunta que surge de manera inmediata es: ¿vamos a mejor? ¿es temporal este rechazo? Manuel Martín, de la coordinadora ConBici, que agrupa a 58 asociaciones de toda España, es optimista. Pese a todo. “Poco a poco, la gente va teniendo una percepción mejor del ciclista”, explica. “Se le ve como alguien responsable y medioambientalmente sostenible”. Pero su reflexión no está exenta de cierta autocrítica, tan necesaria en una problemática como esta. “Esa progresión en positivo se ha visto perjudicada, paradójicamente, por la mayor presencia de ciclistas en las calles”, apunta. “Cada vez hay más ciclistas noveles que no tienen sensibilidad cívica, que circulan a gran velocidad por las aceras, que no respetan las normas”, explica. “Desde las organizaciones ciclistas estamos haciendo una labor importante de concienciar a los ciclistas urbanos para que sean responsables”. Y sin embargo, Martín recuerda: “Los radicales no somos nosotros. No somos talibanes, como quieren presentarnos desde alguna institución y como nos pintan algunos de esos periodistas a los que preferimos no contestar para no alimentar sus ganas de provocar. Pero son pocos, y cada vez serán menos”.
Nuevos tiempos
Pocos, pero ruidosos. El propio Martín compartió recientemente, vía correo electrónico, la imagen de un perro ladrando furiosamente al paso de una bicicleta. “A los perros no les gustan las bicis”, ironizaba en el pie de foto.  Obviamente, se refería a los políticos, periodistas, conductores y ciudadanos que ven en ella un problema a erradicar, y no una vía para construir ciudades más amables, sanas y eficientes.
Una molestia y un vehículo a arrinconar todo lo posible, en vez de un fenómeno que proteger y por el que apostar decididamente. Algo que parece estar en las antípodas de lo que los ciclistas urbanos hemos venido observando últimamente: desde organismos como la Dirección General de Tráfico y su insólita cruzada por imponer el casco obligatorio en vías urbanas hasta las compañías automovilísticas y aseguradoras que ven cómo su histórica hegemonía en materia de movilidad comienza a tambalearse, pasando por los periodistas que se sienten incómodos por no poder poner sus contaminantes vehículos a velocidades absurdas sin poner en peligro nuestras vidas. El caso es que ladran. E incluso es cierto que sus ladridos resuenan, a veces, a un volumen demasiado alto. Pero sólo es síntoma de que pedaleamos en la buena dirección.
EL BOZAL (por Rafa Vidiella)
¿El bozal perfecto para acallar los ladridos? Muy fácil: la educación, el respeto y un poco de sentido común. Si no nos gusta que los coches, camiones o motos vayan a toda velocidad por la ciudad… ¿Por qué caer en la trampa de las prisas? Vayamos a un ritmo adecuado. No nos saltemos semáforos. No hagamos ‘pirulas’ al resto. Disfrutemos cada segundo de nuestro viaje ciclista porque en pocos sitios estaremos más a gusto que en él. Una bici no es tan peligrosa como un coche, un autobús o una moto, pero puede ser aterradora para una pareja de ancianos que camina por la acera, para los papás que empujan el carro de su bebé o para la señora que pasea a su perro diminuto. No nos engañemos: la acera es suya. Usémosla excepcionalmente y, siempre, sabiendo que ese no es nuestro sitio. Para ir rápido está la calzada; para dar ejemplo y hacernos cada vez más presentes, también. No sembremos el terror ni dejemos en mal lugar a toda la comunidad ciclista. Basta un maleducado para que muchas personas se posicionen contra todos nosotros. Marquemos distancias con los demás vehículos: no contaminamos, no hacemos ruido, no tenemos por qué ser un peligro. Seámos humildes: que ir montados sobre una máquina no nos transforme. Que la bici nos dé libertad y placer y no nos quite el cerebro. Formemos con ella una pareja ágil, feliz y modélica. Hagamos, así, amigos. Y cerremos, así, bocas.