martes, 13 de octubre de 2015

Tejiendo redes de vida y transición frente a la crisis ecológica


El antropólogo J. Diamond enumera unas características sociales comunes en colapsos civilizatorios anteriores, que probablemente podamos ver fácilmente reflejados en nuestra civilización globalizada:
  • Incapacidad de prever: Al menos por parte del poder económico y político, pese a los avisos de comunidades indígenas y científicas.
  • Incapacidad de percibir: Dificultad en la percepción de riesgos no inmediatos. 
  • Comportamiento irracional: Negación y huída hacia adelante.
  • Valores erróneos que llevaron a consecuencias desastrosas: Paradigma anquilosado que solo acelera la degradación y empeora perspectivas.
  • En última instancia, aparición de falsas soluciones: Falsos Mesías y válvulas de escape, como el caso del auge de Donald Trump en los EE.UU dentro del partido republicano, esperpento xenófobo y negacionista, reflejo de una sociedad decadente y ciega. También es el caso de reformismos varios que solo suponen maquillaje y no verdaderos cambios paradigmáticos, como el Capitalismo Verde, que venden la dependencia de las sociedades para con las grandes corporaciones y empresas que prometen soluciones tecnológicas, para evitar los cambios radicales en la forma de vivir que en realidad necesitamos para "colapsar mejor", es decir, reducir el sufrimiento de la mayoría y tomando responsabilidad de la precaria situación.

Remar a contracorriente en tiempos de cambios adaptativos forzados
Si realmente parte de la sociedad fue, y es capaz de prever el desastre, y además la percepción de las consecuencias es cada vez más evidente, las oportunidades de divulgar y promover ideas contrarias al marco convencional aumentan considerablemente. El problema es, la dificultad en trasmitir mensajes que llevan implícita escasez ecológica, energética y económica, al tratar de promover simplicidad y frugalidad, opuesta al marco de consumismo y la satisfacción superficial inmediata y material que permea el sistema capitalista industrial en su huída hacia delante, cada vez de forma más irracional. 
No solo nos enfrentamos al ideario preconcebido, también a los sesgos cognitivos inherentes al ser humano, que evita en la medida de lo posible que los mensajes incómodos se digieran apropiadamente y priorizando a lo inmediato frente a los riesgos dilatados.
Es que existen personas receptivas ante datos duros y contundentes, pero la mayor parte de la gente rehuye de esta información, lo cual es una reacción natural impresa evolutivamente en nuestros patrones de respuesta. Por ello, en muchas ocasiones es necesario que el mensaje sea positivo y a la vez sincero, apelando a las emociones y promoviendo el paso a la acción, evitando el bloqueo y otras reacciones asociadas al miedo, e incluso la caricaturización. 
Con "positivo", nos referimos a que empodere a las personas, que les empuje a tomar parte activa en los cambios necesarios, pasando de espectadores a actores, sujetos del cambio por construir de forma comunitaria y cooperativa; así como que remarque los cambios a mejor, como el crecimiento personal y comunitario, mejora de las relaciones personales y autoconocimiento, dando rienda suelta a nuestras potencialidades y fortalezas para reforzar la resiliencia de nuestros entornos sociales.

¿Cuándo abandonamos la "sostenibilidad" de la civilización? ¿Cuándo comienza la insostenibilidad? 
Es importante buscar "donde" y "cuando" se gestan los cambios paradigmáticos que dieron pié al nacimiento de un modelo de civilización alejado de los ciclos naturales, y por supuesto, buscar referencias y ejemplos sobre los modelos que si estaban en equilibrio y armonía con el medio natural.
Las tendencias insostenibles comienzan entre los siglos XVII y XVIII. El origen espacial es la Europa Occidental, foco inicial de la revolución industrial, desde donde partió un proceso de colonización política, económica y cultural del mundo. Corrientes como el positivismo, el reduccionismo, el materialismo, el relativismo, la fe en el progreso material y tecnológico, de la mano del crecimiento económico dieron la base ideológica un un proceso que se ha dilatado hasta nuestros días, siendo cómplice de la degradación y la visión de la naturaleza como "recurso", visión antropocéntrica frente a visiones biocéntricas más tradicionales, que acertadamente veían al ser humano como algo integral a la naturaleza. Jordi Pigem, filósofo catalán, condensa de forma maravillosa esta relación: "La crisis ecológica es la expresión de una crisis cosmológica, antropológica y ontológica de nuestra civilización."
Los pueblos indígenas y tradicionales todavía conservan una visión de la naturaleza como Madre, como algo sagrado. Estas comunidades humanas, cada vez más mermadas y amenazadas, son el principal valuarte de diversidad cultural y biológica, y por ello, un modelo a seguir en la construcción de una futura civilización con posibilidades de perdurar y conservar los bueno, que no es poco, de nuestra civilización decadente. Más del 70% de la biodiversidad actual se encuentra en regiones con mayor diversidad cultural.
Gran parte de los pueblos indígenas que perduran, viven en regiones inhóspitas, tales como desiertos, junglas o zonas gélidas, y aun así, tienen una visión paradisíaca de su hogar. 
Esta resiliencia se demuestra por su adecuación a su realidad.
Por ello, como sugiere el geólogo, experto en medioambiente, gestión ambiental y en la relación entre valores culturales y ecología, Josep-María Mallarach, tal vez debamos volver a una visión más espiritual y sagrada de la naturaleza, para poder sanar nuestro hogar, y construir un nuevo paradigma alejado de la fe materialista y tecnólatra actual. Para Mallarach:
"La Tierra ha pasado de ser la "Hermana y Madre" a un simple recurso natural que se compra y vende en un sistema obsesionado en maximizar beneficios materiales, sin escrúpulos hacia nuestros contemporáneos menos favorecidos e ignorando los derechos de nuestros descendientes. Afrontar errores de esta magnitud requiere cambios muy profundos, una auténtica ‘conversión ecológica', que debe ser asumida por cada uno y por cada institución"
Además, para llegar a gran parte de la población hay que emocionar, para lograr una predisposición de las personas en favor de la naturaleza. Esta "reconexión", tratada en profundidad en la ecología profunda, nos hace más conscientes de nuestro entorno, tanto social como natural, trasladándonos al presente, valorándolo y compartiéndolo con las personas que nos rodean, y aumentando los momentos de felicidad y cohesión comunitaria en estos tiempos de incertidumbre.
Para dirigirnos hacia esta gran transición, son necesarios grandes cambios, como reducir los consumos materiales y energéticos, no buscar el beneficio material, sino algo más profundo, cambiando la propiedad por el custodiar. Promover las virtudes cardinales, prudencia, justicia, fortaleza, templanza y frugalidad, que nos lleven a la consciencia plena, el autoconocimiento y la felicidad y paz interior.
Necesitamos aprender a vivir, como sugiere la "Carta de la Tierra" del 2000 de la ONU:
"Con reverencia delante del misterio del ser, con gratitud por el regalo de la vida y con humildad en lo que refiere al lugar que ocupa el ser humano en la naturaleza"

Fuente: Fragmento de la nota publicada en: http://autonomiaybienvivir.blogspot.com.es/search?updated-max=2015-09-28T05:02:00%2B02:00&max-results=7
Imagen: Correlación entre diversidad lingüística y diversidad botánica